Capítulo 13 de 25
El fuego y las dos hojas
La carpeta gris se abrió por accidente.
Leonora buscaba una libreta nueva en el estante inferior del escritorio y, al retirar unos libros, la empujó con el codo. Las tapas golpearon el suelo. Varias fundas transparentes se deslizaron hasta sus pies. Permaneció sentada, mirando las hojas. Hacía semanas que no las leía. La libreta verde, en cambio, estaba sobre la mesa, abierta por un poema que había corregido esa mañana mientras el jardinero arreglaba una parte de la pérgola. Se agachó. El primer poema que recogió comenzaba con una despedida que no recordaba haber escrito. Lo leyó hasta el final.
Después buscó la fecha. Intentó recordar al hombre. Le vino una habitación con una lámpara amarilla. Una ventana estrecha. Alguien riendo mientras buscaba una camisa. Nada más. Colocó la hoja sobre las rodillas. Había llamado amor a una imagen que apenas podía retener. Recogió todos los poemas y los extendió sobre la cama. Aún recordaba el entusiasmo con que había comprado las fundas. Quería proteger la tinta, evitar que las esquinas se doblaran, conservar intacta la prueba de que podía escribir. Ahora le molestaba verlos tan bien guardados. Los leyó uno por uno.
En algunas páginas encontró versos que todavía le gustaban. Reconoció una imagen precisa, una pausa bien colocada, una palabra que había buscado durante horas. No eran malos por haber nacido de una noche pasajera. Eso lo sabía. Lo que la incomodaba era aquella insistencia en regresar, esperar, quedarse. Había escrito promesas que nunca pensó hacer y construido ausencias donde no había sentido ninguna. Se sentó en el borde de la cama. Tomó la primera hoja.
Tu mano se quedó dormida
en el lugar donde estuve.
Nicolás. Recordó su vaso de agua y el alivio de encontrarlo bien, acompañado por otra mujer, sin nada que reclamarle. Acarició el borde de la funda. No sentía vergüenza de aquella noche. Nicolás había sido amable. Ella había querido estar allí. La vergüenza estaba en otro lugar: en las tardes que pasó frente a aquellos versos, intentando descubrir una emoción que suponía escondida dentro de sí. Había esperado que escribirla bastara para tenerla. Abrió la libreta verde.
En la última página había anotado:
Levantas una rama
para que no me roce el rostro.
El gesto había ocurrido aquella mañana.
Julián no se acercó al banco. Solo vio que Leonora venía por el sendero y sostuvo una rama baja hasta que ella pasó. Ella dijo gracias. Él soltó la rama cuando estuvo lejos. Aquello había sido todo. Sin embargo, al sentarse, Leonora continuó pensando en la mano levantada sobre su cabeza. El poema siguió desde allí. No me tocas.
Llevo ese cuidado conmigo
hasta la casa.
Leonora comparó las dos páginas. La primera imaginaba una añoranza después de una despedida. La segunda había comenzado antes de que supiera que iba a escribir. Dejó la libreta sobre la almohada. No quería someterla a la misma inspección. Bajó a la biblioteca con la carpeta gris entre los brazos. Era una tarde fresca. Había llovido durante horas y Elvira había pedido que encendieran la chimenea para quitar humedad al salón contiguo.
Leonora se quedó frente al fuego. Las llamas eran pequeñas. Una de las ramas crujió y desprendió una chispa que se apagó detrás de la protección de hierro. Sacó el poema de Nicolás de la funda. Lo sostuvo un momento. No tenía que destruirlo. Podía guardarlo en otra parte, dejar de leerlo, aceptar que pertenecía a una época que apenas empezaba a quedar atrás. Se repitió aquellas posibilidades con una calma deliberada. Después acercó el papel. El fuego tomó primero una esquina.
Leonora lo soltó sobre la leña. La hoja se curvó. Vio desaparecer una línea entera antes de alcanzar a leerla. Sintió una punzada de arrepentimiento y permaneció quieta hasta que ya no hubo nada que recuperar.
Elvira la encontró con la segunda hoja en la mano. Se detuvo en la puerta.
—¿Qué está quemando?
—Papeles míos.
La mujer entró unos pasos. Había una funda vacía sobre la mesa. Después otra.
—¿Son los poemas? Leonora no respondió.
Elvira miró el fuego.
—Podría guardarlos.
—Ya los guardé.
La mujer esperó.
Leonora sostuvo la hoja lejos de la llama.
—Los he leído muchas veces. No cambia nada.
—¿Qué tendría que cambiar?
Aquella pregunta la hizo levantar la cabeza. No lo sabía con suficiente claridad para contestar.
Elvira se acercó a una butaca, pero no se sentó.
—No le estoy diciendo qué hacer. Solo que mañana no va a poder leerlos otra vez.
Leonora miró los versos. Había escrito uno de ellos a las cinco de la mañana, todavía con los zapatos puestos. Recordaba el esfuerzo de encontrar una palabra. Del hombre casi no recordaba nada.
—No quiero leerlos otra vez.
Elvira la observó un instante. Después recogió las fundas vacías y las dejó juntas sobre la mesa, lejos del calor.
—La cena será a las ocho.
La mujer salió. No intentó detenerla. Quemó los poemas despacio. Entre una hoja y otra dejó que las llamas consumieran lo anterior. A veces encontraba una frase que le gustaba y la leía una vez más antes de soltarla. No sintió alivio inmediato. Sintió pérdida. Había querido escribir y aquellas páginas habían sido el principio. Verlas reducirse a ceniza le hizo comprender que estaba renunciando también a la posibilidad de volver a la joven que las guardó con tanto cuidado. Al terminar quedó sentada ante la chimenea con la carpeta vacía sobre las piernas.
Todavía conservaba el título escrito en una hoja suelta.
La poeta maldita.
Lo acercó al fuego. Se detuvo. Lo devolvió a la carpeta. Aún no sabía qué hacer con esas palabras. Desde el jardín, Julián vio encendida la ventana del salón. Había dejado el trabajo cerca de la casa para terminar una tarea junto al muro posterior. El terreno estaba demasiado mojado para continuar y decidió guardar las herramientas. Al cruzar frente a la terraza distinguió a Leonora sentada junto al fuego. No se detuvo. La vio apenas un instante, inclinada hacia delante, con una hoja entre las manos.
Pensó en el papel que encontró bajo el banco. Continuó hasta el cobertizo. Durante la última semana ella había dejado de apartar la mirada siempre que se cruzaban. A veces lo observaba unos segundos antes de recordar el libro.
Julián no sabía qué significaba. Al guardar las tijeras encontró una hoja seca atrapada entre las bisagras. La retiró con cuidado. Luego cerró.
Leonora volvió a su habitación después de cenar. La libreta verde seguía sobre la almohada. La recogió y se sentó ante el escritorio. Durante varios minutos no hizo nada. Al final sacó la llave del pequeño cuenco. Abrió el cajón. El sobre estaba donde lo había dejado, con la advertencia escrita encima.
No abrir.
Leonora pasó el pulgar sobre aquellas palabras. Después levantó la solapa. Las dos hojas conservaban una leve curva por la forma en que las había guardado. La primera tenía la esquina oscurecida, una marca pequeña que la hizo recordar la cerilla entre sus dedos. Colocó los poemas uno junto al otro. El trayecto en el coche. La casa de la puerta verde. El hombre que dijo que para él ya era otra cosa. Julián. Pronunció el nombre en voz baja.
Había procurado no recordarlo durante las últimas semanas. Ahora apareció con naturalidad, unido a una noche que seguía sin desear repetir por ninguna razón que no fuera el placer. Sin embargo, aquellas dos páginas no le parecieron intercambiables con las que acababa de quemar. Apartó las hojas, irritada con una pregunta que no sabía resolver. Llevó las hojas hasta la chimenea de su habitación. Estaba apagada. La caja de cerillas seguía en el cajón lateral.
Leonora la abrió y sacó una. La sostuvo sin encenderla. Intentó recordar el rostro de Julián tal como lo había visto al salir de su casa. Conservaba detalles sueltos: el cabello revuelto, la camisa, la expresión contenida mientras ella esperaba el coche. Pensó entonces en el jardinero. En sus manos junto al grifo. En la forma de quedarse quieto cuando ella hablaba con brusquedad.
La semejanza ya no estaba solo en el gesto. El jardinero tenía una voz parecida y aquella cicatriz que le costaba situar. Leonora volvió a mirar los poemas. Había guardado el teléfono de Julián y, sin embargo, nunca le había preguntado dónde trabajaba. Quiso consultar a Elvira sobre el nuevo empleado y se detuvo, molesta con la posibilidad de convertir su interés en una investigación. La duda permaneció. Se le ocurrió que podía haber escrito los poemas del jardín para una persona que solo existía en su cabeza.
Aquello la asustó más que las hojas junto al fuego. Regresó al escritorio. Dejó la cerilla. Abrió la libreta verde por el poema del domingo. Hoy no estabas. Lo leyó completo. Recordó el banco vacío y la molestia que no consiguió disimular frente a Teresa. Eso había ocurrido. Pasó a la página siguiente. Hoy has vuelto. También.
Cerró la libreta y apoyó una mano sobre las tapas. No sabía si aquello era amor. Seguía sin querer prometer nada. Había mañanas en que la proximidad del jardinero le resultaba tan incómoda que inventaba una razón para subir a su habitación. Pero deseaba el día siguiente. Por ahora podía admitir eso. Tomó las dos hojas del sobre y las colocó entre las últimas páginas de la libreta verde. No quiso decidir aquella noche por qué las conservaba.
A la mañana siguiente, la flor era amarilla.
Leonora la acercó a la ventana para ver mejor el centro. Después desayunó casi todo lo que había en la bandeja. Teresa notó el plato vacío cuando fue a retirarlo, pero no dijo nada.
Leonora bajó con un libro distinto. No llevó la libreta. Quería sentarse sin tener que vigilar cada hoja, sin temer que una ráfaga dejara sus pensamientos a los pies de alguien.
Julián estaba junto a un árbol joven, ajustando una cinta de sujeción. Al verla se apartó del sendero. Ella aminoró el paso. Por un instante él pensó que iba a hablarle.
Leonora miró la cinta entre sus manos.
—¿Le hace daño?
—La estoy aflojando. El tronco ha crecido.
Ella observó la marca sobre la corteza.
—Ah.
Él retiró la cinta vieja y le mostró la nueva, más ancha.
—Así tiene espacio. Leonora asintió.
Continuó hasta el banco.
Julián volvió al árbol. Durante un rato compartieron el ruido de las hojas y el agua que caía de una canaleta distante.
Leonora abrió el libro. Antes de empezar a leer, miró hacia él. La cinta vieja estaba en el suelo. La nueva apenas sostenía el tronco. Pensó en una frase. No la escribió enseguida. La dejó acompañarla durante toda la mañana.