Capítulo 14 de 25

La habitación del fondo

Elvira llamó a Julián cuando estaba limpiando las herramientas. Había terminado de llover hacía menos de una hora y el jardín seguía goteando sobre sus hombros cada vez que pasaba debajo de un árbol.

—¿Tiene un momento?

Él dejó el cepillo dentro del cubo. La mujer llevaba una libreta y una llave unida a una etiqueta de cartón.

—Ernesto habló esta mañana. El médico quiere prolongar su descanso.

—¿Cómo está?

—Mejor, pero necesita tener paciencia. Algo que no se le da muy bien.

Elvira miró hacia el cobertizo.

—También me confirmó que, cuando vuelva, prefiere encargarse solo del invernadero y de los rosales. Así que necesitamos que usted continúe con el resto, si sigue interesado.

Julián se secó las manos en un paño. Su periodo de prueba había terminado días atrás, aunque ninguno había encontrado tiempo para hablar de ello.

—Sí —respondió.

La palabra salió antes de que pudiera pensar en todo lo que significaba.

Elvira abrió la libreta y repasó las condiciones. El horario, los materiales pendientes, la ayuda que contratarían para las podas más pesadas. Después le mostró la llave.

—La habitación continúa disponible. No tiene que utilizarla, pero estas semanas habrá varias reparaciones que conviene revisar temprano. También podrá quedarse si el tiempo se pone mal.

Julián miró la etiqueta. Cuarto del patio.

—Me vendría bien algunos días.

—Mañana harán la limpieza. Puede traer sus cosas cuando quiera.

Le entregó la llave. Él la guardó en el bolsillo y volvió al cubo. Solo cuando Elvira se marchó sacó la mano y miró otra vez el pequeño trozo de metal.

Leonora oyó la conversación desde la biblioteca. No las palabras completas. Primero reconoció la voz de Elvira en el patio lateral. Después, la del jardinero. Se había acercado a una estantería próxima a la ventana y permaneció allí con un libro a medio sacar. Escuchó algo sobre una habitación. Luego una puerta se cerró y ya no pudo distinguir nada. Dejó el libro en su sitio.

No quiso asomarse. Aquel cuidado le resultaba cada vez más difícil de sostener: tenerlo cerca, buscarlo por la mañana, escribir lo que no se atrevía a decirle y continuar fingiendo que apenas le importaba su presencia. Había empezado a conocer sus horarios. También sus gestos. Cuando una tarea le daba problemas, apoyaba una mano en la cintura y permanecía observándola antes de volver a intentarlo. Si encontraba una rama quebrada, la levantaba para examinarla, aunque después tuviera que cortarla.

Leonora podía describir esas cosas con precisión. No sabía qué hacía él al volver a su casa. Pensó en preguntar a Elvira por la conversación. Tomó otro libro y se sentó. La habitación estaba al fondo de un corredor que daba al patio de servicio. Tenía una cama individual, un armario estrecho, una mesa y una ventana desde la que se veía la parte posterior del invernadero. Había un baño pequeño, recién pintado, y un ventilador de techo que producía un chasquido al girar.

Julián dejó una bolsa sobre el colchón. Había traído dos mudas de ropa, unos zapatos, un libro y artículos de aseo. No pensaba abandonar su casa. Solo quedarse ciertas noches, como hacían otros trabajadores cuando había demasiado que resolver. Abrió el armario. Una de las bisagras estaba floja. Sacó un destornillador de la bolsa de herramientas y la ajustó antes de guardar nada. Después se sentó en el borde de la cama. Desde allí no se veía la mansión. Le alivió. No quería pasar también las horas de descanso mirando hacia una ventana.

Dejó el libro sobre la mesa y salió a trabajar.

Aquella tarde llamó a Mauricio para organizar los encargos que todavía compartían. No podía aceptar visitas que coincidieran con su horario en la mansión. Su amigo protestó: había contado con él para una instalación y ahora debía buscar ayuda.

Julián revisó las fechas y reconoció que se había comprometido demasiado pronto. Acordaron que pagaría al sustituto con la parte que le correspondía de aquel encargo. La solución le costó dinero y evitó que el problema terminara enteramente sobre Mauricio. Antes de colgar, su amigo preguntó si seguía interesado en el proyecto del vivero.

—Sí. Pero todavía no puedo poner todo el tiempo.

—Entonces dime cuánto puedes, de verdad. Con lo demás me organizo.

Julián anotó dos tardes libres. Le incomodó descubrir lo fácil que le resultaba prometer una disponibilidad que luego debía quitarle a alguien. Leonora se enteró durante la cena. Había bajado al comedor pequeño porque comenzaba a cansarse de las bandejas en su habitación. Teresa servía la sopa mientras Elvira comprobaba unas cuentas al otro lado de la mesa.

—Mañana vendrán a revisar las bombas —dijo la mujer—. Puede haber un poco de ruido.

—Creí que ya estaban arregladas.

—La del estanque funciona. Falta la otra.

El teléfono de Elvira vibró sobre la mesa. Miró el nombre y lo dejó en silencio.

—¿Puede contestar? —preguntó Leonora.

—La llamaré cuando acabemos. Es mi hija.

Lo dijo con un cansancio que hizo que Leonora advirtiera por primera vez que aquella mujer también tenía conversaciones pendientes fuera de la casa.

Elvira hizo una anotación.

—El jardinero se quedará esta noche para abrirles temprano.

Leonora mantuvo la cuchara sobre el plato.

—¿Aquí?

—En la habitación del patio.

—Ah.

Bebió un poco de agua. La casa tenía espacio suficiente para alojar a varias personas sin que se cruzaran. Lo sabía. Elvira dormía en una habitación cerca de la escalera de servicio y otros trabajadores utilizaban las dependencias del fondo cuando lo necesitaban. Aun así, la noticia alteró la forma en que percibía el edificio. Él estaría allí cuando se apagaran las luces. Se quitaría las botas en algún lugar de la misma casa. Dormiría.

Leonora dejó la cuchara.

—¿No le gusta la sopa? —preguntó Teresa.

—Sí.

Tomó otra cucharada sin saber a qué sabía.

Esa noche cerró la libreta temprano. Había escrito cuatro versos sobre el sonido de la lluvia y los tachó todos. Cada vez que intentaba continuar pensaba en el corredor del fondo. No sabía cuál era la ventana de la habitación. Se levantó para buscar un libro y terminó frente al espejo. Llevaba un camisón de algodón y el cabello suelto. No tenía ninguna razón para cambiarse. Nadie iba a verla. Volvió al escritorio.

En la libreta, debajo de las tachaduras, escribió:

Esta noche duermes cerca. Se quedó mirando la frase.

Después añadió:

No sé qué hacer con eso. Escuchó pasos en el corredor y cerró el cuaderno. Era Teresa, que llevaba agua limpia.

—¿Necesita algo más?

Leonora negó con la cabeza. Cuando se quedó sola fue hasta la puerta, la abrió apenas y miró hacia la escalera. El corredor estaba vacío. Regresó a la habitación sin salir.

Julián tardó en dormirse. El ventilador continuaba produciendo aquel chasquido leve, regular. Había intentado ajustar una pieza, pero necesitaba otra herramienta que estaba en su casa. Lo apagó. La quietud lo hizo escuchar los demás sonidos: agua dentro de una tubería, una puerta lejana, voces breves en el patio. Leyó varias páginas. Después dejó el libro boca abajo y enseguida lo volvió, recordando el gesto de Leonora en su sala. Sonrió sin querer. La sonrisa desapareció despacio.

Había aceptado continuar en el empleo y ahora estaba durmiendo allí. Cada decisión encontraba una explicación práctica y, al mismo tiempo, lo acercaba más a una mujer que desconocía la parte más importante de su presencia. Se llevó una mano a la frente. La cercanía no había vuelto menos grave el hecho de seguir el coche de Leonora. Cerró los ojos. La vergüenza no le permitió dormir.

A la mañana siguiente, Leonora bajó más tarde de lo habitual. Había soñado con una puerta al fondo de un pasillo. No recordaba haberla abierto. Solo la certeza, dentro del sueño, de saber quién estaba detrás. Al llegar al banco encontró el jardín lleno de actividad. Dos hombres trasladaban una pieza pesada junto al estanque. Julián caminaba con ellos, señalando un tubo que quedaba parcialmente oculto entre las plantas.

Leonora se sentó. Esperó a que terminara la conversación. Él levantó una mano para saludarla desde lejos y siguió hablando. Ella abrió el libro. Diez minutos después continuaba en la primera página. Una mujer salió por el acceso lateral con una bolsa de papel y se detuvo junto a Julián. Le dijo algo que Leonora no alcanzó a escuchar. Él sonrió. La mujer también. Luego le entregó la bolsa y se marchó hacia la cocina.

Leonora sintió una molestia repentina. Observó a Julián abrir el paquete y sacar un trozo de pan. No había ocurrido nada. La mujer podía trabajar allí. Podía haber llevado algo para todos. Leonora la había visto otras veces y ni siquiera sabía su nombre. Aun así, cerró el libro. Cuando Julián volvió la cabeza hacia el banco, ella ya estaba de pie. Él la alcanzó solo porque iba en la misma dirección. Se detuvo al verla recoger una chaqueta que se había deslizado al suelo.

—Se le cayó esto.

Leonora se volvió.

Julián sostenía la prenda por un extremo. Ella la tomó con cuidado de no rozarle los dedos.

—Gracias.

Él miró el cielo.

—Parece que va a llover otra vez.

—Eso parece.

Julián se apartó para dejarla pasar.

Leonora dio dos pasos. Después se detuvo.

—¿Se va a quedar aquí?

Él tardó un momento en comprender.

—Algunas noches. Por el trabajo.

Ella miró hacia el patio lateral.

—Ya.

Julián sostuvo la bolsa de papel contra el costado.

Leonora la vio. Quiso hacer una pregunta y se avergonzó antes de pronunciarla.

—No tiene que avisarme —dijo en cambio.

Él se quedó serio.

—Entendido.

La respuesta le hizo sentir el error. No había sonado como quería. Pero ya estaba caminando hacia la casa y no supo volver sin quedar expuesta.

Por la tarde pidió que no le llevaran café. Quería dormir temprano.

Elvira la miró desde la puerta.

—¿Le preparo una infusión?

La mujer vio la libreta abierta y los libros apilados sobre la alfombra.

—Hace días que no sale por la noche.

Ella sostuvo la pluma con más fuerza.

—No tengo ganas.

—Está bien.

Elvira no preguntó por qué. Aquello permitió que Leonora añadiera:

—Me gusta más el jardín cuando todavía no hace calor.

La mujer miró hacia las cortinas.

—A su madre también.

Leonora levantó los ojos.

Elvira pareció advertir que la frase había llegado a un lugar delicado.

—Beatriz bajaba temprano —explicó—. A veces desayunaba afuera.

Leonora imaginó a la mujer del retrato sentada en el mismo banco. Por una vez la imagen no le produjo rechazo.

—¿Sola?

—Algunas veces.

Elvira salió a buscar la infusión.

Leonora permaneció mirando la puerta.

Después escribió:

También hubo otras mañanas
antes de las mías.

Al caer la noche dejó la ventana entreabierta. No esperaba a nadie. Quería escuchar el jardín. Desde la cama distinguía el roce de las hojas y, de vez en cuando, un paso lejano sobre la grava. Supuso que era el vigilante. Se levantó para apartar un poco más la cortina. La luna estaba casi redonda. Su luz alcanzaba el banco, las ramas del árbol joven y una parte de la pérgola. En el extremo del sendero vio moverse una sombra.

Julián cruzó despacio con una linterna apagada en la mano. Había ido a comprobar algo cerca del estanque y regresaba hacia el patio. Leonora se quedó detrás de la tela. Él se detuvo un instante. Levantó la cabeza hacia el cielo. Ella lo observó hasta que continuó caminando. Después volvió al escritorio.

En la página donde había escrito que él dormía cerca, añadió otra línea:

Todavía podría bajar. No bajó. Permaneció junto a la ventana, con la libreta abierta entre las manos, hasta que se apagó la última luz del patio.