Capítulo 9 de 13
El turno que no terminaba
Eulalia abrió los ojos de pie en el corredor.
No recordaba haberse levantado.
La última imagen que conservaba era la mano de Teresa sobre la suya y, más allá de las cortinas, Tomás sosteniendo el dibujo. Después había sentido un alivio breve, como cuando por fin se consigue dormir tras varias noches de fiebre.
Ahora estaba frente al cuarto de suministros.
Miró sus manos.
Ya no temblaban.
El uniforme estaba limpio, perfectamente acomodado sobre su cuerpo. Los puños conservaban sus dobleces. La falda caía recta, sin ninguna señal de las horas que había pasado acostada.
Eulalia tocó el cuello.
No tenía frío.
Tampoco sentía el dolor que había aprendido a esperar cada vez que respiraba.
Se volvió hacia la sala.
Las camas estaban vacías.
—¿Teresa?
Su voz le pareció demasiado baja.
Avanzó unos pasos.
Sobre el escritorio había un registro abierto, una pluma y un vaso de agua. Se acercó al vaso, convencida de que alguien acababa de dejarlo allí.
La superficie no se movía.
Eulalia levantó la cabeza hacia el reloj.
Las agujas marcaban las dos y diecisiete.
El segundero permanecía inmóvil.
Buscó a su madre.
Revisó el área de descanso, la habitación donde guardaban la ropa limpia y el pequeño espacio junto a la sala donde a veces esperaban los familiares.
Las sillas estaban desocupadas.
No había bolsos ni abrigos.
Al llegar a la escalera, se detuvo.
Recordó a Alejandro apoyado en la barandilla. La hoja con su dirección. El anillo que había visto después.
Esperó sentir la antigua punzada.
Sólo encontró cansancio.
Un cansancio distinto, sin peso en el cuerpo.
Bajó los escalones y se dirigió hacia la portería.
La entrada estaba abierta.
Más allá se veía una calle húmeda y una luz gris que podía ser la del amanecer.
Eulalia se apresuró.
Tenía que encontrar a su madre, decirle que se sentía mejor. Debía volver al cuarto, recoger la carta y devolver el dibujo.
Cruzó la puerta.
El suelo cambió bajo sus pies.
La luz gris desapareció.
Estaba otra vez frente al cuarto de suministros.
Eulalia miró hacia atrás.
El corredor se extendía hasta las camas vacías.
Volvió a caminar.
Esta vez recorrió despacio el camino hasta la entrada, comprobando cada giro.
Pasó junto a la misma silla.
Bajó los mismos escalones.
Llegó a la calle.
Y regresó al corredor.
La campanilla sonó cuando intentó salir por tercera vez.
Eulalia se quedó inmóvil.
El tintineo provenía de la cama doce.
Reconoció la distancia. Había aprendido a distinguir aquel sonido incluso entre las conversaciones de la sala.
Avanzó.
Una cortina que antes estaba abierta ahora ocultaba la cama.
Eulalia la apartó.
No había nadie.
La sábana estaba lisa.
Sobre la mesa descansaba la campanilla.
Extendió la mano hacia ella.
Antes de tocarla, volvió a sonar.
Eulalia retiró los dedos.
—Tomás.
El nombre quedó suspendido en la habitación.
Esperó.
Ninguna voz respondió.
La campanilla sonó otra vez, más lejos.
Eulalia miró hacia la cama contigua.
Había una mujer sentada en el borde, con los hombros encogidos. Llevaba una prenda que Eulalia no reconocía y tenía las manos apoyadas sobre las rodillas.
Temblaba.
La enfermera se acercó.
—¿Tiene frío?
La mujer levantó la cabeza.
Sus ojos tardaron en encontrarla.
—No quiero molestar.
Eulalia miró la manta amontonada al pie de la cama.
—Voy a ayudarla.
La tomó.
Durante un instante creyó que sus manos atravesarían la tela. Sin embargo, pudo levantarla y extenderla sobre los hombros de la paciente.
El temblor disminuyó.
La campanilla dejó de sonar.
La mujer se sujetó los bordes de la manta.
—Gracias.
Eulalia abrió la boca para preguntarle cómo se llamaba.
Una luz atravesó el corredor.
Cuando volvió a mirar, la cama estaba vacía.
Regresó al escritorio.
El registro seguía abierto.
Eulalia reconoció la letra antes de leer la primera línea.
Era la suya.
El paciente de la cama doce solicitó atención.
Pasó a la siguiente hoja.
Le respondí que iría en un momento.
La página siguiente contenía la misma frase.
Después otra.
Eulalia comenzó a pasar las hojas deprisa.
La anotación se repetía sin fechas, sin nombres adicionales, sin espacio para continuar.
Se detuvo cuando encontró una línea diferente.
La cama doce llamó.
Apoyó la palma sobre el papel.
—Lo sé.
El registro permaneció abierto.
Eulalia quiso escribir algo debajo.
Que había oído.
Que había tardado.
Que había acudido después.
Tomó la pluma.
La punta rozó la hoja, pero no dejó ninguna marca.
Lo intentó de nuevo.
El papel seguía igual.
Desde una cama llegó una voz.
—Señorita.
Eulalia dejó la pluma.
Se volvió de inmediato.
Era un anciano que tenía el vaso vacío.
Eulalia no recordaba haberlo visto ingresar.
Había algo familiar en la manera en que miraba la puerta: esperaba a alguien, aunque parecía haber perdido la esperanza de que llegara.
—¿Quiere agua?
Él asintió.
Ella encontró una jarra sobre la mesa y llenó el vaso.
Cuando se lo acercó, el hombre intentó sostenerlo, pero sus dedos no pudieron cerrarse alrededor.
Eulalia lo sostuvo por él.
Esperó entre un sorbo y otro.
El anciano apoyó la cabeza.
—Pensé que nadie me había oído.
Eulalia sintió el impulso de disculparse.
No sabía cuánto tiempo llevaba llamando.
—Aquí estoy.
El hombre cerró los ojos.
Una sombra pasó por la pared.
Eulalia miró hacia el corredor y vio personas caminando.
Una enfermera llevaba ropa limpia.
Un empleado empujaba un carro.
Teresa estaba junto al escritorio.
Eulalia dejó el vaso y se apresuró hacia ella.
—Teresa.
Su compañera no levantó la cabeza.
Eulalia se detuvo frente a la mesa.
—No sé qué está pasando.
Teresa acomodó unos papeles.
Una mujer joven se acercó para entregarle un registro y ambas comenzaron a hablar.
Eulalia intentó intervenir.
Ninguna la miró.
Se acercó más.
La joven extendió un brazo para alcanzar una carpeta.
Su mano atravesó la manga blanca de Eulalia.
Retrocedió hasta tocar la pared.
O creyó tocarla.
No sintió la superficie fría ni la pintura áspera que conocía.
Miró sus dedos.
A través de ellos podía ver una grieta.
Eulalia permaneció allí mientras Teresa continuaba trabajando a pocos pasos.
Quiso gritar.
Quiso pedirle que se volviera.
Entonces recordó la cama, a su madre despertándose, a Teresa llamando al personal.
Recordó que había intentado ir hacia Tomás.
No había salido caminando de aquella sala.
El miedo llegó despacio.
Eulalia bajó los ojos hacia el uniforme.
Comprendió por qué estaba tan limpio.
No supo cuánto tiempo pasó junto a la pared.
Las personas se movían a su alrededor sin advertirla. A veces desaparecían y la sala quedaba desierta. Otras regresaban, pero algo había cambiado.
Una cama estaba en otro sitio.
Habían sustituido una lámpara.
Una puerta que ella recordaba cerrada daba ahora a una habitación distinta.
Eulalia intentó reconocer el orden de los turnos.
No pudo.
El día llegaba en destellos. La noche permanecía.
Durante uno de aquellos cambios encontró a su madre junto a la entrada.
Llevaba la maleta pequeña y sostenía un sobre.
Teresa estaba con ella.
Eulalia caminó hacia ambas.
Reconoció la carta.
La que había escrito para Beatriz.
Su madre la sujetaba entre las manos, como si temiera perderla.
—¿Y el dibujo? —preguntó Teresa.
La mujer tocó la maleta.
—Lo llevo aquí.
Eulalia extendió la mano.
Su madre se volvió hacia la salida.
—Ella quería dárselo.
Teresa asintió.
Eulalia intentó seguirlas.
Cuando cruzaron la puerta, regresó al corredor vacío.
La campanilla comenzó a sonar.
Esta vez Eulalia no buscó la salida.
Fue hacia las camas.
Al principio creyó que todas las llamadas eran de Tomás.
Cada tintineo la llevaba a la cama doce. Allí encontraba a un desconocido o una sábana vacía, y durante un instante sentía que había vuelto a equivocarse.
Después aprendió a escuchar de otro modo.
Una voz podía llegar desde la otra punta de la sala.
Una persona que no tenía fuerzas para hablar podía llamar sin emitir sonido.
Eulalia advertía una inquietud repentina, levantaba la cabeza y encontraba unos ojos abiertos en la oscuridad.
Se acercaba.
Preguntaba.
Algunas personas podían verla.
Otras sólo parecían sentir que alguien estaba junto a ellas.
Había noches en que conseguía levantar una manta o acercar un vaso. En otras, sus manos no lograban mover nada.
Entonces buscaba ayuda.
Descubrió que podía hacer caer un objeto pequeño si insistía. Una cucharilla. Una tapa. Una hoja colocada demasiado cerca del borde.
El ruido atraía a alguna enfermera.
Eulalia esperaba junto a la cama hasta que alguien vivo llegaba.
A veces el paciente sonreía al verla.
A veces se asustaba.
Ella aprendió a mantenerse a cierta distancia cuando su presencia provocaba más miedo.
No comprendía las reglas.
Sólo comprobaba lo que ayudaba y lo que debía intentar de otra manera.
No pudo salvar a todos.
La primera vez que vio morir a una paciente desde aquel otro lado, regresó a buscar la salida.
La mujer había estado acompañada. El personal acudió, hizo cuanto pudo y permaneció con ella. Aun así, Eulalia sintió que algo le exigía haber conseguido más.
Corrió hacia la portería.
El corredor la recibió de nuevo.
La campanilla sonó.
Eulalia se cubrió el rostro.
No había lágrimas.
A su espalda, una voz preguntó:
—¿Se va a quedar?
Era otra paciente.
Tenía los ojos muy abiertos y una mano extendida sobre la sábana.
Eulalia bajó los brazos.
Se acercó a la cama.
La mujer no pidió agua ni ayuda para moverse.
Sólo volvió a preguntar:
—¿Se queda?
Eulalia tomó la silla.
Esta vez pudo desplazarla.
Se sentó.
La paciente cerró los ojos poco a poco.
Eulalia permaneció allí hasta que otra enfermera entró en la sala y comprobó cómo se encontraba.
Después siguió sentada.
Comenzaba a comprender que algunas llamadas no pedían que venciera a la muerte.
Pedían compañía.
Teresa la vio una sola vez.
Habían pasado noches que Eulalia no sabía contar.
Su compañera estaba junto a un armario, buscando una caja, cuando levantó la cabeza.
Eulalia se encontraba al otro lado del corredor.
Ambas permanecieron inmóviles.
Teresa dejó la caja sobre una mesa.
—Eulalia.
La joven sintió algo parecido al alivio.
Dio un paso.
Teresa no retrocedió.
Tenía los ojos húmedos.
—¿Está aquí?
Eulalia quiso responder.
No logró hacer que su voz llegara hasta ella.
Señaló una cama.
Teresa miró en aquella dirección.
Un paciente intentaba incorporarse sin conseguirlo.
Su compañera acudió.
Cuando volvió la cabeza, Eulalia ya estaba junto al enfermo.
Lo vio aflojar los hombros mientras Teresa lo ayudaba.
La joven sonrió.
La luz del corredor aumentó.
Antes de desaparecer, escuchó a su compañera decir:
—Yo lo atiendo.
Las noches se acumularon.
Eulalia vio el cabello de Teresa llenarse de hebras claras. Vio cambiar sus manos, la forma de caminar, el tiempo que necesitaba para levantarse de una silla.
Después dejó de verla.
Durante muchas guardias la buscó entre las enfermeras.
Encontró a otras mujeres. Algunas sabían que, si un paciente hablaba de una cofia antigua, convenía escucharlo. Otras se reían hasta que algo ocurría cerca de una cama y tenían que levantarse.
Eulalia oyó su apodo.
Primero en voz baja.
Luego como una historia que se contaba a quienes llegaban.
La Planchada.
A veces las versiones hablaban de un médico. A veces decían que ella había esperado una boda que nunca ocurrió. Algunas personas afirmaban que se había quitado la vida; otras aseguraban que había muerto sin recibir una sola visita.
Eulalia escuchaba desde el corredor.
Quería corregirlas.
Su madre había estado allí.
Teresa había tomado su mano.
Tomás tenía una hermana.
Pero cuando lograba acercarse, alguien la llamaba desde una cama.
Y ella se marchaba a responder.
Con el tiempo aparecieron aparatos que no conocía.
Luces pequeñas.
Sonidos agudos.
Pantallas donde algo se movía sin cesar.
Eulalia no intentó utilizarlos.
Observaba a quienes trabajaban junto a ellos y aprendía a reconocer cuándo una alarma requería atención. Si no había nadie cerca, buscaba la manera de atraer al personal.
Los uniformes cambiaron.
Las cofias desaparecieron.
El suyo permaneció igual.
A veces una enfermera joven la confundía con una compañera de otra sala. Le preguntaba quién era, dónde trabajaba, por qué vestía de aquella manera.
Eulalia intentaba responder.
Casi siempre la voz se perdía antes de alcanzar a la otra persona.
Con los pacientes era distinto.
Ellos la escuchaban mejor.
Quizá porque la miraban sin apresurarse.
Quizá porque, en medio del miedo, aceptaban que alguien llegara sin pedir primero una explicación.
Nunca encontró de nuevo a Tomás.
Había ocasiones en que creía verlo al final del corredor: una figura delgada, un muchacho que llevaba algo entre las manos.
Al acercarse descubría una silla, una sombra o un paciente al que todavía no conocía.
Entonces regresaba a la cama doce.
No importaba dónde la colocaran ni qué número tuviera con los años. Eulalia reconocía aquel lugar por una memoria que las paredes conservaban para ella.
Apoyaba una mano sobre la sábana.
—Sí te oí.
Esperaba.
No había respuesta.
Luego añadía, cada vez más bajo:
—Y no fui.
La campanilla sonaba en alguna otra parte.
Eulalia se apartaba de la cama.
Una noche encontró a un anciano sosteniendo una fotografía.
Respiraba con esfuerzo.
La enfermera del escritorio escribía unas notas y levantaba la cabeza de vez en cuando para mirarlo.
Eulalia se detuvo junto al cuarto de suministros.
La joven tenía el rostro cansado de quien intenta recordar demasiadas cosas nuevas. Había dejado una taza cerca de los papeles y mantenía el bolígrafo detenido entre los dedos.
Eulalia miró al anciano.
Después a la enfermera.
El reloj del corredor marcaba las dos y diecisiete.
Sintió una urgencia conocida.
Hizo sonar la campanilla.
La joven levantó la cabeza.
Eulalia aguardó.
El anciano volvió a intentar tomar aire.
Entonces caminó hacia él.
—¿Necesita algo? —preguntó la enfermera.
Eulalia no se detuvo.
Llegó a la cama, acomodó la almohada y apoyó una mano sobre la frente del hombre.
Él abrió los ojos.
—Tengo sueño.
Eulalia vio a la joven acercarse.
Esta vez su voz salió con claridad.
—Todavía no. Ella ya viene.
El anciano intentó mirarla.
Eulalia levantó la cabeza hacia la enfermera y señaló la cama.
La joven apresuró el paso.
Al cabo de unos minutos, otras personas estaban allí.
Eulalia se apartó para dejarlas trabajar.
Cuando el anciano comenzó a respirar con menos dificultad, la enfermera se quedó junto a él. Le habló despacio y recogió del suelo la fotografía.
Eulalia la observó desde el corredor.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien había seguido su mirada hasta el lugar correcto.
La joven levantó la cabeza.
Parecía buscarla.
Eulalia quiso decirle su nombre.
La luz empezó a borrarla antes de que pudiera hacerlo.
Aun así, permaneció mirando a aquella enfermera hasta el último instante.
Después volvió a sonar una llamada.
Y Eulalia continuó su turno.