Capítulo 18 de 25

El jardín sin flores

La primera mañana sin rosa, Leonora miró la bandeja antes de recordar que ella misma había pedido que no llegaran más. Teresa dejó la taza en el lugar de siempre. Había espacio libre junto al plato y aquel hueco parecía demasiado visible.

—¿Quiere que abra las cortinas?

—Sí, por favor.

La mujer se fue. Leonora desayunó, se vistió y bajó al jardín. Se había propuesto conservar la hora que tanto le había costado encontrar. No quería que la marcha de Julián le devolviera las tardes dormidas y las salidas hechas para no quedarse consigo misma. Ernesto llegó a las nueve con un ayudante contratado por unos días. Elvira había reducido las tareas a lo indispensable. Al pasar junto al banco, el jardinero mayor la saludó y siguió hacia el cobertizo.

Leonora se levantó.

—No cargue eso usted.

El hombre miró el saco que apenas había tocado.

—Voy a enseñar dónde se guarda.

Ella se ruborizó.

—Pensé que...

—Ya me regaña bastante Elvira. Si va a empezar también usted, necesitaré otro descanso.

Lo dijo con una sonrisa, pero Leonora se apartó. Había confundido interesarse con vigilar. Volvió al banco y abrió la libreta. Escribió una frase sobre el hueco junto a la taza. Le pareció hermosa y la tachó: no deseaba embellecer todavía una ausencia que también la enfadaba. A mediodía, Elvira le llevó tres presupuestos para el mantenimiento. Leonora reconoció algunos términos de los que Julián había hablado y descubrió que no sabía comparar las propuestas. Una incluía trabajos que otra omitía; la más barata no especificaba materiales.

—Antes de elegir, necesito entender esto —dijo.

La mujer acercó una silla. Revisaron las hojas juntas. Tardaron más de una hora. Leonora terminó con preguntas escritas al margen y una noción incómoda de cuánto había delegado por desinterés.

—No voy a encargarme yo de tus compras —aclaró—. Pero quiero saber qué estamos contratando.

Elvira se quitó las gafas.

—Me vendría bien que lo supiera. También necesito organizar mis días libres.

Leonora miró hacia ella. La mujer explicó que su hija llevaba meses pidiéndole que pasara algunos fines de semana con la familia. Siempre aparecía una avería, una entrega o la preocupación de dejar sola a Leonora. Había hecho de esa preocupación una costumbre que ahora le pesaba.

—Nunca te pedí que no fueras —dijo Leonora.

—No. Yo tampoco te dije que quería ir.

La respuesta detuvo una discusión antes de que empezara. Acordaron que Teresa coordinaría la casa dos fines de semana al mes y que llamarían a Elvira solo si de verdad era necesario.

El sábado, Leonora vio marcharse a la mujer con una maleta pequeña. Sintió el impulso de preguntar a qué hora regresaría. En cambio, le deseó buen viaje y esperó hasta que el coche salió de la verja. Después fue a la biblioteca. La casa estaba tranquila. Esa tranquilidad ya no podía atribuirse por completo a nadie más.

Julián y Mauricio visitaron el vivero el lunes siguiente. La encargada les mostró un terreno donde querían preparar plantas para varios jardines comunitarios. Había un depósito sin usar, un sistema de riego incompleto y un presupuesto que apenas alcanzaba para una primera etapa. Mauricio hizo cálculos en el teléfono. Julián recorrió las tuberías, tomó medidas y se arrodilló para comprobar la tierra.

—Si reemplazamos todo, no les alcanza —dijo—. Podemos recuperar este tramo y comprar las conexiones que faltan.

La encargada preguntó cuánto tardarían.

Julián estuvo a punto de prometer una semana. Recordó los encargos que aceptaba sin calcular bien las horas y pidió hasta el día siguiente para entregar un calendario real. Mauricio lo miró con aprobación. Al volver, discutieron el reparto del trabajo. Su amigo proponía formar un pequeño equipo estable; Julián prefería esperar hasta tener el primer contrato. Se conocían desde hacía años y ninguno se sintió obligado a volver agradable la conversación.

—Si lo hacemos, ponemos por escrito cuánto trabaja cada uno —dijo Mauricio—. La amistad no paga las facturas.

Julián aceptó. Había perdido un sueldo fijo y ahora necesitaba construir algo que no dependiera de estar cerca de una persona.

Por la noche recibió una llamada de su hermana Clara. Vivía a dos horas y llevaba días sin conseguir que él respondiera con algo más que mensajes breves. Julián le contó que había dejado el empleo.

—¿Lo dejaste o te pidieron que te fueras?

Él observó la pared de la cocina, donde aún estaba la marca de una humedad antigua.

—Las dos cosas. Hice algo que no debía.

Clara escuchó la historia. Le dolió oírla en voz alta delante de alguien que lo conocía desde niño y que no iba a confundir su vergüenza con inocencia.

—No intentes arreglarlo apareciendo otra vez —le dijo ella.

—No voy a hacerlo.

Luego hablaron del vivero, de la camioneta y de una comida familiar a la que Julián había faltado. Clara le pidió que fuera el domingo. Él consultó el horario de la visita técnica antes de prometerlo. En la mansión, Leonora pasó varios días sin escribir un poema. Leyó dos novelas, llamó a Ramiro para preguntar por los documentos de su adopción y volvió a cerrar la caja sin conseguir una respuesta nueva. La tristeza no obedecía al orden de las carpetas.

Una tarde tomó las dos hojas antiguas. Ahora sabía exactamente quién era el hombre del coche. Recordó también la rabia con que lo había echado, la facilidad de su propia brusquedad y el deseo de castigarse por no haberlo reconocido antes. Buscó un sobre limpio. En él escribió las fechas de aquellas noches y guardó los poemas. Los versos no habían mentido; ella había imaginado desde una experiencia que no comprendía del todo. La mentira pertenecía a una decisión posterior de Julián. La distinción le permitió conservarlos sin usarlos para disculparlo.

Al final de la semana escribió unas líneas.

El vaso vuelve al aparador.
En la mesa queda un círculo de agua.
Lo seco antes de sentarme.

Había empezado pensando en la flor y terminado describiendo una tarea que por fin hacía ella misma. No era un poema de reconciliación. Tampoco una sentencia. Lo dejó sobre el escritorio y bajó a cenar.