Capítulo 10 de 13
Un nombre bajo el polvo
Clara durmió tres horas después de su primera guardia.
Despertó con la sensación de haber olvidado algo junto a una cama. Se incorporó, buscó el reloj y tardó unos segundos en recordar que estaba en su habitación.
La luz entraba por una rendija de la cortina.
Sobre una silla había dejado su uniforme. El bolso seguía en el suelo, junto a los zapatos que se había quitado sin desatar.
Clara se acostó de nuevo.
Cerró los ojos.
Vio la cofia blanca.
Los puños impecables.
La mano apoyada sobre la frente de don Gabriel.
Abrió los ojos antes de que apareciera el corredor.
Había intentado explicarse lo ocurrido mientras volvía a casa. El cansancio podía alterar la percepción. La urgencia podía confundir los recuerdos. Una enfermera de otra área podía haberse marchado sin que nadie la viera.
Pero don Gabriel también la había visto.
Y había hablado con ella.
Clara se levantó para beber agua.
De pie en la cocina, recordó la advertencia de Inés.
Si vuelve a verla, revise a sus pacientes.
Aquella frase no sonaba como una superstición repetida para asustar a una recién llegada.
Sonaba como una indicación de trabajo.
Regresó al hospital antes de su siguiente turno.
No quería esperar hasta la madrugada para hacer preguntas.
Encontró a Inés revisando unos materiales en una mesa. La enfermera levantó la cabeza al verla.
—Todavía falta para que entre.
—Quería hablar con usted.
Inés cerró una caja.
—¿De la mujer?
Clara asintió.
Su compañera miró hacia la sala para comprobar que no hubiera nada urgente y la condujo a un espacio cercano.
No se sentaron.
Clara tenía miedo de que, si la conversación adquiría demasiada solemnidad, terminara pareciéndose a una historia de aparecidos.
—¿Quién le habló por primera vez de ella?
Inés apoyó una mano sobre la mesa.
—Una supervisora que tuve hace muchos años.
—¿La había visto?
—Decía que algunos pacientes la habían visto. Nunca me contó una aparición suya.
—¿Y usted?
La mujer sostuvo su mirada.
—He escuchado cosas que no he podido explicar. He encontrado pacientes hablando con alguien cuando no había nadie junto a ellos.
—¿Siempre describen el mismo uniforme?
—No todos. Algunos sólo dicen que vino una enfermera. Otros mencionan la cofia.
Clara esperó.
Inés continuó:
—Un hombre me preguntó una vez por qué aquella compañera trabajaba sin zapatos.
—¿Sin zapatos?
—No había oído sus pasos. Supuso que iba descalza.
Clara recordó que tampoco ella los había escuchado.
Sintió un pequeño escalofrío.
—¿Cómo se llamaba?
Inés se apartó de la mesa.
—Eulalia, según lo que me contaron.
El nombre le pareció demasiado sencillo para la mujer que había visto desaparecer.
—¿Sabe su apellido?
—No.
—¿Qué le ocurrió?
Inés tardó en responder.
—Dicen que se enamoró de un médico. Él se casó con otra y ella murió poco después.
Clara miró hacia el corredor.
—Eso explica que estuviera triste.
—Eso es lo que suele contarse.
—No explica por qué sigue aquí.
Inés no intentó responder.
Al comenzar la guardia, Clara hizo su ronda con más atención de la habitual.
Se obligó a aprender los nombres sin depender del número de las camas. Confirmó las indicaciones, preguntó qué necesitaba cada paciente y anotó lo que debía transmitir.
Cuando llegó junto a don Gabriel, el anciano estaba mirando su fotografía.
—¿Ya se siente mejor? —preguntó.
Él sonrió apenas.
—Hoy sí me dejaron hablar con mi hija.
—¿Vendrá?
—Está viendo cómo.
Clara acomodó la silla para sentarse unos minutos.
—Quería preguntarle por la enfermera que vio la otra noche.
Don Gabriel dejó la fotografía sobre la manta.
—¿Ya la encontró?
—Todavía no.
—Era muy amable.
—¿Recuerda su cara?
El hombre la describió con pausas. El cabello oscuro, el rostro delgado, una expresión seria que cambiaba cuando él la miraba.
Clara escuchó.
Era la misma mujer.
—¿Volvió a verla después de que yo me fui?
Don Gabriel asintió.
—Antes de que amaneciera.
—¿Le dijo algo más?
—Que descansara. Ya podía.
Clara entrelazó los dedos sobre sus rodillas.
El anciano notó su expresión.
—¿Hizo algo malo?
—No.
—Entonces búsquela para que sepa que se lo agradezco.
Clara asintió.
Se levantó cuando escuchó que la necesitaban en otra cama.
Antes de marcharse miró el borde de la sábana.
Estaba doblado con cuidado.
Durante sus días libres comenzó a buscar el nombre.
Al principio encontró sólo versiones de la leyenda.
En algunas, la enfermera había sido rubia. En otras, morena. Un relato afirmaba que se llamaba de otra manera. Varios repetían que el médico le había prometido casarse con ella, pero ninguno decía de dónde provenía aquella certeza.
Clara leyó hasta que las historias comenzaron a confundirse.
Cerró todo.
Necesitaba algo que hubiera existido antes de convertirse en relato.
Una fotografía.
Una nómina.
Un registro.
Preguntó en el hospital por materiales antiguos relacionados con su historia. La enviaron de una oficina a otra hasta que una empleada le explicó que conservaban algunos álbumes y documentos administrativos, aunque gran parte del material había sido trasladado o perdido.
—¿Para qué los quiere?
Clara dudó.
No podía decir que buscaba el nombre de un fantasma y esperar que la tomaran en serio.
—Estoy tratando de identificar a una enfermera que aparece en una historia del hospital.
La mujer la observó.
—Aquí hay muchas.
—Ésta podría llamarse Eulalia.
La empleada buscó una libreta y le indicó cuándo podía volver.
—Preguntaré si alguien recuerda el nombre.
El cuarto donde le permitieron consultar las fotografías tenía una ventana alta y un ventilador que giraba con un ruido irregular.
Sobre una mesa colocaron dos álbumes y varias carpetas.
Clara se lavó las manos, las secó bien y se sentó.
No esperaba encontrar nada durante la primera visita.
Abrió un álbum.
Las fotografías estaban sujetas por esquinas de papel. En muchas aparecían filas de empleados frente a puertas que habían cambiado con los años. Otras mostraban camas, patios, ceremonias y grupos que miraban a la cámara con una seriedad casi idéntica.
Algunos nombres estaban escritos debajo.
Otros habían desaparecido bajo manchas o raspaduras.
Clara examinó cada rostro.
Pasó varias páginas.
Entonces se detuvo.
La fotografía mostraba a un grupo de enfermeras frente a una pared.
En el extremo derecho había una joven con las manos cruzadas.
Clara se inclinó hacia la imagen.
La cofia.
La línea de los hombros.
El rostro que había levantado hacia ella junto a la cama nueve.
Se llevó una mano a la boca.
La empleada, que revisaba otra carpeta, la miró.
—¿Encontró algo?
Clara tardó en responder.
—Creo que sí.
Señaló a la joven.
—¿Tiene nombres?
La mujer acercó la lámpara.
Debajo de la fotografía había una anotación, pero sólo se distinguían el año y dos apellidos.
—Tal vez atrás.
La imagen podía retirarse sin dañarla. La empleada lo hizo con cuidado.
Había varias líneas escritas en el reverso.
Clara siguió el orden de los nombres hasta llegar al extremo de la fila.
Eulalia.
El apellido estaba desvaído, pero el nombre se leía.
Por primera vez, la mujer del corredor pertenecía a una fecha.
Clara pidió permiso para obtener una copia de la fotografía.
Después comenzó a revisar las carpetas que correspondían a aquel período.
Había nóminas, listas de materiales y anotaciones sobre cambios de personal. Algunas páginas estaban completas. Otras eran copias parciales, reunidas mucho tiempo después por alguien interesado en conservar la historia del hospital.
Encontró el nombre completo de Eulalia en una relación de enfermeras. La fecha y el puesto coincidían con la fotografía. Anotó también el apellido, ahora legible, y más tarde lo contrastó con el de la declaración firmada.
Más adelante apareció Teresa.
Clara recordó que Inés había hablado de una supervisora antigua, pero no tenía manera de saber si aquella coincidencia significaba algo.
Continuó.
Cerca del final de una carpeta vio una hoja distinta.
Era una copia de un informe breve.
La primera línea mencionaba un incidente durante una guardia nocturna.
Clara comenzó a leer.
Había dos ausencias de personal.
Una urgencia en otra sala.
Un paciente que había solicitado atención.
El número de la cama aparecía varias veces.
Doce.
Clara sintió que el aire del cuarto se volvía pesado.
La hoja mencionaba a Eulalia.
Y a un muchacho llamado Tomás.
No estaba el expediente completo.
Clara leyó las páginas disponibles sin intentar completar lo que faltaba.
El informe describía la demora en responder a una llamada. El paciente había dicho que le costaba respirar. La enfermera lo había escuchado y había continuado atendiendo otra tarea.
Después se había iniciado una urgencia.
El muchacho había muerto.
En la copia de una declaración aparecía una frase escrita con una precisión que hizo que Clara se detuviera:
Le respondí que iría en un momento.
Debajo había una firma.
Eulalia.
Clara dejó de leer durante unos segundos.
Pensó en todas las veces que había utilizado esas palabras durante sus prácticas. En las ocasiones en que una llamada coincidía con otra. En lo fácil que era creer que se recordaría después una petición.
Volvió a la hoja.
Los documentos no permitían afirmar qué habría ocurrido con una atención inmediata.
Sí dejaban constancia de que el muchacho había pedido ayuda.
Clara no encontró ninguna referencia al médico del que hablaban las leyendas.
Ninguna fotografía de boda.
Ninguna promesa.
Sólo una llamada, una demora y el nombre de quien había reconocido lo sucedido.
En otra carpeta apareció una anotación sobre la muerte de Eulalia.
Había sido ingresada poco después.
El documento era breve. Señalaba una infección respiratoria, el deterioro de su estado y la fecha del fallecimiento.
Clara comparó los días y volvió a comprobar el año. Habían transcurrido sesenta años desde aquellos hechos.
La distancia entre ambas muertes era menor de lo que había imaginado.
La empleada se acercó para avisarle que debía cerrar el cuarto.
Clara agrupó las hojas en el orden en que las había encontrado.
—¿Hay algo sobre la familia de Tomás?
La mujer revisó con ella.
En uno de los papeles aparecía una persona a quien habían avisado.
Beatriz.
Hermana.
Debajo, una dirección antigua.
Clara la leyó sin copiarla todavía.
No tenía sentido presentarse en un domicilio que podía haber dejado de existir décadas atrás. Tampoco sabía si Beatriz seguía viva.
—¿Podría volver otro día?
—Sí. Voy a preguntar si hay más material de estas fechas.
Clara cerró la carpeta.
Antes de levantarse, miró una vez más la fotografía.
La joven del extremo derecho parecía estar esperando que alguien terminara de acomodar a las demás.
Todavía no había ocurrido nada.
Inés examinó la copia durante un descanso.
Clara la había colocado sobre la mesa entre ambas.
La enfermera pasó los dedos cerca del borde.
—Nunca había visto su cara tan claramente.
—Es ella.
Inés levantó la vista.
Clara no suavizó la afirmación.
—La mujer que vi. Estoy segura.
Después le mostró las notas que había tomado de los documentos.
Su compañera leyó en silencio.
Al llegar al nombre de Tomás, dejó de mover la hoja.
—No conocía esto.
—¿Nunca le hablaron del paciente?
—Nunca así.
Clara apoyó los brazos sobre la mesa.
—Siempre cuentan lo del médico.
Inés siguió mirando la anotación.
—Quizá era la parte que la gente recordaba mejor.
—O la que podía repetir sin pensar en una guardia.
La mujer levantó lentamente los ojos.
Clara sintió que había hablado con demasiada dureza.
Pero Inés no pareció ofendida.
—Cuando una historia se cuenta durante muchos años, alguien termina decidiendo dónde empieza —dijo.
Clara miró la fotografía.
Hasta entonces había pensado en una enfermera traicionada que volvía porque no podía olvidar al hombre que la abandonó.
Ahora veía a una mujer que recorría las camas después de haber dejado una llamada sin respuesta.
Eso no hacía menos doloroso el engaño.
Hacía más difícil la historia.
Aquella noche Clara no encontró a Eulalia.
Revisó a sus pacientes, pidió apoyo cuando dos tareas coincidieron y se obligó a comer durante el descanso que le correspondía.
Inés advirtió que miraba hacia el cuarto de suministros.
—No la espere.
Clara apartó los ojos.
—No puedo evitarlo.
—Puede seguir trabajando mientras tanto.
La joven asintió.
Tenía la fotografía dentro del bolso.
Varias veces pensó en sacarla y mostrarla a don Gabriel, pero él había pasado una tarde cansada y no quería convertirlo en parte de una investigación que no comprendía.
Esperó hasta que lo encontró despierto y dispuesto a conversar.
—¿Cómo pasó la noche?
El anciano miró hacia el corredor.
—Vino otra vez.
Clara dejó de acomodar la mesa.
—¿La enfermera?
Él asintió.
—Me preguntó algo raro.
Clara acercó la silla.
—¿Qué le preguntó?
Don Gabriel frunció el ceño.
Intentaba recordar.
—Si había venido una muchacha.
—¿Cuál?
—A buscar a su hermano.
Clara sintió que el corazón comenzaba a golpearle más deprisa.
El anciano miró su cara.
—No le entendí bien. Le dije que aquí vienen muchas personas.
—¿Le dijo el nombre?
Don Gabriel permaneció en silencio.
Clara tuvo que contenerse para no repetir la pregunta.
Una enfermera pasó detrás de ella y el anciano volvió la cabeza hacia el ruido.
Después miró otra vez a Clara.
—Beatriz.
La joven no se movió.
—Eso dijo. Beatriz.
Fue al área de descanso cuando terminó de atenderlo.
Sacó las notas del bolso.
El nombre estaba allí, escrito por su mano horas antes.
Beatriz.
Hermana de Tomás.
Don Gabriel no había visto aquellos papeles.
No sabía nada del muchacho.
Clara dejó las hojas sobre la mesa y permaneció de pie.
El ruido del hospital continuaba al otro lado de la puerta: ruedas, voces, una alarma que alguien atendió enseguida.
Buscó la copia de la fotografía.
Eulalia la miraba desde el extremo de la fila.
Clara comenzó a pensar que no había investigado por casualidad.
La mujer del corredor había conseguido que la viera junto a una cama.
Después, que la buscara entre los nombres.
Ahora preguntaba por alguien a quien había perdido.
Inés entró y la encontró mirando los documentos.
—¿Qué ocurrió?
Clara le contó las palabras de don Gabriel.
Su compañera se sentó.
Durante un rato ninguna habló.
—Necesito saber qué fue de Beatriz —dijo Clara.
Inés miró la dirección antigua.
—Comience por lo que podamos comprobar.
La joven asintió.
Guardó las hojas.
Todavía no sabía si encontraría a una mujer, a su familia o sólo otra fecha.
Pero ya no buscaba una explicación para una sombra.
Buscaba a una persona.
Antes del amanecer recorrió una vez más las camas.
Don Gabriel dormía.
La fotografía de su esposa estaba junto a su mano.
Clara comprobó que se encontrara bien y continuó hacia el fondo de la sala.
Al pasar frente al cuarto de suministros, oyó un roce de tela.
Se volvió.
La mujer de blanco estaba junto a la puerta.
No avanzaba.
Clara sintió miedo, pero permaneció donde estaba.
La aparición parecía más joven que en la fotografía.
Sus manos estaban unidas frente al cuerpo.
—Eulalia —dijo Clara.
La mujer levantó la cabeza.
Por primera vez, la miró sin señalar una cama.
Clara dio un paso.
—Encontré tu nombre.
El rostro de Eulalia cambió apenas. No sonrió. Su expresión tenía algo que Clara reconocía en quienes llevaban demasiado tiempo esperando una noticia.
—Voy a buscar a Beatriz.
La mujer separó las manos.
Una luz del corredor parpadeó.
Clara quiso acercarse más, pero desde una cama llamaron.
Volvió la cabeza de inmediato.
Cuando miró de nuevo hacia la puerta, Eulalia había desaparecido.
Clara fue a atender la llamada.
Mientras caminaba, sintió que la promesa que acababa de hacer seguía aguardándola en el corredor.
