Capítulo 24 de 25
La ventana encendida
La noche anterior al viaje de Julián llovió durante horas. Leonora había preparado la cena en la terraza y tuvo que pedir ayuda para llevarlo todo al salón. Se sintió torpe sosteniendo dos platos mientras Teresa retiraba el mantel. La mujer le indicó dónde dejarlos y siguió trabajando sin convertir el cambio en un problema.
Julián llegó a las ocho. La ropa le olía a lluvia y traía una pequeña bolsa de pan. Había preguntado por la tarde si hacía falta algo; Leonora pensó en responder que no y terminó encargándole lo que faltaba. Cenaron junto a la ventana. Él explicó que viajaría con Mauricio y otras personas del curso, y que el alojamiento estaba incluido en la inscripción. Leonora le preguntó qué aprenderían. La respuesta se volvió tan técnica que acabaron riéndose de una palabra que ella entendió mal.
Después recogieron los platos. Julián dejó correr demasiado el agua y Leonora cerró un poco la llave. Lo hizo sin pensar. Él la miró, sorprendido por aquella seguridad reciente dentro de su propia cocina.
—Teresa me enseñó a no inundar esto —dijo ella.
—A mí me habría venido bien la lección.
Regresaron al salón con dos vasos. Elvira se había marchado temprano y la casa estaba bajo la coordinación de Teresa. No necesitaban ocultar el encuentro para disponer de intimidad.
Leonora tenía la libreta verde sobre la mesa. La acercó, la abrió y volvió a cerrarla.
—Quiero leerte los poemas de antes.
Julián se sentó en el sofá. Ella permaneció de pie un momento. Había imaginado entregar las hojas y salir de la habitación hasta que él terminara. La posibilidad de escuchar su propia voz delante de alguien le seguía pareciendo más difícil.
—Puedo empezar por uno corto.
Julián dejó sitio a su lado. Leonora se sentó, apoyó la libreta sobre las rodillas y buscó la primera página del jardín.
He pedido silencio
y ahora escucho tus pasos
para saber cuándo se alejan.
La voz le tembló y tuvo que detenerse. Julián esperó sin tocar el papel.
Abro un libro en el jardín.
La página recibe el sol
y yo espero que una sombra
se detenga junto a mí.
Cuando llegas, bajo los ojos.
Cuando te vas,
no sé dónde ponerlos.
Al terminar se quedó mirando las líneas. Recordaba perfectamente la mañana en que las había escrito. También lo ocurrido después. No quería que una cosa borrara la otra.
—Esto era verdad —dijo.
—Te creo.
—Yo necesitaba volver a creerme a mí. Me dio rabia haber sentido algo bonito mientras tú sabías lo que me estabas escondiendo.
Julián apoyó los antebrazos en las piernas.
—No debiste tener que hacer ese trabajo por mi silencio.
Leonora dejó la libreta abierta. Habían hablado de lo sucedido en otras ocasiones, con menos violencia que la primera mañana y sin obtener una solución nueva cada vez. Algunas preguntas regresaban porque la respuesta tardaba en asentarse.
—Hoy quiero que estés aquí —añadió—. No significa que nunca vuelva a enfadarme al recordarlo.
—Si ocurre, dímelo. No voy a pedirte que dejes de recordarlo para poder quedarme.
Ella lo miró. No podía garantizarle que aquella promesa bastara. Sí podía observar lo que había hecho durante los meses anteriores: no había aparecido cuando ella pidió distancia, no utilizó al personal para convencerla y había aceptado encuentros que ella terminaba antes de sentirse preparada para más. La confianza empezaba a construirse con hechos pequeños que ninguna declaración podía sustituir. Leyó el poema del domingo, el del banco vacío y otro sobre una rama que él sostuvo para dejarla pasar. Julián recordaba algunos gestos y había olvidado otros.
—Aquí yo estaba pensando en que te ibas a golpear con esa punta —comentó.
Leonora sonrió.
—Ya sé. Yo tardé una página en decirlo.
La risa hizo más fácil continuar. Al llegar al final sacó las dos hojas antiguas. Las puso sobre la mesa, una junto a otra. La esquina quemada seguía curvada.
—Nunca llegué a destruirlas.
Julián examinó la marca sin tocarla.
—No sabía que habías escrito sobre aquellas noches.
—Tampoco tú me preguntaste por mis poemas cuando te conocí.
—Pensé que no querías contarlo.
—No quería. Y luego me molestó que no insistieras.
Lo dijo reconociendo la contradicción, sin pedirle que la corrigiera por ella. Julián sonrió apenas.
Leonora tomó la primera hoja.
Dejaste una mano abierta
en el asiento del coche.
Yo podía mirar la ciudad,
contar ventanas encendidas,
no saber nada de ti.
Puse mis dedos sobre los tuyos.
Ahora hay una calle
que no puedo recordar
sin volver a ese gesto.
Julián recordó el trayecto. La mano que dejó entre ambos, la demora de Leonora antes de acercarse. Durante mucho tiempo había utilizado aquel recuerdo para imaginar una continuidad que ella no había ofrecido. Escucharlo en su voz le devolvió el instante sin derecho a convertirlo en una promesa.
—Me gustó que pudiera elegir —dijo ella.
Él levantó los ojos.
—Lo entiendo mejor ahora.
Leonora leyó la segunda hoja.
No pongas una lámpara por mí.
Hoy supe regresar hasta tu puerta,
pero ignoro qué camino sigue
una mujer que decide quedarse.
Tu casa tenía un vaso limpio,
un libro vuelto sobre la mesa,
un sitio junto a ti.
Yo traje las manos vacías
y aun así me fui llevándome
algo que no sé devolver.
El silencio posterior no le resultó amenazante. Había dicho cuanto quería decir sobre aquellas páginas y no necesitaba explicar cada verso.
Julián miró hacia la lámpara que ella había encendido junto a la ventana.
—Hoy sí dejaste luz.
—Hoy te invité.
Él volvió hacia ella. La distinción quedó clara sin que ninguno la adornara. Más tarde, Leonora guardó las hojas y apoyó la cabeza en su hombro. Le gustaba el peso de su brazo alrededor del cuerpo. Permanecieron un rato escuchando la lluvia. Cuando lo besó, no sintió que estuviera recuperando exactamente lo que habían perdido. Había cosas que no quería recuperar: la ignorancia, la espera de una explicación que él evitaba, el hábito de esconder cada deseo detrás de un mal gesto. Se separó para mirarlo.
—Puedes quedarte esta noche.
Julián acarició el borde de su manga.
—Quiero. Salgo temprano mañana.
—Entonces pondremos una alarma.
La sencillez de la respuesta la hizo reír. Subieron por la escalera principal, sin detenerse a escuchar cada puerta. En la habitación, Leonora apartó los libros de la silla antes de que él tropezara. Aquella vez pudieron hablar de lo que deseaban y de lo que todavía les daba miedo. El encuentro no resolvió los meses anteriores, pero tampoco necesitó fingir que no habían existido.
Al amanecer sonó la alarma. Julián se incorporó con dificultad y buscó la camisa mientras Leonora trataba de convencer al cuerpo de abrir los ojos. Él tenía una maleta preparada en su casa y Mauricio pasaría a recogerlo allí.
—Escríbeme cuando lleguen —pidió ella.
—Lo haré.
Lo acompañó hasta la puerta de la habitación. Antes de salir, él se volvió y la besó en la frente. Leonora reconoció el gesto, su origen y al hombre que lo hacía. Después lo dejó ir. Volvió a la cama y durmió otra hora. Cuando se levantó, tenía un mensaje con la fotografía de una carretera y una queja de Mauricio sobre el café del camino. Sonrió, respondió y dejó el teléfono para desayunar.