Capítulo 11 de 13
La hermana de Tomás
La dirección antigua conducía a una tienda de herramientas.
Clara permaneció unos segundos frente al escaparate, comparando el número de la puerta con el que había copiado en sus notas. Habían ensanchado la entrada y cubierto la fachada con pintura. Sobre el marco aún se distinguía una línea curva, quizá el resto de un arco.
Entró.
El dueño escuchó su pregunta mientras acomodaba unas cajas.
—¿Una costurera?
—Se llamaba Beatriz. Vivía aquí hace muchos años.
El hombre miró hacia el fondo del local.
—Mi padre compró esto. Antes rentaban cuartos.
—¿Recuerda a alguien que pudiera conocerla?
—Yo llegué siendo niño.
Clara guardó la libreta.
Había esperado demasiado de una dirección.
El hombre la llamó antes de que saliera.
—Pregunte en la mercería de la esquina. La señora que trabaja allí lleva toda la vida por aquí. Si esa mujer cosía, quizá sepa algo.
Clara le dio las gracias.
Al doblar la esquina encontró un local estrecho, con carretes de hilo detrás del mostrador y botones guardados en frascos de vidrio.
La mujer que la atendió escuchó el nombre sin interrumpirla.
—¿Beatriz la que tenía un hermano?
Clara dejó de buscar las notas.
—Tomás.
La mujer asintió despacio.
—Mi madre hablaba de ella.
La búsqueda dejó de avanzar por documentos.
Ahora lo hacía a través de personas que recordaban a otras.
La dueña de la mercería conservaba el teléfono de una sobrina de Beatriz. Le ofreció avisarle que alguien quería hablar sobre su tía, sin entregar el número antes de consultarlo.
Clara explicó lo que había encontrado.
No mencionó a Eulalia caminando por el hospital.
Dijo que había localizado una fotografía y unos documentos relacionados con Tomás. Quería saber si la familia deseaba conocerlos.
La respuesta llegó dos días después.
La sobrina la llamó por la tarde.
—Mi tía vive en una residencia. Está muy mayor, pero recuerda bien algunas cosas.
Clara cerró la puerta de su habitación para escuchar mejor.
—No quiero incomodarla.
—Le pregunté. Dijo que podía ir.
—¿Le habló de su hermano?
La mujer guardó silencio un instante.
—No suele hablar de él.
Clara esperó.
—Pero en cuanto dije el nombre de la enfermera, me preguntó cuándo podía usted visitarla.
La residencia tenía un patio con macetas grandes y una fuente que no estaba encendida.
Clara llegó con la fotografía dentro de una carpeta. También llevaba sus notas, aunque decidió dejarlas en el bolso hasta que fueran necesarias.
Una empleada la acompañó a una habitación junto al patio.
Beatriz estaba sentada cerca de la ventana.
A sus setenta y ocho años, tenía el cabello blanco recogido detrás de la cabeza y un chal sobre los hombros. Sus manos descansaban sobre una caja pequeña que parecía haber pedido antes de que Clara llegara.
La anciana la observó entrar.
—Usted es la enfermera.
Clara asintió.
—Me llamo Clara.
—Siéntese. Me canso de mirar hacia arriba.
La joven acercó una silla.
Durante unos segundos ninguna habló.
Clara había imaginado una conversación llena de dificultades: preguntas repetidas, nombres confundidos, recuerdos incompletos. Ahora encontraba unos ojos que la examinaban con una atención firme.
—¿Qué quiere saber? —preguntó Beatriz.
Clara abrió la carpeta.
—Encontré esto entre unas fotografías antiguas.
La anciana recibió la copia.
La acercó a la ventana.
No preguntó cuál era Eulalia.
Puso un dedo junto a la mujer del extremo derecho.
—Era ella.
Clara sintió que algo se afirmaba bajo todo lo que había descubierto.
—¿La recuerda bien?
Beatriz continuó mirando el retrato.
—Era buena con mi hermano.
Su dedo permaneció junto al uniforme blanco.
—Hasta que dejó de serlo.
Clara bajó los ojos.
La frase tenía la sencillez de algo que había sido pensado durante muchos años.
—Leí parte de lo ocurrido —dijo.
Beatriz le devolvió la fotografía.
—Parte.
—No encontré todos los documentos.
—Aunque los encuentre, tampoco estará todo.
La anciana miró hacia el patio.
Una empleada pasó cargando una regadera y se detuvo frente a una maceta.
Beatriz la siguió con los ojos hasta que desapareció.
—Tomás hacía preguntas todo el día —continuó—. De niño quería saber cuánto tardaba una semilla en crecer. Si un gato reconocía su nombre. Si la luna se veía igual desde otro pueblo.
Clara permaneció callada.
—Cuando enfermó, empezó a preguntar cuánto tiempo faltaba para salir.
La anciana acomodó el chal.
—Yo le decía que pronto.
Su boca se contrajo apenas.
—No porque lo supiera. Porque quería que dejara de tener miedo.
Clara recordó al muchacho en los documentos, reducido a una cama y una hora.
Ahora podía imaginarlo junto a una maceta, impaciente por ver aparecer una hoja.
—La última noche me pidió pan —dijo Beatriz.
La joven sintió que debía levantar la mirada.
—Lo llevé.
Beatriz apoyó ambas manos sobre la caja.
—Todavía recuerdo cómo se puso la bolsa cuando se mojó.
Hablaron de la casa.
Había un árbol en el patio y una ventana que se atascaba cuando llovía. Beatriz trabajaba en un taller y regresaba con los ojos cansados de distinguir puntadas bajo una luz escasa.
Tomás se sentaba cerca para contarle lo que había ocurrido durante el día.
—A veces no lo escuchaba —admitió la anciana—. Tenía que entregar ropa. Él seguía hablando y yo decía que sí.
Clara vio cómo uno de sus dedos recorría el borde de la caja.
—Después de que murió, recordé cada vez que hice eso.
—Usted estaba cuidándolo.
Beatriz levantó la cabeza.
—Sí. Y también me cansaba. Las dos cosas ocurrieron.
Clara no respondió.
La anciana la miró con mayor atención.
—¿Cuánto lleva trabajando?
—Poco tiempo aquí.
—Tiene cara de dormir a deshoras.
Clara sonrió apenas.
—A veces.
—Ésa también tenía cara de no dormir.
La joven comprendió que hablaba de Eulalia.
Beatriz volvió los ojos hacia la fotografía.
—Mi hermano la quería. Se le alegraba la cara cuando la veía entrar.
—¿Volvió a hablar con Eulalia después de aquella noche? —preguntó Clara.
Beatriz mantuvo los ojos en la fotografía.
—Me pidió que la viera. Nos encontramos bajo un portal, cerca del hospital. Me dijo que había oído a Tomás y que no fue enseguida.
Clara esperó antes de preguntar si había querido decirle algo más.
Beatriz se quedó inmóvil.
—¿Eso también está escrito?
—No encontré nada sobre ese encuentro. Sólo la declaración de Eulalia. ¿Le hizo llegar alguna otra explicación, quizá una carta?
La anciana miró la caja sobre sus rodillas.
—Su madre vino a verme.
Clara esperó.
—Yo estaba trabajando. Salí y la encontré junto a la puerta del taller.
Beatriz abrió la caja.
Dentro había sobres, un pequeño dedal y una fotografía demasiado gastada para distinguirla desde donde Clara estaba.
La mujer separó los papeles.
—Tenía las manos rojas. Me fijé porque sostenía la carta con mucho cuidado.
Encontró un sobre amarillento.
—Me dijo que su hija había muerto.
Clara sintió una presión en la garganta.
Beatriz levantó el sobre.
—Yo llevaba días queriendo que Eulalia entendiera lo que me había hecho. Y de pronto aquella mujer estaba frente a mí, diciéndome que también había perdido a alguien.
La anciana permaneció con el papel entre las manos.
—No supe qué decirle.
La carta conservaba dobleces profundos.
Beatriz la abrió despacio y se la entregó.
—Léala.
Clara acercó la silla un poco más a la ventana.
Reconoció una letra semejante a la de la declaración, aunque las líneas eran menos firmes.
Eulalia describía la llamada de Tomás.
No intentaba ocultarla bajo las circunstancias de la noche. Mencionaba lo que estaba haciendo, la respuesta que había dado y el hecho de no haber acudido enseguida.
Después hablaba del dibujo.
De la casa.
De las dos figuras en la ventana.
Clara levantó los ojos un instante.
Beatriz la observaba.
La joven volvió al papel.
Eulalia había escrito que no devolvió la hoja porque no tuvo valor. Que el muchacho se la había regalado, pero que ahora comprendía cuánto podía significar para su hermana.
Pedía que no atribuyeran a Teresa ni a otras compañeras una decisión que ella debía responder.
La última frase era breve.
No le pido que me responda.
Clara terminó.
No dobló la carta enseguida.
Había esperado una súplica de perdón.
Encontraba una confesión escrita por alguien que ya no podía corregir lo ocurrido.
—La leí muchas veces —dijo Beatriz.
Clara levantó la mirada.
—Algunas para odiarla. Otras porque era lo último que alguien había escrito sobre mi hermano.
—¿Y el dibujo? —preguntó Clara.
Beatriz separó unas hojas de la caja.
Debajo estaba el papel.
Lo abrió lo suficiente para que la joven pudiera verlo.
Una casa pequeña.
Un árbol.
Dos figuras en una ventana.
La cofia de la enfermera estaba trazada con tres líneas.
Clara sintió que debía contener la respiración para no mover aquella hoja frágil.
—La madre de Eulalia me lo entregó después —explicó Beatriz—. Me dijo que había querido conservarlo limpio.
La anciana recorrió con un dedo el margen.
—Tomás dibujaba los árboles así. Nunca terminaba las ramas. Se le acababa la paciencia.
Clara miró la figura del muchacho.
Quiso preguntarle cómo era su rostro, pero comprendió que la respuesta ya estaba apareciendo en la manera en que Beatriz hablaba.
Era alguien que se reía.
Que pedía pan.
Que esperaba volver al patio.
Beatriz dobló la hoja y la guardó de nuevo.
No se la ofreció.
Clara tampoco la pidió.
La joven tardó en explicar por qué había comenzado la búsqueda.
No quería utilizar el dolor de Beatriz para sostener una historia imposible.
Sin embargo, había prometido buscarla.
Y Eulalia seguía preguntando por ella.
—Hay algo más —dijo.
La anciana cerró la caja.
—Lo escucho.
Clara habló de don Gabriel.
De la mujer que había aparecido junto a su cama.
Del uniforme antiguo.
Intentó describir lo ocurrido sin convertirlo en algo más claro de lo que había sido. Admitió lo que no sabía y lo que había intentado explicar por el cansancio.
Al llegar al nombre de Beatriz, hizo una pausa.
—Él me dijo que ella preguntó si una muchacha había venido a buscar a su hermano.
La anciana no se movió.
—No había visto mis notas. Yo no le había hablado de Tomás.
Clara tomó aire.
—Después la vi otra vez. Le dije su nombre. Me miró.
Beatriz volvió el rostro hacia la ventana.
La joven esperó alguna pregunta.
La anciana permaneció en silencio tanto tiempo que Clara comenzó a temer haber ido demasiado lejos.
—Yo he soñado con ella —dijo al fin.
En el sueño, Beatriz volvía a la casa.
La puerta del patio estaba abierta. Tomás se encontraba dentro, pero ella no conseguía verlo. Lo escuchaba moverse, arrastrar una silla, buscar algo en una habitación.
Eulalia aparecía en el umbral.
Con el mismo uniforme.
Con las manos juntas frente al cuerpo.
—Yo le decía que entrara —contó Beatriz—. Pero no siempre. Al principio le gritaba que se fuera.
Clara escuchó sin interrumpir.
—¿Cuándo empezó a soñar eso?
La anciana negó con la cabeza.
—No sé. Hay años que se me mezclan.
Miró la caja.
—Durante mucho tiempo pensé que soñaba con ella porque no había terminado de decirle todo lo que quería.
—¿Y ahora?
La boca de Beatriz se tensó antes de responder.
—Ahora me despierto pensando que alguien lleva demasiado tiempo en la puerta.
En el patio empezó a soplar un poco de viento.
Las hojas de una maceta rozaron el cristal.
Clara miró hacia allí y, durante un instante, creyó distinguir un reflejo blanco detrás de ambas.
Se volvió.
La puerta de la habitación estaba vacía.
—No sé si puede ayudarla a descansar —dijo Clara—. No quería venir a pedirle que la perdonara.
Beatriz levantó los ojos.
—No podría perdonarla porque usted me lo pidiera.
—Lo sé.
La anciana apoyó la espalda contra la silla.
Parecía cansada, pero no quiso que Clara terminara todavía la visita.
—Hubo años en que pensé que dejar de estar enojada era dejar a Tomás solo.
Clara miró la caja.
—Como si alguien tuviera que seguir defendiendo que había existido —continuó Beatriz—. Que no era un nombre en una hoja.
La voz comenzó a fallarle.
Clara acercó el vaso de agua que había sobre una mesa.
La anciana bebió y esperó.
—Luego tuve trabajo. Otras personas. Días buenos también.
Se quedó mirando el borde del vaso.
—Eso me daba vergüenza.
Clara dejó la mano cerca de la suya, sin tocarla.
Beatriz la observó.
—Ahora apenas recuerdo la voz de mi hermano. Pero recuerdo que se reía tanto que a veces me hacía perder la cuenta de las puntadas.
La anciana sonrió.
Una lágrima le llegó hasta el mentón.
—No quiero que al final sólo quede la madrugada del pan.
Beatriz pidió a Clara que le leyera la carta en voz alta.
La joven comenzó despacio.
Cuando llegó al dibujo, la anciana cerró los ojos.
Clara continuó hasta la última línea.
Después permanecieron en silencio.
Desde el patio llegó la voz de una empleada que avisaba que pronto servirían la comida.
Beatriz abrió los ojos.
—Puede quedarse con ella.
Clara miró el papel.
—¿La carta?
—Por ahora.
—Puedo hacer una copia y devolverle ésta.
—Después.
La anciana extendió la mano hacia la caja.
Tomó el dibujo, lo comprobó con una mirada y lo guardó.
—Éste se queda conmigo.
—Claro.
Beatriz cerró la tapa.
La firmeza de aquel gesto tranquilizó a Clara. No todo debía salir de aquella habitación para que algo pudiera cambiar.
Cuando la joven se levantó para despedirse, Beatriz la sujetó del antebrazo.
Tenía la mano pequeña y tibia.
—Si vuelve a verla, dígale algo.
Clara se sentó de nuevo.
—Lo que usted quiera.
La anciana miró hacia la puerta.
Parecía buscar las palabras con el mismo cuidado con que había separado los papeles.
—Dígale que he venido a buscar a mi hermano.
Clara asintió.
—Y que puede entrar.
La joven sintió un escalofrío.
Beatriz continuó:
—No tiene que esconderse de mí.
Clara quiso asegurarse de haber entendido.
—Se lo diré.
La anciana soltó su brazo.
Por primera vez desde el comienzo de la visita, sus hombros parecieron descansar contra la silla.
Clara regresó al hospital aquella noche con la carta protegida entre dos hojas.
No la dejó suelta dentro del bolso.
Durante el camino pensó en Beatriz sentada junto a la ventana, en la caja sobre sus rodillas, en el modo en que había conservado durante tantos años un dibujo infantil.
Había ido a buscar una respuesta.
Volvía con algo más difícil de llevar: unas palabras que sólo ella podía intentar entregar.
Inés la encontró guardando sus cosas.
Clara le contó la visita.
La enfermera escuchó hasta el final.
—¿Sigue viva? —preguntó.
—Sí.
Inés miró la carta.
—Entonces esa historia todavía estaba esperando a alguien.
Clara la guardó en el bolsillo interior de su uniforme.
Después revisó las indicaciones del turno.
Don Gabriel había estado más débil durante la tarde. Debían vigilarlo con atención.
La joven fue a verlo antes de hacer cualquier otra cosa.
El anciano tenía la fotografía sobre el pecho.
Al escuchar los pasos, abrió los ojos.
—Hoy no vino.
Clara no necesitó preguntar a quién se refería.
Se acercó a la cama.
—Fui a ver a la mujer por la que preguntaba.
Don Gabriel la miró con curiosidad.
—¿La encontró?
—Sí.
—Qué bueno.
Clara revisó cómo se encontraba y llamó a Inés para transmitirle lo que había observado.
Después acomodó la fotografía junto a su mano.
—Voy a estar cerca.
El hombre asintió.
La joven permaneció unos segundos antes de apartarse.
Había aprendido que decirlo no bastaba.
Tenía que saber cómo cumplirlo.
Cerca de medianoche salió al corredor.
No había aparecido la cofia blanca.
No había sonado ninguna campanilla.
Clara se detuvo frente al cuarto de suministros, donde había visto a Eulalia la última vez.
Tocó el bolsillo.
La carta seguía allí.
—La encontré —dijo en voz baja.
La puerta permaneció cerrada.
Clara sintió vergüenza de estar hablándole a un espacio vacío, pero continuó.
—Beatriz quiere que sepas que puedes entrar.
Una corriente fría pasó junto a ella.
No venía de ninguna ventana.
Clara levantó la cabeza.
Al fondo del corredor, una figura blanca se detuvo apenas un instante.
Parecía tener una mano apoyada contra la pared.
La joven dio un paso.
Entonces llamaron desde la sala.
Clara se volvió y acudió.
Cuando regresó, no había nadie.
Afuera comenzó a llover.
El sonido fue suave al principio.
Después los primeros truenos hicieron vibrar los cristales.
Clara revisó la hora, acomodó mejor la carta en el bolsillo y volvió junto a sus pacientes.

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