Capítulo 12 de 25

Lo que no había ocurrido

La primera vez que soñó con él dentro de su habitación, Leonora despertó antes de verle el rostro. Recordaba la ventana abierta y el movimiento de la cortina. Después, una mano apoyada sobre la madera del escritorio, junto a la libreta verde. En el sueño ella no preguntaba qué hacía allí. Lo esperaba. Al abrir los ojos encontró la habitación vacía y sintió una decepción tan inmediata que se incorporó. Eran las cinco y cuarenta. La ventana estaba cerrada.

Leonora permaneció escuchando su propia respiración hasta que el sueño perdió nitidez. Solo conservó la impresión de unos dedos recorriendo su cabello y una cercanía que todavía le calentaba la piel. Se levantó para beber agua. No encendió la luz. En la oscuridad, el cuarto tenía las proporciones que había tenido mientras soñaba. Podía imaginar al hombre junto al escritorio con una facilidad que la inquietó. Volvió a la cama. No consiguió dormirse. A las ocho estaba sentada en el jardín. Había llevado la novela, la libreta y una chaqueta ligera que no necesitaba.

Julián trabajaba cerca de una fuente antigua. Tenía las mangas remangadas y examinaba una pieza que había retirado del borde. Él levantó la cabeza casi al mismo tiempo. Ella bajó los ojos de inmediato. Le pareció imposible que no advirtiera algo. No podía haber pasado la noche soñando con sus manos y sentarse después a unos metros como si todo continuara igual. Abrió la novela. Una mujer acababa de descubrir una carta escondida.

Leonora leyó dos líneas y volvió al comienzo.

Julián dejó la pieza sobre un paño y fue hacia el cobertizo. Ella siguió sus pasos hasta que desapareció. Solo entonces sacó la libreta verde. Anoche entraste. La frase le produjo un sobresalto.

Añadió:

En el sueño. Contempló ambas líneas y tachó la segunda. Sabía perfectamente que no había ocurrido. No necesitaba explicárselo al papel.

Julián regresó cargando una caja de herramientas.

Leonora tenía la cabeza inclinada y movía la pluma con rapidez. De vez en cuando se detenía, miraba un punto entre los árboles y volvía a escribir. Él conocía aquella concentración. La había visto una sola vez, cuando ella examinó un libro en su casa y pareció olvidarse durante unos segundos de su presencia. Dejó la caja junto a la fuente sin hacer ruido. Era la primera vez que la veía escribir en el jardín durante tanto tiempo. Se preguntó qué estaría escribiendo.

Luego recordó que los poemas podían no tener nada que ver con él. La idea le produjo celos y enseguida le avergonzó.

Leonora no le debía sus versos. Tampoco su vida fuera de aquella casa. Se arrodilló junto a la fuente y comenzó a trabajar. El poema ocupó una página y media.

Leonora lo leyó sin mover los labios.

Anoche entraste
y no hice la pregunta
que habría hecho despierta.

Dejaste las manos junto a mis libros.
Yo conocía cada objeto del cuarto
y tuve que aprender de nuevo
la distancia entre la puerta y la cama.

No recuerdo qué dijiste.

Recuerdo haber dejado
un sitio para ti.

Apoyó la pluma. Había algo incómodo en aquel último verso. No se parecía a la mujer que mantenía el bolso sobre la silla libre de una mesa para que nadie se sentara sin permiso. Miró hacia la fuente. El jardinero sostenía una pieza de metal y limpiaba sus bordes con un cepillo pequeño. Tenía el ceño fruncido, completamente ocupado en aquello.

Leonora imaginó sus manos sobre la libreta. La cerró. El sonido hizo que él alzara la cabeza. Ella abrió la novela con tanta rapidez que dobló una esquina. Llovió al mediodía.

Leonora observó desde su habitación cómo el agua oscurecía el sendero y se acumulaba sobre las hojas grandes junto a la terraza.

Julián apareció para recoger unas herramientas. Se movía deprisa, pero antes de entrar en el cobertizo volvió sobre sus pasos y levantó una maceta que había quedado en una zona inundada.

Leonora se acercó al cristal. Él tenía la camisa pegada a la espalda. Sintió deseo con una intensidad que le hizo apartarse. Había hombres a los que podía llamar. Lugares donde bastaba sentarse y sostener una mirada para que la noche comenzara. Sin embargo, pensar en salir le produjo cansancio. Quería a aquel. La precisión del pensamiento la dejó inmóvil. No quería decir que lo amara. Tampoco que deseara conocer su historia o compartir con él el resto de sus días. Quería besarlo. Quería que la mirara sin bajar la cabeza enseguida.

Y quería dejar de sentir aquella vergüenza absurda cada vez que él estaba cerca. Se volvió hacia el armario. La ropa con la que salía por las noches ocupaba toda una sección. Vestidos que había comprado para una sola ocasión, zapatos todavía guardados en sus cajas, un bolso pequeño donde conservaba recibos de bares. Cerró las puertas. Fue al escritorio. Escribió otro poema.

Por la tarde, Elvira la encontró ordenando hojas. Había varias sobre la cama y una dentro de un libro, como si Leonora hubiese intentado esconderla al escuchar los golpes en la puerta. La mujer llevaba un sobre con documentos.

—Ramiro dejó esto para que lo revise cuando pueda.

Leonora señaló la cómoda.

—Ahí.

Elvira lo dejó. Después miró los vasos con flores distribuidos por el cuarto.

—Voy a pedir que suban un florero pequeño.

—No hace falta.

—Esos vasos los están buscando en la cocina.

Leonora levantó la vista. Por un momento ambas permanecieron serias. Luego Elvira sonrió.

Leonora miró los recipientes como si acabara de descubrirlos. Había cinco.

—Pueden llevarse dos —dijo.

—Le traeré un florero.

La mujer tomó el que contenía una flor marchita.

Leonora estuvo a punto de protestar. Después vio los pétalos vencidos y retiró la mano.

—¿Está escribiendo mucho? —preguntó Elvira.

—Un poco.

—Qué bueno.

Elvira no se acercó a las hojas. Aquella discreción permitió que Leonora hiciera una pregunta que llevaba días evitando.

—¿Usted cree que puede extrañarse algo que no ha pasado?

La mujer se detuvo con el vaso entre las manos.

—¿Cómo qué?

Leonora bajó los ojos hacia el libro.

—Un lugar. Una conversación.

Elvira pensó un momento.

—He extrañado cosas que esperaba que pasaran.

Leonora pasó un dedo por el borde de una hoja.

—No es exactamente lo mismo.

—Tal vez no.

Elvira salió sin intentar resolverlo.

Leonora agradeció quedarse sola, aunque después deseó haber seguido preguntando.

Esa noche el sueño volvió. Esta vez estaban en el jardín.

Leonora reconoció el banco, los rosales y la marca de humedad junto al sendero. Él se sentaba a su lado sin pedir permiso, y ella dejaba el libro sobre la madera. No había conversación. Solo el momento en que se volvía hacia él y descubría que podía acercarse. Despertó con la respiración agitada. La habitación estaba fresca. Había llovido otra vez y una corriente de aire entraba por la ventana que dejó entreabierta antes de acostarse. Se cubrió el rostro con una mano. No recordaba su voz en el sueño. Tampoco su nombre.

Se incorporó despacio. Aquello la desconcertó más que el deseo: llevaba semanas mirando a un hombre, escribiendo sobre él, esperando su regreso después del domingo, y ni siquiera había preguntado cómo se llamaba. Podía hacerlo a la mañana siguiente. La idea le produjo una resistencia inmediata. Un nombre obligaría a que dejara de ser solo el hombre del jardín. Tendría que dirigirse a él. Tal vez él respondería con una pregunta. Se levantó y abrió la libreta.

El jueves por la mañana apareció una hoja doblada junto al banco.

Julián la vio cuando fue a recoger una rama que había caído sobre el sendero. Se agachó. Era una página arrancada de algún cuaderno. La lluvia de la noche había humedecido un borde, aunque el resto permanecía seco bajo el asiento. La levantó para evitar que acabara en el barro. Reconoció la letra antes de leer una frase completa. Había visto a Leonora escribir suficientes mañanas para identificar la inclinación de las líneas y aquellas correcciones oscuras donde insistía con la pluma. Apartó los ojos. Podía dejarla allí. Podía entregársela a Elvira.

Se decidió por la segunda opción. La sostuvo por las esquinas y fue hacia la casa. Al llegar a la terraza encontró a Leonora saliendo con el libro entre los brazos. Ella se detuvo al ver el papel.

—¿De dónde ha sacado eso?

Julián mantuvo la hoja extendida.

—Estaba debajo del banco.

Leonora se acercó. Lo miró de frente. La cicatriz junto a la ceja volvió a inquietarla: había visto una semejante, pero el papel que él sostenía reclamó enseguida su atención. Si había leído el borrador, conocería lo que ella todavía no sabía decirle.

—¿La leyó?

—No.

Ella tomó el papel. Revisó las líneas como si pudiera encontrar en ellas alguna prueba de que alguien las había visto.

Julián retrocedió un paso.

—Se estaba mojando.

Leonora apretó la hoja. Era un borrador del día anterior. Había arrancado la página para copiar el poema en limpio y debió de caer al guardar el libro. Se sintió expuesta de una manera que no habría podido explicar.

—No quiero que toque mis cosas.

En cuanto lo dijo supo que había sido injusta.

Julián la miró. Después asintió.

—La próxima vez avisaré.

No había enfado visible en su voz. La calma de él le hizo reconocer su propia injusticia. Él siguió hacia el cobertizo.

Leonora permaneció en la terraza con el borrador entre las manos. Había imaginado que conocer su nombre sería una forma de acercarse. Acababa de encontrar otra manera de mantenerlo lejos. No bajó al banco. Se quedó junto a una mesa de la terraza hasta que el papel se secó. Desde allí podía verlo trabajar, pero él no volvió la cabeza.

Leonora alisó la hoja con la palma.

El verso que había intentado proteger estaba tachado dos veces, aunque todavía podía leerse:

Quisiera que supieras acercarte
sin que yo te lo impidiera.

Lo observó largo rato. Después dobló el papel y lo guardó. A mediodía, cuando Teresa fue a retirar la bandeja, Leonora se puso de pie.

—Voy a dejar esto abajo.

Llevaba el vaso vacío de una de las flores. Teresa extendió una mano.

—Yo lo llevo.

—Puedo hacerlo.

Bajó hasta la cocina, dejó el vaso junto al fregadero y salió por la puerta que daba al patio lateral.

Julián estaba allí, lavándose tierra de los antebrazos. Al verla cerró un poco la llave. Ella se detuvo a cierta distancia. Había ensayado una frase al bajar. Ahora le parecía demasiado larga.

—El papel era un borrador —dijo.

Julián esperó.

Leonora miró el agua que caía sobre el suelo.

—No quería que nadie lo leyera.

—Entiendo.

Ella apretó los labios. Todavía faltaba la parte importante.

—Sé que intentaba ayudar.

Julián apartó las manos del grifo. Una gota le recorrió la muñeca.

—Solo quería que no se estropeara.

Podía preguntar su nombre. Lo tuvo en la boca durante un segundo.

En cambio, dijo:

—Gracias.

Él la miró con una suavidad que la hizo bajar los ojos.

—De nada.

Leonora regresó a la casa antes de que el silencio le exigiera algo más.

Esa tarde, en la libreta verde, escribió una sola línea:

Hoy te hablé sin necesitar una excusa para echarte. La leyó. Tachó para echarte.

Debajo puso:

Y no sé por qué ha sido tan difícil.