Capítulo 8 de 13
La última guardia
La mañana en que le pidieron que no volviera a atender pacientes, Eulalia llevaba el uniforme recién planchado.
Había pasado la noche despierta. Al clarear, calentó la plancha porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos. Humedeció el cuello, repasó las mangas y corrigió un pliegue que nadie habría notado.
Después se vistió y caminó hasta el hospital.
La supervisora la recibió en una habitación pequeña, lejos de la sala.
Sobre la mesa había varias hojas.
Eulalia reconoció su firma al pie de una de ellas.
—Mientras se revisa lo ocurrido, quedará apartada de la atención directa —le dijeron—. Tendremos que hablar con usted de nuevo.
Asintió.
Había imaginado que le exigirían alguna explicación más. Que tendría que repetir la noche, ordenar los minutos, precisar cuánto tiempo había transcurrido entre la primera llamada y su llegada a la cama.
Pero, por el momento, sólo debía irse.
—¿Necesitan que haga algo? —preguntó.
La supervisora la miró.
—Descanse. Procure estar localizable.
Eulalia bajó los ojos hacia sus manos.
Llevaba las uñas cortas y limpias.
Le resultaba insoportable que parecieran las mismas.
Teresa la esperaba en el corredor.
Al verla salir, dejó de hablar con una compañera y se acercó.
—Voy a acompañarla hasta la puerta.
Caminaron sin decir nada.
Frente a la entrada de la sala, Eulalia disminuyó el paso.
Desde allí podía ver algunas camas.
La doce tenía la cortina abierta.
Habían cambiado las sábanas.
Una almohada limpia descansaba contra la cabecera, hundida en el centro por el peso de alguien a quien ella todavía no conocía.
Eulalia se detuvo.
Teresa esperó a su lado.
—Ya la ocuparon.
Su compañera no respondió enseguida.
—Hay personas esperando atención.
Eulalia lo sabía.
Precisamente por eso le dolió.
En la portería recibió un sobre con una indicación escrita y lo guardó sin leerlo.
Teresa le tocó el brazo.
—¿Tiene a quién llamar?
—A mi madre.
—Hágalo.
Eulalia asintió.
Pero al llegar al cuarto no escribió.
Se sentó en la cama con el abrigo puesto y permaneció allí hasta que la dueña llamó para ofrecerle comida.
Durante los días siguientes, el tiempo perdió su orden.
Ya no había un turno que comenzara, una ronda que terminar ni una hora determinada para comer.
Eulalia se despertaba cuando las otras inquilinas llevaban tiempo fuera. Algunas tardes dormía sin quitarse la ropa y abría los ojos al anochecer, convencida de que había llegado tarde al hospital.
Se levantaba sobresaltada.
Luego recordaba.
El uniforme seguía colgado junto a la ventana.
La dueña entraba de vez en cuando con un plato o una jarra de agua. Al principio preguntó por su trabajo. Después dejó de hacerlo.
Una tarde encontró el pan intacto sobre la mesa.
—No puede estar sin comer.
Eulalia levantó la mirada.
—No tengo hambre.
—Eso no quiere decir que no lo necesite.
La mujer se llevó el plato y volvió con un poco de caldo.
Lo dejó cerca de la cama.
Eulalia bebió unas cucharadas para que no tuviera que insistir.
Luego apoyó la frente contra el borde de la mesa.
La campanilla sonaba sobre todo cuando intentaba dormir.
A veces era un recuerdo tan claro que se incorporaba y miraba hacia la puerta.
En una ocasión salió al patio.
Sólo encontró una llave goteando sobre una cubeta.
Se quedó escuchándola hasta que la dueña apareció.
—¿Busca algo?
Eulalia negó con la cabeza.
Regresó al cuarto.
Teresa fue a verla al quinto día.
Llevaba una bolsa pequeña y una expresión que Eulalia conocía: la atención paciente con que observaba a alguien antes de hacer una pregunta.
—Le traje algunas cosas.
Puso sobre la mesa fruta, pan y un recipiente con comida.
Eulalia quiso recoger el libro antes de que su compañera lo viera. Teresa ya había apartado la mirada hacia el uniforme colgado.
—¿Ha descansado?
—Estoy aquí todo el día.
—No es lo mismo.
La joven se sentó en la cama.
Teresa tomó la única silla.
Durante un rato escucharon el movimiento del patio.
—¿Qué dijeron? —preguntó Eulalia.
—La revisión continúa.
—¿Preguntaron por mí?
Teresa asintió.
—Dije lo que vi.
Eulalia miró las manos de su compañera.
—Les dijo que yo estaba mal.
—Les dije que estaba agotada, que habíamos hablado de que necesitaba descansar y que esa noche faltaba personal.
—También les dijo que lo oí.
Teresa tardó un momento.
—Eso lo dijo usted.
Eulalia cerró los ojos.
Su compañera esperó hasta que volvió a abrirlos.
—No sabemos qué habría ocurrido si hubiéramos actuado antes —dijo—. Pero la demora tiene que revisarse.
Eulalia sintió el impulso de aferrarse a la primera parte de la frase.
Podía repetirla hasta convertirla en una absolución.
No lo hizo.
—Me dijo que le costaba respirar.
Teresa asintió.
—Lo sé.
—Pensé que podía esperar.
Su voz se quebró.
—No fui a verlo para saberlo.
Teresa se acercó un poco.
Eulalia se cubrió el rostro.
Lloró sin la violencia de las primeras noches. Apenas tenía fuerzas para hacerlo.
Cuando se calmó, su compañera le ofreció agua.
—Necesita que la revisen también a usted.
Eulalia miró el vaso.
—Estoy cansada.
—Y casi no está comiendo.
—Se me pasará.
Teresa no discutió.
Sacó papel y una pluma del bolso.
—Escribamos a su madre.
La madre de Eulalia llegó con una maleta pequeña y una manta doblada sobre el brazo.
La dueña la acompañó hasta la puerta.
Eulalia escuchó su voz antes de verla.
Se puso de pie tan deprisa que tuvo que sujetarse de la mesa.
Su madre entró, dejó las cosas y la miró.
No preguntó por Alejandro.
No preguntó por el hospital.
Se acercó y le puso una mano en la mejilla.
—Estás muy delgada.
Eulalia intentó sonreír.
No pudo.
Se abrazó a ella como cuando era niña y regresaba de alguna parte con una pena que todavía no sabía explicar.
Su madre le sostuvo la nuca.
Permanecieron así hasta que Eulalia comenzó a temblar.
Después la ayudó a sentarse.
Miró alrededor del cuarto: los platos casi intactos, las hojas sobre la mesa, el uniforme que seguía preparado.
Al ver la plancha, pasó los dedos por el mango.
—Ven conmigo —dijo.
Eulalia negó con la cabeza.
—Todavía pueden necesitar que vuelva para hablar.
—Podemos dejar una dirección.
La joven miró el dibujo de Tomás.
—Tengo algo que hacer aquí.
Su madre siguió la dirección de sus ojos.
—¿Qué es?
Eulalia tardó en responder.
—Tengo que hablar con su hermana.
Encontrar a Beatriz fue más difícil de lo que había imaginado.
Eulalia conocía los datos anotados para avisarle si Tomás empeoraba, pero no quiso aparecer sin anunciarse.
Teresa la ayudó a hacerle llegar una petición.
Durante dos días no hubo respuesta.
Al tercero, Beatriz aceptó verla.
Eligió un portal cercano al hospital, a la hora en que salía del taller.
Eulalia llegó temprano.
Llevaba el dibujo en el bolso.
También una hoja donde había intentado escribir lo que quería decir.
La había leído tantas veces que las palabras le parecían vacías.
Beatriz apareció con una chaqueta oscura y una bolsa de trabajo.
Se detuvo a cierta distancia.
—Tengo que volver pronto.
Eulalia asintió.
El ruido de la calle parecía llegar desde muy lejos.
—Quería decirle lo que ocurrió.
Beatriz la miró.
—Ya hablaron conmigo.
—Hay algo que tiene que oír de mí.
La joven cruzó los brazos.
Eulalia respiró antes de continuar.
—Tomás me llamó. Me dijo que le costaba respirar. Yo estaba atendiendo a otra persona.
Se detuvo.
No quería que aquella explicación se convirtiera en una excusa.
—Le respondí que iba en un momento. No fui enseguida.
Beatriz bajó la mirada.
Eulalia vio cómo apretaba la tela de una manga entre los dedos.
—¿Cuánto esperó?
—No sé precisar todos los minutos.
Beatriz levantó la cabeza.
—Él sí los esperó.
Eulalia no respondió.
Tenía la hoja preparada dentro del bolso, pero no intentó sacarla.
—Sí —dijo al fin.
Beatriz volvió el rostro hacia la calle.
Un carro pasó frente al portal y obligó a ambas a guardar silencio.
Cuando el ruido se alejó, Eulalia continuó.
—Debí ir a verlo. Debí pedir ayuda antes.
Los ojos de Beatriz estaban húmedos, aunque no lloraba.
—¿Por qué vino?
Eulalia abrió la boca.
Pensó en decir que necesitaba pedir perdón.
Al escuchar la palabra dentro de sí, comprendió cuánto esperaba obtener de aquella conversación.
—No podía dejar que usted no lo supiera.
Beatriz permaneció inmóvil.
—Ahora lo sé.
Eulalia tocó el bolso.
El dibujo estaba allí.
Quiso devolvérselo. Era de Tomás. Su hermana debía conservarlo.
Pero temió que Beatriz se lo arrebatara, que lo rompiera o que se marchara con él sin permitirle mirarlo otra vez. Le avergonzó descubrir aquella necesidad de retener algo que ya no le pertenecía del todo.
Dejó la mano quieta.
—Lo siento.
Beatriz cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, parecía más cansada.
—No puedo darle lo que vino a buscar.
Eulalia bajó la cabeza.
—No sé qué vine a buscar.
La joven ajustó la bolsa sobre el hombro.
—Yo tampoco sé qué hacer con esto.
Se apartó del portal.
Eulalia no intentó seguirla.
La vio alejarse entre las personas hasta que dejó de distinguir su chaqueta.
Sólo entonces sacó el dibujo.
Lo sostuvo cerrado.
Aquella noche comenzó la fiebre.
Su madre creyó al principio que era el agotamiento. Eulalia tenía las mejillas encendidas y decía sentir frío, aunque el cuarto estaba templado.
Le puso la manta sobre los hombros.
Después la escuchó toser.
Al día siguiente llamó a Teresa.
La enfermera fue a verla y consiguió que la examinara un médico.
Eulalia respondía a las preguntas con frases breves. Intentó restar importancia a lo que sentía, pero al levantarse para buscar agua tuvo que sentarse de inmediato.
La fiebre no cedía. El médico encontró señales de una infección respiratoria y explicó a su madre que necesitaba atención en el hospital.
Decidieron llevarla allí.
Su madre recogió ropa limpia y los pocos objetos que podían necesitar. Eulalia le pidió que guardara el dibujo en el cajón.
—Que no se moje.
La mujer lo colocó entre dos hojas y cerró con cuidado.
Antes de salir, Eulalia miró el uniforme colgado.
Se había preparado para volver a trabajar.
Ahora la esperaban del otro lado de las camas.
Al ingresar, buscó a Teresa con los ojos.
Su compañera la acompañó hasta el lugar donde iban a atenderla.
Eulalia miró las sábanas, el vaso sobre la mesa, la cortina que podía cerrarse alrededor de la cama.
Conocía cada objeto.
No sabía dónde poner las manos.
Cuando una enfermera se acercó para ayudarla, intentó incorporarse por su cuenta.
—Puedo hacerlo.
El esfuerzo le provocó una tos que la dejó sin aire durante unos instantes.
La mujer esperó y luego le ofreció apoyo otra vez.
Eulalia lo aceptó.
Le avergonzaba necesitar ayuda para algo tan sencillo.
Recordó a don Manuel sujetando la sábana.
A Mercedes pidiéndole que se quedara.
No eran recuerdos lejanos. Estaban allí, en el modo en que ahora ella miraba a quien se acercaba, tratando de saber si tenía prisa.
Los días siguientes transcurrieron entre períodos de sueño y despertares confusos.
Su madre permanecía cerca cuanto podía. Teresa acudía al terminar su turno o durante algún descanso.
A veces Eulalia conversaba con claridad.
Preguntaba si habían llamado de la oficina, si necesitaban otra declaración, si Beatriz había vuelto al hospital.
Teresa respondía lo que sabía.
Otras veces la fiebre le hacía perder el orden de las horas.
Intentaba levantarse porque creía que había comenzado su guardia.
Buscaba la cofia sobre la almohada.
Una madrugada tomó la mano de su madre y le preguntó:
—¿Quién está con la cama doce?
La mujer la miró.
—Descansa, hija.
Eulalia intentó ver más allá de la cortina.
—No debe quedarse solo.
Su madre llamó a la enfermera.
Cuando regresó junto a ella, Eulalia había vuelto a cerrar los ojos.
Alejandro preguntó por su estado.
Teresa lo encontró cerca de la sala y supo, por la manera en que se detuvo, que quería entrar.
—He oído que está ingresada.
—Sí.
Él miró hacia las camas.
—¿Puedo verla?
Teresa sostuvo su mirada.
—Tendría que preguntárselo.
Más tarde lo hizo.
Eulalia estaba despierta y parecía menos inquieta.
Al escuchar el nombre, volvió el rostro hacia la ventana.
—No.
Teresa no insistió.
Eulalia permaneció callada unos segundos.
—No quiero tener que hablar otra vez de eso.
—No tendrá que hacerlo.
La joven aflojó los dedos sobre la sábana.
Por primera vez, la posibilidad de volver a ver a Alejandro no ocupó el resto de la noche.
Había otra voz que escuchaba con más claridad.
La de Tomás.
Pidió papel cuando pudo sostener la pluma.
Su madre creyó que quería escribir a casa.
Eulalia negó con la cabeza.
—Es para Beatriz.
Teresa acomodó una superficie sobre sus rodillas y se sentó cerca.
La joven escribió despacio.
Tuvo que detenerse varias veces para descansar.
No habló de Alejandro.
No describió las promesas, el libro ni la fotografía del periódico.
Escribió sobre la llamada de Tomás y la demora. Sobre la hoja que había guardado. Sobre la invitación a visitar su casa.
Aclaró que nadie debía cargar con una decisión que ella había tomado.
Al final reconoció que no había tenido valor para devolver el dibujo durante la conversación bajo el portal.
La última línea le costó más que las otras.
No le pido que me responda.
Leyó la carta.
Teresa le preguntó si quería añadir algo.
Eulalia negó con la cabeza.
La dobló y se la entregó a su madre.
—Si no puedo dársela, dásela tú.
La mujer recibió el papel, pero no quiso guardarlo enseguida.
—Se la darás cuando estés mejor.
Eulalia no discutió.
Dejó la mano encima de la de su madre hasta que ambas bajaron el sobre sobre la mesa.
Una tarde mejoró lo suficiente para sentarse.
Su madre le peinó el cabello y abrió la cortina para que pudiera ver la luz.
Eulalia bebió unas cucharadas de caldo.
Teresa sonrió al encontrarla despierta.
Hablaron del patio de la casa donde rentaba el cuarto. La madre contó que había recogido las cosas de Eulalia para mantenerlas limpias y que la dueña había prometido reservarle la habitación.
—El mantel sigue esperando —dijo.
Eulalia miró sus manos.
—No lo termine.
Su madre dejó el peine sobre la mesa.
—Está bien.
No le preguntó por qué.
Aquella noche Eulalia durmió varias horas sin despertarse.
Al amanecer, sin embargo, volvió la fiebre.
El deterioro fue rápido. La infección había avanzado pese a los cuidados, y el médico habló con su madre de la gravedad de su estado. Teresa escuchó a su lado, sin atribuir la enfermedad a la pena ni a la culpa que Eulalia llevaba consigo.
Había momentos en que Eulalia parecía escuchar lo que ocurría a su alrededor, pero no tenía fuerzas para responder.
Su madre le humedecía los labios y le acomodaba el cabello.
Teresa permaneció cuando pudo.
Cada vez que entraba en la sala, buscaba algún cambio favorable antes de acercarse.
Una noche llevó una silla y se sentó junto a la cama.
Eulalia abrió los ojos.
—Pensé que ya se había ido.
—Todavía estoy aquí.
La joven miró hacia el corredor.
—¿Ha llamado alguien?
Teresa escuchó.
Desde otra cama llegó una tos.
—Están atendidos.
Eulalia parecía intentar recordar algo.
—Mercedes…
—También.
Su respiración se hizo más lenta durante unos instantes.
Teresa le acomodó la manta.
—Descanse.
La joven cerró los ojos, pero no se durmió.
—Yo les decía eso.
Teresa dejó la mano sobre la sábana.
Eulalia volvió a abrir los ojos.
—A veces sólo querían que me quedara.
Su compañera acercó la silla.
Permaneció junto a ella.
Antes del amanecer, Eulalia escuchó la campanilla.
El sonido llegó desde el fondo de la sala.
Era suave, espaciado.
Abrió los ojos.
Teresa estaba a su lado. Su madre descansaba en otra silla, con la cabeza inclinada y una mano cerca de la cama.
—¿La oyó? —preguntó Eulalia.
La enfermera se acercó para entenderla.
—¿Qué cosa?
El tintineo volvió a sonar.
Eulalia miró hacia el corredor.
—Está llamando.
Teresa tomó su mano.
—No ha sonado ninguna campanilla.
La joven intentó incorporarse.
No pudo.
En el espacio entre dos cortinas vio una cama que conocía.
Tomás estaba sentado sobre ella.
Llevaba la camisa que Beatriz había remendado. Tenía una hoja doblada entre las manos y la miraba con la paciencia de quien ha esperado mucho tiempo.
Eulalia sintió que el miedo disminuía.
Quiso decirle que había guardado su dibujo.
Que sabía cómo era la casa.
Que podía explicarle el camino.
Pero la campanilla volvió a sonar y comprendió que todavía le faltaba responder.
Movió la mano dentro de la de Teresa.
—Esta vez voy.
Su compañera se inclinó.
—Eulalia.
La joven tenía los ojos abiertos hacia el corredor.
Después su mirada dejó de seguir lo que veía.
Teresa llamó al personal.
La madre se despertó y se puso de pie sin comprender al principio qué había cambiado.
Las personas que acudieron trabajaron alrededor de la cama.
Teresa tuvo que apartarse.
El amanecer empezó a iluminar el cristal.
Su madre pidió que la vistieran con el uniforme blanco.
Lo había traído doblado en la maleta, convencida de que Eulalia volvería a usarlo cuando pudiera regresar al trabajo.
Teresa lo recibió.
La tela conservaba algunas arrugas del viaje.
Consiguió una plancha y una mesa donde prepararlo.
Extendió primero las mangas.
Después el cuello.
Al llegar a la falda, tuvo que detenerse.
Una gota cayó sobre el algodón.
La secó con un paño y esperó antes de continuar.
Recordó a Eulalia el primer día, de pie en la portería, sosteniendo aquella plancha envuelta en una manta.
Recordó su respuesta cuando Alejandro elogió lo mucho que observaba.
Recordó también las advertencias que ella había dado y que no habían bastado.
Repasó el último pliegue.
El uniforme quedó impecable.
Después de la despedida, Teresa volvió a la sala.
Había personas que no sabían nada de Eulalia.
Una mujer pedía agua.
Un hombre quería saber cuándo llegaría su familia.
La vida del hospital exigía que alguien respondiera.
Teresa se lavó las manos y comenzó la ronda.
Al pasar junto a la cama doce, se detuvo para revisar al paciente que la ocupaba.
El hombre estaba despierto.
—Gracias por mandar a la otra señorita —dijo.
Teresa levantó la cabeza.
—¿Qué señorita?
—La que vino hace un rato.
Él señaló la manta.
—Me la acomodó. Yo no alcanzaba.
Teresa miró hacia el escritorio.
Las compañeras estaban allí.
—¿Cómo era?
El hombre se encogió de hombros.
—Joven. Con un vestido muy blanco.
La enfermera permaneció junto a la cama.
Desde el fondo del corredor llegó un tintineo.
Una sola vez.
Teresa volvió la cabeza.
No vio a nadie.
