Capítulo 10 de 25

Detrás de la cortina

Durante cuatro mañanas, Leonora miró el jardín antes de mirar el reloj. Al principio lo hizo sin levantarse de la cama. Bastaba inclinar un poco la cabeza para distinguir la claridad entre las cortinas y saber si todavía alcanzaría a ver al jardinero cerca de los rosales. Después empezó a acercarse a la ventana.

Separaba la tela apenas unos centímetros. Julián trabajaba sin una rutina que ella pudiera comprender. Un día estaba junto a la pérgola; otro, detrás de los árboles que le impedían verlo. A veces desaparecía durante tanto tiempo que Leonora regresaba al libro, molesta por haber perdido varios minutos. Luego escuchaba la carretilla. Se levantaba otra vez. No se preguntaba por qué. Mientras lo observaba, encontraba una ocupación precisa para los ojos. La espalda al inclinarse, el movimiento de los hombros bajo la camisa, la mano que se apoyaba en una rodilla antes de levantarse.

Lo deseaba. Aquello le parecía suficiente explicación.

El viernes, Julián dejó la gorra sobre un banco mientras reparaba una conexión de riego.

Leonora lo vio llevarse un antebrazo a la frente para secarse el sudor. La distancia no le permitía distinguir bien su rostro. Desde arriba era, sobre todo, un cuerpo en movimiento: alguien que cargaba, levantaba, medía, cortaba. Aquel desconocido del jardín tenía una firmeza que ella no encontraba en sus propios días. Había cosas que él debía hacer. Y las hacía.

Leonora miró el libro abierto junto a su mano. Llevaba diez minutos en la misma página. Lo cerró. Abrió el armario y eligió un vestido verde que no utilizaba desde hacía meses. Después se soltó el cabello, lo cepilló y volvió a recogerlo. La segunda vez dejó unos mechones alrededor del rostro. Se observó en el espejo. Parecía que se había arreglado para salir. Le molestó pensarlo. Tomó el libro y bajó. Julián la oyó antes de verla. La grava crujió bajo sus sandalias.

Al levantar la cabeza, encontró a Leonora caminando hacia el banco de los rosales con un volumen apretado contra el pecho. Se quedó inmóvil. Ella no miró hacia él. Se sentó, acomodó la falda y abrió el libro.

Julián dejó la herramienta junto a la tubería.

Durante las últimas mañanas había intentado decidir cómo hablarle. Cualquier frase se volvía difícil al imaginar la pregunta que vendría después. ¿Por qué no me lo dijiste? No tenía una respuesta que quisiera escuchar en voz alta. Aun así, no podía continuar esperando que ella lo reconociera por casualidad. Se puso de pie. Caminó hacia el banco con la gorra en la mano.

Leonora alzó los ojos cuando lo tuvo cerca, pero enseguida los devolvió al libro.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Julián se detuvo. Ahora no había visera entre ambos. Bastaba con que lo mirara.

—Quería hablar con usted de algo.

Leonora sintió un sobresalto. Era la voz. Creyó haberla oído antes, fuera de la casa. Miró la gorra entre sus manos y buscó un rostro dentro de aquella impresión. La semejanza se perdió al recordar al hombre bajo las luces del bar. Podía preguntarle si se conocían; le avergonzó que él interpretara la pregunta como una manera de acercarse. Pasó una página sin haber terminado la anterior.

—Estoy leyendo.

Julián miró el libro.

—Solo será un momento.

Ella cerró una mano sobre el borde de la cubierta. Había bajado para verlo. Lo sabía, aunque no estaba dispuesta a admitirlo. Ahora él estaba allí y la posibilidad de que advirtiera su interés le produjo una vergüenza desmedida.

—Entonces tendrá que esperar a otro momento.

La frase salió seca.

Julián permaneció quieto.

Leonora notó su silencio y levantó apenas la mirada, lo suficiente para ver la gorra entre sus manos.

—No quiero que me interrumpan cada vez que salgo al jardín —añadió.

Él bajó la cabeza.

—Entendido. Disculpe.

Se alejó.

Leonora escuchó sus pasos sobre la grava. No volvió al riego. Recogió las herramientas y las llevó al cobertizo. Ella esperó. Después miró por encima del libro.

Julián ya no estaba.

Elvira la encontró en el mismo banco casi una hora después. Llevaba una taza y un plato pequeño.

—Teresa dijo que bajó sin desayunar.

Leonora observó el café.

—No tenía hambre.

Elvira dejó la bandeja en una mesa de hierro cercana.

—Por si cambia de opinión.

Se disponía a marcharse cuando Leonora preguntó:

—¿El jardinero trabaja siempre por aquí?

La mujer miró hacia los rosales.

—Depende de lo que haga falta.

—Hoy se fue.

—Estará en otra parte.

Leonora bajó los ojos.

Elvira esperó unos segundos.

—¿Hay algún problema con su trabajo?

—No.

—Si algo le molesta, puede decírmelo.

Leonora cerró el libro.

—No me molesta nada.

Antes de irse señaló la taza.

—Bébalo antes de que se enfríe.

Leonora tomó el café. No había azúcar en la bandeja. Le pareció demasiado amargo, pero no llamó a nadie.

Julián pasó el resto de la mañana reparando el borde de un cantero detrás del invernadero. La tarea no era urgente. Necesitaba terminar algo que no estuviera cerca de ella. Mientras colocaba de nuevo las piezas de piedra, recordó la expresión de Leonora en el bar cuando le había preguntado por sus poemas. Aquella curiosidad breve que aparecía y se retiraba antes de que él supiera si podía responderle con otra pregunta. En el jardín apenas lo miraba. Había algo doloroso en descubrir que podía estar tan cerca y seguir siendo invisible.

Apretó demasiado una piedra contra el suelo y se raspó los nudillos. Se sentó sobre los talones. La herida era pequeña. Fue a lavarse las manos. En el espejo del lavabo vio el cabello corto, la cara afeitada, el cuello de la camisa cubierto de polvo. Seguía siendo él. No podía atribuirlo todo a una gorra.

Leonora volvió al jardín el lunes. Esta vez desayunó antes. La flor era una dalia pequeña, de un color oscuro que parecía cambiar con la luz. La dejó junto al espejo mientras decidía qué libro llevar. Había pensado en elegir uno distinto para que no pareciera que no avanzaba en su lectura. Después se enfadó por estar considerando lo que el jardinero pudiera pensar de sus libros. Tomó el mismo. Él estaba junto a la pérgola cuando salió. La vio.

Leonora sintió que el pulso se le aceleraba. Se sentó sin saludar desde lejos, convencida de que tendría ocasión de hacerlo cuando él pasara por el sendero.

Julián no pasó. Continuó trabajando. Ella abrió el libro. Al cabo de unos minutos cambió la posición de las piernas. Después se apartó un mechón del rostro y miró hacia él. Seguía ocupado.

Leonora recordó sus propias palabras. No quiero que me interrumpan. Había conseguido exactamente lo que pidió. Aquello no la satisfizo. La costumbre se formó sin que ninguno la propusiera.

Leonora bajaba algunas mañanas.

Julián la saludaba únicamente si se cruzaban. Después se alejaba para continuar con sus tareas. No volvía a acercarse al banco. Las flores seguían llegando con el desayuno. Ella comenzó a conservarlas en varios recipientes: el vaso pequeño, una jarrita de porcelana, un frasco que pidió en la cocina porque ya no encontraba dónde poner las más recientes. Cuando alguna se marchitaba, la retiraba antes de que lo hiciera Teresa. A veces guardaba un pétalo dentro del libro. El resto de la casa empezó a advertir que sus cortinas se abrían más temprano.

También que había noches en que no pedía un coche. El primer sábado que se quedó, estuvo vestida durante casi una hora. Había elegido los zapatos, preparado el bolso y abierto en el teléfono la aplicación que utilizaba para salir. Entonces miró el reloj. Si regresaba al amanecer, dormiría hasta la tarde. Pensó en el banco vacío mientras el jardinero trabajaba a unos metros. Dejó el teléfono sobre la cómoda. Se quitó los zapatos. No se dijo que estaba renunciando a nada. Simplemente no tenía ganas de repetir otra conversación entre música y vasos.

Se puso el camisón y abrió un libro. A las once y media estaba dormida. Soñó con una mano. No vio un rostro completo. En el sueño estaba de pie junto a la pérgola y alguien le quitaba una hoja enredada en el cabello. Un gesto sencillo, casi torpe, que se detenía cerca de su mejilla.

Leonora buscaba aquella mano. Despertó antes de alcanzarla. La habitación estaba a oscuras. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba y luego se volvió hacia el reloj. Las seis y doce. Había dormido casi siete horas seguidas. Permaneció acostada, escuchando los primeros sonidos de la casa. Al otro lado del corredor se cerró una puerta. Una tubería vibró dentro del muro. Más tarde oyó la entrada lateral. Se levantó. Desde la ventana vio al jardinero cruzar con una bolsa de herramientas. Era demasiado temprano para bajar sin que resultara extraño.

Se sorprendió de pensar en eso. Extraño para quién. Miró el escritorio. La pluma verde descansaba junto al cuaderno pequeño. Se sentó. Durante un momento solo recordó la mano del sueño.

Después escribió: He pedido silencio
y ahora escucho tus pasos
para saber cuándo se alejan.

Leonora se quedó inmóvil. No había salido la noche anterior. No había besado a nadie. Volvió a leer los versos y sintió una atención nueva, casi miedo, ante la facilidad con que habían aparecido. Continuó.

Abro un libro en el jardín.
La página recibe el sol
y yo espero que una sombra
se detenga junto a mí.

Cuando llegas, bajo los ojos.
Cuando te vas,
no sé dónde ponerlos.

Dejó la pluma. Afuera sonó una herramienta contra otra.

Leonora se levantó y volvió a la cortina.

Julián estaba inclinado sobre una caja, buscando algo entre varias piezas. Ella observó la nuca, la línea de los hombros, la manera de apoyar una mano en el borde para incorporarse. Sintió deseo. El mismo deseo claro de otras veces. Sin embargo, detrás quedaba algo para lo que todavía no tenía una explicación: había dormido bien, no había salido y acababa de escribir un poema sobre un hombre al que no había tocado en aquel jardín. Regresó al escritorio. Estuvo a punto de guardar la hoja en la carpeta gris. Se detuvo antes de abrirla.

Buscó una libreta nueva entre los cajones, una de tapas verdes que nunca había utilizado. Copió el poema en la primera página. No puso título. Tampoco nombre. Cuando terminó, el desayuno estaba al otro lado de la puerta. Teresa entró con la bandeja. Junto a la taza venía una rosa blanca.

Leonora esperó a quedarse sola. Después la llevó hasta el escritorio y la colocó junto a la libreta verde. A las ocho menos cinco ya estaba buscando sus sandalias.