Capítulo 19 de 25

Lo que crece fuera

El primer presupuesto del vivero volvió con cinco observaciones. Julián lo leyó en el asiento de la camioneta mientras Mauricio esperaba una llamada del proveedor. Habían calculado bien las piezas, pero omitido el traslado de los materiales y el retiro de un depósito roto.

—Así perdemos dinero —dijo Mauricio.

Julián comprobó las cifras. Tenía razón. Pasaron la tarde corrigiendo el documento. Cuando la encargada pidió rebajar todavía más el precio, Julián explicó qué trabajos podían dejar para una segunda etapa y cuáles eran necesarios para que el riego funcionara. Le costó decir que no. Antes habría aceptado y tratado de compensarlo con jornadas más largas. La mujer pidió dos días para responder.

Al salir, Mauricio lo invitó a comer. Julián quiso rechazarlo por ahorrar y terminó proponiendo que cocinaran en su casa. Su amigo llevó pan. Él preparó una sopa demasiado espesa y tuvieron que añadir agua dos veces. Hablaron del contrato, de un partido y de los dibujos que el hijo de Mauricio pegaba en las ventanas. La conversación dejó de girar alrededor de Leonora por primera vez en varias semanas.

Julián pensó en ella al lavar los platos. Le habría gustado contarle aquel día, pero no buscó una manera de hacérselo llegar. Había prometido respetar la distancia. Tenía que aprender a cumplirla también cuando nadie podía comprobarlo.

Leonora se enteró del vivero por Ernesto. El hombre había ido a revisar los rosales y comentó que Mauricio buscaba un proveedor de tierra. Ella se quedó quieta, con una taza en la mano.

—¿Están trabajando juntos?

—Preparando algo. Todavía no sé si se lo darán.

Ernesto se inclinó hacia una rama. No añadió noticias sentimentales ni interpretó la pregunta. Leonora había temido recibir un mensaje disfrazado de conversación; lo que encontró fue un dato pequeño sobre una vida que seguía fuera de la verja. Quiso saber más. Se contuvo. Esa tarde, Elvira regresó del primer fin de semana con su nieta. Traía una bolsa con naranjas y una rozadura en un zapato. Se sentó en la cocina antes de cambiarse.

—Caminamos una barbaridad —dijo.

Leonora se quedó escuchando el relato del paseo. La niña había querido entrar en cada tienda y luego se había dormido antes de probar el postre. Elvira rio al contarlo. Parecía más cansada que después de una jornada en la casa, pero era un cansancio que había elegido.

—¿La pasaste bien?

—Mucho.

Leonora sacó un vaso del aparador. Sabía dónde estaban porque Teresa se lo había enseñado. Le sirvió agua. Más tarde encontró una caja en el antiguo despacho. No había ido a buscarla; estaba apartando libros para dejar sitio a los cuadernos que empezaban a acumularse en la biblioteca. Dentro reconoció dibujos y hojas con una letra infantil que se había acostumbrado a considerar ajena.

Elvira confirmó que Beatriz había guardado las primeras y que ella añadió las demás durante años. Leonora examinó un sol enorme, un perro con cinco patas y el comienzo de una historia sobre una niña que movía las agujas de un reloj. Tenía nueve años cuando la escribió. La lectura la dejó inmóvil. Había pasado meses convencida de que sus primeras palabras verdaderas nacieron después de un hombre. Ahora tenía delante páginas anteriores a todos ellos.

No se sintió engañada por su memoria. Sintió pena por la facilidad con que había olvidado a una niña que también intentaba contar algo. La historia del reloj no tenía final. Una protagonista subía cada noche para empujar las agujas porque creía que, si se detenía, nadie amanecería. La última página mostraba una puerta mal dibujada.

Leonora la llevó a su habitación. Intentó recordar por qué la había abandonado y no pudo. Había otras historias interrumpidas: una isla, un árbol sin raíces, un perro que comprendía los sueños. Conservaban errores, repeticiones y una curiosidad que no había dependido de conocer el amor. Durante varios días trabajó en una nueva versión del reloj. La niña empezó a tener hambre, cansancio y la sospecha de que alguien le había encargado una tarea imposible sin preguntarle si quería hacerla.

A veces Leonora pensaba en Julián. No siempre con rabia. Había mañanas en que extrañaba su manera de escuchar y tardes en que recordaba el seguimiento con una claridad que le impedía acercarse al teléfono. Ambas reacciones pertenecían a la misma persona; no tenía que borrar una para justificar la otra. Ramiro pasó a verla al terminar el mes. Revisaron los resultados de unas inversiones y después los horarios del personal. Leonora descubrió que atender sus bienes requería preguntas concretas y no una habilidad misteriosa de la que ella careciera.

—Quiero aprender lo suficiente para saber qué te estoy autorizando —dijo.

Él sonrió.

—Eso nos facilitará mucho las cosas.

Antes de marcharse, Ramiro preguntó si estaba bien. Leonora miró las hojas del reloj sobre la mesa.

—Hay días que sí y días que no.

El administrador dejó el portafolio en el suelo y se sentó otro rato. No le pidió una explicación completa. Hablaron del cuento y de la dificultad de terminarlo. Al despedirlo, Leonora recordó aquella llamada del principio, cuando él necesitaba una firma y ella quería que alguien llamara sin motivo. Esta vez había conseguido decir algo más que «bien».

El vivero aprobó la propuesta un jueves. Julián y Mauricio firmaron un encargo por etapas, con un anticipo para materiales. El beneficio sería modesto y no podían permitirse otra omisión. Al salir, Julián compró una libreta de cuentas con columnas anchas. Pensó en las carpetas de Leonora y sonrió con tristeza. Después fue a buscar una pieza para la camioneta. Tenía que funcionar el lunes. La alegría del contrato no iba a conducirla hasta el trabajo.

Esa noche abrió un libro que su abuelo había dejado lleno de marcas. Encontró una lista de árboles para plantar junto a una escuela. Durante años había querido hacer algo parecido y lo había reducido a una idea que contaba después de beber. Escribió a Mauricio para proponer una visita a la escuela cuando terminaran la primera etapa del vivero. Su amigo respondió con una condición: antes había que entregar bien lo que ya habían firmado.

Julián anotó la idea en la última página y volvió al presupuesto. Podía esperar sin abandonarla.