Capítulo 8 de 25
Una flor junto a la taza
Durante su primera semana en la mansión, Julián no vio a Leonora. Aprendió, en cambio, la hora en que se abría la puerta de la cocina, dónde golpeaba primero el sol y qué tramo del sendero conservaba agua incluso después de una tarde seca. Ernesto le explicó las costumbres de la casa mientras trabajaban. Los repartidores utilizaban la entrada lateral. Las herramientas debían guardarse antes de las seis. Si necesitaba materiales, tenía que entregar la lista a Elvira y esperar que autorizara la compra.
—Y no dejes esa manguera atravesada —añadió el hombre—. Aquí casi nadie mira dónde pisa.
Julián la recogió. Ernesto se apoyó en el mango del rastrillo.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Pareces distraído.
Julián bajó la vista hacia la tierra que había removido.
—Estoy acostumbrándome.
El hombre aceptó la explicación. Aquella mañana trabajaron cerca de la terraza. Julián tuvo que pasar dos veces frente a unas puertas de cristal a través de las cuales se veía un comedor vacío. Había una mesa larga, un jarrón con flores blancas y ocho sillas perfectamente alineadas. Recordó a Leonora sentada en su cocina, mirando una taza desportillada. Todavía le costaba colocar ambas imágenes en una misma vida.
Leonora pasó esos días durmiendo mal. Se acostaba al amanecer, despertaba cerca del mediodía y volvía a cerrar los ojos porque no encontraba ninguna razón para levantarse todavía. Los libros se acumulaban a un lado de la cama. Había empezado tres novelas sin terminar ninguna. En una encontró una frase sobre la felicidad de escuchar pasos conocidos al otro lado de una puerta. Dejó el libro cerrado sobre el pecho. Más tarde pidió que le trajeran otro. Por las noches continuaba saliendo.
Algunas veces volvía acompañada hasta la esquina del bar, donde se despedía antes de subir al coche. Otras aceptaba una invitación y regresaba horas después con una imagen que lograba convertirse en versos. Seguía disfrutando el deseo. Lo que comenzaba a cansarla era todo lo que había alrededor: las preguntas repetidas, el esfuerzo de escuchar, las despedidas que debía hacer sin parecer cruel ni ofrecer una continuidad que no deseaba. Una madrugada escribió un poema sobre un hombre que se abrochaba el reloj. Al terminar sintió ganas de romperlo. Lo guardó de todas formas.
Luego abrió el cajón donde estaba el sobre. No llegó a tocarlo. Ernesto comenzó su descanso el lunes siguiente. Tenía una cita médica y una hija que había insistido en acompañarlo. Durante años se había presentado a trabajar incluso cuando le dolía la rodilla. Ahora debía aprender a dejar instrucciones sin regresar al día siguiente para comprobar si las habían cumplido. Antes de marcharse recorrió el jardín con Julián y le señaló otra vez lo que consideraba más delicado. Al llegar a los rosales se detuvo.
—A estos les da demasiado la humedad si los dejas cerrarse. Hay que quitar lo que crece hacia dentro.
Julián se agachó junto a una rama. El rosal estaba lleno de flores de un tono rosado muy pálido, casi blanco en los bordes.
—Son de los antiguos —continuó Ernesto—. La señora Beatriz los mandó traer cuando arreglaron esta parte.
Julián levantó la cabeza.
—¿La madre de Leonora?
—La madre adoptiva.
Ernesto lo dijo sin cambiar de tono. Después siguió explicándole cómo distribuían el riego.
Julián escuchó, pero aquella información permaneció separada del resto. No preguntó más. Al despedirse, el hombre le entregó una llave del cobertizo.
—Cuida las tijeras grandes. Las pequeñas ya están para cambiarse.
Julián asintió. Cuando Ernesto salió por la puerta lateral, el jardín quedó bajo su responsabilidad. La casa continuaba en silencio. La primera flor la cortó el miércoles. Había comenzado a retirar las rosas que la lluvia había doblado. Algunas estaban demasiado abiertas; otras habían perdido varios pétalos. Entre dos ramas encontró una que crecía inclinada hacia el sendero. La sostuvo mientras decidía por dónde cortar. Pensó en Leonora. Había pensado en ella todos los días, aunque cada vez encontraba una tarea para no quedarse quieto con aquello. Cortó la rosa.
Le quitó las espinas de la parte baja del tallo y la dejó sobre el banco de trabajo. Durante casi media hora continuó podando. Al terminar, la flor seguía allí.
Julián se lavó las manos y fue hacia la cocina.
Elvira estaba junto a la mesa de servicio, revisando una entrega de fruta. Él esperó hasta que terminó.
—Quería pedirle un favor.
La mujer miró la rosa.
—Dígame.
Julián se sintió repentinamente ridículo.
—¿Podría ponerla con el desayuno de la señorita?
Elvira no extendió la mano.
—¿Por qué?
Él miró la flor antes de responder.
—Pensé que le gustaría.
La mujer sostuvo su mirada.
Julián comprendió que una respuesta imprecisa no iba a bastar.
—Está recién cortada. Es del jardín. No lleva tarjeta ni nada.
Elvira dejó el lápiz sobre la mesa.
—Eso ya lo veo.
Él bajó un poco la mano. Durante un segundo estuvo a punto de contarle todo: el bar, las dos noches, la forma en que había llegado a aquella dirección. No lo hizo.
—Si cree que es una molestia, la retiro.
Elvira observó la rosa.
—Una flor no tiene por qué serlo.
Tomó un vaso pequeño, puso agua y acomodó el tallo.
—Pero si ella pregunta, le diré quién la mandó.
Julián asintió.
—Claro.
La mujer lo vio marcharse y luego volvió a mirar la flor.
Leonora no se dio cuenta. Cuando Teresa dejó la bandeja, ella estaba leyendo una discusión entre dos personajes que llevaban varias páginas evitando decirse lo que querían. Tomó el café sin levantar mucho la vista. La rosa quedó junto al plato de pan tostado. Al cabo de un rato, Leonora apartó el vaso para tener espacio donde apoyar el libro. No lo miró.
Por la tarde, Teresa retiró la bandeja y dejó la flor sobre una mesa cercana a la ventana, suponiendo que la señorita querría conservarla. Allí pasó la noche.
Julián no preguntó qué había ocurrido.
Al día siguiente volvió a cortar una. Las flores se incorporaron al desayuno sin que Leonora advirtiera cuándo. Una rosa pálida. Una pequeña dalia. Dos ramitas de lavanda sujetas con un hilo que Teresa quitó antes de colocarlas en agua.
Elvira aceptaba la flor cuando Julián aparecía con ella y la dejaba junto a la bandeja. No añadía mensajes ni hacía comentarios. A veces él llegaba demasiado temprano y debía dejarla en un recipiente cerca del fregadero. Nunca subió a llevarla. En cambio, la proximidad volvió más difícil aceptar lo poco que sabía de su vida. Veía coches detenerse junto a la escalinata al anochecer. Por la mañana encontraba las luces de su habitación apagadas. Un viernes la vio salir.
Estaba recogiendo unas herramientas cerca del lateral de la casa cuando oyó abrirse la puerta principal.
Leonora descendió los escalones con un abrigo sobre los hombros. Llevaba el cabello suelto y un vestido oscuro. No miró hacia el jardín.
Julián permaneció quieto bajo la sombra de un árbol. Ella subió al coche. La puerta se cerró. Él volvió al cobertizo con una presión incómoda en el pecho. Había entrado en aquella casa porque quería verla. Ahora estaba allí y no tenía derecho a preguntarle adónde iba. Guardó las herramientas despacio. La mañana en que Leonora reparó en las flores había vuelto sin escribir. Era sábado.
Un hombre la había besado junto a una terraza iluminada con pequeñas bombillas. Ella había sentido deseo, pero durante el trayecto al departamento de él descubrió que ya prefería estar sola. Se lo dijo. Pidió al conductor que se detuviera y solicitó otro coche para regresar a casa. No pasó nada más. Al llegar, permaneció sentada frente al escritorio hasta que el cielo comenzó a aclarar. No apareció una sola frase. Se acostó vestida. Teresa llamó cerca del mediodía y entró con la bandeja.
Leonora abrió los ojos cuando escuchó el roce de la porcelana.
—¿Quiere que abra las cortinas?
—Un poco.
La luz entró en una franja estrecha. Teresa se marchó.
Leonora se incorporó y buscó la taza. Entonces vio la flor. Era una rosa rosada, con una gota de agua retenida entre dos pétalos. El tallo estaba colocado en un vaso pequeño que ella reconoció del aparador del comedor. La acercó. Olía suavemente. Buscó una tarjeta debajo del plato. No había nada. Dejó la rosa sobre la bandeja y llamó a Teresa antes de que bajara la escalera.
—¿Sí, señorita?
Leonora señaló el vaso.
—¿Quién puso esto?
La mujer miró la flor.
—Elvira lo preparó con el desayuno.
—¿Por qué?
Teresa pareció sorprendida.
—Llevamos varios días poniéndolas.
Leonora bajó la vista.
—¿Varios?
—Sí.
No supo por qué aquello le produjo vergüenza. Había recibido algo cada mañana sin verlo.
—Está bien —dijo.
Teresa esperó un instante y luego salió.
Leonora volvió a acercar la rosa. En la mesa de la ventana había otra, ya vencida, que no recordaba haber colocado allí.
Elvira subió poco después.
Leonora estaba desayunando.
—Teresa me dijo que preguntó por la flor.
Ella apartó la taza.
—¿Ahora también le cuentan lo que pregunto?
Elvira no respondió al tono.
—Si no quiere que sigamos poniéndolas, podemos retirarlas.
Leonora miró el vaso.
—No he dicho eso.
La mujer aguardó.
—¿Se compran?
—Son del jardín.
—¿Usted decidió ponerlas?
Elvira se tomó un momento antes de contestar.
—El jardinero pidió que acompañaran su desayuno.
Leonora levantó los ojos.
—¿Ernesto?
—El nuevo. Ernesto está de descanso, ¿recuerda?
Sí recordaba algo sobre una rodilla y unas semanas de tratamiento. No recordaba haber preguntado quién lo sustituiría.
—¿Y por qué hace eso?
—Tendría que preguntárselo a él.
Leonora apartó una miga del borde del plato. La respuesta le molestó, aunque era razonable.
Elvira añadió:
—Le advertí que, si preguntaba, le diría de dónde venían.
No había misterio en su voz. Tampoco complicidad. Solo una información que Leonora podía aceptar o rechazar.
—¿Quiere que le diga que no mande más? —preguntó.
Ella observó los pétalos.
—No hace falta.
Elvira asintió y se llevó una toalla que habían dejado sobre la butaca. Antes de salir, Leonora habló otra vez.
—¿Son siempre rosas?
—No. Va cambiando.
La puerta se cerró.
Leonora se quedó mirando la flor.
Julián estaba arrodillado junto a un macizo cuando Elvira lo encontró. Se quitó un guante para escucharla.
—Ha preguntado por las flores.
Él levantó la cabeza. Durante unos segundos no supo qué hacer con las manos.
—¿Le molestan?
—No pidió que las retiráramos.
Julián bajó los ojos hacia la tierra. La información lo alivió, aunque no contenía ninguna invitación a acercarse.
Elvira permaneció frente a él.
—No quiero problemas en esta casa.
Julián volvió a mirarla.
—Ni yo.
La mujer lo observó un instante más antes de marcharse. Él se puso el guante. Tardó en recordar qué estaba haciendo.
Aquella tarde, Leonora llevó la rosa al escritorio. Apartó varios libros para que el vaso quedara cerca de la luz. Después abrió una novela. Leyó tres páginas sin comprenderlas. Miró hacia la ventana. Desde allí solo alcanzaba a ver parte del sendero, la pérgola y las copas bajas de dos árboles. Había pasado años considerando el jardín una extensión inmóvil de la casa, algo que siempre estaría allí cuando decidiera mirarlo. Ahora sabía que, cada mañana, alguien elegía una flor. Le quitaba las espinas. Buscaba un vaso. La enviaba hasta su habitación sin escribir nada.
Leonora abrió el cuaderno pequeño.
Escribió:
Hoy vi la flor. Se quedó mirando la frase. No añadió un verso. Volvió al libro y, antes de pasar la página, comprobó que el tallo siguiera dentro del agua.