Capítulo 23 de 25
La puerta abierta
Leonora terminó la historia un viernes. La niña llegó al final de la escalera y buscó una cerradura. No había ninguna. Había pasado años imaginando una llave que alguien debía traerle y ahora encontraba madera hinchada, polvo y una franja de luz. Empujó. La puerta cedió apenas unos centímetros. Tuvo que sentarse en el suelo y apoyar los pies. El esfuerzo le raspó las manos; se detuvo para recuperar el aliento y volvió a intentarlo. Cuando por fin pudo salir, el reloj dejó de moverse. Afuera siguió amaneciendo.
Leonora dejó la pluma. Tenía hambre y le dolía el hombro. Leyó el último párrafo, volvió al comienzo y encontró de inmediato una frase que sobraba. Le alegró saber qué quería corregir.
Elvira subió poco después. Al verla reunir las hojas preguntó si había terminado.
—Sí. ¿Quieres leerla?
La mujer dejó una toalla sobre la cómoda y recibió la carpeta.
—Esta noche puedo.
Leonora habría preferido una respuesta inmediata. Aceptó el plazo y vio salir sus páginas de la habitación. Había algo suyo circulando por la casa sin que pudiera proteger cada línea. Durante la cena estuvo a punto de pedirle que no se fijara demasiado en el final. Se contuvo. Si quería una lectura, debía permitir que otra persona encontrara cosas que ella no había previsto.
Julián llamó a la hora acordada. Leonora anunció que la niña había salido y él quiso saber qué pasó con el reloj.
—Se detuvo.
—¿Y afuera?
—No pasó nada malo.
Él rio con una alegría que ella reconoció en su propio pecho. Hablaron después del vivero. Habían recibido un segundo encargo, pequeño, para recuperar las jardineras de una escuela. Julián había esperado a terminar la primera etapa antes de aceptarlo. Mauricio insistía en reservar dinero para las reparaciones de la camioneta y él empezaba a darle la razón.
Leonora escuchó hasta el final. Le gustaba que las buenas noticias tuvieran cifras, dificultades y personas que no conocía.
Al día siguiente, Elvira devolvió la carpeta después del desayuno. Se sentó en la butaca y señaló una parte donde la niña repetía varias veces el miedo a bajar.
—Esto ya lo había entendido —dijo—. Cuando apoya los pies contra la puerta, en cambio, pude verla.
Leonora abrió las páginas dispuesta a defenderlas. Leyó dos párrafos y sintió una incomodidad reconocible: había explicado lo que la escena ya mostraba.
—Lo repetí.
—A mí me pareció que sí.
La mujer no se disculpó por la observación. Leonora agradeció que no lo hiciera. Revisó durante toda la mañana. Suprimió dos párrafos, recuperó una frase que todavía le gustaba y cambió el principio. La niña empezó entrando en el reloj por voluntad de ayudar; después nadie volvió a preguntarle si quería quedarse. Al mediodía había pasado varias horas sin pensar en Julián. Fue hasta la ventana y buscó por costumbre el lugar donde había trabajado. Ernesto hablaba con uno de los nuevos ayudantes y una carretilla roja cruzaba el sendero.
El jardín continuaba existiendo sin repetir el pasado.
Leonora regresó a la mesa. Esa tarde llamó a Ramiro para preguntarle cómo podía encontrar un taller de escritura. No quería que le comprara una publicación ni que mostrara sus hojas a conocidos sin avisarle. Necesitaba información para elegir por su cuenta. Él le recomendó consultar la programación de dos centros culturales. Leonora revisó los horarios, escribió para preguntar por el nivel y recibió una respuesta al día siguiente. Tendría que llevar un relato de no más de cinco páginas.
El cuento del reloj era demasiado largo. Preparó un fragmento y lo leyó en voz alta. El hecho de tener que escoger la obligó a escuchar lo que había escrito de otra manera.
Julián la acompañó al centro cultural la primera vez porque ella se lo pidió. No entró con ella. Mientras duró la sesión fue a comprar materiales y regresó a la hora acordada.
Leonora salió con el texto lleno de marcas.
—Una mujer dijo que no entendía por qué la niña se quedaba tanto tiempo.
—¿Y tú qué dijiste?
—Primero me enfadé.
Julián esperó.
—Después le pregunté dónde había dejado de creerlo.
Caminaron hacia la camioneta. Leonora llevaba la carpeta contra el pecho, pero ya no ocultaba las páginas. Le contó una observación útil, otra que pensaba descartar y un cuento ajeno que la había impresionado. Al llegar a la mansión, él apagó el motor y permaneció en su asiento.
—Tengo que decirte una cosa —anunció.
Leonora notó que se tensaba.
Julián lo advirtió.
—Es sobre el trabajo. Nos ofrecieron participar en un curso fuera de la ciudad. Son dos fines de semana el próximo mes. Quiero ir.
Ella miró la carpeta. Desde la noche del banco, Leonora seguía prestando una atención especial a la luna llena. Había imaginado una cena para una de aquellas fechas y sintió el impulso de hacerle notar lo que perdían. Todavía no se lo había propuesto. Podían elegir otra tarde sin que el cambio significara nada terrible.
—¿Cuándo sales?
Él le dijo las fechas.
—Podemos vernos antes —respondió Leonora—. O cuando regreses.
Julián la observó con alivio.
—Me gustaría antes.
Ella dejó la carpeta sobre sus rodillas y buscó su mano.
—A mí también.
Se besaron dentro de la camioneta. No había música que ocultara la respiración ni una ventana por la que entrar. Leonora podía ver la puerta de su casa y sabía el nombre del hombre que estaba a su lado. Al separarse siguió teniéndole miedo a algunas cosas. Esa tarde no necesitó resolverlas todas para bajar del coche y despedirse.