Capítulo 22 de 25
La niña del reloj
Julián tardó en leer las primeras páginas. Leonora lo observaba desde el otro lado de la mesa, pendiente de cualquier sonrisa que pudiera parecer condescendiente. Había colocado la versión infantil al lado de la nueva y se arrepentía de haber dejado tantos errores a la vista. Él volvió a una línea.
—¿Quién mueve las agujas cuando ella duerme?
Leonora se quedó callada. Era la pregunta que no había conseguido resolver a los nueve años.
—En la primera versión, nadie. No pensé en eso.
—Entonces no puede dormir mucho.
—No. Por eso está cansada.
Julián siguió leyendo. Ella comprendió que la pregunta era práctica y que podía ayudarla precisamente por eso. Durante varios días había buscado una metáfora más precisa sin preguntarse cómo vivía aquella niña dentro del mecanismo. Le mostró las páginas nuevas. La protagonista había bajado algunos peldaños, pero Leonora se detenía siempre antes de la puerta.
—Si alguien abre desde afuera, parece demasiado fácil —explicó—. Si sale sola, tengo que entender por qué no lo hizo antes.
Julián miró el dibujo de la escalera.
—A lo mejor necesita bajar para ver cómo es la puerta.
Ella acercó la hoja. Había descrito el temor desde arriba tantas veces que apenas se había ocupado de lo que podía encontrarse al final. Tomó la pluma y anotó una frase al margen.
—No sé si lo usaré así.
—Es tu historia.
Julián le devolvió las páginas. Leonora agradeció que no intentara convertirse en el dueño de la solución. Hablaron de otros relatos de la caja. Él quiso leer el del perro que entendía los sueños, pero faltaban dos hojas y Leonora no recordaba el final. Se rieron de una frase donde el animal parecía responder a dos preguntas distintas al mismo tiempo. La risa la alivió. Podía mostrar algo imperfecto sin que aquello se volviera una vergüenza permanente.
Elvira llevó café y se quedó un momento para preguntar por el cuento. Leonora la invitó a sentarse. La mujer aceptó después de mirar la hora; tenía una llamada pendiente con su hija.
Julián aprovechó para hablarle de la salida de la casa.
—No te agradecí cómo organizaste la entrega. Yo había dejado un problema que también tuviste que resolver tú.
Elvira sostuvo la taza.
—Lo resolvimos. Ernesto pasó una semana bastante pesada.
—Voy a disculparme con él cuando quiera recibirme.
—Puedes llamarlo. Tiene teléfono.
El tono fue seco. Julián lo aceptó. Leonora advirtió que aquella conversación no necesitaba terminar con todos tranquilos para ser necesaria.
Elvira preguntó después por una reparación del vivero. Lo había oído comentar a Ernesto. Julián respondió y, por unos minutos, hablaron de materiales. Al despedirse, la mujer recogió su taza y dejó las otras sobre la mesa.
—Las bajan cuando terminen, por favor. Teresa ya está cerrando la cocina.
Leonora asintió.
Julián sonrió cuando estuvieron solos.
—Antes no te habría pedido eso.
—Antes yo habría fingido no oírlo.
Se quedaron mirando las tazas. Era una diferencia pequeña, aunque contenía mucho trabajo que ninguno había visto al principio. La visita duró hasta las siete. Julián debía preparar unas cuentas antes del día siguiente. Leonora sintió el deseo de pedirle que se quedara y la resistencia a pronunciarlo. Terminó acompañándolo hasta la puerta.
—Me gustaría verte el domingo.
—Como con mi familia. Puedo después de las cinco.
Ella tuvo que ajustar la tarde que ya había imaginado.
—A las seis, entonces.
Julián aceptó. Se despidieron con un beso breve que ella inició. Al cerrar, Leonora permaneció en el vestíbulo hasta que oyó arrancar la camioneta. Había deseado aquel beso durante semanas. Ahora que había ocurrido, aún necesitaba hacerse preguntas. Podía conservar la alegría sin convertirla en una respuesta para todo. El cuento avanzó durante los días siguientes. La niña descubrió que estaba demasiado cansada para seguir subiendo y se sentó en un peldaño. Desde allí vio una franja de luz que no alcanzaba a distinguir desde la parte más alta.
Leonora escribió la escena con una concentración que le hizo olvidar la hora. Cuando Teresa llamó para anunciar la cena, respondió que bajaría en unos minutos y lo hizo. Después volvió al escritorio. Afuera soplaba viento y el árbol cercano golpeaba suavemente la barandilla. Antes habría buscado a Julián en cada sonido. Aquella noche estaba ocupada en algo que quería terminar.
En el vivero, él cometió un error con el pedido de unas conexiones. La medida no correspondía al tramo instalado y el proveedor no aceptaba devoluciones de piezas abiertas. Julián hizo las cuentas delante de Mauricio.
—Lo revisé yo. Lo pago yo.
Su amigo propuso que lo asumieran como gasto del proyecto. Discutieron durante diez minutos y terminaron acordando una revisión doble para los siguientes pedidos. Julián aceptó pagar una parte, sin obligar a Mauricio a convertir el error en una prueba de amistad. Más tarde llamó a Ernesto. Le contó lo ocurrido en la mansión, sin detalles de la intimidad de Leonora, y se disculpó por haber utilizado el puesto para acercarse a ella. El hombre lo escuchó y permaneció callado al otro lado de la línea.
—Yo dije que sabías trabajar —respondió al fin—. Eso era verdad. No dije que pudieras hacer cualquier cosa con la confianza de esta casa.
Julián apoyó una mano sobre la mesa.
—Lo sé.
—Procura acordarte antes, la próxima vez que algo te convenga mucho.
Hablaron unos minutos más. Ernesto no lo invitó a volver, aunque le preguntó por el drenaje del vivero antes de despedirse. Julián colgó sabiendo que tampoco esa relación recuperaría su forma anterior por una sola conversación.
El domingo llegó a la mansión a las seis. Leonora lo esperaba en la terraza con una página llena de tachaduras.
—La niña ya está frente a la puerta —anunció.
Julián dejó la chaqueta en una silla.
—¿Quiere abrirla?
Ella miró la hoja.
—Ahora sí. Todavía no sé cuánto le va a costar.