Capítulo 21 de 25
El nombre de las cosas
El vivero olía a tierra removida y a un plástico húmedo que el sol empezaba a calentar. Leonora llegó con zapatos que pronto se llenaron de polvo. Una mujer con una carpeta la recibió junto a la entrada y le explicó qué partes podían visitar.
Julián estaba al fondo, ayudando a fijar una tubería. La saludó con la mano y terminó de ajustar la conexión antes de acercarse.
—Gracias por venir.
Leonora miró las hileras de plantas jóvenes.
—Hay más de lo que imaginaba.
—Y menos de lo que necesitamos.
Sonrió al decirlo. Luego la presentó a la encargada, que le pidió ayuda para resolver una duda sobre los turnos del riego. Julián se disculpó y volvió al trabajo.
Leonora recorrió un sendero señalado con cuerdas. Había vecinos aprendiendo a trasplantar, una niña que llevaba demasiado agua en una regadera y dos adolescentes encargados de poner nombres a las bandejas. Mauricio discutía con un proveedor por una entrega incompleta. Nada de aquello había sido preparado para ella.
Al cabo de media hora, Julián pudo mostrarle el depósito que habían recuperado. Explicaba con entusiasmo la diferencia entre lo que esperaban construir y lo que el presupuesto permitía. Leonora le preguntó por una válvula; él tomó un lápiz y dibujó un esquema sobre el reverso de una caja. Mientras hablaba se olvidó de vigilar su expresión. Ella descubrió que le gustaba escucharlo también así, ocupado en una dificultad que no podía resolverse con un beso.
—¿Esto querías hacer antes? —preguntó.
Julián apoyó el lápiz.
—Mi abuelo mantenía huertas. Me llevaba de niño. Yo decía que tendría un vivero y luego me pasé años arreglando jardines de otros. No estuvo mal, pero fui dejando la idea para después.
—¿Y ahora?
—Ahora intento cumplir este contrato sin perder dinero. Si sale bien, podemos pedir otro espacio y empezar con plantas propias.
La modestia del plan lo volvía más concreto que cualquier promesa de éxito. Antes de continuar, una mujer lo llamó desde la entrada. Llevaba a un niño de la mano y tenía el mismo gesto de levantar una ceja cuando dudaba de algo.
—Mi hermana —dijo Julián.
Clara saludó a Leonora con cordialidad. No fingió conocerla de siempre ni hizo bromas que las obligaran a compartir una intimidad inexistente. Su hijo quiso enseñar una piedra que había encontrado y Julián se agachó a examinarla.
Leonora lo observó discutir con el niño sobre si debía llevársela. Al final acordaron preguntar primero a la encargada. La escena le mostró una familiaridad que él no había tenido que conquistar esa mañana. Tomaron agua junto al cobertizo. Clara preguntó por el trabajo y Julián contó que una entrega retrasada podía alterar el calendario. Su hermana le recordó que el domingo era el cumpleaños de su madre.
—Ya lo anoté —respondió él.
—También lo anotaste el año pasado.
Julián aceptó la broma sin buscar una excusa. Leonora sonrió. Había pasado demasiadas mañanas imaginándolo únicamente dentro de un jardín y ahora encontraba a un hermano que olvidaba fechas y un tío que debía devolver una piedra. Cuando Clara se marchó, Leonora permaneció un rato más.
—Me gusta verte aquí —dijo.
Julián la miró con alegría y se contuvo antes de acercarse.
—A mí me alegra que hayas venido.
Ella señaló las plantas.
—No sé cómo se llama casi ninguna.
Él le enseñó tres. Leonora repitió los nombres. Se equivocó con el segundo y tuvo que volver al cartel. La visita terminó porque llegó el proveedor y Julián debía revisar lo que faltaba. Leonora regresó a la entrada sin que él intentara prolongar la despedida. Antes de irse acordaron hablar por teléfono el martes.
Esa noche escribió unas líneas sobre las plantas en bandejas, esperando un lugar donde crecer. Tachó la primera versión al advertir lo fácil que sería convertir cada raíz en una explicación de sí misma. La segunda describía las etiquetas torcidas y a la niña derramando agua sobre sus propios zapatos. Le gustó más.
Las llamadas se volvieron una costumbre pequeña. No hablaban todos los días. Julián terminaba algunas jornadas demasiado cansado y Leonora necesitaba aprender que una demora no era una retirada calculada. Ella también hubo de avisar cuando no tenía ganas de conversar, en lugar de responder con dureza y esperar que él adivinara la diferencia. Una tarde discutieron. Julián había dicho que llamaría a las ocho y lo hizo casi a las diez, después de una avería. Leonora llevaba una hora ensayando un reproche cuando sonó el teléfono.
—Podías avisar —dijo.
—Sí. Me concentré en arreglarlo y lo dejé pasar.
—No voy a pasarme la noche esperando.
—No quiero que lo hagas. La próxima vez te escribo en cuanto vea que no llego.
Ella estaba preparada para una defensa más larga y tuvo que aceptar una respuesta que no le ofrecía pelea. Después escuchó el relato de la avería. Al despedirse no se sentían igual de contentos que otras veces. La relación comenzaba a incluir días que no merecerían un poema.
Leonora permitió una primera visita a la mansión cuando habían pasado varias semanas desde el café. Quedaron por la tarde y Elvira supo que llegaría. Julián entró por la puerta principal, sin herramientas ni llaves. La mujer lo saludó con reserva.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, Elvira.
Él no intentó conseguir de ella una absolución antes de ver a Leonora. Agradeció que le indicara el salón y esperó allí.
Leonora bajó con una carpeta.
—Quiero enseñarte algo —dijo.
Julián se puso de pie. Ella señaló la mesa junto a la ventana y se sentó enfrente. La luz de la tarde caía sobre las hojas. Había preparado agua para dos y, por primera vez, no necesitaba esconder la visita dentro de una noche extraordinaria. Abrió la carpeta por la historia del reloj.