Capítulo 1 de 25
La casa donde nadie la esperaba
La mañana en que cumplió veintiún años, Leonora Valcárcel encontró una vela encendida junto a su desayuno. Era pequeña, blanca, clavada en una tarta de frambuesas que no había pedido. Se quedó mirándola desde la cama. Al otro lado de los ventanales, el jardín conservaba la humedad de la madrugada. Había llovido durante la noche y algunas gotas seguían resbalando por los cristales. Más lejos, detrás de los rosales, un hombre recogía ramas caídas sobre el sendero. Leonora no alcanzó a verle la cara.
—Pensé que le gustaría desayunar algo distinto —dijo Elvira.
La mujer sostenía todavía la bandeja. Llevaba el cabello gris recogido en el mismo moño que Leonora recordaba desde niña.
—A mí me gustan los huevos con pan tostado.
—También los traje.
Elvira señaló los platos, como si necesitara demostrar que no había cometido una falta.
Leonora se incorporó y acomodó la almohada a su espalda.
—Entonces, ¿para qué la tarta?
La mujer miró la vela.
—Porque es su cumpleaños.
Leonora bajó los ojos hacia la llama. Había olvidado que, para otras personas, aquella fecha exigía hacer algo.
—Gracias —dijo.
Elvira colocó la bandeja sobre sus piernas y se quedó de pie junto a la cama. Esperaba.
Leonora conocía aquella espera. Cada año tenía la misma forma: una pausa amable, una sonrisa sostenida con esfuerzo, la esperanza de que esta vez pidiera algo que no pudiera comprarse.
—¿Tengo que apagarla?
—Si quiere.
—¿Y pedir un deseo?
—Eso dicen.
Leonora observó la llama unos segundos más. Después sopló. No pidió nada.
Elvira abrió las cortinas por completo. La luz hizo que Leonora cerrara los ojos.
—Podríamos comer en la terraza. Está haciendo un día precioso.
—Tal vez.
—Ramiro vendrá a las doce.
Aquello sí consiguió que levantara la mirada.
—¿Para qué?
—Los documentos. Le avisó la semana pasada.
Leonora lo recordó vagamente. Una llamada que había contestado mientras leía, explicaciones sobre cuentas, facultades de administración y un fideicomiso.
—Ah.
Elvira recogió del suelo un libro abierto boca abajo. Antes de dejarlo sobre la mesa, alisó con cuidado una de las páginas dobladas.
—No debería hacerles eso.
—A los libros no les duele.
—Pero se estropean.
Leonora tendió la mano para recibirlo.
Elvira se lo entregó sin discutir. Cuando salió, la habitación recuperó su silencio habitual.
Leonora cortó una esquina de la tarta. Estaba buena. Le molestó un poco que lo estuviera: habría sido más fácil apartarla si alguien hubiese preparado algo que no le gustaba. Comió dos bocados y tomó el libro. En la página que había dejado a medias, una mujer esperaba una carta.
Leonora leyó el mismo párrafo tres veces. No lograba comprender aquella angustia, aunque la autora la había descrito con tanta precisión que casi podía sentirla en el cuerpo. El sobresalto al escuchar pasos. La atención involuntaria a una puerta. La vergüenza de preguntar si había llegado el correo. Cerró el libro sobre el pecho. Intentó imaginar a alguien cuya ausencia pudiera arruinarle una mañana. La lista se agotó antes de empezar. La mansión tenía veintitrés habitaciones, dos comedores y una escalera de mármol por la que Leonora había bajado sentada cuando era pequeña.
También tenía un salón de música donde nadie tocaba el piano y un invernadero que permanecía cerrado durante los meses de calor. En la planta baja, frente al corredor de la biblioteca, colgaba el retrato de sus padres adoptivos. Al pasar esa mañana se detuvo ante él. Beatriz llevaba un vestido azul. Esteban tenía una mano apoyada en el respaldo de su silla. Ambos miraban hacia un lugar ligeramente apartado del pintor, con una serenidad que a Leonora siempre le había resultado artificial. Los recordaba de otra manera.
De él conservaba el olor de una chaqueta mojada. De ella, unas manos tibias cerrando los botones de un abrigo infantil. Había otros recuerdos, pero no sabía cuáles le pertenecían y cuáles había construido a partir de las historias de Elvira: el dormitorio amarillo que prepararon para recibirla, el caballo de madera, la tarde en que Beatriz se sentó en el suelo para que Leonora no tuviera que acercarse a una desconocida demasiado alta. La habían adoptado cuando tenía cinco años. Once semanas después, murieron en un accidente de carretera.
Leonora conocía esa cifra porque un día contó las fechas en los documentos. Once semanas no le parecían suficientes para aprender a ser hija de alguien. Al principio había preguntado cuándo volverían. Después preguntó por qué no volvían. Más tarde comprendió que aquellas preguntas hacían llorar a las personas que intentaban contestarlas, y dejó de hacerlas. La casa siguió funcionando. Se pagaron salarios. Se podaron los árboles. Llegaron profesores particulares, médicos, una institutriz que olía a violetas y un administrador encargado de que el patrimonio de los Valcárcel continuara creciendo.
Hubo propuestas de internados y colegios, pero después de una primera experiencia desastrosa —un aula desconocida, una crisis de llanto, varias noches sin dormir— los adultos eligieron la enseñanza en casa. Lo que comenzó como una solución provisional se convirtió en costumbre. Con los años, Leonora dejó de pedir que la llevaran a otros lugares. Tenía libros. En ellos podía entrar sin que nadie le preguntara por qué era tan callada. Ramiro llegó a las doce en punto. La encontró en la biblioteca, sentada ante un escritorio donde había dispuesto tres hojas completamente blancas.
—Feliz cumpleaños, Leonora.
Dejó un paquete pequeño junto a los papeles. Ella observó el envoltorio.
—¿También usted?
—Es una fecha importante.
Dentro había una pluma estilográfica de color verde oscuro.
Leonora la sostuvo entre los dedos. Pesaba más de lo que esperaba.
—Elvira me dijo que quieres escribir —explicó Ramiro.
Miró las hojas vacías y tuvo la delicadeza de no añadir nada.
—Estoy intentando.
Él abrió su portafolio. Había sido amigo de Esteban y llevaba tantos años administrando los bienes de la familia que su presencia formaba parte de la casa. Leonora recordaba haber hecho cuentas de aritmética sobre la misma mesa donde ahora él extendía contratos. Durante casi una hora le explicó lo que cambiaría.
El fideicomiso había cubierto sus necesidades desde la infancia y seguiría existiendo como instrumento de administración si ella lo deseaba. Hasta entonces, varias decisiones requerían la intervención de las personas designadas por sus padres. A partir de aquel día, conforme a las condiciones que habían establecido, Leonora podía asumir el control directo de una parte sustancial de su patrimonio. Había edificios alquilados, inversiones, terrenos y participaciones en empresas. Ramiro le mostró cifras. Leonora trató de prestar atención. Era una cantidad de dinero tan grande que no consiguió relacionarla con nada concreto.
—¿Puedo vender la casa? —preguntó.
Ramiro dejó de pasar páginas.
—Sí. Aunque te recomendaría estudiar con calma una decisión así.
—No he dicho que quiera hacerlo.
—Lo sé.
Leonora miró hacia los ventanales de la biblioteca.
—¿Y puedo irme?
Ramiro tardó un momento en responder.
—Podías irte antes, Leonora. Cumpliste la mayoría de edad hace tres años.
Ella volvió la vista hacia él.
—Siempre había algo. Un documento. Una recomendación. Elvira decía que era mejor esperar. Usted decía que podíamos organizar un viaje.
Ramiro se quitó las gafas.
—Una cosa es ayudarte y otra decidir por ti. Si te hicimos sentir que necesitabas autorización para salir de esta casa, debimos explicarnos mejor.
Leonora deslizó la pluma entre los dedos. Las puertas estaban abiertas. Bastaba pensar en marcharse para que aparecieran preguntas que no sabía responder: adónde iría, con quién, cuánto tiempo, qué necesitaba. Y siempre había alguien dispuesto a resolverlas por ella. Terminaron los documentos poco después de la una.
Cuando Ramiro estaba guardando sus cosas, Leonora preguntó:
—¿Hay algo nuevo sobre mis padres?
Él supo a cuáles se refería.
—No.
—¿Nada?
—Nada que no hayas visto en el expediente.
Había recibido una copia a los dieciocho años. Información incompleta, nombres que no permitían llegar a nadie, una historia de abandono resumida en un lenguaje que parecía diseñado para no lastimar y que, por eso mismo, le resultaba insoportable.
—Podemos volver a consultar las vías disponibles —añadió él—. Pero no quiero prometerte una respuesta.
Leonora asintió. No sabía qué deseaba encontrar. A veces imaginaba una explicación tan terrible que pudiera absolverlos. Otras veces prefería creer que no había ninguna: que alguien había seguido viviendo después de dejarla y ni siquiera recordaba la fecha. Le avergonzaba cuánto le importaba aquella segunda posibilidad. Cuando Ramiro se marchó, la pluma verde quedó junto a las hojas.
Leonora la destapó.
Escribió:
Había una vez una mujer… Se detuvo. Miró la frase hasta que empezó a parecerle ridícula. La tachó.
Por la tarde bajó a comer sola.
Elvira había dispuesto la mesa de la terraza, tal como propuso por la mañana. Había flores en un jarrón y una jarra de agua con rodajas de limón.
Leonora ocupó la silla de siempre.
—¿Quién decide lo que se come aquí? —preguntó.
Elvira se quedó con la mano sobre el respaldo de otra silla.
—La cocinera prepara el menú. Si usted quiere algo diferente…
—No. Está bien.
La mujer esperó. Leonora miró los cuatro cubiertos alineados a cada lado del plato.
—¿Y usted qué come?
—Lo mismo.
—¿Dónde?
—En el comedor del personal.
Leonora hizo un gesto hacia la silla vacía.
—Puede sentarse.
Elvira pareció sorprendida.
—Todavía hay cosas que revisar.
—Claro.
La respuesta le salió más fría de lo que pretendía.
Elvira retiró la mano del respaldo.
—Puedo acompañarla un momento.
—No hace falta.
La mujer vaciló. Luego se alejó hacia la casa.
Leonora la vio marcharse y sintió una irritación pequeña, difícil de colocar. Había querido que se quedara. En cuanto Elvira aceptó hacerlo, le había parecido humillante necesitarlo. Comió sin terminar el plato. Después regresó a la biblioteca. Intentó escribir sobre una ciudad donde nunca había estado. Sobre una mujer que esperaba a un hombre. Sobre un beso. En el último intento se quedó inmóvil. Había leído cientos de besos.
Besos de despedida, de reconciliación, de traición. Conocía las palabras que solían acompañarlos. Podía recordar escenas enteras, identificar dónde un autor había contenido la emoción y dónde la había exagerado. Pero no recordaba el sabor de una boca porque nunca había besado a nadie. Se levantó del escritorio. Ante uno de los espejos del corredor examinó su rostro con una atención incómoda. La piel pálida. El cabello oscuro cayendo hasta la cintura. Los labios que siempre le parecían demasiado serios cuando alguien intentaba fotografiarla. Se desabrochó el primer botón de la blusa. Luego el segundo.
No hubo ninguna revelación. Solo apareció un poco más de piel. Lo abrochó todo otra vez. A las nueve, Elvira llamó a su puerta.
Leonora estaba frente al armario. Había sacado un vestido negro comprado para una cena a la que finalmente no asistió. Todavía llevaba la etiqueta.
—¿Va a salir? —preguntó la mujer.
—Sí.
Elvira miró los zapatos sobre la alfombra.
—¿Con quién?
Leonora dejó de buscar unos pendientes. Aquella pregunta habría bastado cualquier otro día para hacerla desistir.
—Sola.
—Puedo pedirle a Tomás que prepare el coche.
—Voy a pedir uno.
Tomó el teléfono. Había pasado parte de la tarde buscando un lugar donde escuchar música. Encontró un bar llamado La Fiebre, a menos de media hora de la casa. En las fotografías aparecían mesas pequeñas, una barra iluminada y personas tan juntas que resultaba imposible saber quién había llegado con quién. Le pareció adecuado.
Elvira seguía en la puerta.
—No tiene que hacer todo hoy por haber cumplido años.
Leonora dejó el teléfono sobre la cómoda.
—Hoy no he hecho nada.
La mujer bajó la mirada. Por un instante, Leonora pensó en pedirle que la ayudara a elegir los pendientes. Era una petición sencilla. Podría haber dicho también que estaba nerviosa, que no sabía qué se hacía al llegar sola a un bar, que temía quedarse junto a una pared fingiendo mirar el teléfono.
En cambio, preguntó:
—¿Este vestido está bien?
Elvira la observó.
—Sí.
Se acercó para quitarle la etiqueta que todavía colgaba de una costura. Aquel gesto, pequeño y práctico, permitió que ambas permanecieran juntas unos segundos sin tener que explicar nada.
—Llévese un abrigo —dijo después.
Leonora asintió. El coche esperaba al pie de la escalinata. Antes de salir, Leonora miró hacia el interior de la casa. Desde allí podía ver parte del vestíbulo, el arranque de la escalera y la luz encendida del corredor que conducía a la biblioteca. Había dejado un cuaderno abierto sobre el escritorio. No llevaba más que tachaduras.
—¿A La Fiebre? —preguntó el conductor cuando subió.
—Sí.
El hombre comprobó la ruta y arrancó. Al atravesar la verja, Leonora sintió el impulso de decirle que se detuviera. Había olvidado algo, pensó. Un pañuelo, dinero en efectivo, alguna cosa que justificara volver. Se palpó el bolso. Tenía el teléfono, la identificación y una tarjeta. No faltaba nada. Durante el trayecto observó a la gente a través de la ventanilla. Una pareja discutía junto a un puesto de comida. Una muchacha corría para alcanzar un autobús. Dos hombres se abrazaban frente a una tienda que estaba cerrando.
Todos parecían estar haciendo algo que sabían hacer. Cuando llegaron, la música se escuchaba desde la acera.
Leonora pagó, bajó del coche y se quedó ante la entrada. El hombre de la puerta le pidió identificación. Ella se la entregó con tanta rapidez que él sonrió.
—Feliz cumpleaños.
Leonora tardó un segundo en recordar por qué lo sabía.
—Gracias.
Dentro hacía calor. Había olor a perfume, a cítricos y a ropa húmeda. El bajo de la música le golpeaba suavemente en el pecho. Leonora avanzó entre las mesas procurando no rozar a nadie y encontró un sitio libre en la barra. Se sentó. El camarero le preguntó qué quería beber. No conocía casi ninguno de los nombres escritos en la carta. Eligió uno al azar y enseguida se arrepintió.
—Mejor algo suave —dijo.
Mientras el hombre preparaba la bebida, Leonora miró hacia el espejo colocado detrás de las botellas. Un muchacho al otro extremo de la barra la estaba observando. Ella apartó los ojos. Volvió a mirarlo un instante después. Él seguía allí. Por primera vez en todo el día, Leonora olvidó pensar en lo que le faltaba.