Capítulo 2 de 25

El primer verso

La bebida sabía a durazno y a algo que le calentó la garganta después de tragar.

Leonora dejó el vaso sobre una servilleta. Había esperado que el alcohol produjera una transformación inmediata, alguna ligereza que justificara la facilidad con que los demás se reían. Por el momento solo sentía calor dentro del abrigo. Se lo quitó. En el espejo, el muchacho del otro extremo de la barra enderezó la espalda.

Leonora lo observó sin girarse. Tendría unos veinticinco años. Cabello castaño, camisa clara con las mangas recogidas, un reloj que consultó antes de volver a mirarla. No parecía estar acompañado. Cuando sus ojos se encontraron en el reflejo, él sonrió. Ella bajó la vista hacia su bebida. No supo si aquel gesto había sido una invitación hasta que lo vio acercarse.

—¿Está ocupado?

Señalaba el asiento contiguo.

Leonora negó con la cabeza. Él se sentó dejando cierta distancia.

—Soy Nicolás.

—Leonora.

—Bonito nombre.

Ella esperó la siguiente frase, pero Nicolás llamó al camarero y pidió agua. Aquella pausa le permitió examinarlo de cerca. Tenía un pequeño corte en el nudillo del índice y una barba incipiente que no había distinguido en el espejo.

—¿Esperas a alguien? —preguntó él.

—No.

—Yo tampoco. Mis amigos cambiaron de plan cuando ya estaba aquí.

Le mostró brevemente el teléfono, donde había una conversación abierta.

Leonora asintió como si entendiera qué debía responderse a eso. Nicolás miró su vaso.

—¿Está bueno?

—No lo sé.

Él rio suavemente.

—Acabas de probarlo.

—Sí. Pero no sé si está bueno o si solo sabe así.

La miró con más atención.

—Supongo que eso significa que no está muy bueno.

Leonora volvió a beber. Esta vez encontró el sabor demasiado dulce.

—Es mi cumpleaños —dijo.

No sabía por qué se lo había contado.

—Entonces elegiste una mala copa para celebrarlo.

—Cumplo veintiuno.

—Yo cumplí veintiséis en marzo.

Ella miró el corte de su mano.

—¿Qué te pasó ahí?

Nicolás siguió la dirección de sus ojos.

—Una caja. Trabajo montando exposiciones. Hoy perdí una pelea contra un embalaje.

Leonora sonrió. Él pareció alegrarse de haberlo conseguido. Al principio habló casi todo el tiempo Nicolás. Le contó que trabajaba con un pequeño equipo encargado de trasladar e instalar obras para galerías y museos. A veces terminaba cubierto de polvo. Otras debía ponerse guantes blancos para mover una pieza cuyo precio le parecía una broma.

—La semana pasada cargué una silla que valía más que mi coche.

—¿Por qué?

—Porque mi coche es bastante malo. Leonora soltó una risa breve, inesperada.

Nicolás la miró y ella sintió una incomodidad nueva: le gustaba que hubiese notado su risa. Cuando él le preguntó a qué se dedicaba, movió el vaso entre las manos.

—Leo.

—¿Estudias literatura?

—No. Solo leo.

—Eso suena bastante bien.

—Quiero escribir.

Nicolás no preguntó si había publicado nada. Tampoco le pidió que le recitara algo.

—¿Qué te gustaría escribir?

Leonora miró las gotas que descendían por el cristal.

—Algo que yo quisiera leer.

Él asintió.

—Parece un buen comienzo.

No le dijo que llevaba meses intentando comenzar. A su alrededor, el bar se había llenado. Alguien pasó detrás de ella y rozó el respaldo de su asiento. Leonora se tensó; Nicolás lo advirtió.

—Podemos movernos a una mesa, si quieres.

Ella miró hacia el pequeño espacio donde varias personas bailaban.

—¿Tú sabes hacer eso?

—Depende de lo exigente que sea quien me mire.

—Bailar.

—Un poco.

Leonora dejó el vaso.

—Yo no.

—Podemos quedarnos aquí. Ella volvió a mirar a las parejas. Nadie parecía estar pendiente de ejecutar los pasos correctamente. Había una mujer que se movía con los ojos cerrados y un hombre que se reía cada vez que perdía el ritmo.

—Quiero intentar.

Nicolás se levantó. No la tomó de la mano hasta que ella se la ofreció. Al principio Leonora prestó demasiada atención a sus pies. Le parecía imposible escuchar la música y recordar al mismo tiempo dónde debía poner cada pierna. Nicolás se inclinó para decirle algo, pero el volumen le impidió entenderlo.

—¿Qué?

Él se acercó a su oído.

—Que no hay examen.

Su aliento le rozó la piel.

Leonora levantó la cabeza. Hasta entonces lo había observado con curiosidad, como si estuviera aprendiendo las reglas de una conversación. La cercanía cambió aquello. Se volvió consciente de la mano que él mantenía sobre su cintura, del calor de su cuerpo, de la distancia mínima entre sus bocas. Dejó de mirar al suelo. Nicolás aminoró los movimientos.

—¿Estás bien?

—Sí.

La respuesta le salió sin esfuerzo. Estaba bien. De una manera sencilla, física, que no requería explicaciones. Se acercó un poco más. Él no hizo nada inmediatamente. La miró como si esperara que ella resolviera una pregunta.

Leonora apoyó una mano en su pecho. Sintió el latido bajo la tela. El primer beso fue breve porque ella retrocedió sorprendida. Nicolás retiró un poco la mano de su cintura.

—Perdona. Pensé…

—No.

Leonora negó con la cabeza. Le costaba encontrar una frase que no arruinara lo que estaba ocurriendo.

—Quiero otra vez.

La sonrisa de Nicolás apareció despacio. Esta vez ella supo cerrar los ojos. Salieron del bar poco antes de la medianoche. El aire fresco hizo que Leonora se diera cuenta del calor que tenía en las mejillas. Había dejado la bebida a medias y después solo había tomado agua, pero todo parecía ligeramente distinto: los coches, las luces del otro lado de la calle, el hombre que vendía flores cerca de una esquina. Nicolás le acomodó el abrigo sobre los hombros.

—¿Quieres que te pida un coche?

Leonora lo miró. Durante unos segundos pensó en su habitación, en la bandeja del desayuno, en las hojas blancas junto a la pluma verde. No quería regresar todavía.

—¿Vives lejos?

Nicolás tardó un instante en contestar.

—A diez minutos.

Ella sostuvo su mirada. Él dejó de sonreír, atento ahora.

—Podemos ir a tomar un café —dijo—. Y si prefieres irte después, te vas.

Leonora agradeció que lo dijera sin solemnidad.

—Quiero ir contigo.

El departamento de Nicolás estaba en un tercer piso sin ascensor. En el segundo descanso había una bicicleta sujeta a la barandilla y una maceta con hojas amarillentas. Mientras subían, Leonora pasó los dedos por una pared donde la pintura se había desprendido cerca del interruptor. Él abrió la puerta.

—No esperaba visitas.

Había un par de zapatos junto al sofá, una taza sobre una mesa y varias fotografías apoyadas contra la pared, todavía sin colgar. Desde una ventana se veía la cocina iluminada de otro edificio.

Leonora entró despacio. El lugar tenía algo que no sabía identificar. Después comprendió que eran rastros: la chaqueta abandonada en una silla, un libro con un recibo entre las páginas, una bolsa de pan cerrada con un nudo. En su casa, las cosas desaparecían en cuanto ella dejaba de utilizarlas. Allí podía imaginar lo que Nicolás había hecho antes de salir.

—¿Café? —preguntó él.

Leonora dejó el bolso sobre el sofá.

—Después.

Se acercó y lo besó. Esta vez no hubo sorpresa. Hubo una decisión que sintió en todo el cuerpo. Nicolás le acarició la mejilla.

—Podemos ir despacio.

Ella asintió. Le dijo que era la primera vez con una voz que apenas reconoció. Él no convirtió la confesión en una ceremonia. Le preguntó qué quería, escuchó sus respuestas y se detuvo cuando ella necesitó hacerlo. Hablaron de protección antes de seguir. A Leonora le alivió descubrir que podía cambiar de opinión sobre un movimiento, pedir una pausa, volver a acercarse. No sabía qué hacer con las manos. Luego dejó de preocuparse.

La noche transcurrió entre la torpeza, la curiosidad y momentos de un placer que la obligó a prestar atención a su propio cuerpo de una forma desconocida. Durante un rato no pensó en sus padres. Tampoco en la casa. Después, Nicolás se quedó dormido con una mano abierta sobre la sábana.

Leonora permaneció despierta. La luz de la calle entraba por una persiana mal cerrada y dibujaba una franja sobre el techo. En la cocina zumbaba un refrigerador. Alguien abrió un grifo en otro departamento. Giró la cabeza hacia él. Esperó. No habría podido explicar qué esperaba exactamente. Una ternura súbita. Miedo a marcharse. El deseo de que despertara y pronunciara su nombre. Sentía satisfacción, cansancio y una leve incomodidad por no encontrar su ropa sin encender la lámpara. Le apartó con cuidado la mano cuando él se movió hacia ella. Nicolás abrió los ojos.

—¿Te vas?

—Sí.

Él se incorporó un poco.

—¿Está todo bien?

Leonora buscó una respuesta precisa.

—Sí. Quiero dormir en mi casa.

—Vale.

No parecía enfadado. Aquello le produjo alivio. Mientras se vestía, él fue por un vaso de agua y se lo entregó. Después buscó su teléfono.

—Dame tu número. Leonora sostuvo el vaso con ambas manos.

—Prefiero no hacerlo.

Nicolás dejó el teléfono sobre la mesa.

—Está bien.

Ella lo miró, desconcertada por la facilidad con que aceptaba.

—No es por algo que hayas hecho.

—No tienes que explicarme.

La acompañó hasta la puerta. Antes de salir, Leonora se volvió y lo besó en la mejilla. Fue un gesto elegido con cuidado, como una palabra en un idioma que acababa de empezar a aprender. Llegó a la mansión a las tres y diecisiete. El vigilante abrió la verja y le deseó buenas noches. En el vestíbulo, una lámpara permanecía encendida. No había nadie más.

Leonora subió llevando los zapatos en la mano. Su habitación conservaba el mismo orden de la mañana. Alguien había retirado la bandeja, cerrado las cortinas y dispuesto una jarra de agua junto a la cama. Se quitó el vestido frente al espejo. Seguía pareciendo la misma. Aquello la decepcionó de una manera infantil. Había imaginado, sin admitirlo, que una experiencia como aquella dejaría una señal visible. Se puso un camisón y fue hasta el escritorio. La pluma verde continuaba junto a las hojas tachadas.

Pensó en Nicolás dormido. En la mano sobre la sábana. En el ruido del refrigerador. En lo fácil que había sido marcharse. Luego apareció una frase. No tuvo que buscarla. Se sentó tan deprisa que golpeó una rodilla contra el escritorio. Destapó la pluma. Tu mano se quedó dormida… Se detuvo, no por falta de palabras, sino por temor a perder las que venían. Siguió escribiendo.

Tu mano se quedó dormida
en el lugar donde estuve.
No quise despertarla.

La noche seguía en tu ventana,
el agua temblaba en un vaso
y yo demoré mi nombre
para no llevármelo de allí.

Si al despertar me buscas,
mira la luz sobre la almohada:
dejé en ella lo que no supe
decirte mientras me mirabas.

Leonora leyó el poema. Después volvió a leerlo. Mientras escribía había sentido una delicadeza dolorosa, una resistencia a abandonar aquel cuarto que nunca había existido cuando estuvo dentro de él. Había querido quedarse en el poema. Había querido que el hombre dormido despertara y la buscara. Se llevó una mano al pecho. La emoción todavía estaba allí, aunque ya comenzaba a disminuir. Miró el teléfono. Podía volver al bar otro día. Podía encontrar a Nicolás, darle su número, averiguar si aquella ternura aparecía también frente a su rostro.

Intentó imaginarlo desayunando en la terraza de la mansión. La imagen no le produjo deseo. Volvió al papel. Allí, en cambio, le dolía marcharse. No entendió la diferencia. Escribió la fecha en la esquina superior y estuvo a punto de añadir el nombre de Nicolás. Al final dejó el espacio vacío. Cuando Elvira llamó a la puerta, a las ocho, Leonora seguía sentada.

—¿No ha dormido?

Ella se volvió con la hoja en la mano. Tenía los ojos cansados y una expresión que Elvira no le había visto antes.

—He escrito algo.

La mujer sonrió.

—¿Quiere enseñármelo?

Leonora miró el poema. Por un instante estuvo a punto de entregárselo. Después lo colocó boca abajo sobre el escritorio.

—Todavía no.

Elvira dejó el desayuno y salió.

Leonora esperó a que se cerrara la puerta. Luego dio vuelta a la hoja. No tenía ganas de buscar al hombre. Tenía ganas de volver a escribir.