Capítulo 13 de 13
Un pliegue en la sábana
La mano de Tomás era tibia.
Eulalia se detuvo al sentirla.
Durante tantas noches había tocado frentes sin saber si sus dedos conseguían aliviar algo. Había sostenido vasos que unas veces obedecían y otras permanecían inmóviles. Había intentado apoyarse en paredes que no siempre tenían superficie.
Ahora sentía una palma pequeña contra la suya.
Los dedos del muchacho se cerraron suavemente.
Eulalia levantó los ojos.
Tomás estaba allí, con la camisa remendada y el dibujo sostenido en la otra mano. Ya no tenía el rostro adelgazado de sus últimos días. Su respiración era tranquila.
Ella quiso decir muchas cosas.
Que había escuchado.
Que se había equivocado.
Que lo había buscado en cada cama, incluso cuando el hospital dejaba de parecerse al que ambos conocieron.
Pero lo primero que consiguió pronunciar fue:
—No te di las gracias.
Tomás miró el dibujo.
Luego volvió a ella.
—Lo vio.
Eulalia asintió.
—Después.
El muchacho no retiró la mano.
Detrás de él, las hojas del árbol se movían sobre el patio.
• • •
Clara permanecía junto a Inés.
La carta seguía abierta entre sus dedos. Tenía el papel sujeto con cuidado, aunque las manos le temblaban.
Podía ver a Eulalia en el umbral.
Podía ver al muchacho.
Lo que había detrás de ambos era menos claro. Distinguía el árbol, un pedazo de suelo húmedo y una ventana. El resto parecía cambiar cada vez que intentaba mirarlo directamente.
Inés respiró hondo.
Clara volvió la cabeza hacia ella.
Su compañera tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿También lo ve?
Inés asintió sin apartar la mirada.
No intentaron acercarse.
Desde la sala llegó la voz de Lucía preguntando a su madre si la lluvia ya había terminado.
Una enfermera pasó con una manta limpia.
El hospital seguía allí.
Clara miró hacia don Gabriel y comprobó que su compañera estuviera junto a él.
Cuando volvió al umbral, Eulalia había dado un paso más.
• • •
El suelo del patio cedió un poco bajo sus zapatos.
Eulalia sintió el agua en una junta de las baldosas.
Miró hacia abajo.
El borde de su falda se había humedecido.
Aquello le produjo una emoción inesperada. Durante años el uniforme había permanecido impecable, ajeno al trabajo, al roce de las camas y a las manos que intentaban sujetarla.
Ahora tenía una marca.
Se inclinó apenas para verla.
Tomás soltó su mano y caminó hacia el árbol.
Eulalia lo siguió con los ojos.
El muchacho apoyó el dibujo sobre una mesa pequeña.
Luego señaló una rama.
—Ahí se quedaban los gatos.
Ella recordó que alguna vez él había comenzado a contarle algo parecido. No sabía si lo había escuchado hasta el final.
Se acercó.
—¿Cuántos?
Tomás empezó a responder.
Su voz llenó el patio.
Eulalia escuchó.
Todavía quedaba una parte de ella vuelta hacia el hospital.
Sentía las camas a sus espaldas. Los pacientes despiertos. Las personas que podrían necesitar agua, una manta o a alguien que permaneciera cerca.
Miró hacia la puerta.
Clara seguía al otro lado, con la carta en las manos.
Eulalia vio en su rostro el cansancio de la guardia, la tensión que empezaba a ceder y una atención que no le permitía olvidar la sala.
Quiso pedirle que tuviera cuidado.
Que descansara.
Que no confundiera una promesa con la posibilidad de hacerlo todo sola.
No encontró una frase suficiente.
Clara pareció comprender algo de aquella mirada.
—Estamos aquí —dijo.
Eulalia volvió los ojos hacia Inés.
La enfermera mayor asintió.
Después se apartó para responder a una llamada.
Eulalia vio cómo acudía sin prisa inútil, cómo preguntaba antes de tocar y cómo pedía a otra compañera lo que necesitaba.
La sala no había quedado vacía.
Junto a la puerta había una cama desocupada.
Eulalia la reconoció por el pliegue de la sábana, levantado cerca del borde. Durante sus noches había acomodado tantas veces aquellas arrugas que el gesto parecía vivir por su cuenta dentro de sus manos.
Regresó un paso.
• • •
Clara sintió miedo de que volviera a quedarse.
La mujer se inclinó sobre la cama.
Pasó la palma por la tela.
El pliegue desapareció.
Después apoyó una mano sobre la almohada y permaneció así unos segundos.
No buscó la campanilla.
No miró hacia el escritorio.
Se incorporó.
Por primera vez, dejó la cama sin esperar una nueva llamada.
• • •
Al volver al patio encontró a su madre.
Estaba junto a la mesa, con una prenda doblada entre las manos.
Eulalia la reconoció por la manera de sostener la tela antes de verle el rostro.
La mujer levantó la cabeza.
—Ya llegaste.
Eulalia comenzó a llorar.
Las lágrimas le calentaron las mejillas.
Había olvidado aquella sensación.
Se acercó, y su madre dejó la prenda para recibirla. La abrazó con una firmeza que no necesitaba corregir nada.
Eulalia apoyó la frente en su hombro.
No era una niña.
No había dejado de ser responsable de lo ocurrido.
Pero podía estar allí, sostenida, sin que alguien le exigiera seguir de pie.
Su madre le acarició el cabello.
Tomás esperaba cerca del árbol.
Eulalia levantó el rostro para mirarlo.
Él había vuelto a tomar el dibujo.
• • •
Clara no vio el abrazo completo.
La claridad del umbral comenzó a aumentar hasta borrar los contornos.
La figura blanca se volvió una última vez.
La joven creyó escuchar un agradecimiento, pero no pudo distinguir si era una palabra o el roce del aire.
Después la puerta se cerró despacio.
No hubo golpe.
Sólo un movimiento leve del picaporte.
Clara permaneció inmóvil.
Frente a ella estaba la puerta que conocía.
La pintura gastada.
El letrero.
El pequeño desperfecto junto al marco.
Inés regresó a su lado.
Ambas miraron el lugar donde había estado Eulalia.
La enfermera mayor apoyó una mano sobre el brazo de Clara.
—Tenemos que seguir.
La joven asintió.
Dobló la carta por sus marcas antiguas y la guardó.
Luego volvió a la sala.
El amanecer llegó sin campanillas.
La lluvia disminuyó hasta quedar en un goteo sobre los cristales. Más allá de la ventana, el cielo empezaba a aclararse.
Clara terminó las anotaciones de la noche y transmitió al personal que llegaba todo lo ocurrido con los pacientes.
Don Gabriel había pasado las últimas horas más tranquilo, aunque seguía necesitando vigilancia.
Lucía se había dormido junto a su madre.
Una mujer pidió que le abrieran un poco la cortina para ver si había salido el sol.
Clara lo hizo.
Al volver al escritorio encontró a Inés mirando el corredor.
—¿Cree que se fue? —preguntó.
Su compañera tardó en responder.
—La vi marcharse.
Clara se sentó.
De pronto le pesaron las piernas.
Inés acercó el vaso de agua.
—Beba antes de irse.
La joven obedeció.
No hablaron más de la puerta durante aquella mañana.
No necesitaban explicarse todo de inmediato.
La hija de don Gabriel llegó unos días después.
Clara la encontró junto a la cama, escuchando a su padre mientras él señalaba la fotografía de su esposa.
Había una bolsa de ropa sobre la silla y un abrigo apoyado en el respaldo.
El anciano sonrió al verla.
—Ésta es Clara.
La mujer se levantó para darle las gracias.
Clara respondió con sencillez y preguntó si necesitaban algo.
Don Gabriel la llamó cuando se disponía a seguir.
—La otra señorita ya no ha venido.
La joven miró hacia el corredor.
—Creo que terminó su trabajo aquí.
El anciano permaneció pensando.
Después asintió.
—Ojalá descanse.
Clara sintió que se le apretaba la garganta.
—Yo también.
Volvió a la residencia durante su siguiente día libre.
Beatriz estaba junto a la ventana, con la caja sobre las rodillas.
Al verla entrar, buscó la carta con los ojos.
Clara se la entregó.
La anciana tomó el sobre y lo apoyó sobre la tapa.
—¿La encontró?
La joven acercó una silla.
—Sí.
Beatriz no hizo otra pregunta de inmediato.
Clara le contó la noche.
La tormenta.
La luz.
La puerta que daba al patio.
Habló de Tomás y de la camisa remendada.
Al escuchar aquel detalle, Beatriz levantó una mano hacia la boca.
—El cuello —murmuró.
Clara asintió.
—Se veían las puntadas.
La anciana cerró los ojos.
La joven esperó.
Cuando Beatriz volvió a mirarla, tenía lágrimas en las mejillas.
—¿Y el dibujo?
—Lo llevaba.
La mujer abrió la caja.
Sacó la hoja y la extendió entre ambas.
La casa seguía allí.
El árbol.
La ventana.
Clara reconoció todo lo que había visto al otro lado de la puerta.
—¿Qué pasó después? —preguntó Beatriz.
—Eulalia entró.
La anciana miró la figura de la enfermera en el dibujo.
—¿Se quedó en la puerta?
Clara negó con la cabeza.
—Esta vez no.
Beatriz dejó escapar el aire lentamente.
Durante un rato sólo se escucharon las voces del patio.
Después la mujer comenzó a hablar del árbol.
De cómo Tomás se había subido una tarde y no sabía bajar. De la indignación con que protestó cuando ella fue a buscar ayuda. De lo mucho que se rio después, convencido de que nadie debía recordar su miedo.
Clara escuchó.
Beatriz se detuvo varias veces para secarse las mejillas.
Volvía a empezar.
La tarde avanzó sin que hablaran del hospital.
Cuando llegó el momento de marcharse, la anciana guardó el dibujo y la carta en la caja.
—Anoche soñé con la casa —dijo.
Clara se quedó junto a la silla.
—¿Estaba Eulalia?
Beatriz negó despacio.
—La puerta estaba abierta.
Las semanas siguientes no fueron fáciles.
Hubo otras urgencias.
Pacientes que empeoraron después de una tarde tranquila.
Familiares que necesitaban una explicación cuando el personal apenas tenía tiempo de respirar.
Clara cometió errores pequeños y tuvo que corregirlos. Preguntó muchas veces. Algunas noches llegó a casa demasiado cansada para comer sin sentarse primero.
Aprendió a reconocer ese cansancio antes de convertirlo en costumbre.
Si no podía hacer dos cosas al mismo tiempo, decía cuál estaba atendiendo y pedía ayuda con la otra.
Si prometía volver, anotaba lo pendiente y lo transmitía cuando cambiaban los turnos.
Había días en que necesitaba que Inés se lo recordara.
La historia de Eulalia no le había dado una capacidad especial.
Le había dejado una razón para prestar atención a los momentos en que empezaba a creer que podía esperar.
En el cuarto de los álbumes, Clara devolvió las copias al orden en que las habían encontrado y ayudó a completar el nombre de la fotografía.
La empleada miró la anotación.
—¿Era ella?
—Sí.
—¿Encontró a alguien de su familia?
Clara negó con la cabeza.
—Encontré a la hermana de uno de sus pacientes.
La mujer observó el retrato.
—Qué suerte que todavía pudiera hablar con ella.
Clara asintió.
Miró a Eulalia en el extremo de la fila.
Las manos cruzadas.
El uniforme limpio.
El rostro serio de alguien que aún tenía toda una vida por delante.
No quiso añadir una explicación sobre fantasmas al pie de la imagen.
Dejó el nombre completo y la fecha que podían comprobar.
Los demás documentos conservarían lo ocurrido.
La fotografía podía conservar también el tiempo anterior.
La leyenda siguió contándose.
Algunos empleados aseguraban que la Planchada aparecía en otras áreas. Otros repetían historias que habían escuchado muchos años atrás, sin distinguir cuándo habían ocurrido.
Clara no discutía con todos.
Inés tampoco.
Si un paciente decía haber visto a alguien, lo escuchaban y comprobaban cómo se encontraba.
Pero la campanilla antigua no volvió a sonar en el corredor.
Clara dejó de mirar hacia el cuarto de suministros cada vez que una lámpara parpadeaba.
Una noche advirtió que ya no esperaba verla.
Sintió una tristeza leve.
Después recordó la mano que Eulalia había levantado hacia Tomás.
Y pudo continuar.
Meses más tarde, una nueva enfermera llegó para su primera guardia.
Traía el uniforme impecable y un cuaderno donde intentaba anotar todo lo que le explicaban.
Clara la acompañó durante la ronda.
Le mostró los materiales, revisó con ella las indicaciones y le recordó que preguntara cuando tuviera dudas.
La joven parecía avergonzarse cada vez que necesitaba ayuda.
—No quiero hacerla perder tiempo.
Clara dejó el registro sobre la mesa.
—Necesito saber cuándo no está segura.
La muchacha asintió.
Más tarde, al pasar por el corredor, miró hacia una puerta.
—Dicen que aquí aparece una enfermera.
Clara siguió su mirada.
—Eso dicen.
—¿Usted la ha visto?
Durante unos segundos pensó en la fotografía, la carta y el patio.
—Una vez me ayudó a darme cuenta de que un paciente necesitaba atención —respondió.
La joven abrió los ojos.
Antes de que pudiera preguntar algo más, llamaron desde una cama.
Clara se volvió.
—Vamos.
Poco después de las dos, un tintineo la hizo levantar la cabeza.
El sonido era delicado.
Una cucharilla golpeando el borde de un vaso.
Durante una fracción de segundo, el corredor pareció volver a aquella primera noche.
Clara dejó el bolígrafo.
Al fondo, una paciente sostenía el vaso vacío con una mano.
La otra apenas podía levantar la cucharilla.
Clara se acercó.
—¿Necesita agua?
La mujer asintió.
Tenía la voz débil.
—Pensé que no me había oído.
Clara puso la jarra sobre la mesa y acercó una silla.
El uniforme se le arrugó al sentarse.
No lo acomodó.
Sostuvo el vaso mientras la paciente bebía y esperó entre un sorbo y otro.
—Sí la oí —dijo—. Aquí estoy.
FIN