Capítulo 6 de 25
La segunda vez
Julián regresó a La Fiebre el viernes siguiente. No se sentó en la mesa donde la había conocido. Estaba ocupada por cuatro personas que hablaban inclinándose sobre los vasos, y durante un instante le molestó encontrarlas allí. La reacción le pareció absurda. Eligió un lugar cerca de la barra. Pidió una cerveza. Cada vez que se abría la puerta miraba hacia la entrada, hasta que comenzó a avergonzarse de la rapidez con que levantaba la cabeza.
A las once escribió a un amigo para preguntarle por un trabajo pendiente. Contestaron durante unos minutos sobre el precio de unas plantas, una entrega retrasada y un cliente que seguía sin pagar.
Julián dejó el teléfono boca abajo. Todavía recordaba la voz de Leonora. No había conseguido reproducirla en su memoria con precisión. A veces le parecía más grave; otras, más suave. En cambio, conservaba pequeños detalles sin esfuerzo: la manera de sostener el bolso contra las piernas, el dedo que había pasado por el lomo de un libro, la pausa antes de aceptar su mano en el coche. Se preguntó qué estaría haciendo. Luego intentó dejar de preguntárselo. A la una se marchó.
Leonora pasó aquella misma noche en otro bar. Había elegido un lugar con terraza porque no quería encontrarse con nadie conocido. No tenía ganas de responder preguntas sobre las últimas semanas ni de repetir conversaciones que ya sabía cómo terminarían. Un hombre se acercó a hablarle. Ella lo escuchó mientras miraba las luces del edificio de enfrente. Le pareció atractivo. Se llamaba Daniel o David; tuvo que preguntárselo de nuevo. Daniel. Bailaron un rato. Cuando él intentó besarla, Leonora volvió ligeramente el rostro.
—Hoy no.
El hombre se apartó.
—Está bien.
Ella agradeció que no insistiera. Regresó sola a la mansión. Al quitarse el vestido encontró una pequeña marca en la piel, junto a la costura del escote. La observó hasta comprender que llevaba días allí y ya casi había desaparecido. Pensó en Julián. La imagen llegó sin emoción reconocible: él sentado al borde de la cama, ofreciéndole café con la seriedad de quien propone algo importante. Abrió el cajón. El papel seguía debajo del recibo.
Leonora lo sacó, leyó el número y volvió a guardarlo. No quería hablar por teléfono. No quería preguntar cómo había estado ni escuchar que había pensado en ella. Se sentó ante el escritorio. Intentó escribir sobre la terraza, sobre Daniel, sobre el aire fresco de la noche.
Solo consiguió una frase:
Hay puertas que se cierran sin hacer ruido. La tachó. Durante las dos semanas siguientes, Julián volvió tres veces al bar. El camarero terminó reconociéndolo.
—Hoy tampoco toca tu amigo —le dijo una noche.
—Lo sé.
El hombre no añadió nada, pero Julián tuvo la impresión de que había entendido más de lo que convenía. Se quedó menos de una hora. Al salir, se detuvo bajo el toldo donde había esperado el coche con Leonora. Cerca de la acera, una mujer buscaba las llaves en un bolso mientras su pareja le sostenía un paraguas.
Julián pensó en el número que había escrito. Si ella hubiese querido llamarlo, ya lo habría hecho. Comprenderlo no le quitó las ganas de verla. Reconocerlo volvió más difícil justificar otra visita.
Leonora volvió a La Fiebre un jueves. Había empezado a llover cuando salió de casa y estuvo a punto de pedir al conductor que regresara. La idea de cambiarse de ropa, subir a su habitación y encontrar la carpeta gris sobre el escritorio la hizo continuar. Llevaba el cabello suelto. Al entrar, se apartó de la puerta para cerrar el paraguas. Una gota cayó sobre su muñeca.
—Leonora.
Reconoció la voz antes de encontrar el rostro.
Julián se había levantado de una mesa. Llevaba una camisa gris, tenía el cabello un poco más corto y parecía sorprendido de verdad, como si después de tantas veces hubiese dejado de creer que ella podía aparecer. Recordó la puerta verde. La atracción regresó con una facilidad que le produjo alivio. No tenía que inventar una conversación ni decidir si deseaba acercarse.
—Hola.
Julián señaló la silla vacía. Ella dejó el paraguas junto a la mesa y se sentó.
—¿Cómo has estado? —preguntó él.
—Bien.
Era una respuesta que ya empezaba a detestar.
—Pensé que quizá no volverías.
Leonora abrió el bolso para guardar el teléfono.
—No vengo siempre al mismo lugar.
—Yo tampoco.
La mentira quedó entre ambos.
Julián bajó los ojos hacia su vaso.
—Últimamente sí —corrigió.
Ella dejó de mover las manos.
—¿Por mí?
Él tardó un momento.
—Quería verte.
Leonora miró hacia la barra. No supo qué responder sin ofrecer algo que no tenía.
Julián pareció advertirlo.
—No tienes que decir nada.
Aquella frase la irritó menos de lo que esperaba. Pidió una bebida. Durante un rato hablaron de la lluvia y de un árbol que se había desplomado cerca de uno de los lugares donde él trabajaba. Julián le contó que habían pasado la mañana despejando ramas de un camino.
—Llegué a casa con hojas hasta dentro de los zapatos.
Leonora imaginó el patio, la mesa cubierta con periódicos.
—¿Terminaste las jardineras?
Él sonrió.
—Sí.
Ella se dio cuenta demasiado tarde de que recordarlo podía parecer una señal. Apartó la vista. Bailaron cuando comenzó una canción que Leonora reconocía.
Julián se movía con la misma cautela de la primera noche. Ella le sujetó la camisa para acercarlo.
—Sigues pensando demasiado en los pies —dijo.
—Tú sigues notándolo.
Leonora sonrió. Él la miró de una manera que volvió incómoda aquella sonrisa. Había alegría en su rostro. Una alegría abierta, sin cálculo, y ella no sabía dónde colocarla. Se acercó para besarlo. El beso interrumpió lo que Julián parecía a punto de decir.
Leonora sintió su mano sobre la espalda y dejó de preocuparse por las palabras. Al separarse, él permaneció cerca.
—Me acordé de ti —dijo.
Ella pasó los dedos por el cuello de su camisa.
—Ahora estoy aquí.
Julián la observó. Después asintió. En la casa de la puerta verde había una jardinera nueva junto a la entrada.
Leonora la reconoció por el color.
—Quedó bien.
Julián siguió su mirada.
—Gracias.
Dentro olía a jabón y a madera húmeda. Había una taza en el escurridor, una chaqueta sobre el sofá y un libro abierto boca abajo.
Leonora lo volvió antes de pensar.
—Se estropea así.
Julián la miró con curiosidad. Ella recordó a Elvira y apartó la mano.
—Eso dicen.
Él sonrió, pero no hizo preguntas. La segunda vez no tuvo la incertidumbre de la primera.
Leonora sabía cómo acercarse, dónde dejar el bolso, qué caricia buscar cuando quería que él la besara de nuevo. Julián atendió a sus gestos y ella se permitió responder sin prisa. Durante un rato la habitación no le pidió nada que no quisiera dar. Después, cuando permanecieron juntos en silencio, él le rozó la frente con los labios.
Leonora abrió los ojos. Esperó a que el gesto terminara.
Julián se dio cuenta del cambio antes de que ella se incorporara. No fue un rechazo evidente. Leonora simplemente dejó de estar cómoda en la quietud. Sus dedos buscaron el borde de la sábana y miró hacia la silla donde había dejado el vestido. Él retiró el brazo para que pudiera levantarse.
—Puedes quedarte.
Ella se sentó en el borde de la cama.
—Prefiero irme.
Julián asintió, aunque la respuesta le dolió más esta vez. La vio buscar uno de los tirantes.
—¿He hecho algo que…?
—No.
Leonora se volvió. Lo dijo con tal rapidez que él guardó silencio.
—No has hecho nada —añadió.
—Entonces no entiendo.
Ella sostuvo el vestido sobre las rodillas. Tampoco sabía explicarlo. Había disfrutado estar allí. Su cuerpo todavía conservaba el bienestar del encuentro. Sin embargo, la posibilidad de dormir a su lado le resultaba ajena, como ponerse una prenda hecha para otra persona.
—No quiero que esperes algo distinto.
Julián apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Me gustaría conocerte.
Leonora bajó la mirada.
—Ya me conoces.
—Sé muy poco de ti.
—Es lo que quiero darte.
La frase sonó más dura de lo que pretendía. Él se quedó inmóvil.
Leonora encontró el tirante y comenzó a vestirse.
—No quería decirlo así.
—Pero lo piensas.
Ella no contestó.
Julián se levantó y buscó su camisa.
—¿Quieres que no vuelva a acercarme si te encuentro?
La pregunta la hizo mirarlo. No quería aquello. Tampoco quería aceptar lo contrario.
—No quiero hacer promesas —dijo.
Él abrochó un botón.
—Te estoy preguntando qué quieres.
Leonora sintió una impaciencia que era, en parte, vergüenza.
—Esta noche quería estar contigo. He estado contigo. No sé por qué tiene que convertirse en otra cosa.
Julián dejó de abrocharse la camisa. Durante unos segundos solo se oyó el agua que corría por el canalón del patio.
—Para mí ya es otra cosa —dijo al fin.
Ella recogió el bolso. Cualquier consuelo habría prometido algo que ella no deseaba. Esperaron el coche en silencio. La lluvia había cesado y el aire olía a tierra mojada.
Julián mantuvo las manos dentro de los bolsillos. Leonora se quedó bajo el alero, mirando el punto donde la calle doblaba.
—No me esperes —dijo.
Él volvió la cabeza.
—Leonora…
—Por favor.
Julián cerró la boca. Cuando llegó el coche, abrió la puerta y se apartó. Ella estuvo a punto de besarlo en la mejilla. No lo hizo. Durante el trayecto a la mansión se repitió que había sido clara. No le había prometido amor, ni una llamada, ni otra noche. Aun así, recordaba la pausa antes de que él dijera que para él ya era otra cosa. Apoyó la frente contra el cristal. No deseaba regresar. Le habría gustado no haber visto su rostro al marcharse. El poema comenzó antes de que pudiera quitarse los zapatos.
No pongas una lámpara por mí.
Leonora dejó la pluma suspendida. La frase le pareció demasiado directa. Estuvo a punto de tacharla. Continuó.
No pongas una lámpara por mí.
Hoy supe regresar hasta tu puerta,
pero ignoro qué camino sigue
una mujer que decide quedarse.
Tu casa tenía un vaso limpio,
un libro vuelto sobre la mesa,
un sitio junto a ti.
Yo traje las manos vacías
y aun así me fui llevándome
algo que no sé devolver.
Cuando terminó tenía la garganta apretada. Leyó la última estrofa varias veces. Después abrió la carpeta gris. Buscó el poema de la mano en el coche y colocó ambas hojas juntas. La misma casa. El mismo hombre. Dos fechas. Sintió un sobresalto desproporcionado. Hasta entonces cada página había sido un lugar cerrado, una noche que podía guardar sin preocuparse por lo que viniera después. Ahora un rostro aparecía dos veces en su colección y una voz parecía continuar de una hoja a otra. Apartó los poemas del resto. Pensó en romperlos.
Tomó la primera hoja entre los dedos, pero no tiró. Le molestó descubrir cuánto deseaba conservarla. Fue hasta la chimenea apagada y dejó los dos poemas sobre la repisa. En un cajón lateral guardaban una caja de cerillas para las velas. La abrió. Permaneció allí hasta que el temblor de sus manos la enfadó.
—Qué estupidez —murmuró.
Dejó las cerillas. Metió las dos hojas en un sobre sin nombre y lo guardó al fondo del escritorio. Luego cerró el cajón con llave.
Julián no volvió al bar al día siguiente. Se levantó temprano, preparó café y salió al patio. Una de las macetas había quedado demasiado cerca del borde durante la lluvia y la tierra se había derramado sobre las baldosas. Se arrodilló para recogerla. Pensó en Leonora inclinada sobre su estantería, dando vuelta a un libro para que no se estropeara. Pensó también en lo que había dicho al marcharse. No me esperes. Apretó la tierra alrededor de la planta y la regó despacio. Quería volver a verla.
Ella le había pedido que no esperara. Por primera vez, Julián comprendió que esas dos cosas podían exigirle decisiones distintas.