Capítulo 15 de 25

El banco bajo la luna

Leonora despertó con la mano cerrada sobre la sábana. Durante unos segundos permaneció inmóvil, reteniendo lo que acababa de soñar. Él estaba junto a su cama. No llevaba la camisa de trabajo ni sostenía unas tijeras de podar. Se inclinaba hacia ella con una lentitud que, en el sueño, Leonora encontraba insoportable. Ella lo sujetaba para impedir que volviera a alejarse. Después había una boca cerca de su oído. Y su propia voz diciendo algo que ya no podía recordar. Abrió los ojos. La habitación estaba vacía.

La luz de la luna entraba por la ventana y alcanzaba el borde del colchón. El reloj marcaba las dos y diecisiete.

Leonora se incorporó. Tenía calor a pesar del aire fresco. Se apartó el cabello del cuello y buscó el vaso de agua. Bebió sin conseguir que desapareciera aquella inquietud que parecía haberse quedado debajo de su piel. No quiso encender la lámpara. Si abría la libreta, pasaría el resto de la madrugada intentando prolongar el sueño. Dejó el vaso. Necesitaba caminar. No se cambió de ropa. Se puso las sandalias y tomó una bata ligera que dejó abierta sobre el camisón. Al salir al corredor, la frescura del suelo le subió por las piernas.

La casa dormía. Una lámpara junto a la escalera permitía distinguir los peldaños. Leonora bajó sin encender más luces y atravesó el salón pequeño. Al llegar a la terraza se detuvo. La luna estaba llena. El jardín tenía una claridad que durante el día no existía: las flores perdían color, los árboles parecían más altos y la grava devolvía una luz tenue bajo sus pies. Abrió la puerta. El aire olía a hojas húmedas. Caminó hacia los rosales pensando únicamente en alejarse un poco de su habitación. Entonces lo vio. Estaba sentado en el banco.

Julián no dormía. Había apagado el ventilador de la habitación y abierto la ventana, pero el calor seguía acumulado entre las paredes. Después de dar varias vueltas se vistió y salió. Se sentó donde Leonora leía cada mañana. Desde allí se veía una franja de cielo entre los árboles. Había pasado un rato intentando distinguir estrellas que la luna hacía casi invisibles. Cuando escuchó pasos pensó en el vigilante. Volvió la cabeza.

Leonora estaba al comienzo del sendero. La bata se movía con la brisa y ella sostenía una de las solapas con la mano. Tenía el cabello suelto sobre los hombros.

Julián se puso de pie.

—¿Pasa algo?

Ella se detuvo. No había imaginado encontrarlo. La sorpresa le quitó durante un instante la costumbre de preparar una excusa.

—No podía dormir.

—Yo tampoco.

Leonora miró el banco.

Por la mañana habría abierto el libro. No llevaba ninguno.

—Puede quedarse —dijo Julián, apartándose.

Ella interpretó el movimiento antes de que él diera el primer paso.

—No hace falta que se vaya.

Julián la miró.

Leonora sintió el impulso de retirar la frase, pero continuó caminando. Se sentó en un extremo del banco. Él permaneció de pie hasta que ella señaló el espacio libre.

—Estaba aquí primero.

Julián volvió a sentarse. Entre ambos quedó una distancia suficiente para que no se rozaran.

Leonora apoyó las manos sobre las rodillas. No sabía qué decir. Durante semanas había imaginado conversaciones que terminaban antes de encontrar una primera frase. Ahora lo tenía a su lado y escuchaba con una atención absurda el ruido de su respiración. Levantó la vista.

—Casi no se ven las estrellas.

—Hay demasiada luz.

—No están encendidos los faroles de esta parte.

—La luna.

Ella sonrió apenas.

—Claro.

Él pareció relajarse.

—Desde el fondo, detrás del invernadero, se ven más cuando está oscuro.

Leonora miró hacia aquella parte del jardín.

—Nunca voy allí de noche.

—El sendero tiene una piedra suelta. Hay que arreglarla.

La respuesta le produjo una risa breve.

Julián volvió hacia ella.

—¿Qué?

—Nada. Yo estaba pensando en el cielo.

Él sonrió.

—Yo también. Pero la piedra sigue ahí.

El silencio siguiente fue distinto.

Leonora no sintió la urgencia de llenarlo. La fuente estaba apagada y, desde algún lugar cercano al muro, llegaba el canto irregular de un insecto. Ella comenzó a distinguir detalles que durante el día pasaba por alto: una rama rozando otra, el crujido leve de la madera cuando Julián cambió de postura.

—¿Siempre le gustan las flores que manda? —preguntó.

Él tardó un momento en responder.

—¿A mí?

—Sí.

—Entonces nunca manda una que no le guste.

—No.

Ella se recogió un mechón detrás de la oreja.

—A veces me da pena cuando se marchitan.

Julián miró los rosales.

—Puede conservarlas secas.

—Lo he hecho.

Él volvió la cabeza.

Leonora se arrepintió de haberlo dicho con tanta facilidad.

—En algunos libros —añadió—. No todas.

Julián bajó los ojos hacia sus manos. Ella observó aquella reacción pequeña y sintió un placer que no tenía que ver con ser deseada. Había dicho algo que le importó. Acarició la costura de la bata antes de continuar. Una corriente de aire levantó el borde de la bata.

Leonora se la cerró.

Julián miró hacia el sendero, dándole tiempo para acomodarse sin sentirse observada. Ella notó el gesto. Durante el día aquella delicadeza solía ponerla a la defensiva. Le recordaba que estaba siendo vista incluso cuando él intentaba evitarlo. Esa noche le permitió permanecer.

—¿Por qué lo hace? —preguntó.

—¿Las flores?

—Sí.

Julián apoyó los codos sobre las rodillas. Podía responder de varias maneras. Ninguna le parecía suficiente.

—Quería que tuviera algo del jardín incluso los días que no bajaba.

Leonora miró el suelo. No había una declaración en la frase. Aun así, le resultó más difícil recibirla que cualquier elogio escuchado en un bar.

—Ahora bajo casi todos los días.

—Lo he notado.

Ella volvió hacia él demasiado rápido.

Julián no apartó la mirada.

Leonora sintió calor en las mejillas.

—Me gusta leer aquí —dijo.

—Lo sé.

Él no sonrió. Eso hizo que la explicación pareciera menos necesaria.

Julián la miró bajo la luz de la luna. Había querido verla así desde que la conoció: quieta a su lado sin estar buscando el bolso, el teléfono o una manera de marcharse. Ahora tenía aquel momento y comprendía cuánto lo complicaba lo que callaba.

—Leonora…

Ella levantó los ojos. Era la primera vez que la llamaba por su nombre desde que entró a trabajar en la casa. El sonido le produjo una impresión fugaz, una cercanía que no supo colocar. Esperó.

Julián se pasó una mano por la nuca.

—Hay algo que debería…

Una polilla golpeó la manga de Leonora. Ella se sobresaltó y se movió hacia él. El insecto desapareció de inmediato, pero su mano había quedado sobre el antebrazo de Julián. Los dos la miraron.

Leonora podría haberla retirado. No lo hizo.

—Perdón —murmuró.

—No pasa nada.

Ella sintió el calor de su piel. Había observado aquel brazo mientras sostenía ramas, recogía herramientas y se apoyaba sobre el borde de un cantero. Tocarlo la devolvió con fuerza al sueño del que había intentado escapar. Alzó la cabeza.

Julián estaba demasiado cerca para seguir pensando con claridad. Él no se movió.

Leonora vio sus ojos descender un instante hacia su boca y regresar. Comprendió que esperaba. Por primera vez, aquella espera no le pareció una exigencia. Podía apartarse. Podía volver a su habitación y escribir lo que no había ocurrido. La posibilidad le produjo una tristeza repentina. Deslizó la mano desde su antebrazo hasta la muñeca.

Julián contuvo el aliento.

—No quiero estar pensando —dijo ella en voz baja.

Él frunció apenas el ceño.

—¿En qué?

Leonora negó con la cabeza. No sabía explicarlo sin hablar de sueños, de poemas y de todas las mañanas que había pasado mirándolo detrás de una página. Se inclinó hacia él.

Julián levantó una mano hasta su mejilla y se detuvo antes de tocarla. Ella cerró la distancia. El beso fue breve al principio.

Leonora se apartó lo suficiente para mirarlo. Le sorprendió la fuerza con que deseó volver. Lo sujetó por la camisa. Esta vez Julián le acarició el rostro y ella cerró los ojos. La madera del banco crujió cuando se acercaron. Durante unos segundos no hubo nada que Leonora quisiera convertir en palabras. Fue él quien se apartó primero. No se alejó mucho.

—¿Estás bien?

El cambio de trato llegó con tanta naturalidad que ella apenas lo advirtió. Asintió.

Julián le apartó un mechón del rostro.

Leonora sostuvo su mano antes de que la retirara. Estaba temblando un poco. Aquello la conmovió de una manera incómoda. Para escapar de la emoción, volvió a besarlo. Él respondió, pero después apoyó suavemente la frente contra la suya. El gesto despertó una memoria. Un bar. Música.

Esta vez la impresión no desapareció. Buscó su rostro, pero Julián ya había retirado la frente y la luna dejaba sus ojos en sombra. Leonora quiso verlo bajo la luz de una lámpara, escuchar su voz sin el rumor del jardín. La pregunta que llevaba días evitando empezaba a tener una forma concreta.

Leonora abrió los ojos.

Julián la miraba con una gravedad que no entendió.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Él separó la mano de su cabello. Podía decirlo. Tenía que decirlo.

—No quiero que mañana sientas que…

—No sé qué voy a sentir mañana.

La respuesta salió sin dureza.

Leonora bajó la mirada hacia las manos de ambos.

—Ahora quiero estar aquí.

Julián cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, ella seguía esperando. Permanecieron en el banco unos minutos más.

Leonora se apoyó apenas en su hombro. No era una postura cómoda; la madera le presionaba un costado y tenía frío en los pies. Aun así, no se movió enseguida.

Julián no intentó aprovechar aquella cercanía para hacer preguntas. Ella agradeció el silencio. Al otro lado del jardín se oyó el radio del vigilante. Leonora se incorporó. Escucharon unos pasos lejanos que continuaron hacia la entrada principal. De pronto la casa volvió a existir alrededor de ellos: las ventanas, las habitaciones ocupadas, Elvira dormida cerca de la escalera. Se puso de pie.

Julián la soltó de inmediato.

—Te acompaño hasta la terraza.

Caminaron sin tocarse. Al llegar a los escalones, Leonora se volvió. Desde allí podía distinguir su ventana abierta. La cortina se movía hacia el interior del cuarto. Pensó en la libreta verde sobre el escritorio. En los poemas que él no había leído. En todas las veces que había deseado una mano y después la había apartado al verla acercarse.

Julián se detuvo al pie de la escalera.

—Buenas noches —dijo.

Leonora sostuvo la solapa de la bata. Todavía podía dejarlo ir. Subió un peldaño y volvió hacia él.

—No quiero volver sola todavía.

Julián levantó la mirada. Ella bajó la mano, buscó la suya y la sostuvo. Esta vez no había un coche esperando ni una calle desconocida. Solo la puerta abierta de su casa.

—Ven conmigo.

Leonora dio el primer paso hacia el interior sin soltarlo.