Capítulo 9 de 25
Las ocho de la mañana
A las siete y media, Leonora seguía despierta. Había regresado poco después de las dos, se había quitado el vestido y había intentado dormir con una novela abierta sobre el pecho. A las cuatro dejó el libro. A las cinco abrió la ventana porque la habitación le parecía demasiado caliente. Ahora escuchaba pájaros. El sonido la irritó al principio. Después comenzó a distinguir una llamada breve, insistente, que recibía respuesta desde algún lugar del jardín. Se levantó. Entreabrió las cortinas.
La luz todavía era suave. Sobre el sendero había zonas oscuras de humedad y una franja de sol que llegaba hasta el banco situado cerca de los rosales.
Leonora apoyó una mano en el cristal. No recordaba cuándo había sido la última vez que se sentó allí. En su escritorio, la flor del día anterior se inclinaba dentro del vaso. Había olvidado cambiarle el agua. Lo hizo en el baño. Al regresar dejó el vaso en el mismo sitio y miró otra vez hacia el jardín. Podía bajar. La idea era tan sencilla que le resultó extraño haberla pospuesto durante años. Se puso un vestido de algodón claro y unas sandalias.
Al mirarse en el espejo notó el cansancio alrededor de los ojos. Su piel parecía todavía más pálida bajo la luz de la mañana. Se recogió el cabello sin mucho cuidado y tomó el primer libro que encontró sobre la butaca. En el corredor se cruzó con Teresa. La mujer llevaba una cesta de ropa limpia.
—Buenos días.
Leonora asintió. Teresa miró el libro y luego las sandalias, pero tuvo la delicadeza de no preguntar nada. Al llegar a la planta baja, Leonora vaciló ante las puertas de la terraza. Podía ver el jardín completo desde allí, aunque no sabía explicar por qué le pareció más grande que desde su ventana. Abrió. El aire olía a tierra húmeda. Caminó despacio, evitando las gotas que caían desde una enredadera. En el primer escalón tuvo que cerrar los ojos un instante: la claridad le resultaba intensa después de tantas horas de lámparas y cortinas.
Encontró el banco. La madera conservaba un poco de humedad en un extremo, así que se sentó en el otro y colocó el libro sobre las rodillas. Leyó el primer párrafo. Después miró hacia la casa. Desde allí su ventana no era una habitación, sino una más entre muchas.
Julián la vio al volver del cobertizo. Llevaba unas tijeras de poda y un rollo de cuerda. Se detuvo junto a la pérgola antes de que ella pudiera advertirlo.
Leonora estaba sentada al sol. No llevaba el cabello como en el bar ni tenía aquella expresión alerta con la que observaba a las personas antes de permitirles acercarse. Parecía cansada. Tenía una pierna recogida bajo el banco y sujetaba el libro con una mano. Él había imaginado el momento de encontrarla en la casa. En algunas versiones, ella se enfadaba. En otras, le preguntaba por qué estaba allí.
Había preparado explicaciones que nunca le parecieron suficientes. El empleo era real. Lo necesitaba. Sabía hacer el trabajo. Nada de eso respondía a la parte que había ocultado. Ahora ella estaba a unos metros y Julián no conseguía moverse. Bajó la vista hacia las tijeras. No podía pasar el resto de la mañana escondiéndose. Las dejó sobre la mesa del cobertizo y siguió el sendero.
Leonora notó primero la sombra. Levantó la cabeza lo indispensable para ver unas botas con tierra y el borde de un pantalón de trabajo.
—Buenos días —dijo el hombre.
Ella alzó un poco más los ojos. Llevaba una gorra cuya visera le oscurecía parte del rostro. Tenía el cabello corto y una camisa de manga larga recogida hasta los antebrazos. El jardinero nuevo, pensó.
—Buenos días.
Volvió a la página.
Julián permaneció quieto. Había esperado el reconocimiento y, al no encontrarlo, tardó en comprender que ella ya había dado por terminada la conversación.
—Ese lado del banco sigue húmedo —dijo.
Leonora miró junto a su muslo.
—Estoy del otro lado.
—Sí. Solo quería avisarle.
El tratamiento le resultó incómodo en la boca. Ella acomodó el libro.
—Gracias.
Julián abrió la boca y volvió a cerrarla. Podía decir su nombre. Podía quitarse la gorra y recordarle la casa de la puerta verde. En cambio, miró el macizo cercano.
—Si necesita que mueva el banco un poco hacia la sombra…
—Así está bien.
No había hostilidad. Apenas atención.
Leonora había regresado al libro antes de terminar la frase.
Julián se apartó. Mientras caminaba hacia los rosales, sintió el alivio mezquino de no haber tenido que explicarse y, detrás, una decepción que le dio vergüenza. Habían estado juntos dos noches. Él había hablado poco y ella apenas lo miró. Aquello podía explicar el encuentro de esa mañana; no iba a protegerlo durante mucho tiempo.
Leonora leyó una página entera sin recordar de qué trataba. La presencia del hombre había alterado algo en la mañana. Se acomodó el cabello. Le molestaba haber bajado sin mirarse bien al espejo y más todavía que eso empezara a importarle. Lo observó de reojo. Él trabajaba a varios metros, inclinado sobre un rosal. No parecía mirarla. Se había quitado un guante y sostenía una rama entre los dedos mientras examinaba dónde cortar.
Leonora bajó la vista al libro. Pasó una página. Un momento después volvió a mirarlo. Era más joven que Ernesto. Mucho más. Hasta entonces no había pensado en eso. Se obligó a leer. El sol comenzaba a calentarle las piernas. La sensación era agradable, aunque sentía una inquietud pequeña que no conseguía atribuir a nada.
Julián enderezó la espalda. Tenía una flor en la mano. Al verlo acercarse, Leonora sostuvo el libro con ambas manos. Él se detuvo a cierta distancia.
—Esta rama estaba invadiendo el sendero.
Le mostró la rosa. No era igual a la del desayuno anterior, pero tenía aquel mismo tono delicado que parecía perder color hacia los bordes.
—Pensé que tal vez querría llevarla.
Leonora miró la flor. Después, su mano. El tallo estaba limpio de espinas en la parte baja. Sintió una certeza antes de formular la pregunta.
—¿Usted manda las del desayuno?
El corazón le golpeaba con una fuerza absurda para estar ofreciendo una rosa.
—Si prefiere que deje de hacerlo…
—No he dicho eso.
La rapidez de su respuesta sorprendió a ambos.
Leonora apartó la mirada. Durante unos segundos oyó el roce de las hojas, un pájaro lejano y el pequeño crujido del libro bajo sus dedos.
—Puede dejarla aquí —dijo, señalando el espacio libre del banco.
Julián se inclinó. Colocó la rosa sobre la madera con cuidado de que los pétalos no quedaran aplastados. Estaba lo bastante cerca para que ella notara el olor del jabón mezclado con la humedad del jardín.
Leonora sintió una familiaridad fugaz. Levantó los ojos. Él ya se había enderezado.
—Gracias —murmuró.
Julián inclinó la cabeza y se alejó. Ella permaneció inmóvil. Luego cerró el libro. Regresó a la casa antes de las nueve.
Elvira estaba dando indicaciones cerca del comedor cuando la vio entrar.
—¿Quiere desayunar abajo?
Leonora sostuvo la rosa junto al lomo del libro.
—En mi habitación.
La mujer asintió. Su mirada se detuvo un instante en la flor, pero no preguntó nada.
Leonora subió deprisa. Al llegar cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. No entendía por qué se sentía nerviosa. El jardinero le había regalado una rosa. Nada más. No había una invitación ni una pregunta que tuviera que contestar. Ni siquiera había intentado prolongar la conversación después de que ella volviera al libro. Miró el tallo. Lo llevaba apretado con demasiada fuerza. Buscó otro vaso y lo llenó. Cuando dejó la flor sobre el escritorio, junto a la del día anterior, tuvo la impresión de que la habitación había quedado demasiado expuesta.
Cerró un poco las cortinas. Después volvió a abrirlas.
Julián trabajó el resto de la mañana en el extremo más alejado del jardín. Necesitaba tareas que exigieran esfuerzo: sacos de tierra, ramas acumuladas, el borde de un sendero que había comenzado a hundirse. A mediodía se detuvo para beber agua. Se había engañado al pensar que todo se resolvería cuando ella lo viera.
Leonora no lo había reconocido. La gorra, el cabello más corto y la ropa de trabajo podían explicar el primer instante. También su distracción. Pero él había hablado y luego había elegido callar lo demás. Cada día que continuara allí haría más difícil contar la verdad. Miró hacia la casa. No distinguía su ventana desde aquel ángulo. Volvió a tapar la botella.
Leonora intentó dormir después del desayuno. No pudo. El café la mantenía despierta, se dijo. Se volvió de un lado a otro, abrió el libro y terminó dejándolo sobre la almohada. Desde afuera llegó el sonido de una carretilla. Se incorporó. La cortina dejaba pasar una franja de luz.
Leonora se acercó y separó apenas la tela. El jardinero cruzaba el sendero llevando varias ramas. Había dejado la gorra en algún sitio, pero caminaba de espaldas y ella solo alcanzó a verle la nuca y la anchura de los hombros. Esperó a que girara. Él dejó las ramas junto al cobertizo y se inclinó para recoger una que había caído.
Leonora reparó en el movimiento de sus brazos. Sintió el deseo con una claridad que la tranquilizó. Aquello lo conocía. No tenía que buscarle otro nombre. Él se volvió hacia la casa.
Leonora soltó la cortina de inmediato. Permaneció quieta, con el pulso acelerado. Después se enfadó consigo misma. Podía mirar su propio jardín. Se acercó otra vez. Esta vez abrió un espacio menor.
Julián estaba de rodillas, ocupado con una planta. No había visto nada.
Leonora continuó observándolo hasta que el cansancio comenzó a vencerla. Antes de regresar a la cama miró las dos flores del escritorio. La más reciente conservaba una hoja pequeña junto al borde del vaso. Se sentó. Abrió el cuaderno. No buscaba escribir un poema. Solo quería anotar algo antes de olvidarlo. Las ocho de la mañana.
Debajo añadió:
Hoy alguien dejó una rosa a mi lado y se fue sin esperar a que yo supiera qué hacer con ella. Leyó la frase. La dejó sin tachar. Luego se acostó. Esa tarde, cuando por fin despertó, lo primero que hizo fue mirar hacia la ventana.