Capítulo 7 de 25

La casa detrás de la verja

Leonora dejó de ir a La Fiebre. No tomó la decisión frente al espejo ni necesitó repetírsela cada noche. Cuando buscaba un lugar para salir, elegía cualquier otro. Había suficientes bares en la ciudad. También suficientes hombres. Se lo recordó una madrugada mientras esperaba un coche junto a alguien cuyo nombre acababa de olvidar. Lo había escuchado dos veces, pero la música era fuerte y después había dejado de importarle. Él le hablaba de una terraza que abría hasta tarde.

Leonora miró la pantalla de su teléfono.

—Prefiero irme.

El hombre se interrumpió.

—¿A tu casa?

—Sola.

Él pareció decepcionado, aunque se despidió sin discutir. Durante el trayecto, Leonora sintió alivio. No tenía que conversar, ni fingir interés, ni explicar por qué una cercanía que había deseado media hora antes comenzaba a resultarle incómoda. Al llegar a la mansión subió directamente a su habitación. La llave del escritorio estaba en el pequeño cuenco donde guardaba los pendientes. La tomó. Abrió el cajón. El sobre continuaba al fondo. No lo sacó.

Permaneció inclinada sobre él hasta que el vigilante apagó las luces de la entrada y la habitación se oscureció un poco más. Después cerró de nuevo.

Julián soportó nueve días sin volver al bar. El décimo fue con dos compañeros después de terminar un trabajo. Uno de ellos hablaba de cambiar su camioneta; el otro discutía por mensajes con un proveedor.

Julián intentó participar. Al cabo de media hora se dio cuenta de que seguía mirando la entrada. Pidió la cuenta.

—¿Ya te vas? —preguntó Mauricio.

—Mañana empiezo temprano.

Era cierto. También era una excusa. Salió antes de terminar la bebida y caminó hasta donde había estacionado la camioneta. Había empezado a utilizarla más desde que uno de sus clientes le encargó trasladar plantas entre varias propiedades. Al llegar al cruce vio a Leonora. Estaba bajo el toldo de un bar situado al otro lado de la calle. Llevaba un vestido claro y sujetaba el teléfono con ambas manos.

Julián se detuvo. Durante un instante solo sintió alegría. Después recordó la última conversación. No me esperes. Ella no lo había visto. Un automóvil se acercó a la acera. Leonora comprobó la matrícula y subió al asiento trasero.

Julián podía haber continuado caminando. En cambio, apresuró el paso hacia su camioneta. La siguió a distancia. Durante las primeras calles se dijo que quería comprobar que llegara bien. La explicación le duró poco: Leonora había pedido un coche, había subido sin dificultad y no le había solicitado ayuda. Podía regresar. En un semáforo estuvo a punto de cambiar de carril. El automóvil avanzó. Él continuó detrás.

La ciudad fue quedando atrás entre avenidas más anchas y casas separadas por muros. Julián reconocía la zona. Había trabajado en dos propiedades cercanas, aunque nunca entró en aquella calle. El coche redujo la velocidad ante una verja. Un vigilante salió de una caseta. Después se abrieron las hojas de hierro y Leonora desapareció por un camino iluminado entre árboles.

Julián pasó de largo. Alcanzó a distinguir una fachada clara, columnas y varios ventanales encendidos en el piso superior. Más allá de la entrada había un jardín que parecía extenderse hasta perderse entre los árboles. Estacionó una calle después. Permaneció con las manos sobre el volante. Había imaginado muchas cosas sobre ella: un departamento, una familia estricta, quizá una relación de la que no quería hablar. Nunca aquella casa. La sorpresa lo sostuvo unos segundos. Después sintió vergüenza. No por haber descubierto que Leonora tenía dinero. Por estar allí.

Había querido saber dónde vivía y acababa de obtener una respuesta que ella no le había dado. Encendió el motor. Cuando regresó a su casa no consiguió dormir. A la mañana siguiente, Leonora encontró a Elvira revisando un presupuesto en el comedor pequeño. Había bajado porque el ruido de una máquina le impedía descansar.

—¿Qué están haciendo afuera?

—Despejando el drenaje del jardín.

Leonora miró hacia las ventanas.

—¿A esta hora?

Elvira consultó el reloj de pared. Eran las diez y media.

—Si empiezan después, no terminan antes de que vuelva a llover.

Leonora se sentó. La mujer apartó los papeles.

—¿Quiere desayunar aquí?

—Solo café.

Desde la terraza se escuchó una discusión breve sobre una tubería.

Elvira suspiró.

—Ernesto ya no puede encargarse de todo.

Leonora recordaba vagamente al jardinero mayor: un sombrero claro, una forma lenta de caminar, las manos apoyadas sobre una pala.

—¿Está enfermo?

—La rodilla. Necesita tratamiento y unas semanas de descanso. Además, lleva años diciendo que quiere reducir el trabajo.

—Pues contraten a alguien.

Elvira asintió.

—Eso estamos haciendo.

Leonora notó el tono antes de comprenderlo.

—¿Qué?

—Nada.

—Parece que he dicho algo malo.

La mujer apoyó una mano sobre el presupuesto.

—No. Solo que algunas cosas tardan un poco más de lo que parece.

Leonora miró los papeles. Había cifras subrayadas, nombres de materiales y una lista de tareas. No había pensado nunca en cuánto trabajo requería que los senderos estuvieran despejados cuando ella cruzaba el jardín. Teresa dejó una taza frente a ella.

Leonora dio las gracias. El café estaba demasiado caliente. Esperó a que se enfriara mientras las voces continuaban afuera. Mauricio había propuesto visitar un vivero que buscaba presupuesto para reparar el riego. Julián aceptó acompañarlo, aunque la reunión se retrasó porque todavía no liberaban los recursos. Habían trabajado juntos en otras ocasiones: Mauricio conseguía materiales y organizaba las entregas; él se ocupaba de las instalaciones y de las plantas.

La posibilidad de un sueldo estable le importaba. Su camioneta hacía un ruido nuevo al arrancar y había gastado parte de sus ahorros en reparar el tejado de la casa de su abuelo. Aquellas necesidades eran reales. También lo era que, desde la noche de la verja, consultaba el teléfono esperando una oportunidad que no tenía derecho a fabricar.

Julián encontró el aviso tres días después. Buscaba encargos en el teléfono durante una pausa, sentado en la caja abierta de la camioneta. Mauricio le había enviado varias ofertas de mantenimiento, entre ellas una para trabajar de forma estable en una propiedad privada. Leyó la dirección. Luego volvió a leerla. La misma calle. El mismo número que había visto junto a la verja. El anuncio pedía experiencia en jardines amplios, conocimientos de riego y disponibilidad para incorporarse pronto. Solicitaban referencias comprobables y ofrecían un sueldo fijo.

Julián dejó el teléfono sobre la rodilla. Aquel empleo le convenía. Llevaba meses alternando trabajos que se retrasaban, clientes que cambiaban lo acordado y jornadas que comenzaban antes del amanecer para terminar después de oscurecer. Podía utilizar esas razones. Las conocía lo suficiente para saber que no eran las que lo mantenían mirando el aviso. Tomó el teléfono y marcó. Le respondió una mujer.

—Casa Valcárcel.

Julián se quedó callado un segundo.

—Llamo por el puesto de jardinero.

La entrevista fue un lunes a las nueve. El vigilante anotó su nombre y comprobó la cita antes de dejarlo pasar por una entrada lateral.

Julián llevaba una carpeta con referencias, copias de sus documentos y fotografías de varios trabajos. Se había afeitado por la mañana y recortado el cabello durante el fin de semana, más por el calor que por otra cosa.

Elvira lo recibió en un despacho cercano a la zona de servicio. No le ofreció amabilidad innecesaria ni desconfianza. Le hizo preguntas concretas. Cuánto tiempo llevaba trabajando. Qué experiencia tenía con rosales. Si sabía reparar un sistema de riego. Por qué había dejado su último empleo fijo.

Julián respondió sin inventar nada. Después salieron al jardín. Ernesto los esperaba junto a un cobertizo. Tenía una rodillera bajo el pantalón y apoyaba el peso en la pierna sana. Lo condujo hacia un sector donde la tierra permanecía húmeda.

—Aquí dijeron que faltaba poner más grava —comentó.

Julián se agachó. Tocó el suelo, observó la inclinación y siguió con la vista el borde del sendero.

—La grava no va a sacar el agua.

Ernesto lo miró.

—¿Qué harías?

Julián le explicó. El hombre escuchó sin interrumpir y luego le mostró una válvula que perdía presión, varias plantas debilitadas y una enredadera que comenzaba a levantar una pieza de la pérgola. Durante casi una hora hablaron de trabajo.

Julián dejó de pensar en las ventanas. Al regresar junto a Elvira, Ernesto asintió una vez.

—Sabe.

Aquella palabra le pesó más de lo que esperaba.

Elvira revisó las referencias esa misma tarde. Lo llamó al día siguiente.

—Podemos ofrecerle un periodo de prueba de un mes. Si a ambas partes les parece bien, continuamos.

Julián estaba sentado en la cocina. Miró la puerta que daba al patio.

—De acuerdo.

La mujer le explicó el horario, el sueldo y las condiciones. El puesto incluía una habitación en las dependencias del personal, aunque podía seguir viviendo en su casa si lo prefería.

—Por ahora iré y vendré —dijo.

—Como quiera. Algunas jornadas necesitaremos que entre antes, pero se le avisará.

Julián tomó nota.

Antes de terminar, Elvira añadió:

—La propietaria pasa mucho tiempo en su habitación. Se procura evitar maquinaria cerca de sus ventanas durante las primeras horas de la mañana.

Él sostuvo el bolígrafo sin moverlo.

—Entiendo.

—Y algo más: aquí se respeta la privacidad de todos. Si hay un problema de trabajo, viene conmigo.

Julián miró el nombre que había escrito en la hoja. Casa Valcárcel. Podía decirlo entonces. Conocía a Leonora. Había estado con ella. También sabía que, si lo mencionaba, probablemente perdería la oportunidad de entrar.

—Entendido —respondió.

Al colgar permaneció sentado largo rato.

Leonora no supo que habían contratado a un jardinero nuevo. Aquella noche salió a cenar a un lugar donde apenas probó la comida. Regresó antes de medianoche y encontró un libro sobre su almohada: Teresa lo había recogido del suelo durante la limpieza. Lo tomó. Una hoja doblada sobresalía entre las páginas. Era un marcapáginas viejo, nada más. Aun así, el gesto de abrir el libro le recordó a Julián frente a su estantería. Dejó el volumen sobre la cama. Fue al escritorio y abrió el cajón. Sacó el sobre.

Los dos poemas conservaban el orden en que los había guardado. Primero la mano abierta en el coche. Después la advertencia de no encender una lámpara por ella. Leyó ambos de pie. La emoción llegó antes de que pudiera impedirlo. No quería llamarlo. No deseaba darle explicaciones ni aceptar una invitación a desayunar. Sin embargo, las palabras le hacían sentir una pérdida que fuera del papel no conseguía reconocer. Llevó las hojas hasta la chimenea. Abrió la caja de cerillas. Raspó una. La llama se agitó entre sus dedos. Acercó el borde del primer poema.

El papel se oscureció en una esquina y soltó una breve línea de humo.

Leonora lo retiró de golpe. La cerilla se apagó. Permaneció inmóvil, mirando la quemadura diminuta. Después dejó los poemas sobre la repisa y se cubrió el rostro con las manos. No lloró. Cuando las bajó, estaba enfadada.

Guardó las hojas en el sobre y escribió encima:

No abrir.

Lo encerró de nuevo.

Julián llegó a la mansión al amanecer del miércoles. Ernesto le entregó unos guantes, señaló el cobertizo y comenzó a explicarle dónde se guardaba cada herramienta. Llevaba una gorra gastada y una camisa de trabajo que pronto se oscureció en la espalda. Mientras desenrollaba una manguera, escuchó abrirse una ventana. Levantó la vista por instinto. En el piso superior, una mujer del personal sacudía un paño. Detrás de ella solo se distinguía la oscuridad de una habitación.

Julián volvió al suelo. Tenía trabajo. Podía hacerlo bien. Podía conservar la distancia. Eso se dijo mientras abría la llave. Arriba, detrás de otras cortinas todavía cerradas, Leonora dormía junto al escritorio donde había encerrado sus dos poemas. El agua comenzó a correr sobre la tierra.

Julián sostuvo la manguera con ambas manos y evitó volver a mirar.