Capítulo 5 de 25

Un hombre llamado Julián

Julián dejó el vaso cerca del borde de la mesa y se arremangó la camisa.

Leonora observó sus manos. Tenía una rozadura junto al pulgar y una pequeña mancha oscura en una uña. No parecían manos descuidadas; parecían manos que habían trabajado hasta hacía poco. Él siguió la dirección de su mirada.

—No se quita —dijo, mostrando el dedo—. Me lavé tres veces.

Leonora levantó los ojos.

—No le había preguntado.

Julián sonrió apenas.

—Te adelantaste a la explicación.

Ella acomodó el bolso sobre sus piernas. Alrededor de la mesa, la música obligaba a las personas a acercarse para hablar. Julián, en cambio, permanecía al otro lado, sin invadir el pequeño espacio que acababan de compartir.

Leonora reparó en que estaba esperando.

—¿Qué es? —preguntó al fin.

Él miró su uña.

—Tinte para madera. Estuve arreglando unas jardineras.

—¿Ese es tu trabajo?

—Parte de él. Mantengo jardines. También arreglo lo que se rompe y el dueño cree que viene incluido.

—¿Y viene incluido?

—Depende de cómo me lo pida.

Ella bajó la vista para ocultar una sonrisa.

Julián tomó un sorbo de su bebida.

—¿Tú a qué te dedicas?

Leonora pensó en las catorce hojas de la carpeta gris.

—Escribo.

Era la primera vez que lo decía sin añadir que estaba intentando hacerlo.

—¿Qué escribes?

—Poemas.

—Nunca he conocido a una poeta.

—Tal vez sí. A lo mejor no te lo dijeron.

Julián asintió, aceptando la posibilidad. Después miró hacia el pequeño escenario del fondo, donde un hombre comprobaba unos cables. No le pidió que recitara. No hizo una broma sobre escribirle algo. Leonora esperó unos segundos antes de descubrir que aquella parte de la conversación había terminado.

—¿No vas a preguntarme de qué tratan?

Él volvió hacia ella.

—¿Quieres contármelo?

Leonora pasó un dedo por la costura del bolso.

—No.

—Entonces, no.

Leonora había preparado una objeción y tuvo que abandonarla. Julián tenía veintiocho años y vivía al otro lado del río, en una casa pequeña que había pertenecido a su abuelo.

Leonora fue reuniendo aquella información sin un interrogatorio continuo. Él hablaba cuando surgía algo y luego escuchaba. No parecía inquietarle que entre ambos quedaran pausas. Había ido al bar porque un conocido tocaba la guitarra esa noche.

—Todavía no empieza —explicó—. Siempre dice que falta poco.

—¿Es bueno?

—Sí.

—Lo dices porque es tu amigo.

—Si fuera malo, también vendría. Pero me sentaría más lejos.

Leonora soltó una risa.

Julián la miró un instante más de lo necesario y después apartó los ojos. Ella reconoció aquella mirada. Durante las últimas semanas había aprendido a distinguir la cortesía del interés, la curiosidad del deseo. Lo que no supo interpretar fue la rapidez con que él pareció contenerse.

—Puedes mirarme —dijo.

Julián apoyó el vaso.

—Ya lo estaba haciendo.

—Lo sé.

Él se pasó un dedo por el borde del vaso, incómodo. Aquello le gustó. No porque quisiera avergonzarlo, sino porque hasta entonces había tenido la impresión de que él sabía estar allí mejor que ella. Descubrir una vacilación lo acercó. El músico comenzó a tocar. La gente situada junto al escenario guardó un silencio incompleto. Continuaban las conversaciones en la barra y el choque de vasos detrás de ellos.

Leonora escuchó unos minutos. No entendió toda la letra. Había una frase sobre una mujer que dejaba una lámpara encendida, y otra sobre alguien que no regresaba.

—¿Te gusta? —preguntó Julián.

Ella se encogió de hombros.

—Es triste.

—Sí.

—¿Por qué la gente quiere escuchar cosas tristes cuando sale a divertirse?

Julián miró hacia el escenario antes de responder.

—A veces te gusta una canción y ya. No piensas tanto en lo que te hace.

Leonora sostuvo el vaso entre las manos. Ella pensaba en eso continuamente. Más tarde cambiaron la música.

Julián acababa de regresar de saludar a su amigo cuando encontró a Leonora de pie junto a la mesa.

—¿Te vas?

—Voy a bailar.

Él hizo un gesto para apartarse y dejarla pasar.

Leonora no se movió.

—Contigo.

Julián tardó un segundo en reaccionar. Dejó el vaso. Al llegar al espacio entre las mesas, ella se acercó sin la inseguridad de sus primeras salidas. Apoyó una mano en su hombro y esperó a que él encontrara el ritmo.

Julián bailaba con menos soltura que otros hombres que había conocido.

Leonora lo notó y sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo.

—Un poco.

—Me lo merezco.

Ella deslizó los dedos hacia su nuca. El cabello le rozó los nudillos. Julián dejó de mirar hacia el suelo. La música seguía sonando, pero los movimientos de ambos se hicieron más pequeños.

Leonora sintió la mano firme sobre su espalda y el calor que atravesaba la camisa. Se acercó hasta que el pecho de él quedó contra el suyo. Lo deseaba. La certeza no le causó ningún conflicto. Era la parte de sí misma que ya comprendía.

Julián bajó la mirada hacia su boca.

—¿Puedo besarte?

Leonora respondió acercándose. El beso comenzó despacio. Él le sostuvo la espalda sin apretarla y ella tuvo que sujetarse de su camisa cuando la distancia desapareció. Al separarse, Julián apoyó un instante la frente contra la suya.

Leonora abrió los ojos. Le sorprendió aquel gesto. No supo qué hacer con él, así que volvió a besarlo. Salieron pasada la una. La calle estaba húmeda y olía a lluvia reciente. Julián se detuvo bajo el toldo para pedir un coche.

—¿Te llevo a tu casa?

Leonora miró la pantalla de su teléfono.

—Prefiero ir a la tuya.

Él levantó la cabeza. La observó con una atención que la hizo ponerse a la defensiva.

—Si tú quieres —añadió ella.

—Quiero.

No sonrió al decirlo. Aquello le produjo un pequeño estremecimiento. Durante el trayecto conversaron poco. Leonora mantuvo las manos sobre el bolso hasta que Julián dejó la suya, abierta, sobre el asiento. Ella la miró. Podía haber sido casualidad. Al cabo de unos segundos colocó sus dedos encima.

Julián se los sujetó con suavidad.

Leonora volvió la cara hacia la ventanilla. No sintió amor. Sintió el pulgar de él moviéndose una vez sobre sus nudillos y una impaciencia creciente por llegar. La casa tenía una puerta verde y dos macetas a cada lado de la entrada.

Julián encendió la luz del corredor.

—Cuidado con ese escalón.

Leonora lo cruzó mirando hacia el patio. Había plantas junto a una pared, algunas herramientas colgadas y una mesa de madera cubierta con periódicos. Sobre ella descansaba una jardinera a medio pintar.

Julián siguió su mirada.

—La culpable de la uña.

Ella sonrió. Dentro, la casa era fresca. Un ventilador giraba lentamente en el techo de la sala. Había un sofá de tela clara, una estantería y una fotografía de un hombre mayor junto a un árbol.

Leonora dejó el bolso.

Julián fue a buscar agua. Cuando regresó, ella estaba observando un libro de la estantería.

—Puedes sacarlo. Era un manual de poda. Tenía notas a lápiz en los márgenes y varias páginas señaladas con tiras de papel.

—¿Todo esto lo lees por trabajo?

—Casi todo.

Leonora pasó una página.

—¿Y lo demás?

Él señaló un estante inferior. Novelas policiales, dos libros de relatos y un volumen de viajes bastante gastado. Ella se agachó para leer un título. Al levantarse encontró a Julián detrás, a suficiente distancia para no rozarla.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

La misma respuesta que ella le había dado mientras bailaban.

Leonora dejó el manual en su sitio. Se acercó y le desabrochó el primer botón de la camisa.

Julián le sostuvo la mano un momento.

—No tenemos prisa.

Ella lo miró.

—Yo sí quiero besarte ahora.

Él soltó sus dedos y la besó. La lámpara del dormitorio permaneció encendida.

Leonora pudo ver la cicatriz de su ceja, la sombra de la barba y una marca antigua en su hombro. Hablaron de protección y de lo que deseaban sin dejar que la vergüenza decidiera por ellos. Después las palabras fueron escaseando.

Julián era atento sin estar preguntando a cada instante. Leonora descubrió que podía dejar de anticipar cada gesto y responder al que llegaba. Cuando la noche se aquietó, se quedó tendida de lado, recuperando el aliento. Él le apartó un mechón del rostro.

—¿Estás bien?

—Sí.

Era verdad. Cerró los ojos. Durante unos minutos le resultó agradable no moverse. La sábana estaba fresca sobre sus piernas y desde el patio llegaba el ruido del agua que escurría de algún tejado.

Julián le acarició el brazo.

Leonora volvió a abrir los ojos. El cuarto comenzaba a parecerle demasiado pequeño. Se incorporó para buscar su ropa.

—¿Te vas ahora?

Julián no intentó detenerla. Aun así, ella sintió la pregunta como una dificultad.

—Sí.

Él miró el reloj.

—Puedo prepararte algo. Hay pan, creo. No prometo más.

—No tengo hambre.

Leonora se abrochó el vestido. En el silencio siguiente escuchó el roce de Julián al sentarse en el borde de la cama.

—Me gustaría volver a verte.

Ella encontró uno de sus pendientes sobre la mesa de noche.

—No sé.

—Podríamos tomar un café.

Se colocó el pendiente sin mirarlo. No quería café. No quería hablar de lo que aquello podía convertirse. Quería regresar antes de que desapareciera una imagen que acababa de venirle a la cabeza: la mano de Julián bajo la suya, en el asiento del coche.

—Prefiero no hacer planes.

Él asintió. Cuando Leonora tomó el bolso, Julián le tendió un papel. Había escrito un número.

—Por si cambias de idea.

Ella vaciló antes de guardarlo. En la puerta, él le preguntó si el coche estaba cerca.

—Dos minutos.

Esperaron bajo el pequeño alero.

Julián tenía la camisa abierta sobre una camiseta y el cabello revuelto. La luz exterior hacía más visible la cicatriz de su ceja.

—¿Siempre te recoges el pelo? —preguntó.

Leonora se tocó la nuca.

—No.

—Te queda bien así.

Ella bajó la mano. Cuando llegó el coche, lo besó brevemente.

Julián permaneció junto a la puerta hasta que doblaron la esquina.

Leonora escribió el poema sin quitarse los pendientes.

Dejaste una mano abierta
en el asiento del coche.

Yo podía mirar la ciudad,
contar ventanas encendidas,
no saber nada de ti.

Puse mis dedos sobre los tuyos. Ahora hay una calle
que no puedo recordar
sin volver a ese gesto.

Leyó los versos con una emoción que le humedeció los ojos. Se permitió permanecer allí. En la estrechez de aquellas líneas deseaba otra vez el trayecto, la puerta verde, el momento anterior al primer beso dentro de la casa. Luego levantó la vista. Su habitación estaba en silencio. Se quitó los pendientes, abrió el bolso y encontró el papel con el teléfono. Lo contempló unos segundos. No quiso llamar. Lo dejó dentro de un cajón, debajo de un recibo, y guardó el poema en la carpeta gris.

Julián se levantó temprano, aunque apenas había dormido. En la cocina encontró los dos vasos de agua. Uno estaba casi lleno. Lo llevó al fregadero y se quedó un momento con él en la mano. Recordó la manera en que Leonora había inspeccionado la estantería, inclinando ligeramente la cabeza. Su risa cuando él perdió el ritmo. La seguridad con que se había acercado y la rapidez con que después parecía haberse ido a otro lugar, incluso antes de salir de la habitación. Intentó recordar algo que hubiese contado de sí misma. Escribía poemas. Vivía lejos.

Se llamaba Leonora. Eso era todo. Lavó los vasos y salió al patio para recoger la jardinera antes de que volviera a llover. El teléfono sonó mientras acomodaba los periódicos. Era Clara, su hermana. Quería confirmar si iría el domingo a comer con su madre. Julián prometió llevar el pan y anotó la hora en un calendario donde convivían citas familiares y trabajos pendientes.

Después abrió una libreta con las cuentas del mes. Un cliente le debía dos visitas y necesitaba comprar una pieza para la camioneta. En la última página conservaba el dibujo de un vivero: un terreno estrecho, un depósito y filas de plantas que algún día quería cultivar él mismo. Lo había trazado con Mauricio durante una temporada de poco trabajo. Desde entonces lo repasaban de vez en cuando, siempre aplazándolo hasta tener dinero suficiente.

Aquella mañana calculó cuánto necesitarían para empezar con unas pocas mesas de propagación. La cifra seguía pareciéndole alta. Cerró la libreta y llamó al cliente que no había pagado. No obtuvo una fecha, pero insistió hasta acordar al menos un abono. A media mañana miró el teléfono. No había mensajes. Lo guardó y continuó trabajando.

Esa noche, al terminar, volvió a comprobarlo.

El sábado siguiente regresó a La Fiebre. Su amigo no tocaba.

Julián eligió una mesa desde la que podía ver la entrada y pidió algo que tardó mucho en beber. Cada vez que se abría la puerta levantaba la cabeza.