Capítulo 7 de 13
La cama doce
Cuando Eulalia salió de su cuarto, todavía llovía.
Había dormido unas horas, aunque se despertó varias veces para mirar el reloj. Antes de acostarse decidió enviar la carta a su madre. La dejó junto al bolso, donde pudiera verla al salir.
Ahora el sobre estaba allí.
Lo tomó y lo guardó.
Después comprobó que llevara el dibujo de Tomás en el bolsillo del uniforme.
La hoja seguía doblada por la mitad.
Eulalia pasó los dedos sobre ella y cerró la puerta.
En el hospital faltaban dos enfermeras.
Una había enfermado. La otra no consiguió llegar a tiempo por un problema familiar. La supervisora había pedido apoyo a otra sala, pero todavía no sabía cuándo podrían enviarlo.
Teresa esperaba a Eulalia junto al escritorio.
—Esta noche tendremos que organizarnos con cuidado.
Le explicó lo pendiente y le señaló los pacientes que requerían mayor vigilancia. Al llegar al nombre de Tomás, dejó un dedo sobre el registro.
—La mejoría no se ha mantenido. Ha estado más cansado y lleva varios días empeorando. El médico ya lo revisó. Hay que observar cualquier cambio y avisar.
Eulalia leyó las anotaciones.
—Voy a verlo.
Teresa levantó la vista.
La joven no añadió nada. Dejó sus cosas en el área de descanso y se dirigió hacia la cama doce.
Tomás estaba despierto.
Al verla, intentó sonreír.
—Pensé que no venía.
—Me toca trabajar.
—A veces cambian.
Eulalia acercó una silla.
El muchacho siguió el movimiento con los ojos.
Ella metió la mano en el bolsillo y sacó el dibujo.
—Encontré esto.
Tomás se incorporó un poco.
—Se me cayó.
—Está bien guardado.
Abrió la hoja y la sostuvo entre ambos.
—¿Éste es el árbol de tu casa?
Él asintió.
—No da fruta. Beatriz quería quitarlo, pero yo le dije que entonces iba a pegar todo el sol.
Eulalia miró las figuras de la ventana.
—Gracias por dibujarme allí.
Tomás bajó la cabeza con una pequeña sonrisa.
—La cofia me salió fea.
—Yo la reconocí.
—Tiene que venir cuando salga.
Eulalia sintió la facilidad con que podía responderle que sí. Quería hacerlo. Quería reparar las tardes en que lo había dejado con la hoja extendida.
—Me gustaría —dijo—. Cuando estés mejor, me cuentas cómo llegar.
El muchacho asintió.
Luego tomó aire y tosió.
Eulalia dejó el dibujo sobre sus rodillas y se acercó para observarlo. Le preguntó cómo se encontraba, revisó lo necesario y transmitió a Teresa lo que había visto.
Al regresar, Tomás estaba recostado.
—¿Le guardo la hoja?
—Quédese con ella.
Eulalia volvió a doblarla.
—La cuidaré.
Desde otra cama llamaron.
Ella miró hacia el corredor.
—Tengo que ir.
Tomás soltó la manga que había sujetado sin darse cuenta.
—Está bien.
Eulalia se levantó, pero antes de marcharse acomodó la campanilla sobre la mesa, cerca de su mano.
—Si necesitas algo, llama.
Beatriz llegó más tarde de lo acostumbrado.
El agua le había oscurecido los hombros de la blusa y llevaba la bolsa de tela apretada contra el pecho para protegerla.
Se detuvo al ver a Eulalia.
—Me dijeron que hoy estuvo peor.
La enfermera le explicó lo que sabía y buscó al médico para que hablara con ella.
Beatriz escuchó con el rostro serio.
Preguntó si podía quedarse durante la noche.
Le permitieron permanecer un poco más, pero la sala debía continuar con su rutina y no había sitio para que descansara.
La joven volvió junto a su hermano.
Eulalia los vio desde el escritorio.
Tomás hablaba poco. Beatriz le sostenía una mano entre las suyas y parecía vigilar cada movimiento de su pecho.
Cuando llegó el momento de marcharse, él abrió los ojos.
—Mañana trae pan.
Beatriz sonrió.
—Primero tienes que tener ganas de comer.
—Voy a tener.
Ella le alisó el cabello.
—Entonces traigo.
Se inclinó para besarlo en la frente y permaneció allí unos segundos más.
Al salir, se acercó a Eulalia.
—Si empeora, búsquenme.
La enfermera revisó que los datos para localizarla estuvieran anotados.
—Los tenemos.
Beatriz miró una última vez hacia la cama doce.
—A veces dice que está bien para que yo no me preocupe.
—Lo sé.
La joven apretó la bolsa.
—No le haga mucho caso cuando dice eso.
Eulalia asintió.
A las diez, la lluvia comenzó a golpear los cristales con más fuerza.
En la sala había varias personas despiertas. Una mujer recién ingresada preguntaba dónde estaba. Don Manuel quería cambiar de postura. Mercedes había empezado a llamar a su hermana.
Teresa y Eulalia se repartieron las tareas.
La joven trabajó con una atención que no había tenido durante días. Revisaba antes de apartarse, terminaba las anotaciones y comprobaba que cada paciente tuviera a mano lo necesario.
Sentía alivio cada vez que concluía algo.
Podía volver a hacerlo bien.
Durante una pausa breve pasó junto a la cama doce.
Tomás tenía los ojos cerrados.
Eulalia observó su respiración y revisó cómo se encontraba. No vio en aquel momento un cambio claro respecto de lo que ya habían informado.
Se quedó unos segundos.
Luego continuó la ronda.
Cerca de medianoche pidieron a Teresa que acudiera a otra sala.
Había una urgencia y necesitaban ayuda.
Antes de marcharse, se acercó a Eulalia.
—Mandarán a alguien en cuanto puedan.
La joven miró las camas.
—Está bien.
—Si necesita apoyo antes, solicítelo.
Eulalia asintió.
Teresa se detuvo un instante.
—No espere a tener todo resuelto para llamar.
—Lo sé.
Su compañera salió.
Eulalia continuó con lo pendiente.
La sala parecía tranquila, aunque cada tarea consumía más tiempo del previsto. Una paciente necesitaba que le explicaran de nuevo dónde estaba. Otra no podía acomodarse sin ayuda. Un hombre había mojado la sábana.
Eulalia fue de una cama a otra.
El pan que llevaba en el bolso seguía sin abrir.
Cuando terminó de cambiar una funda, sintió un mareo leve y se apoyó en el borde de la mesa.
Respiró despacio.
Debía comer algo.
Desde el corredor llegó una risa.
Alejandro pasó con otro médico, conversando en voz baja. No entraron en la sala. Eulalia sólo alcanzó a ver el perfil y el movimiento de su mano al señalar algo.
El anillo brilló bajo una lámpara.
La risa se alejó.
Eulalia permaneció inmóvil con la funda limpia entre los dedos.
La vergüenza regresó antes que la tristeza.
Pensó que él podía recorrer el hospital sin tener que recordar nada. Podía reír, detenerse a conversar y volver a casa.
Ella seguía contando las calles que habían caminado juntos.
Apretó la tela.
Después terminó de colocarla.
La mujer de la cama cinco comenzó a quejarse.
Eulalia acudió y trató de entender qué necesitaba. La paciente hablaba entrecortadamente, señalaba la almohada y luego el brazo.
La joven cerró un poco la cortina para ayudarla a cambiar de postura.
Mientras lo hacía, escuchó la voz de Tomás.
—Señorita.
—Ya voy.
Terminó de acomodar a la mujer.
Buscó algo en la mesa y no lo encontró. Tuvo que salir al armario.
Tomás volvió a llamarla.
—Me cuesta respirar.
Eulalia se detuvo.
Miró hacia su cama, pero desde donde estaba no podía verle bien el rostro.
—Voy en un momento.
La mujer de la cinco le sujetó el antebrazo.
Necesitaba ayuda para apoyar mejor el cuerpo y se angustiaba cada vez que Eulalia intentaba apartarse.
La enfermera volvió junto a ella.
En su mente, la voz de Tomás quedó mezclada con otras llamadas de la noche.
Había tenido miedo antes.
La había buscado sólo para confirmar que seguía allí.
Eulalia recordó aquellas veces y aceptó la explicación sin comprobarla.
Terminó una tarea.
Luego otra.
La campanilla sonó.
Un tintineo breve.
Eulalia levantó la cabeza.
—Ya voy, Tomás.
Abrió el armario de suministros.
Se quedó mirando el interior.
Durante unos segundos no recordó qué buscaba.
El cansancio le pesaba detrás de los ojos. La frase de Alejandro volvió de pronto, sin que la llamara.
Lo que sentí por ti fue verdadero.
Cerró el armario.
La campanilla sonó otra vez.
Después, nada.
El silencio la hizo mirar.
Eulalia caminó hacia la cama doce.
A mitad del trayecto comenzó a apresurarse.
Tomás tenía una mano cerca de la campanilla. La otra sujetaba la sábana. Su expresión había cambiado.
—Tomás.
Se inclinó junto a él.
El muchacho movió los labios.
Ella no entendió lo que intentaba decir.
Lo llamó de nuevo y pidió ayuda.
La voz le salió más fuerte de lo que esperaba.
Una enfermera que entraba desde el corredor acudió de inmediato. Eulalia le explicó lo que veía y avisaron al médico.
Todo empezó a ocurrir deprisa.
La cama se separó de la pared.
Acercaron materiales.
Alguien pidió que despejaran el paso.
Eulalia obedecía cada indicación con una claridad que le dolía. Sabía qué hacer, dónde buscar, a quién llamar.
Lo había sabido también cuando Tomás pidió ayuda.
Teresa regresó y se incorporó al trabajo sin hacer preguntas.
Durante un instante sus ojos encontraron los de Eulalia.
La joven apartó la mirada hacia el muchacho.
—Tomás, estamos aquí.
No supo si la había escuchado.
El reloj del corredor continuaba funcionando.
Eulalia miró su esfera una vez y después evitó volver a hacerlo.
Le parecía imposible que los minutos conservaran el mismo tamaño.
A su alrededor se sucedían voces breves, movimientos y silencios que nadie dejaba durar. Ella trabajaba aferrada a cada indicación, esperando un cambio que permitiera respirar a todos.
Recordó la carta para Beatriz.
La mancha de tinta.
La ventana del dibujo.
Apartó el recuerdo y se concentró.
Todavía estaba allí.
Todavía podían hacer algo.
En algún momento, una persona le pidió que se hiciera a un lado.
Eulalia retrocedió apenas.
Tenía las manos rígidas.
Teresa estaba cerca de la cabecera. El médico volvió a revisar al muchacho y habló con quienes lo rodeaban.
Luego el ritmo de la sala cambió.
Las voces disminuyeron.
Alguien dejó un instrumento sobre una bandeja.
Eulalia comprendió antes de que se lo dijeran.
Aun así, cuando el médico pronunció la hora, miró a Tomás como si él pudiera contradecirlo.
El muchacho permaneció inmóvil.
Eulalia quiso tocarle el hombro.
No lo hizo.
La apartaron unos pasos para continuar con lo necesario.
Teresa le acercó una silla.
Eulalia no se sentó.
—Me llamó —dijo.
Su compañera la miró.
—Ahora vamos a…
—Me dijo que le costaba respirar.
Teresa guardó silencio.
Eulalia intentó recordar cuánto tiempo había pasado.
La cortina.
La paciente que sujetaba su brazo.
El armario.
La campanilla.
No podía ordenar la distancia entre una cosa y otra.
—No fui enseguida.
Teresa se acercó.
—Tendrá que decir todo lo que ocurrió.
Eulalia asintió.
Había esperado que su compañera dijera otra cosa.
Que no había sido tanto.
Que había demasiadas tareas.
Que no podía saberlo.
Teresa no lo dijo.
La condujo hasta el escritorio y dejó un vaso de agua frente a ella.
Eulalia lo miró sin beber.
Avisaron a Beatriz.
Mientras la esperaban, el hospital continuó.
Mercedes llamó desde su cama. Otra paciente preguntó qué había pasado. Un hombre necesitó ayuda para incorporarse.
Teresa y la enfermera que había llegado atendieron la sala.
Eulalia permanecía junto al escritorio, intentando escribir una primera anotación. Cada vez que apoyaba la pluma, veía la mano de Tomás cerca de la campanilla.
No supo quién cerró la cortina de la cama doce.
Cuando levantó los ojos, ya estaba cerrada.
Aquello le produjo una necesidad absurda de abrirla.
El muchacho podía pensar que lo habían dejado solo.
Eulalia apretó la pluma hasta que le dolieron los dedos.
Beatriz llegó antes del amanecer.
Llevaba el cabello húmedo y una bolsa de pan.
Se detuvo al encontrar al médico junto a la entrada de la sala.
Él le pidió que pasara a un espacio cercano para hablar.
Eulalia vio cómo la joven escuchaba.
Primero negó con la cabeza.
Después dejó de moverse.
La bolsa comenzó a resbalar entre sus manos, pero la sujetó antes de que cayera.
Eulalia se levantó.
No sabía hacia dónde ir.
El médico terminó de explicar y Beatriz miró hacia la sala.
—Quiero verlo.
La acompañaron.
Al pasar junto al escritorio, sus ojos encontraron los de Eulalia.
No preguntó nada.
Eso fue peor.
Teresa abrió la cortina.
Beatriz entró con la bolsa todavía en la mano.
La dejó sobre una silla.
—Tomás.
El nombre sonó como una llamada cotidiana.
Como si hubiera llegado del taller y él no quisiera despertarse.
Se acercó a la cama y le alisó el cabello.
Eulalia permaneció en el borde de la cortina.
No tenía derecho a aquella cercanía, pero tampoco conseguía marcharse.
Beatriz miró el rostro de su hermano.
—Ayer me dijo que iba a tener hambre.
Le rozó la frente con los dedos.
Después vio la campanilla sobre la mesa.
—¿Estuvo solo?
Eulalia sintió que la pregunta le quitaba el aire.
Teresa respondió con cuidado que habían estado atendiéndolo, que el médico había acudido y que intentaron salvarlo.
Beatriz escuchó.
No apartó la mano del cabello de Tomás.
Eulalia abrió la boca.
Quería decir que la había llamado.
Que ella estaba en la sala.
Que había oído.
No consiguió pronunciar una palabra.
Más tarde le pidieron un relato de lo sucedido.
Eulalia se sentó ante una mesa con una hoja limpia.
La persona que estaba al otro lado hizo preguntas concretas. Ella respondió cuanto pudo recordar.
A qué hora había comenzado a atender a la paciente de la cama cinco.
Cuándo escuchó a Tomás.
Qué había dicho.
Qué hizo después.
La joven pidió consultar el registro para no inventar horarios.
Aun así, hubo minutos que sólo pudo describir de forma aproximada.
—¿Le informó que tenía dificultad para respirar?
Eulalia sostuvo la pluma.
—Sí.
—¿Acudió en ese momento?
Ella miró el papel.
—No.
La persona esperó.
Eulalia añadió lo que había estado haciendo.
No mencionó a Alejandro.
No habló del libro ni de la fotografía.
La pregunta era sobre Tomás.
Él había llamado y ella había demorado la respuesta.
Lo escribió de su propia mano.
Al terminar, tuvo que leer cada línea antes de firmar. Le pareció que el texto pertenecía a otra persona hasta que llegó a una frase que recordaba con exactitud.
Le respondí que iría en un momento.
Eulalia firmó.
Beatriz seguía en el hospital cuando la dejaron salir de aquella habitación.
Estaba sentada en un banco, con la bolsa de pan a sus pies.
Había dejado de llorar, pero respiraba como si cada vez tuviera que acordarse de hacerlo.
Eulalia se detuvo a unos pasos.
—Beatriz.
La joven levantó la cabeza.
Eulalia metió una mano en el bolsillo.
Encontró el dibujo.
El borde del papel le rozó los dedos.
No pudo sacarlo.
—Yo…
Beatriz esperó.
En su rostro no había una pregunta que Eulalia supiera responder.
—Lo siento —dijo al fin.
La joven bajó los ojos.
Miró la bolsa.
—Me hizo prometer que traería pan.
Eulalia permaneció junto al banco, con el dibujo oculto en el bolsillo y los dedos inmóviles sobre la tela.
Beatriz volvió a mirar hacia el corredor por donde habían llevado a su hermano.
La conversación había terminado.
Al salir, la lluvia había disminuido.
Eulalia cruzó la portería sin saludar. Caminó varias calles antes de darse cuenta de que no había abierto el paraguas.
El agua se le metía por el cuello.
Siguió andando.
Al llegar al cuarto, encontró la mesa preparada como la había dejado: la plancha, la fotografía de su madre y el libro junto a la lámpara.
Sacó la carta del bolso.
No la había enviado.
Después sacó el dibujo.
La humedad del uniforme había ablandado una esquina.
Lo extendió sobre el mantel.
Las dos figuras seguían en la ventana.
Eulalia se sentó frente a ellas.
Había decidido darle las gracias.
Había prometido escuchar.
Había acudido al comienzo del turno y se había convencido de que todavía podía corregir todo lo demás.
Ahora trató de recordar la última palabra de Tomás.
No logró saber si había dicho su nombre.
La campanilla volvió a sonar en su memoria.
Eulalia miró hacia la puerta del cuarto.
Sólo se escuchaba el agua cayendo en el patio.
Se cubrió los oídos.
El tintineo continuó.

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