Capítulo 17 de 25
La historia completa
Elvira la escuchó sin levantarse de la cama. Leonora contó las dos noches, la petición de distancia y el reconocimiento que acababa de ocurrir. Al mencionar la camioneta, tuvo que repetir la frase porque la primera vez casi no le salió la voz.
—Mañana mismo lo echo —dijo Elvira.
Leonora levantó una mano.
—Acabo de pedirte que me escuches.
La mujer apretó la colcha. El impulso de protegerla había llegado antes que cualquier pregunta.
—Perdóname. Sigue.
Leonora terminó. Quedaba poco que añadir, pero necesitó varios minutos para hacerlo. Hablar del jardín delante de otra persona volvía públicas cosas que había protegido incluso de sí misma.
Elvira se puso las gafas.
—Yo lo dejé entrar.
—Comprobaste sus referencias. No podías saberlo.
—Acepté las flores sin preguntarle lo suficiente.
Leonora se frotó los brazos.
—Yo quería recibirlas.
Ninguna de las dos encontró una respuesta que las tranquilizara. Elvira preparó té en el pequeño hervidor que guardaba junto al armario. Se le cayó una cucharilla y maldijo entre dientes. Leonora la miró, sorprendida por aquella palabra doméstica en una madrugada que parecía no admitir nada corriente.
—También se me caen cosas —dijo la mujer, recogiendo la cucharilla.
Elvira dejó las dos tazas sobre la cómoda y preguntó qué necesitaba. Leonora no quería que nadie decidiera por ella. Tampoco podía imaginarse resolviendo sola el empleo de un hombre con quien había estado a punto de acostarse una hora antes. Acordaron que Julián no trabajaría junto a la casa mientras hablaran de lo sucedido. Elvira se ocuparía de comunicarle esa instrucción. Leonora quería escucharlo de día, con la posibilidad de terminar la conversación sin tenerlo en su dormitorio.
—En el despacho —decidió—. A las diez. Quédate cerca, pero déjame hablar.
La mujer asintió. Antes de salir, Leonora señaló la fotografía de la cómoda.
—¿Es tu hija?
—Mi nieta. Cumplió ocho el mes pasado.
No supo qué decir. Había vivido dieciséis años en aquella casa sin preguntar por la niña de la fotografía.
—Otro día me cuentas de ella.
—Otro día —aceptó Elvira.
Julián llegó al despacho con una hoja donde había anotado los trabajos pendientes. No llevaba flores. Se sentó cuando Leonora se lo indicó y dejó la hoja sobre la mesa. Ella había dormido menos de dos horas. Tenía un dolor persistente detrás de los ojos, pero la luz de la mañana le permitía ordenar las preguntas que de madrugada se habían mezclado.
—Quiero saber todo lo que hiciste para encontrarme.
Julián explicó que había regresado varias veces a La Fiebre después del primer encuentro. Tras la segunda noche continuó buscándola allí hasta que la vio frente a otro local. No había pedido información al camarero ni hablado con el conductor. Siguió el coche, vio la entrada y se marchó. Tres días después recibió el anuncio de empleo.
—¿Pediste a Mauricio que buscara esta dirección?
—No. Me enviaba ofertas desde antes. Puedo enseñarte los mensajes, si quieres comprobar las fechas.
—Después decidiré si quiero verlos. Continúa.
Julián habló de la entrevista, de las referencias y de su primera semana. Admitió que había entendido su falta de reconocimiento y la había utilizado para permanecer cerca. Al ofrecer las flores esperaba que ella se fijara en él.
Leonora apoyó los codos en la mesa.
—Cuando te dije que no me interrumpieras, pensé que estaba poniendo un límite. Tú conocías otro límite anterior y ya lo habías pasado.
—Sí.
—Entonces no me hables de lo bien que te portaste después.
Él cerró la boca. Había empezado a preparar una explicación sobre la distancia que conservó y acababa de descubrir que también podía usarla para suavizar lo que había hecho.
—No voy a hacerlo.
Leonora le preguntó si había entrado antes en su habitación, revisado sus cosas o averiguado información sobre sus padres. Julián negó las tres cosas. Le contó que Ernesto había mencionado a Beatriz al explicarle el cuidado de los rosales y que no había seguido preguntando. Ella tomó nota de la respuesta. Creerle de inmediato le resultaba imposible; desconfiar de cada detalle la agotaba.
—No puedo saber qué parte de esto me estás diciendo porque ya no puedes esconderla.
Julián sintió el golpe de la frase. Miró sus manos, llenas de pequeñas heridas de trabajo, y evitó convertirlas en una defensa.
—Lo entiendo.
—Yo todavía no.
Hubo una pausa. Elvira pasó por el corredor y siguió de largo. Leonora había pedido que la puerta permaneciera entreabierta.
Julián retiró de su bolsillo la llave del cuarto del patio y la del cobertizo. Las dejó junto a la hoja de tareas.
—Voy a irme. Hoy puedo recoger mis cosas con Elvira y explicar el riego a quien ella designe. No voy a pedirte que esperes a que encuentre otro trabajo.
Leonora examinó las llaves.
—Te pagarán lo que corresponda. No quiero que esto se convierta en una deuda entre nosotros.
—De acuerdo.
Él añadió que no volvería a buscarla ni mandaría mensajes a través del personal. Si había alguna cuestión de trabajo pendiente, hablaría con Elvira. Leonora quería esa distancia y, aun así, sintió el comienzo de una pérdida al escucharla.
—Las flores se terminan hoy —dijo.
Julián inclinó la cabeza. Ella tuvo que esforzarse para formular la última pregunta.
—¿Qué pensabas que iba a ocurrir cuando te reconociera?
—Al principio pensé que pasaría pronto. Después empecé a esperar que, cuando ocurriera, ya no quisieras que me fuera.
La sinceridad llegó demasiado tarde para consolarla, pero al menos tenía una forma que podía examinar.
—Decidiste por mí cuánto necesitaba saber para quererte cerca.
Julián dejó salir el aire.
—Sí. Lo siento, Leonora.
Ella no aceptó ni rechazó la disculpa. Se levantó y fue hasta la puerta. Elvira estaba al fondo del pasillo.
—Eso es todo por hoy.
Julián recogió únicamente su hoja de anotaciones. Se quedó un instante junto a la silla, como si su cuerpo no hubiese aprendido todavía el modo de terminar aquella conversación. Luego salió.
Leonora esperó en el despacho mientras Elvira lo acompañaba a retirar sus pertenencias. Desde allí no veía el jardín. Eligió permanecer en esa habitación hasta que la mujer regresó y le confirmó que se había marchado.
Por la tarde bajó al banco. No llevó libro. Las marcas de la carretilla seguían junto a un macizo y había una rama señalada con cinta para una poda futura. El trabajo no desaparecía con quien lo había hecho.
Leonora se sentó al sol. Echaba de menos a Julián. Admitirlo no la obligaba a llamarlo ni a retirar una sola de sus preguntas. En su casa, él vació la bolsa sobre la cama. Encontró la muda limpia, el cepillo de dientes y el libro que había llevado al cuarto del patio. Durante semanas había mantenido aquel equipaje provisional. Ahora debía hacer sitio a la certeza de haber perdido el empleo y la confianza de Leonora por decisiones propias.
Llamó a Mauricio para pedirle trabajo. Su amigo tenía una visita prevista al vivero municipal y necesitaba ayuda con un presupuesto. Julián aceptó. Después le contó lo que había omitido en sus conversaciones anteriores. Mauricio no lo tranquilizó.
—Si ella pidió que te fueras, cumple eso. El presupuesto lo hacemos mañana.
Julián colgó y comenzó a calcular cuánto dinero le quedaba. La camioneta necesitaba una reparación y había rechazado encargos al aceptar el puesto fijo. Sacó su libreta de cuentas, corrigió una suma equivocada y llamó a dos clientes antiguos. Aquella noche no escribió una carta. Tenía palabras suficientes para explicar lo ocurrido. Le faltaba aprender a vivir de acuerdo con ellas.