Capítulo 6 de 13

Lo que dejó de oír

Eulalia siguió planchando su uniforme.

Cada noche extendía la tela sobre la mesa, humedecía los puños y comprobaba el calor antes de apoyar la plancha. Repasaba el cuello, las mangas y los bordes de la falda con la misma paciencia de sus primeros días.

Después lo colgaba junto a la cama.

Por la mañana salía a la hora acostumbrada.

En la portería saludaba, se acomodaba la cofia y caminaba hacia la sala sin mirar las escaleras.

A simple vista, nada había cambiado.

Teresa fue la primera en notar que Eulalia ya no dejaba una silla junto a las camas.

Antes, si un paciente comenzaba a contar algo, se sentaba unos minutos. A veces sólo escuchaba una preocupación que había sido repetida durante toda la noche. Ahora permanecía de pie, con una mano apoyada en el respaldo, esperando el momento de continuar su ronda.

—¿Quiere que llame a su hijo? —preguntó una mañana a don Manuel.

El hombre tardó en responder.

Eulalia consultó el reloj.

—Necesito que me diga.

Don Manuel la miró.

—No sé si podrá venir.

—Entonces cuando lo sepa, me avisa.

Se alejó antes de que él terminara de explicarle que no conocía el número.

Teresa, que estaba cerca, se acercó a la cama.

Eulalia la vio hacerlo.

Siguió caminando.

Dormía mal.

Se acostaba exhausta y permanecía despierta, escuchando los pasos de las otras inquilinas. Cuando lograba dormirse, soñaba con la escalera del hospital.

En algunos sueños, Alejandro le explicaba todo antes de viajar.

En otros, ella encontraba la fotografía, pero el rostro de la novia era el suyo.

Se despertaba con el corazón acelerado y buscaba el interruptor de la lámpara.

El cuarto tardaba unos segundos en volver a ser reconocible.

La mesa.

La ventana.

El mantel sin terminar.

El libro seguía allí.

Había intentado guardarlo en la maleta. Lo dejó bajo los vestidos y cerró la tapa. Esa misma noche lo sacó, convencida de que necesitaba releer una conversación entre los versos para comprender algo que había pasado por alto.

Abría la primera página.

Leía la dedicatoria.

Después recordaba cada ocasión en que Alejandro la había esperado.

¿Había pensado en su prometida mientras caminaban?

¿Había comprado también flores para ella?

¿Había hablado de una casa con las mismas palabras?

Las preguntas se sucedían hasta que la madrugada entraba por la ventana.

Cuando llegaba al hospital, tenía los ojos irritados y la sensación de haber trabajado durante toda la noche.

Su madre volvió a escribirle.

Esta vez preguntaba directamente por Alejandro.

Eulalia dejó la carta abierta sobre la mesa durante dos días.

Al tercero respondió que el médico se había casado y que ella había entendido mal algunas cosas.

Releyó aquella frase.

Había entendido mal.

Le pareció injusta.

La tachó.

Escribió que él no le había contado la verdad.

Luego rompió la hoja.

No quería que su madre imaginara la escalera, los paseos o el papel con la dirección. No quería recibir una respuesta compasiva que la obligara a reconocer en voz alta todo lo que había perdido.

Terminó enviando una carta breve.

Decía que estaba cansada, que había mucho trabajo y que no podría recibir visitas por el momento.

La respuesta llegó pocos días después.

No tienes que contarme nada que no quieras. Pero si necesitas volver, aquí tienes dónde dormir.

Eulalia dobló el papel.

Lo guardó en el cajón.

Esa noche aceptó una guardia adicional.

Teresa la encontró anotando unos datos al final de un turno.

La sala comenzaba a llenarse de la luz pálida de la mañana. Eulalia tenía los hombros rígidos y el bolígrafo detenido sobre la página.

—Ya llegó quien la releva.

—Me falta esto.

Teresa miró el registro.

—Lleva un buen rato en el mismo renglón.

Eulalia escribió de inmediato.

Su compañera acercó una silla.

—Pida unos días de descanso.

—No puedo.

—Podemos hablar para acomodar los turnos.

—Necesito trabajar.

Teresa se sentó.

Eulalia siguió mirando el papel.

—Está durmiendo poco.

—Como todas.

—No estoy hablando de todas.

La joven dejó el bolígrafo.

—Voy a terminar.

Teresa mantuvo la voz baja.

—Ayer una paciente esperó mucho tiempo para que la ayudara a incorporarse.

Eulalia levantó la cabeza.

—La atendí.

—Después de que volvió a llamar.

—Había otras cosas que hacer.

—Por eso debe pedir ayuda cuando no puede atender algo.

Eulalia sintió que la sala se estrechaba a su alrededor.

Recordó a Teresa leyendo el periódico. La silla que le había acercado. El agua después de la conversación con Alejandro.

De pronto, toda aquella ayuda le pareció una forma de vigilancia.

—No me hable como si no supiera mi oficio.

Teresa la miró sin apartarse.

—Sé que lo sabe.

Eulalia recogió sus cosas.

—Entonces déjeme hacerlo.

Se marchó antes de escuchar otra respuesta.

La anciana de la cama cuatro tenía miedo de dormirse.

Se llamaba Mercedes y preguntaba por su hermana cada noche, aunque la mujer había muerto años atrás. Durante el día parecía comprenderlo. Al caer la tarde volvía a buscarla entre las personas que entraban.

Eulalia había conseguido tranquilizarla muchas veces.

Le describía el amanecer, le prometía abrir un poco la cortina y preguntaba cómo eran las fiestas en su pueblo. Mercedes recordaba canciones y se dormía mientras trataba de terminarlas.

Aquella noche le sujetó la manga.

—Quédese hasta que cierre los ojos.

Eulalia miró hacia el escritorio.

Había registros pendientes.

Tenía hambre y un dolor sordo detrás de la frente.

—No puedo quedarme ahora.

Mercedes apretó los dedos.

—Sólo un ratito.

—Hay más personas que atender.

Retiró la manga con cuidado, pero la firmeza del gesto bastó para que la anciana soltara la tela.

Eulalia le acomodó la manta.

—Trate de descansar.

Mercedes volvió el rostro hacia la pared.

La joven permaneció junto a la cama unos segundos.

Sabía lo que habría hecho antes: acercar una silla, hablarle despacio, esperar a que la respiración se calmara.

Ahora sentía que no tenía nada que decir.

Se alejó.

Más tarde escuchó a otra enfermera junto a Mercedes.

La anciana estaba hablando de su hermana.

Eulalia cerró el registro para no seguir escuchando.

Alejandro intentó hablarle una vez más.

La encontró cerca del armario de materiales, donde ella contaba unas bandejas.

—Eulalia.

Su voz le provocó una contracción en el estómago.

Continuó contando.

—Necesito sacar esto —respondió.

—Sólo quiero saber cómo estás.

Ella tomó la última bandeja.

—Trabajando.

Alejandro miró hacia el corredor.

No había nadie cerca.

—Me preocupa verte así.

Eulalia dejó las bandejas sobre la mesa.

Una de ellas golpeó el borde y el sonido le hizo apretar los dientes.

—¿Así cómo?

Él tardó en contestar.

—Distante.

Eulalia lo miró por primera vez.

El anillo estaba allí, en la mano que él apoyaba junto al bolsillo.

—No vuelva a preguntarme por mí.

Alejandro bajó la voz.

—Podríamos conservar una relación cordial.

Ella tomó los materiales.

—La tendrá cuando sea necesario hablar de los pacientes.

Salió del cuarto sin darle tiempo a responder.

Durante el resto del turno sintió una furia que la mantuvo despierta. Trabajó deprisa, terminó tareas pendientes y corrigió varios datos sin que Teresa tuviera que recordárselo.

Al regresar a su cuarto, se sentó sobre la cama.

La energía desapareció de golpe.

No tenía fuerzas para quitarse los zapatos.

Tomás dejó de preguntar por el doctor.

Había observado la manera en que Eulalia endurecía el rostro al escuchar su nombre y decidió evitarlo.

Intentaba hablar de otras cosas.

Le contaba que Beatriz había discutido con el dueño del taller por un pago incompleto. Le mostraba las marcas que hacía en una hoja para contar los días. Le preguntaba cuánto tardaba en secarse una camisa si llovía.

Eulalia respondía, pero cada vez menos.

Algunas mañanas parecía volver a ser la misma. Bromeaba, le arreglaba la almohada y revisaba sus dibujos.

Tomás se animaba entonces a conversar.

Pero bastaba un ruido en el corredor o la aparición de Alejandro durante una visita para que ella dejara de escuchar.

El muchacho aprendió a reconocerlo.

Esperaba hasta que el médico se marchara.

Luego preguntaba si podía tener un poco más de agua.

La recuperación de Tomás volvió a complicarse.

Durante unos días había parecido que pronto regresaría a casa. Beatriz lavó su ropa, preparó una manta y preguntó cómo debía cuidarlo.

Después volvió la fiebre.

El muchacho perdió el apetito y se cansaba con sólo incorporarse.

Cuando le dijeron que tendría que permanecer más tiempo, no protestó.

Se quedó mirando las manos.

Eulalia estaba junto a su cama.

Esperó que él hiciera alguna pregunta.

Tomás no habló.

—Hay que seguir revisando cómo vas —dijo ella.

Él asintió.

Beatriz, que estaba al otro lado, preguntó por los cambios en su estado. Eulalia respondió y buscó a quien pudiera explicar las nuevas indicaciones.

Al volver, encontró a los hermanos en silencio.

Sobre las rodillas de Tomás había un pequeño paquete con su camisa limpia.

Beatriz lo guardó de nuevo en la bolsa.

El gesto dejó a Eulalia incómoda.

Quiso decir algo que aliviara aquella decepción.

No encontró las palabras.

Beatriz la detuvo a la salida de la sala.

—¿Está enojado con algo?

Eulalia miró hacia la cama doce.

—¿Tomás?

—Hoy casi no me habló.

—Está cansado.

Beatriz ajustó la bolsa sobre el hombro.

—Antes le contaba cosas a usted.

Eulalia sintió que debía defenderse.

—Yo sigo atendiéndolo.

La joven la miró, sorprendida por el tono.

—No dije que no.

Eulalia bajó la vista.

—Perdone. Ha sido un día largo.

Beatriz observó su rostro.

—Sí. Se le nota.

Durante un instante, Eulalia creyó que la muchacha iba a preguntarle qué ocurría.

No lo hizo.

—Si le dice algo que yo deba saber, me avisa.

—Claro.

Beatriz se marchó.

Eulalia regresó al escritorio y revisó las anotaciones de Tomás. Todo lo necesario estaba escrito. Había cumplido los horarios, registrado los cambios y transmitido la información.

Aun así, recordó al muchacho guardando la camisa que ya no usaría para salir.

Se quedó mirando su nombre.

Una tarde Teresa la encontró en el área de descanso con el libro abierto.

No se acercó de inmediato.

Eulalia tenía el dedo apoyado en la dedicatoria y movía los labios sin emitir sonido.

—La están buscando —dijo Teresa.

La joven cerró el volumen.

—Ya voy.

—Tomás preguntó por usted.

Eulalia guardó el libro en el bolso.

—¿Necesita algo?

—Quería hablarle.

Ella consultó el reloj.

—En cuanto termine unas cosas.

Teresa permaneció junto a la puerta.

—Puede ir ahora. Yo continúo con lo que falta.

Eulalia interpretó el ofrecimiento como una nueva corrección.

—Puedo organizarme.

Su compañera apartó la mirada hacia la sala.

—Entonces hágalo.

La respuesta, más seca que las anteriores, quedó entre ellas.

Eulalia se levantó.

No fue a la cama doce.

Buscó una carpeta que debía revisar y se concentró en ordenar sus páginas.

Al terminar, Tomás estaba dormido.

A la mañana siguiente él volvió a intentarlo.

Eulalia le había llevado agua y se disponía a continuar la ronda cuando el muchacho sacó una hoja de debajo de la almohada.

—Le hice algo.

Ella miró el papel apenas un instante.

—Después, Tomás.

Él dejó de extenderlo.

—Es rápido.

—Ahora tengo trabajo.

La joven se alejó.

Al llegar a la siguiente cama comprendió lo que había hecho.

No era la primera vez que posponía una conversación. Tampoco podía quedarse siempre que alguien quisiera hablar. Pero Tomás había tenido una expresión que conocía: la concentración tímida de quien prepara algo para otra persona y teme que no le guste.

Eulalia miró hacia atrás.

El muchacho doblaba la hoja.

Podía volver.

Bastaba con caminar unos pasos.

Pensó que lo haría al terminar aquella tarea.

Después llegó otra.

Luego alguien pidió ayuda en el fondo de la sala.

Cuando volvió a pasar junto a la cama doce, Tomás tenía los ojos cerrados y el papel ya no estaba a la vista.

Eulalia no lo despertó.

Aquella noche escribió a su madre.

Por primera vez no intentó ocultar del todo lo que le ocurría.

Me cuesta levantarme, aunque siempre me levanto. A veces siento que los días pasan y yo sigo en el mismo lugar.

Se detuvo.

Quiso contarle que se irritaba por cosas pequeñas. Que las voces de la sala empezaban a parecerle exigencias. Que deseaba estar sola y, cuando regresaba a su cuarto, no soportaba el silencio.

La pluma permaneció sobre el papel.

Escribió una frase más.

No sé cuánto tiempo voy a estar así.

La leyó varias veces.

Luego dobló la carta y la metió en un sobre.

A la mañana siguiente la llevó en el bolso.

Pasó frente al lugar donde podía enviarla, pero iba justa de tiempo. Se dijo que lo haría al salir.

Al terminar el turno estaba tan cansada que olvidó detenerse.

La carta permaneció allí durante días.

El dibujo apareció debajo de una silla.

Eulalia lo encontró mientras recogía unas cosas al final de la tarde. Era una hoja doblada por la mitad, con una esquina manchada de agua.

Reconoció el papel de Tomás.

Lo abrió.

Había dibujado una casa con un árbol al lado. La puerta era demasiado grande y el techo se inclinaba hacia un costado. En una ventana aparecían dos figuras.

Un muchacho.

Una mujer con vestido blanco.

Eulalia se acercó a la luz.

La cofia estaba hecha con tres líneas.

Debajo de las figuras, Tomás había escrito con letras desiguales:

Para cuando venga a visitarnos.

Eulalia leyó la frase de nuevo.

No había imaginado que el regalo tuviera una invitación.

Miró hacia la cama doce.

Tomás dormía con la boca ligeramente abierta. Tenía una mano sobre la sábana y el ceño fruncido.

Eulalia dobló el dibujo.

Debería habérselo mostrado. Decirle que lo había encontrado, preguntarle dónde quedaba la casa, prometerle que algún día conocería el patio.

Lo guardó en el bolsillo.

Sintió el borde del periódico que todavía llevaba allí.

Los dos papeles quedaron juntos.

Antes de irse, Teresa le informó de los cambios en el estado de Tomás.

Eulalia escuchó, hizo preguntas y anotó lo necesario.

Su compañera la observó mientras escribía.

—Mañana le toca noche.

—Lo sé.

—Descanse durante el día.

Eulalia cerró el cuaderno.

—Lo intentaré.

Teresa parecía querer decir algo más.

La joven esperó.

—Avise si no se encuentra en condiciones de venir.

Eulalia sintió el impulso de discutir, pero estaba demasiado cansada.

Asintió.

Al pasar junto a Tomás, escuchó su voz.

—Señorita.

Se detuvo.

El muchacho tenía los ojos abiertos.

—¿Se va?

—Ya terminó mi turno.

—¿Vuelve mañana?

Eulalia tocó el dibujo a través del bolsillo.

—Por la noche.

Tomás asintió.

Ella quiso decirle que había encontrado la hoja.

Podía sacar el papel.

Podía darle las gracias.

En cambio, le acomodó la manta.

—Duerme un poco.

Él cerró los ojos.

Eulalia permaneció a su lado hasta que creyó que se había dormido.

Después salió.

En su cuarto, colocó el dibujo encima del mantel.

La casa de Tomás era sencilla, parecida a tantas casas que había conocido. La ventana abierta tenía una cortina levantada por un viento que el muchacho había representado con pequeñas rayas.

Eulalia pasó el dedo junto a la figura de la enfermera.

Recordó su primer día, cuando había cerrado la cortina de don Manuel. Recordó a Beatriz agradeciéndole por hablar con su hermano. Recordó la carta escrita con tinta en los dedos.

Se sentó.

El libro de poemas estaba al alcance de su mano.

Lo tomó, pero no lo abrió.

Por primera vez en muchas noches, se dio cuenta de que había pasado el turno pensando en alguien que ya no la necesitaba, mientras otras personas la llamaban desde sus camas.

Apoyó el volumen sobre la mesa.

Permaneció allí un rato, con los ojos en el dibujo.

Luego preparó el uniforme para el día siguiente.

Afuera comenzó a llover.

Eulalia repasó el cuello con la plancha y pensó que en la próxima guardia hablaría con Tomás.

Le daría las gracias.

Se sentaría junto a él.

Escucharía todo lo que quisiera contarle.

Mientras la lluvia golpeaba el cristal, dejó el dibujo en el bolsillo limpio del uniforme, para no olvidarlo.

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