Capítulo 16 de 25
La voz que regresó
Leonora subió la escalera sin soltarle la mano. En el primer descanso escuchó una puerta cerrarse al fondo de la casa y se detuvo. Julián permaneció un peldaño debajo, dispuesto a regresar si ella se lo pedía. El silencio volvió al corredor y continuaron. Dentro de la habitación había libros por todas partes. Leonora retiró dos de la butaca, recogió un tercero que estaba en el suelo y acabó riéndose de su propia prisa. Había imaginado muchas veces aquella visita sin prever lo difícil que sería ofrecerle un lugar donde sentarse.
—Aquí —dijo, despejando por fin el asiento.
Julián miró el pequeño jarrón junto al escritorio. Reconoció las rosas que había cortado por la mañana. Algunas de las más viejas estaban separadas sobre un papel, secándose.
—No todas duran lo mismo —explicó ella.
—Las estás conservando bien.
Leonora se volvió hacia él. La lámpara iluminaba su rostro desde un costado; tenía una sombra de barba que a esas horas ya no conseguía ocultar el afeitado. Por primera vez podía observarlo sin una visera, sin herramientas entre ambos, sin la necesidad de fingir que leía. Se acercó para besarlo. Él apoyó la mano en su espalda y, al separarse, dejó la frente contra la suya. El gesto hizo regresar una habitación distinta.
Leonora abrió los ojos. No fue una revelación completa. Primero vio una estantería baja, luego una jardinera cubierta con periódicos. Escuchó el motor de un coche y recordó unos dedos abiertos sobre el asiento. Retrocedió.
—Haz eso otra vez.
Julián dejó caer la mano.
—¿Qué cosa?
La voz terminó de colocar lo que el recuerdo había dejado suelto. Había estado allí todo el tiempo: en los saludos, en las explicaciones sobre el riego, en aquella manera de pronunciar su nombre como si ya supiera cuánto le costaba responder.
Leonora miró la cicatriz junto a su ceja. La había visto a la luz de otra lámpara.
—La puerta era verde —dijo.
Julián no intentó acercarse.
—Sí.
Ella buscó el borde del escritorio y apoyó los dedos. De pronto se sintió ridícula por la cantidad de mañanas que había pasado inventando a un desconocido.
—Tú tenías un libro abierto boca abajo. Yo lo di vuelta.
—Lo recuerdo.
Leonora apartó la bata de la silla y se la cerró sobre el camisón. Necesitaba hacer algo práctico mientras las imágenes se ordenaban: el bar, la casa, la mano en el coche y el hombre que cada día dejaba una flor junto a su desayuno.
—Julián.
Era el mismo nombre. Esta vez no había una sombra donde dejar la duda. Él asintió.
—Debí decírtelo cuando llegué.
La vergüenza que había sentido ella cambió de dirección.
—¿Desde cuándo sabes que no te reconocía?
—Desde la primera mañana en el banco.
Leonora recordó las veces que había bajado los ojos, convencida de ocultar una emoción que él no podía comprender. Él sí conocía una parte de la historia. Había tenido acceso a sus dos versiones mientras ella solo veía una.
—Y me dejaste seguir.
—Sí.
No hubo una explicación inmediata. Leonora agradeció esa ausencia durante unos segundos; luego la llenó con todas las preguntas que comenzaban a llegarle.
—¿Te reías de mí?
—No.
—¿Nunca? ¿Cuando pregunté por las flores? ¿Cuando te hablé como si no hubiéramos estado juntos?
—Me avergonzaba. Y elegí seguir callado.
Ella se quedó mirándolo. Habría preferido un error sencillo, algo que pudiera corregirse con una frase. Lo que tenía delante había durado semanas. Fue hasta el escritorio y abrió la libreta verde. Las dos hojas antiguas seguían entre las últimas páginas. Las sacó y reconoció la esquina que había quemado. Tanto cuidado para conservar un recuerdo y tan poca atención al hombre que tenía enfrente.
—Yo pensé que eran dos personas.
La voz le salió muy baja.
—Lo sé —respondió él.
Leonora se volvió bruscamente.
—No puedes saber cómo me siento ahora.
Julián aceptó la corrección.
—Tienes razón.
Ella dejó los poemas sobre la mesa. Durante un rato examinó la marca del fuego para evitar mirarlo. Después recordó algo que todavía no tenía explicación.
—¿Cómo encontraste el trabajo?
Julián respiró hondo.
—Mauricio, un compañero, me envió el anuncio. Solicitaban un jardinero y yo cumplía los requisitos. Elvira comprobó mis referencias. Ernesto me hizo una prueba en el jardín.
Leonora levantó la cabeza.
—¿Sabías que yo vivía aquí?
Él tardó apenas un instante. Ella lo vio y comprendió que la respuesta iba a doler más que las anteriores.
—Sí.
—¿Cómo?
Julián miró la butaca que no había llegado a ocupar.
—Una noche te vi subir a un coche, frente a otro bar. Estaba cerca con mi camioneta. Lo seguí hasta esta calle.
El ruido de una tubería se oyó dentro del muro. Leonora distinguió cada golpe mientras repetía mentalmente lo que acababa de escuchar.
—Te pedí que no me esperaras.
—Me lo pediste.
—Y viniste a mi casa.
—No entré aquella noche. Pero te seguí sin que lo supieras. Después vi la dirección en el anuncio y solicité el puesto porque quería estar cerca de ti.
Ella separó la vista de él y miró la ventana. El jardín que había empezado a sentir suyo se volvió, por un momento, un lugar observado desde fuera.
—Necesito que te vayas.
Julián no discutió. Recogió la camisa que había dejado sobre el respaldo y se la puso sin abrochar todos los botones.
—Mañana hablaré con Elvira para dejar el puesto.
—Mañana hablaremos de eso. Ahora quiero quedarme sola.
Él fue hacia la puerta. Leonora se apartó para permitirle pasar, pero lo detuvo antes de que girara el picaporte.
—Elvira no lo sabía.
—No. Ni Ernesto.
—¿Mauricio?
—Sabe que conocí a alguien. No le conté que te había seguido.
Ella asintió. Necesitaba distinguir lo que había ocurrido de lo que el miedo empezaba a añadir.
—Sal por aquí. No quiero tener que escuchar pasos debajo de mi ventana.
Julián abrió la puerta y abandonó la habitación.
Leonora esperó a que llegara a la escalera. Luego cerró, giró la llave y permaneció junto a la madera hasta que dejó de oírlo. No lloró enseguida. Recogió los dos poemas, abrió la libreta por el texto del domingo y comparó las fechas. Aquellas mañanas habían existido. La flor preparada antes del descanso también. El engaño no borraba lo que ella había sentido, pero cambiaba la forma de recordarlo. Se sentó en la cama con la bata puesta.
Aún deseaba la cercanía que había buscado en el banco. Reconocerlo le produjo una rabia especial: su cuerpo no se había enterado de que la noche acababa de cambiar. No abrió el cuaderno. No tenía que convertir aquello en un poema antes de comprenderlo. Cuando el reloj marcó las cuatro, fue a buscar a Elvira. La mujer tardó en despertar. Encendió una lámpara y, al verla en la puerta, se incorporó con alarma.
—¿Qué pasó?
Leonora intentó ordenar una respuesta. Terminó sentándose en el borde de una silla.
—Necesito contarte algo. Y necesito que primero me escuches.
Elvira dejó las gafas sobre la mesa. La habitación olía a crema de manos y a ropa recién planchada. Había una fotografía de una niña sobre la cómoda; Leonora nunca la había visto. La mujer se acomodó la bata y aguardó.
Leonora comenzó por el bar.