Capítulo 11 de 25
La mañana en que no estuvo
El domingo, Leonora bajó al jardín a las ocho. Llevaba la libreta verde escondida dentro de una novela y una pluma que había revisado dos veces antes de salir. El banco estaba seco. Los rosales conservaban algunas gotas y una mariposa blanca se detenía sobre las flores de lavanda. Desde la cocina llegaba el sonido de los platos. Todo parecía dispuesto igual que las mañanas anteriores. Excepto él.
Leonora se sentó. Abrió el libro por el marcapáginas y leyó media página. Después levantó la vista hacia la pérgola. No había nadie. Escuchó con atención. Tal vez trabajaba detrás del invernadero. Continuó leyendo hasta el final de la página, aunque tuvo que regresar varias líneas porque no sabía quién acababa de entrar en la habitación de la novela. Miró el reloj. Las ocho y doce. Le pareció ridículo haberlo consultado. Lo dejó boca abajo junto a ella. A las ocho y media recorrió el sendero.
No se dijo que lo buscaba. Estaba caminando por su jardín, algo que tenía derecho a hacer sin dar explicaciones. Se detuvo frente al invernadero. Las puertas permanecían cerradas y detrás del cristal se distinguían macetas colocadas en estantes de hierro. Más adelante, el cobertizo tenía un candado.
Leonora miró hacia la entrada lateral. Un hombre de mantenimiento cruzó cargando una caja y la saludó. Ella respondió con un movimiento de cabeza. El hombre siguió su camino.
Leonora regresó al banco. Había dejado la libreta sobre la madera, cubierta por la novela. Durante un segundo sintió miedo de que alguien la hubiese abierto. La recogió de inmediato. Nadie había tocado nada. Se sentó y escribió la fecha en una página nueva. Luego permaneció mirando el espacio debajo de los números. Teresa la encontró cerca de las nueve.
—Elvira pregunta si quiere desayunar aquí.
Leonora cerró la libreta.
—Ya desayuné.
—Solo tomó café.
—Entonces no sé por qué pregunta.
La respuesta salió antes de que pudiera moderarla. Teresa se quedó quieta con las manos unidas frente al delantal. Leonora miró hacia los rosales.
—Perdón —dijo, más bajo—. No tengo hambre todavía.
La mujer asintió.
Iba a marcharse cuando Leonora preguntó:
—¿Hoy no trabaja nadie en el jardín?
—Es domingo.
Leonora tardó un instante.
—Ya sé qué día es.
—El jardinero descansa los domingos.
Teresa lo dijo con sencillez, sin comprender todavía la pregunta verdadera.
Leonora abrió el libro.
—Ah.
La mujer volvió hacia la casa.
Leonora esperó a que sus pasos dejaran de oírse. Después miró el candado del cobertizo desde la distancia. Había imaginado al hombre continuando con su vida mientras ella dormía, pero no había pensado en la parte de esa vida que ocurría fuera de la verja. Un día libre. Una casa. Personas que podían verlo sin tener que fingir que leían. Se puso de pie. De pronto hacía demasiado calor. En su habitación la esperaba una flor. La había visto al despertar y apenas le prestó atención: una pequeña zinnia anaranjada junto a la taza.
Ahora la examinó como si pudiera contener una respuesta. Si él no estaba, alguien debió cortarla el día anterior.
Leonora llevó el vaso hasta la ventana. El tallo terminaba en un corte limpio. Una de las hojas tenía un agujero diminuto. Cuando Elvira subió a retirar una bandeja, Leonora la llamó.
—¿Esta flor es de ayer?
La mujer miró el vaso.
—La dejó preparada antes de irse.
—¿Cuándo?
—Anoche.
Leonora rozó un pétalo con la yema del dedo.
—¿Se quedó hasta la noche?
—Hubo una avería en el riego.
Elvira comenzó a recoger los platos.
Leonora quiso preguntar dónde vivía. La pregunta le pareció demasiado reveladora.
—Pensé que se había terminado todo eso.
—Se termina una cosa y aparece otra.
La mujer acomodó una servilleta sobre la bandeja.
—Esta casa da mucho trabajo.
Leonora miró por la ventana. Aquella mañana le había parecido inmensa.
Julián pasó parte del domingo arreglando una contraventana en su casa. La madera se había hinchado con las lluvias y rozaba contra el marco. Extendió unas herramientas sobre una silla y trabajó hasta que comenzó a dolerle la espalda. A mediodía preparó algo de comer. Dejó un plato, un vaso y un tenedor sobre la mesa. Luego abrió la ventana para que entrara aire.
La casa tenía el mismo tamaño de siempre, pero desde que trabajaba en la mansión le parecía más cercana a su cuerpo. Podía cruzarla sin oír el eco de sus pasos. Sabía qué ruido hacía cada puerta y dónde se acumulaba el sol durante la tarde. Se sentó a comer. Había pensado en buscar otro empleo. No porque el trabajo fuera malo. Elvira era exigente, pero pagaban puntualmente y los materiales llegaban cuando los pedía. Ernesto había llamado para preguntarle por los rosales y, al escuchar que todo iba bien, pareció sinceramente aliviado.
El problema no estaba en el puesto.
Julián miró el teléfono. No tenía el número de Leonora. Ella conservaba el suyo, si no había tirado el papel. A veces olvidaba ese detalle y comenzaba a imaginar que una conversación podría empezar con algo sencillo. Un mensaje, una pregunta sobre una flor. Después lo recordaba. Ella había podido buscarlo. No lo había hecho. Apoyó el teléfono boca abajo y continuó comiendo.
Por la tarde fue a casa de su madre. Clara lo esperaba con su hijo y una lista de pequeños arreglos que había prometido revisar. Julián cambió una bisagra mientras el niño le alcanzaba tornillos de medidas equivocadas. Acabaron riéndose sobre el suelo del corredor. Clara le preguntó por el nuevo empleo. Él habló del jardín y del sueldo, pero omitió a Leonora. Su hermana lo conocía lo suficiente para notar que estaba respondiendo con más cuidado de lo habitual. No insistió. Le recordó que aquella casa también necesitaba visitas cuando no se rompía nada.
Al regresar encontró un mensaje de Mauricio: seguía pendiente la visita al vivero. Julián respondió que contara con él si conseguían fijar una fecha compatible con su horario. Después consultó las cuentas. El puesto nuevo le permitiría ahorrar para algo propio, siempre que dejara de tratar cada ingreso como una forma de apagar la urgencia anterior.
Leonora intentó leer en la biblioteca. Cambió de sillón tres veces. Escogió un volumen de poesía, lo devolvió al estante y tomó una novela que conocía casi de memoria. Le pareció insoportable que los personajes continuaran haciendo lo mismo mientras ella regresaba a sus páginas con preguntas nuevas. Al final llevó la libreta verde hasta una mesa junto a la ventana.
Escribió:
Hoy el jardín estaba hecho. Se quedó mirando la frase. No era verdad. Había ramas que necesitaban cortarse, hojas caídas y un tramo de tierra removida. Tachó hecho.
Puso:
Hoy el jardín estaba solo. Tampoco. Los pájaros habían estado allí. También la mariposa, los hombres que trabajaban en la casa, Teresa con su pregunta sobre el desayuno.
Leonora apoyó la pluma. Lo que estaba intentando escribir era más sencillo y le daba vergüenza. Lo intentó de nuevo. Hoy no estabas. Leyó las tres palabras. Las dejó.
Luego siguió:
Traje un libro,
una página doblada,
el cuidado de no mirarte demasiado.
No hizo falta.
El sendero guardó silencio
y yo recorrí el jardín
buscando un ruido
que antes me habría molestado.
Leonora dejó de escribir. Sintió aquella emoción que conocía de los poemas anteriores, pero esta vez no provenía de recordar una habitación ajena ni de transformar un encuentro terminado. Todavía estaba ocurriendo. Él no estaba en el jardín. Ella quería verlo. Cerró la libreta con brusquedad. Por la tarde, Ramiro llegó con los documentos que Leonora había olvidado firmar. La encontró en el salón pequeño, sentada junto a una ventana abierta.
—Tienes mejor aspecto —dijo.
Ella levantó la mirada.
—¿Antes tenía mal aspecto?
Ramiro se detuvo junto a la mesa.
—Pareces menos cansada.
Leonora tomó la carpeta. Mientras él buscaba la página correcta, observó el jardín. Una brisa movía las ramas bajas de los árboles.
—Quisiera revisar los horarios del personal —dijo.
Ramiro alzó la cabeza.
—Eso lo lleva Elvira.
—Ya lo sé.
—¿Hay algún problema?
Leonora sostuvo la pluma. No había un problema. Había una mañana que se había extendido más de lo que esperaba.
—No. Solo quiero saber cómo funciona la casa.
Ramiro asintió.
—Me parece bien.
Ella firmó donde él señaló. Por primera vez prestó atención al documento antes de entregárselo.
Esa noche no buscó un vestido. Se bañó, cenó algo ligero y dejó la libreta verde dentro de un cajón que no tenía llave. Después se acostó. La idea de salir apareció como una costumbre que continuaba reclamando su hora. Podía pedir un coche. Ir a cualquier bar. Encontrar una boca, una conversación, una habitación donde olvidarse de sí misma por un rato. Miró hacia la ventana. Las cortinas se movían apenas. Pensó en la flor preparada el día anterior.
No sabía si aquel hombre había elegido dejarla por cortesía o porque imaginó que ella notaría su ausencia. La segunda posibilidad le produjo una satisfacción inmediata. Luego se avergonzó de desearla. Apagó la lámpara. Tardó en dormirse.
El lunes despertó antes de que llamaran a su puerta. Se incorporó y escuchó. Nada. Puso los pies en el suelo. La libreta seguía en el cajón. La sacó, leyó el poema del domingo y estuvo a punto de arrancar la hoja. En lugar de hacerlo, añadió un punto al final. Después fue hacia la ventana.
Julián cruzaba el sendero. Llevaba una maceta entre las manos y caminaba con cuidado para no golpearla contra el borde de la pérgola.
Leonora se acercó demasiado al cristal. Él se detuvo. Ella retrocedió antes de que levantara la cabeza. Esperó un instante y volvió a mirar por la abertura. Julián había dejado la maceta en el suelo y estaba examinando una rama. La alivió encontrarlo allí. Reconocer aquel alivio la incomodó. No era solo deseo. El deseo no explicaba que una mañana entera le hubiera resultado equivocada porque un hombre no acudió a trabajar. Se apartó de la ventana y buscó sus sandalias.
Julián la vio llegar al banco. La saludó desde lejos con una leve inclinación de cabeza. Ella respondió del mismo modo. No se acercó.
Leonora abrió la libreta dentro del libro y dejó la pluma sobre la página. Durante varios minutos no escribió. Él continuó arreglando la maceta. La mañana avanzaba despacio. De vez en cuando, Leonora levantaba la vista y comprobaba que seguía allí. Cuando Julián pasó a cierta distancia con la carretilla, ella habló.
—La flor de ayer…
Él se detuvo.
Leonora apretó el borde del cuaderno.
—Duró bastante.
Julián miró hacia ella.
—Las zinnias duran varios días si se cambia el agua.
Podía dar por terminada la conversación. Dejar que él continuara y regresar a su falsa lectura.
Sin embargo, añadió:
—Se la cambié.
La sonrisa de Julián fue pequeña.
—Entonces durará más.
Leonora bajó los ojos. Él siguió su camino.
Ella esperó a que se alejara y escribió debajo del poema del domingo:
Hoy has vuelto. No añadió nada más. Aquellas tres palabras le parecieron, por primera vez, suficientes.