Capítulo 3 de 25

Los hombres que cabían en una hoja

Leonora despertó con el poema debajo de la mano. Se había quedado dormida sobre el escritorio. Al incorporarse, una línea de tinta le manchaba el costado del dedo y tenía el cuello rígido. El reloj marcaba las dos y veinte de la tarde. Durante unos segundos no recordó por qué estaba allí. Después vio la hoja, la pluma destapada y el vestido negro abandonado sobre una butaca.

Volvió a leer los versos. A la luz de la tarde le parecieron más atrevidos que cuando los escribió. No por lo que contaban, sino por la facilidad con que aquella mujer del poema había admitido querer quedarse.

Leonora no había querido quedarse. Recordaba perfectamente el alivio al encontrar sus zapatos, la amabilidad de Nicolás al acompañarla a la puerta y la satisfacción de subir sola al coche. Sin embargo, en la hoja había dejado a alguien que demoraba una despedida.

Tomó la pluma y añadió un título:

La mano dormida. Luego intentó escribir otro poema. Permaneció casi una hora frente al papel. Describió una ventana. Tachó la ventana. Escribió el nombre de una ciudad y lo borró con una raya tan fuerte que rasgó la superficie. Al final se levantó. En la bandeja, el café estaba frío. Durante tres días se quedó en casa. Leyó, durmió a deshoras y volvió varias veces al primer poema para corregir una palabra que después restituía. Había empezado a temer que aquello hubiese sido un accidente: una página afortunada que no volvería a repetirse.

El jueves por la noche regresó a La Fiebre. No buscaba a Nicolás, aunque antes de entrar se preguntó qué haría si lo encontraba. Decidió que lo saludaría. Podían conversar sin que eso significara nada más. Él no estaba.

Leonora sintió alivio y, casi enseguida, cierta irritación consigo misma. No le debía una explicación. Nicolás tampoco había hecho nada que justificara evitarlo. Se sentó en la barra. Esta vez sabía qué pedir.

—Algo menos dulce que el otro día —le dijo al camarero.

El hombre la reconoció.

—¿El de durazno?

Ella asintió. Mientras esperaba, observó a una mujer que hablaba con dos amigas cerca de la entrada. Reía echando la cabeza hacia atrás y tocaba el brazo de una de ellas cada vez que quería añadir algo.

Leonora intentó recordar la última vez que había tocado a alguien sin una razón práctica. La respuesta la llevó al departamento de Nicolás. Bajó los ojos.

—¿Puedo dejar esto aquí?

Un hombre señalaba la superficie libre de la barra junto a ella. Llevaba dos vasos y parecía a punto de perder uno.

Leonora apartó el bolso.

—Gracias. Me empeñé en pedir por mi cuenta y olvidé que solo tengo dos manos.

Dejó las bebidas. Un amigo se acercó, recogió una y volvió hacia un grupo. El hombre permaneció allí.

—Soy Gabriel.

Leonora le dijo su nombre. Gabriel tenía treinta años, trabajaba en un restaurante y hablaba deprisa. Le contó una discusión absurda con un proveedor de manteles. A Leonora le sorprendió descubrir que podía interesarle una historia sobre manteles si quien la contaba movía las manos de aquella manera. Él le preguntó si vivía cerca.

—Un poco lejos.

—¿Con tu familia?

Leonora sostuvo el vaso.

—Vivo sola.

La respuesta era cierta de una forma que Gabriel no podía entender. No añadió nada sobre la casa. Cuando él propuso bailar, aceptó. Ya no dedicó toda su atención a los pies. Aquella noche volvió a la mansión antes de que amaneciera. No se sentía enamorada. Tampoco triste por haber estado con Gabriel. El encuentro había sido elegido, agradable, sin promesas. Él había querido llevarla a desayunar y ella había preferido marcharse. En el coche, mientras miraba los locales cerrados, le vinieron dos versos. Tuvo miedo de olvidarlos.

Abrió las notas del teléfono y escribió con un dedo, despacio, mientras las luces de la calle aparecían y desaparecían sobre la pantalla. Al llegar a su habitación ni siquiera se quitó el abrigo.

Hay una ciudad que se despierta
mientras tu voz sigue dormida.

Se sentó. El resto llegó en fragmentos, con pausas en las que recordaba el rostro de Gabriel sin sentir necesidad de verlo.

En las panaderías encienden las luces.
Alguien levanta una persiana.
Yo llevo tu silencio entre las manos
como un vaso demasiado lleno.

No te he pedido que me esperes.
Todavía puedo volver
sin que el día se entere.

Al terminar sintió una punzada de añoranza. Permaneció junto al escritorio, intentando prolongarla. Duró menos de un minuto. Después tuvo hambre. A mediados de mayo había cinco poemas en el cajón.

Leonora compró una carpeta de tapas grises y guardó cada hoja en una funda transparente. No escribió los nombres de los hombres. Conservó las fechas. La primera pertenecía a Nicolás. La segunda, a Gabriel. Las otras tres evocaban una camisa azul sobre una silla, la lluvia contra el parabrisas de un coche detenido y una despedida en un pasillo donde olía a café. No todas sus salidas terminaban acompañada.

Hubo noches en que bailó y se marchó sola. Una vez aceptó conversar con un hombre que pasó veinte minutos explicándole cuánto dinero ganaba; Leonora pidió la cuenta antes de terminar la bebida. Otra noche besó a alguien y descubrió enseguida que no quería seguir. Aprendió a decirlo. También aprendió a pedir un coche antes de despedirse, a conservar suficiente batería en el teléfono y a no beber algo que no hubiese visto servir. La novedad dejó de asustarla.

Lo que no desapareció fue aquella extraña separación: el cuerpo podía entregarse a una experiencia que la memoria transformaba después en devoción, aunque ella no deseara prolongarla. Probó escribir sin salir. Se bañó, encendió una lámpara y abrió una antología de poemas. Leyó hasta sentir un nudo en la garganta. Luego colocó una hoja limpia sobre el escritorio. Nada. Intentó recordar a Gabriel. Recordó que se había reído al golpearse un codo con el marco de una puerta. La anécdota le pareció simpática. No apareció ningún verso. Cerró la carpeta de golpe.

Le molestaba empezar a depender de algo que no comprendía.

Elvira encontró la quinta hoja una mañana, cuando retiraba del escritorio una taza vacía. No la tomó. Solo alcanzó a leer las primeras líneas.

Leonora entró desde el baño y vio la dirección de sus ojos.

—No quiero que lean mis cosas.

Elvira se apartó.

—Perdón. Estaba junto a la taza.

Leonora recogió el poema y lo metió en el cajón con demasiada fuerza. La mujer continuó ordenando la bandeja. El silencio se volvió incómodo.

—No lo haga usted —dijo Leonora, señalando la cama.

Elvira se volvió.

—¿Cómo?

—Cambiar las sábanas. Puede venir alguien más.

—Siempre lo he hecho cuando estoy aquí.

Leonora apoyó la mano sobre el cajón cerrado. No quería discutir. Tampoco sabía retirar una frase una vez pronunciada.

—Pensé que tenía otras cosas que hacer.

Elvira miró la cama, luego a ella.

—Las tengo.

Tomó la bandeja.

Antes de que llegara a la puerta, Leonora habló:

—¿Le pareció malo?

La mujer se detuvo.

—¿El poema?

Leonora asintió sin mirarla.

—Solo leí el comienzo.

—¿Y?

Elvira dejó la bandeja sobre una mesa.

—Me pareció triste. Aquella respuesta la desconcertó.

—No estaba triste cuando lo escribí.

—No sé qué decirle. A mí me hizo pensar en alguien que no quiere irse.

Leonora abrió el cajón. Sacó la hoja y leyó el primer verso. Si esta puerta supiera retenerme… Lo había escrito después de una noche en la que se marchó sin vacilar.

—Las personas escriben cosas que no les han pasado —dijo.

—Claro.

—Es ficción.

Elvira asintió. No parecía estar poniéndolo en duda, y aun así Leonora sintió la necesidad de defenderse.

—No todo tiene que significar algo sobre mí.

—No he dicho que lo signifique.

Leonora dejó la hoja sobre el escritorio.

Elvira recogió de nuevo la bandeja y salió. Durante el resto del día, Leonora no consiguió leer más de cuatro páginas.

Aquella tarde pidió que le sirvieran la cena en su habitación. Cuando llegó, la acompañaba Teresa, una de las mujeres que trabajaban en la cocina. Traía un plato de sopa y tenía el teléfono asomando del bolsillo del delantal. El aparato comenzó a vibrar. Teresa miró la pantalla y cortó la llamada.

—Puede contestar —dijo Leonora.

—Termino aquí primero.

Colocó los cubiertos. El teléfono volvió a vibrar. Esta vez Teresa sonrió al ver el nombre.

—Es mi hijo. Seguramente no encuentra una camisa.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintitrés. Para algunas cosas, cuarenta. Para encontrar ropa, tres.

Leonora miró el teléfono.

—¿Lo llama todos los días?

Teresa levantó la vista.

—Casi todos.

—¿Aunque no necesite nada?

La mujer dejó de acomodar la servilleta.

—Sí. A veces solo para contarme cómo le fue.

Leonora acercó la cuchara al plato.

—Conteste.

Teresa agradeció el permiso y salió al corredor. La puerta quedó entreabierta.

Leonora escuchó un «¿ya comiste?» y luego una risa breve, familiar. No había nada extraordinario en aquella conversación. Una pregunta sobre una camisa, una advertencia sobre el clima, algo que había ocurrido en el trabajo. Se levantó y cerró despacio. La sopa se enfrió mientras permanecía junto a la puerta. No pensó en ninguno de los hombres de las últimas semanas. Pensó en la facilidad con que un teléfono podía sonar porque alguien quería contar una cosa insignificante.

Esa noche no salió. Abrió la carpeta gris sobre la cama y dispuso los cinco poemas en fila. En ellos había manos que buscaban, habitaciones que se resistían a quedar vacías y mujeres capaces de quedarse junto a un hombre hasta verlo despertar. Leonora recorrió las hojas con la mirada. Cada poema parecía pertenecerle a alguien que tenía su cuerpo, su voz y una vida interior distinta.

Tomó un cuaderno pequeño, uno que todavía no había utilizado, y escribió:

Mientras escribo, quiero volver.

Debajo añadió:

Cuando termino, no. Se quedó mirando aquellas dos frases. Por primera vez no trataban de un hombre ni de una despedida inventada. No eran hermosas. Le costó soportarlas sobre el papel. Estuvo a punto de arrancar la página. En cambio, cerró el cuaderno y lo guardó debajo de la carpeta. A través de las cortinas se filtraba la luz de los faroles del jardín. Alguien caminó por el sendero de grava y después todo quedó en silencio.

Leonora apagó la lámpara. Intentó dormir. Un rato más tarde volvió a encenderla y sacó el cuaderno.

Debajo de las dos frases escribió una tercera:

Quisiera que alguien me llamara cuando no necesita nada. Esta vez no pudo decidir si aquello era el principio de un poema. Dejó la página abierta.