Capítulo 12 de 13

La noche sin luces

La tormenta llevaba una hora golpeando los cristales cuando se apagaron las lámparas del corredor.

Clara estaba junto a la cama nueve.

Había terminado de comprobar cómo se encontraba don Gabriel y se disponía a registrar lo observado. El anciano miraba hacia la ventana, inquieto por los relámpagos.

La oscuridad duró apenas unos segundos antes de que entrara la iluminación de emergencia.

Aun así, bastó para que varias personas llamaran al mismo tiempo.

Una mujer preguntó si se había quedado ciega.

Un hombre intentó levantarse.

Desde una cama cercana llegó el llanto de una niña.

Clara puso una mano sobre el borde de la cama de don Gabriel.

—Voy a estar aquí.

El anciano trató de incorporarse.

—¿Qué pasó?

—Se apagó parte de la luz. Ya tenemos iluminación.

Clara miró hacia el escritorio.

Inés estaba avisando del fallo y comprobando con otra compañera que todo lo necesario siguiera funcionando. Las voces del personal se cruzaban con las de los pacientes.

La joven sintió que el corazón le golpeaba demasiado rápido.

Respiró una vez, despacio.

Después se acercó a la siguiente cama.

La niña se llamaba Lucía.

Había llegado durante la tarde y esperaba que su madre regresara después de hablar con el médico. Tenía edad suficiente para comprender algunas explicaciones, pero la oscuridad había borrado de golpe la tranquilidad con que las había escuchado.

Sujetaba la sábana con ambas manos.

—Quiero a mi mamá.

Clara se agachó un poco para mirarla.

—La están localizando. ¿Te molesta algo?

Lucía negó con la cabeza.

Un trueno hizo vibrar el cristal.

La niña encogió los hombros.

Clara le explicó que las luces auxiliares permitirían seguir trabajando y le mostró dónde estaba el personal.

Lucía miró hacia el escritorio.

No soltó la sábana.

—¿Va a tardar?

Clara no sabía si preguntaba por su madre o por la tormenta.

—Voy a pedir que alguien nos avise en cuanto sepan.

Se incorporó.

Desde la cama nueve escuchó una respiración que la hizo volverse.

Don Gabriel había dejado la fotografía sobre la manta.

Tenía una mano apoyada contra el pecho.

Clara acudió de inmediato.

El anciano intentó decir algo, pero se detuvo para tomar aire.

Ella observó su rostro, comprobó los cambios y llamó a Inés.

Su compañera llegó a su lado.

No necesitó una explicación larga.

—Avise al médico. Yo me quedo con él.

Clara transmitió lo que ocurría y regresó a la cama. Mientras llegaba ayuda, preparó lo que Inés le indicó.

La iluminación de emergencia proyectaba sombras sobre las manos de ambas.

Don Gabriel buscó la fotografía.

Clara la tomó antes de que resbalara.

—Está aquí.

El anciano no consiguió responder.

Desde la cama cercana volvió a llamar Lucía.

—Señorita.

Clara giró la cabeza.

La niña tenía los ojos fijos en ella.

—Un momento —respondió.

La frase le produjo un frío repentino.

Vio la hoja antigua.

La firma de Eulalia.

Le respondí que iría en un momento.

Clara dejó la fotografía en un lugar seguro.

Miró hacia el escritorio y llamó por su nombre a una compañera.

—¿Puedes ir con Lucía? Está asustada. Necesito quedarme aquí.

La mujer asintió y se dirigió a la cama de la niña.

Clara esperó hasta verla junto a ella.

Entonces volvió toda su atención a don Gabriel.

El médico llegó mientras un relámpago iluminaba la ventana.

La sala se llenó de indicaciones breves.

Clara trabajaba intentando mantener libres los pasos, anticipar lo que podían necesitar y escuchar cada instrucción completa antes de moverse.

En una de las pausas levantó la cabeza.

Eulalia estaba al otro lado de la cama.

El uniforme blanco parecía conservar una luz que no provenía de ninguna lámpara.

No miraba al anciano.

Tenía los ojos puestos en Lucía.

Clara sintió el impulso de hablarle, de señalar el bolsillo donde llevaba la carta.

No lo hizo.

El médico pidió algo y ella se volvió para entregarlo.

Cuando miró de nuevo, Eulalia estaba junto a la niña.

Su compañera hablaba con Lucía y la ayudaba a aflojar los dedos de la sábana.

La aparición permaneció a cierta distancia.

No intentó ocupar su lugar.

Clara recordó lo que Inés había dicho durante su primera noche.

Revisar a los pacientes.

Eso hizo.

El tiempo comenzó a medirse por cambios pequeños.

Don Gabriel pudo terminar una palabra.

Después consiguió responder a una pregunta breve.

Su rostro seguía agotado, pero la urgencia inmediata empezó a ceder.

El médico volvió a examinarlo y dejó indicaciones para mantenerlo vigilado. Inés repitió lo necesario con Clara antes de que el equipo se apartara.

La joven se quedó junto a la cama.

Tenía las manos húmedas dentro de los guantes y un dolor entre los hombros que no había sentido durante los minutos anteriores.

Don Gabriel abrió los ojos.

—Mi hija…

Clara acercó la silla.

—Vamos a avisarle.

Él miró hacia la mesa.

La fotografía estaba allí.

Clara la puso a su alcance.

No intentó prometerle que todo estaba resuelto. Permaneció cerca, pendiente de cómo respiraba y de lo que pudiera necesitar.

Al fondo de la sala, Lucía hablaba con su madre.

La mujer acababa de regresar.

La niña le mostraba la lámpara de emergencia como si quisiera explicar una aventura que había durado mucho más que unos minutos.

Clara sintió alivio.

Se quedó sentada un poco más.

Inés le pidió que saliera a beber agua cuando comprobaron que podían relevarse sin dejar a don Gabriel desatendido.

Clara se quitó los guantes y se lavó las manos.

Durante unos segundos permaneció frente al lavamanos, mirando cómo el agua corría sobre sus dedos.

El sonido de la tormenta llegaba amortiguado.

Tocó el bolsillo interior del uniforme.

La carta seguía protegida entre las hojas.

Al levantar la cabeza, vio una figura reflejada junto a la puerta.

Se volvió.

Eulalia estaba en el corredor.

Clara salió despacio.

La mujer no se desvaneció.

Permanecía junto a una puerta cerrada, con las manos unidas frente al cuerpo. Parecía escuchar la sala y algo que llegaba desde mucho más lejos.

Clara miró hacia donde trabajaba Inés.

Su compañera seguía junto a don Gabriel.

La niña estaba con su madre.

Las otras camas tenían personal cerca.

Clara dio un paso.

—Eulalia.

La aparición levantó los ojos.

Durante un instante, el corredor pareció alargarse.

Las luces de emergencia continuaban encendidas, pero Clara ya no distinguía con claridad el final. Había un espacio oscuro donde debería estar una pared.

Eulalia miró hacia allí.

La joven sacó la carta.

El papel crujió al separarse de las hojas que lo protegían.

Aquel sonido cotidiano la ayudó a mantenerse firme.

—Beatriz me la dio.

Eulalia bajó la mirada hacia el sobre.

Separó lentamente las manos.

Clara se acercó lo suficiente para ofrecérselo.

Los dedos de la aparición rozaron el borde.

La joven sintió frío.

La carta permaneció en sus manos.

Eulalia no consiguió tomarla.

Su expresión cambió.

Clara creyó reconocer la vergüenza que había visto en algunos pacientes cuando el cuerpo no les obedecía.

—Puedo leértela —dijo.

La mujer se quedó inmóvil.

Clara abrió el papel.

La letra antigua parecía más oscura bajo aquella luz.

No leyó deprisa.

Pronunció cada frase, haciendo pausas donde Eulalia las había dejado sobre la hoja.

La llamada de Tomás.

La demora.

El dibujo.

La confesión de no haberlo devuelto.

Mientras escuchaba, Eulalia fue bajando las manos hasta dejarlas junto a la falda.

Al llegar a la última línea, Clara se detuvo.

No le pido que me responda.

La joven miró a la mujer.

—La guardó todos estos años.

Eulalia cerró los ojos.

Clara oyó un tintineo.

No provenía de ninguna cama.

La aparición abrió los ojos de nuevo y miró hacia el fondo oscuro del corredor.

Parecía a punto de alejarse.

Clara sostuvo la carta con ambas manos.

—También me pidió que te dijera algo.

Eulalia volvió la cabeza.

—Dice que ha venido a buscar a su hermano.

La mujer retrocedió apenas.

Clara continuó:

—Y que puedes entrar. Que no tienes que esconderte de ella.

La campanilla dejó de sonar.

Eulalia miró la puerta cerrada.

Clara siguió su mirada.

La madera parecía distinta. El color, el marco, la forma del picaporte. Era una puerta que la joven no recordaba haber visto, aunque estaba en un lugar que recorría durante cada guardia.

Una claridad leve apareció por debajo.

Eulalia levantó una mano.

No llegó a tocarla.

Desde la sala alguien tosió.

La aparición se volvió de inmediato.

Su rostro recuperó una tensión conocida.

Clara también miró hacia las camas.

Inés ya estaba junto a la persona que había tosido. Le hablaba, comprobaba cómo se encontraba y llamaba a otra compañera para que la ayudara.

Eulalia comenzó a avanzar hacia ellas.

Clara no la sujetó.

No sabía si habría podido.

—Está atendida —dijo.

La mujer se detuvo.

—Inés la está viendo. Ya pidió apoyo.

Eulalia permaneció mirando.

Parecía necesitar comprobarlo una vez más.

Clara esperó con ella hasta que la paciente se acomodó y respondió a la enfermera.

Sólo entonces la aparición volvió los ojos hacia la puerta.

El picaporte giró.

Clara no vio ninguna mano.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Del otro lado llegó un olor a tierra mojada.

La joven sintió que la garganta se le cerraba.

El hospital estaba lleno de jabón, café frío y ropa limpia. Aquel olor pertenecía a un patio después de la lluvia.

Eulalia dio un paso.

Luego se detuvo.

En la abertura apareció un muchacho.

Tenía el cabello oscuro y llevaba una camisa sencilla. El cuello mostraba unas puntadas pequeñas, hechas con cuidado.

Sostenía una hoja doblada.

Clara supo quién era antes de que Eulalia pronunciara su nombre.

—Tomás.

La voz de la mujer llegó hasta ella con claridad.

Era la primera vez que la escuchaba.

El muchacho miró a Eulalia.

No parecía asustado.

Tampoco llevaba en el rostro el cansancio de una cama de hospital.

Tenía la expresión seria de quien espera mostrar algo y no sabe si la otra persona tendrá tiempo de mirarlo.

Eulalia se acercó un poco.

Tomás levantó la hoja.

La abrió.

Clara alcanzó a ver la casa, el árbol y las dos figuras en la ventana.

El dibujo seguía en la caja de Beatriz.

Ella misma la había visto guardarlo.

Sin embargo, estaba también allí, sostenido por aquellas manos.

Eulalia extendió los dedos hacia el papel.

Se detuvo antes de tocarlo.

—Lo guardé —susurró.

Tomás asintió.

La mujer miró hacia la sala una vez más.

Clara vio el movimiento antes de que lo completara.

Una costumbre que llevaba demasiadas noches repitiéndose.

Don Gabriel llamó.

Clara reconoció su voz y se volvió.

El anciano estaba despierto. Inés permanecía cerca de él.

La joven se acercó de inmediato.

—¿Qué necesita?

—¿Avisaron a mi hija?

—Sí. Está informada.

El hombre asintió.

Clara comprobó cómo se encontraba y esperó a que terminara de preguntarle lo que necesitaba saber.

Inés miró hacia el corredor.

Su rostro cambió.

Clara siguió sus ojos.

Eulalia permanecía junto a la puerta.

Tomás esperaba detrás.

La enfermera mayor sostuvo la mirada de la aparición durante unos segundos.

Luego volvió a atender a don Gabriel.

No dijo nada.

No dejó su lugar.

Clara entendió que había visto.

Cuando regresó al corredor, la puerta estaba más abierta.

Eulalia no había avanzado.

Tomás sostenía el dibujo junto al cuerpo.

La tormenta continuaba, pero el sonido parecía llegar desde otra habitación.

Clara se detuvo cerca de la mujer.

—No están solos —dijo.

Eulalia miró las camas.

—Lo sé —añadió Clara—. Siempre habrá alguien que llame.

La aparición bajó la cabeza.

La joven pensó en Beatriz al hablar de su enojo. En cómo había creído que debía conservarlo para no abandonar a su hermano.

Eulalia llevaba mucho tiempo conservando una guardia.

Tal vez no sabía qué quedaba de ella si dejaba de responder.

Clara sostuvo la carta.

—Beatriz recuerda que Tomás se reía. Quiere acordarse también de eso.

La mujer miró al muchacho.

Él había dejado de esperar con seriedad.

Una sonrisa pequeña comenzó a aparecer en su rostro.

Eulalia dio otro paso.

La campanilla sonó una vez.

Clara sintió el impulso de buscar la cama de donde provenía.

No había una dirección clara.

El tintineo pareció estar dentro de las paredes.

Eulalia se estremeció.

La puerta comenzó a cerrarse lentamente.

Tomás no se movió.

La joven miró hacia la sala. Todas las llamadas inmediatas estaban siendo atendidas. Inés hablaba con don Gabriel. La madre de Lucía permanecía sentada junto a su hija.

Clara volvió hacia Eulalia.

—Aquella noche ocurrió —dijo con suavidad—. No puedes volver a llegar antes.

La aparición la miró.

La joven temió haber pronunciado algo cruel.

Pero el rostro de Eulalia no se endureció.

Sus manos se abrieron.

Durante un instante pareció una muchacha agotada, recién llegada a una ciudad que no conocía.

—No fui —dijo.

Clara asintió.

No intentó negarlo.

La carta se movió entre sus dedos.

—Lo escribiste. Beatriz lo sabe.

La puerta dejó de cerrarse.

Tomás se apartó del umbral.

Detrás de él, Clara alcanzó a distinguir un árbol.

Las hojas estaban mojadas y una luz tenue caía sobre el suelo.

No era el patio del hospital.

Eulalia levantó la cabeza.

Una brisa rozó el borde de su falda.

Por primera vez, el uniforme perdió un poco de su rigidez.

Clara vio moverse la tela como si la mujer volviera a tener peso, calor, un cuerpo que podía sentir el aire.

Tomás miró hacia el interior.

Luego volvió a ella.

No la llamó.

Esperó.

Eulalia permaneció con un pie adelantado.

Clara no dijo nada más.

Había entregado las palabras de Beatriz.

Lo que siguiera tendría que hacerlo aquella mujer.

Las lámparas del corredor se encendieron de golpe.

Clara cerró los ojos ante el cambio.

Escuchó voces de alivio en la sala y el ruido de alguien comprobando que la iluminación hubiera regresado por completo.

Cuando volvió a mirar, Tomás seguía en el umbral.

Eulalia estaba a un paso de él.

La puerta conservaba la claridad del patio.

La joven sintió que aquel instante no pertenecía al reloj del hospital.

Detrás de ella, Inés se acercó lo suficiente para detenerse a su lado.

Ninguna habló.

La carta descansaba abierta entre las manos de Clara.

Eulalia miró una última vez las camas.

Después levantó la mano hacia el muchacho.

La campanilla quedó en silencio.

Escribe tus obras literarias aquí:

https://studio.letramia.com/login?e=no_token