Capítulo 4 de 25
La mujer de los poemas
La llamada llegó un martes, mientras Leonora dormía. El teléfono vibró tres veces sobre la mesa de noche antes de que consiguiera encontrarlo entre un libro y el vaso de agua. Era Ramiro. Durante un instante pensó en dejar que sonara. Después recordó la frase que había escrito en el cuaderno y contestó con una esperanza que le resultó vergonzosa en cuanto escuchó su voz.
—Buenos días. ¿Te desperté?
Leonora miró el reloj. Las doce y cuarenta.
—No importa.
—Necesito tu firma para renovar un contrato de arrendamiento. Puedo enviártelo por correo o pasar mañana.
Ella se incorporó.
—Envíelo.
Ramiro le explicó algo sobre los inquilinos de uno de los edificios. Leonora escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, hubo una pausa.
—¿Algo más? —preguntó ella.
—Por ahora, no.
Leonora apretó un borde de la sábana.
—Está bien.
Antes de despedirse, Ramiro añadió:
—¿Cómo has estado?
Ella miró la carpeta gris sobre el escritorio.
—Bien.
—Elvira me contó que estás escribiendo.
Leonora cerró los ojos.
—Elvira habla demasiado.
—Está contenta por ti.
Aquello le produjo una irritación difícil de justificar.
—Le mando el documento en cuanto lo firme.
Colgó sin esperar la despedida. Luego dejó el teléfono en el mismo sitio y permaneció sentada, con la espalda apoyada contra la cabecera. Le habían preguntado cómo estaba. Había respondido que bien. Le faltó valor para contar cómo eran sus días. Para finales de mayo, su vida tenía un horario que nadie en la casa había decidido y al que todos terminaron adaptándose. Desayunaba al mediodía, leía durante la tarde y cenaba cuando el personal estaba recogiendo las últimas cosas de la cocina. Cerca de las diez se vestía para salir.
No iba siempre al mismo lugar. Había descubierto otros bares, una terraza donde la música permitía conversar y un club en el que podía bailar sin que nadie le preguntara demasiado. Su belleza dejó de ser una sospecha. La veía en los cambios de postura de los hombres cuando se acercaba, en las conversaciones que comenzaban sin esfuerzo, en los ojos que seguían sus movimientos al cruzar una habitación. Al principio aquello la hizo sentirse poderosa. Más tarde aprendió que también podía cansarla.
Algunos hombres hablaban con una versión de ella que habían imaginado antes de escucharla. Otros confundían su silencio con timidez y se empeñaban en salvarla de una incomodidad que no sentía. Había quienes aseguraban comprenderla después de diez minutos. Esos eran los que más pronto la hacían querer marcharse. Una noche volvió sola y escribió dos páginas sobre una mujer que caminaba por una ciudad sin encontrar una puerta que reconociera.
A la mañana siguiente las rompió. No eran un poema. Tampoco una historia. Le habían parecido demasiado cercanas. Encontró de nuevo a Nicolás en La Fiebre. Lo vio antes de que él la viera: estaba junto a una mesa, hablando con una mujer de cabello corto que sostenía una cerveza. Nicolás escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada y sonreía de vez en cuando.
Leonora se quedó cerca de la barra. Buscó una reacción en sí misma. Celos, quizá. Una molestia pequeña. La decepción de descubrir que él había continuado viviendo sin necesitar volver a encontrarla. Solo reconoció curiosidad. Nicolás levantó la vista y sonrió al verla. Dijo algo a su acompañante y se acercó.
—Hola, Leonora.
—Hola.
Él pidió agua al camarero.
Leonora recordó que también la había pedido la primera noche.
—¿Cómo has estado?
—Bien.
—¿Sigues escribiendo?
La pregunta la sorprendió.
—Sí.
—Qué bueno.
Nicolás parecía sinceramente contento, pero no intentó prolongar la conversación a cualquier precio. Miró hacia su mesa y luego a ella.
—Me dio gusto verte.
—A mí también.
Él vaciló un instante.
—¿Todo estuvo bien aquella noche?
Leonora sostuvo su mirada.
—Sí.
—Perfecto. Su alivio fue discreto.
Ella buscó una frase adecuada.
—No me fui porque…
—Lo sé —dijo él, con amabilidad—. No tienes que justificarlo.
Volvió con la mujer de cabello corto.
Leonora permaneció inmóvil hasta que el camarero le preguntó si iba a pedir algo. No había ocurrido nada doloroso. Nicolás había sido amable, conservaba su nombre y se había acordado de que quería escribir. No le reclamaba una llamada ni la miraba como si hubiera perdido algo. Sacó el teléfono del bolso y abrió la fotografía que había tomado de su primer poema. Si al despertar me buscas… Le pareció de pronto una pregunta que nadie había hecho. Guardó el teléfono. Pidió agua.
Esa noche regresó temprano. En el corredor de la planta baja encontró a Elvira sentada ante una mesa pequeña, revisando unas cuentas con las gafas en la punta de la nariz.
—No sabía que seguía despierta.
La mujer levantó la vista.
—Se averió una tubería en el lavadero. Estaba comprobando qué se alcanzó a mojar.
Leonora se quitó el abrigo.
Elvira cerró una libreta.
—¿Quiere que le prepare algo?
—No.
Iba a seguir hacia la escalera cuando preguntó:
—¿Usted se enamoró alguna vez? Elvira no respondió inmediatamente.
Se quitó las gafas.
—Sí.
Leonora miró la silla vacía frente a ella.
—¿Cómo lo supo?
—Supongo que porque quería estar con él.
—Yo puedo querer estar con alguien.
Elvira esperó.
Leonora dejó el abrigo sobre el respaldo.
—Quiero decir, durante un rato.
—Yo quería verlo también cuando no había nada que hacer —dijo la mujer—. Podíamos pasar una tarde entera arreglando una puerta. Él se enfadaba con los tornillos y yo le decía que había comprado los equivocados.
Leonora se sentó. Nunca había oído hablar a Elvira de esa manera.
—¿Se casaron?
—No.
—¿Por qué?
La mujer acarició con el pulgar una esquina gastada de la libreta.
—Queríamos cosas distintas. Durante bastante tiempo fingimos que no era importante.
Leonora bajó la vista hacia sus manos.
—En los libros siempre parece más fácil reconocerlo.
—En los libros ya eligieron qué parte contarte.
La respuesta la hizo sonreír apenas.
Después preguntó:
—¿Y si una persona nunca lo siente?
Elvira la observó con atención.
—No sé.
Leonora agradeció que no se apresurara a prometerle que algún día encontraría al hombre adecuado.
—¿Te preocupa? —añadió.
Ella tardó demasiado en contestar.
—Me da curiosidad.
Elvira asintió, aunque no pareció convencida.
Leonora se levantó y recogió el abrigo.
Al llegar a la escalera, escuchó su voz:
—No tienes que resolverlo esta noche.
Subió sin volverse.
Dos días después pidió que abrieran un armario del antiguo despacho de Esteban. Sabía que allí se conservaban documentos familiares, aunque las copias de su adopción estaban en una caja distinta. Había revisado aquella caja varias veces desde que cumplió dieciocho años. Siempre terminaba en el mismo punto. Fechas, sellos, nombres de instituciones y espacios donde ella esperaba encontrar una explicación.
Elvira le entregó la llave y se quedó en la puerta.
—¿Busca algo en particular?
—No lo sé todavía.
La mujer la dejó sola.
Leonora encontró recibos antiguos, cartas dirigidas a Beatriz y un sobre con fotografías del día en que llegó a la casa. En una aparecía sentada en el borde de una cama. Tenía el cabello más corto de lo que recordaba y sujetaba un conejo de tela por una oreja. Beatriz estaba arrodillada frente a ella. No intentaba abrazarla. Le ofrecía una taza.
Leonora acercó la fotografía a la ventana. La niña no miraba a la mujer ni a la cámara. Miraba hacia la puerta. Permaneció largo rato observándola. No recordaba haber esperado a nadie aquel día. Tampoco recordaba el conejo. Sintió rabia por no poder entrar en la fotografía y preguntarle a la niña qué estaba mirando. Dejó la imagen sobre el escritorio y abrió el expediente. Volvió a leer los mismos párrafos. La palabra abandono aparecía sin una voz que la explicara.
Imaginó un rostro, una mujer parecida a ella, pero la imagen cambiaba en cuanto intentaba sostenerla. A veces aquella desconocida tenía miedo. A veces parecía aliviada. La segunda posibilidad le hizo cerrar la carpeta. Se quedó con las manos apoyadas sobre la cubierta. En algún lugar podía existir alguien que conociera el principio de su vida. Y ella ni siquiera sabía qué nombre pronunciar para llamarlo. Aquella noche escribió sin haber salido. No ocurrió ante el escritorio.
Estaba sentada en el suelo, junto a la cama, con la fotografía entre las rodillas. El cuaderno pequeño descansaba sobre una pierna. Las primeras palabras llegaron con dificultad.
En la fotografía espero
algo que ya no recuerdo.
Se detuvo. Tachó algo y escribió a alguien. Después volvió a tacharlo. No sabía si era verdad. Dejó la primera versión.
Una mujer me ofrece agua.
Yo vigilo la puerta.
Quisiera entrar ahora,
sentarme junto a esa niña
y preguntarle si tiene frío.
Pero ella mira hacia afuera.
También a mí me deja esperando.
Al terminar, Leonora no experimentó la dulzura que acompañaba a los poemas de sus encuentros. Tenía los dedos helados. Leyó los versos una vez y cerró el cuaderno. No quiso corregirlos. Lo guardó en un cajón distinto de la carpeta gris. Llegó junio y la colección siguió creciendo.
Leonora compró más fundas transparentes. Había aprendido a reconocer el momento en que una imagen podía convertirse en poema: una muñeca apoyada junto a su rostro, la luz de un baño bajo una puerta, una frase dicha sin importancia que regresaba después durante el trayecto a casa. En ocasiones escribía antes de quitarse los zapatos. En otras necesitaba esperar hasta que el cielo comenzaba a aclarar. Cada hoja prolongaba unas horas algo que el encuentro no había conseguido dejarle.
Luego regresaban las habitaciones silenciosas, el sueño durante el día y la dificultad de contestar cuando alguien le preguntaba qué deseaba comer. Una madrugada contó catorce poemas. Los extendió sobre la alfombra. En uno había prometido esperar. En otro, recordar una voz durante años.
En el último había escrito: Que no me encuentre la mañana
en un lugar donde no estés.
Leonora apoyó la espalda contra la cama. Ni siquiera había sentido la tentación de volver a ver al hombre que inspiró aquellos versos.
Tomó un lápiz y escribió en una hoja suelta:
La poeta maldita.
Se quedó mirando las palabras. Le resultaron excesivas. Casi una burla de sí misma. Aun así, no las tachó. Colocó la hoja al principio de la carpeta y cerró las tapas grises.
El viernes siguiente salió con un vestido azul oscuro y el cabello recogido. En La Fiebre había más gente de la habitual. No encontró sitio en la barra, así que permaneció junto a una columna hasta que una pareja se levantó de una mesa. Fue hacia ella, pero otro hombre llegó al mismo tiempo. Ambos tocaron el respaldo de una silla.
Leonora retiró la mano.
—Puede quedarse —dijo él.
Tenía una voz grave, algo áspera. Ella lo miró por primera vez. Llevaba una camisa negra y el cabello un poco largo sobre la nuca. Era alto, de hombros anchos, y tenía una pequeña cicatriz junto a una ceja. No sonreía como si acabara de ganar una conversación. Simplemente se había apartado.
—Hay dos sillas —dijo Leonora.
Él miró la otra.
—Es verdad.
—Puede sentarse. El hombre vaciló y luego dejó sobre la mesa el vaso que llevaba.
—Julián.
Leonora tomó asiento frente a él.
—Leonora.
Al oír su nombre, él inclinó apenas la cabeza, como si quisiera escucharlo mejor entre la música. Ella lo observó acomodarse en la silla. Por el momento no pensó en ninguna palabra para describirlo.