Capítulo 20 de 25

Una pregunta de día

La segunda luna llena desde su separación llegó sin que Leonora preparara la habitación para nadie. La observó desde el salón de música, con una novela sobre las rodillas. Reconocía el deseo de aquella noche y también el alivio de no tener que resolverlo. Habían pasado cerca de ocho semanas desde la marcha de Julián. No sabía si quería volver a verlo. Empezaba a saber que, si lo hacía, necesitaría otra clase de encuentro.

A la mañana siguiente tomó el teléfono. Su número seguía en el papel que había guardado después de la primera noche. Lo comparó con el que recordaba y escribió un mensaje breve. Quiero hablar contigo. El jueves a las cinco, en el café de la plaza del museo. Si puedes, confirma. No quiero que vengas a casa. Leyó el texto dos veces y lo envió antes de corregirlo hasta volverlo irreconocible. La respuesta llegó una hora después. Puedo. Estaré allí a las cinco.

No había un corazón, una disculpa añadida ni una petición de verla antes. Leonora dejó el teléfono y trató de regresar al cuento del reloj. Consiguió cambiar tres frases. Luego se levantó para caminar.

Julián recibió el mensaje mientras descargaba rollos de manguera. Terminó de bajar el último antes de contestar. Durante el resto de la mañana trabajó con una alegría que temía convertir en una conclusión anticipada. Al terminar se lo contó a Mauricio.

—Me pidió hablar.

—Entonces escucha qué quiere decirte.

Su amigo volvió a la lista de materiales. Julián agradeció que no celebrara una reconciliación que todavía no existía.

El jueves Leonora llegó al café diez minutos antes. Eligió una mesa cerca de la ventana y pidió té. A través del cristal veía la entrada del museo y a un vendedor de periódicos que discutía con una mujer sobre el cambio.

Julián apareció a las cinco. Llevaba una camisa azul y una carpeta que dejó sobre sus rodillas. Le preguntó si podía sentarse. Ella señaló la silla. Durante unos segundos ambos miraron la taza. El camarero rompió la pausa al pedirle a él la orden.

—Café, por favor.

Leonora esperó a que se alejara.

—No te he llamado para decirte que todo está bien.

—Lo comprendo.

—Quiero saber qué pensabas de mí. Antes de las flores.

Julián se acomodó en la silla. La pregunta era distinta de las que había preparado.

—Me gustaste. Quería volver a estar contigo. Después empecé a pensar que, si conseguía conocerte mejor, cambiaría lo que tú querías.

Leonora miró hacia la calle.

—Yo había sido clara.

—Sí. No era una invitación a convencerte.

—¿Y el trabajo?

—Era un trabajo que sabía hacer. Lo solicité porque reconocí tu dirección. Las dos cosas son ciertas, pero una no sirve para borrar la otra.

El camarero dejó el café. Julián retiró la carpeta de sus rodillas y la apoyó en el suelo sin abrirla.

Leonora preguntó por qué no había dicho su nombre el primer día. Él explicó su miedo a que lo expulsaran, la sorpresa de que ella no lo reconociera y la facilidad con que convirtió cada mañana en un aplazamiento.

—No sabía que escribir tanto pudiera dejarme sin palabras delante de alguien —dijo ella—. Y tú aprovechaste que yo no sabía qué preguntar.

Julián escuchó el reproche hasta el final.

—Quise conservar una ventaja. No lo llamé así entonces, pero lo era.

Leonora tomó un sorbo de té. La bebida se había enfriado. Había imaginado que una explicación satisfactoria le permitiría dejar de sentirse herida; ahora empezaba a aceptar que incluso una respuesta honesta podía doler.

—También estoy enfadada conmigo por no haberte reconocido.

—Eso no me da menos responsabilidad.

—No estaba intentando quitártela.

—Perdón.

La corrección quedó entre ellos sin convertirse en otra discusión.

Leonora le contó que había recuperado unas historias de niña. Lo hizo casi con fastidio, como si le molestara querer compartirlo. Julián se inclinó un poco hacia delante.

—¿Las estás terminando?

—Una. Todavía no sé si va a salir del reloj.

Él frunció el ceño y ella explicó lo necesario. Mientras hablaba advirtió que se había relajado. La facilidad la asustó y se detuvo.

—No quiero volver a estar bien un rato y después fingir que eso arregló lo demás.

Julián dejó la taza.

—Podemos terminar la conversación aquí y seguir otro día, si tú quieres.

Leonora lo observó. Durante mucho tiempo él había usado la paciencia para quedarse cerca. Ahora necesitaba comprobar que también podía aceptar el final de una tarde.

—Por hoy, sí.

Pidieron la cuenta. Cada uno pagó lo suyo. Al salir, Julián caminó con ella hasta la puerta y se detuvo antes de la acera.

—¿Quieres que me vaya primero?

—Sí.

Él se despidió y cruzó hacia la plaza. Leonora lo vio alejarse sin mirar atrás. No le pareció un gesto heroico. Era lo que había pedido, y necesitaba que algo tan sencillo pudiera cumplirse. Regresó a casa por su cuenta. Elvira estaba preparando una maleta para el fin de semana y no preguntó cómo había ido la cita. Leonora se sentó en el borde de la cama mientras la mujer doblaba una blusa.

—Nos tomamos un café.

—¿Cómo estás?

Pensó la respuesta.

—Cansada. Un poco menos confundida.

Elvira cerró la maleta. Después habló de un problema con el coche de su hija. Leonora la escuchó sin sentir que el cambio de tema restara importancia a lo suyo.

Dos días más tarde envió otro mensaje. Preguntó por la carpeta que Julián había llevado al café. Él le explicó que contenía el plano del vivero y que había llegado directamente de una reunión. No era una prueba que quisiera mostrarle.

Leonora pidió ver el proyecto en alguna ocasión. La visita quedó para el sábado siguiente, durante una jornada abierta que la encargada organizaba para los vecinos. Julián le dio el horario y el nombre de la responsable. Aclaró que estaría trabajando y no podría acompañarla todo el tiempo. Ella se sorprendió al sentir alivio. Iba a conocer un lugar de su vida donde no sería el centro de cada movimiento. Abrió el cuento del reloj. En la página que había dejado a medias, la niña miraba una puerta que seguía pareciendo demasiado lejana.

Leonora le hizo bajar un peldaño.