Capítulo 17 de 31

El apellido de Abril

Verónica y Abril llegaron en julio de 2015. La niña tenía cinco años y las fotografías que su madre llevó pertenecían a visitas repartidas a lo largo de toda su vida. La reclamación se prolongaría hasta 2016; durante la espera, las conversaciones entre Paola y Gabriel comenzarían a ocupar un lugar fuera del expediente. La niña dibujó un árbol sin raíces. Jimena lo advirtió mientras acomodaba unas hojas en recepción.

—¿Es para la escuela?

Abril asintió. Tenía cinco años, dos trenzas y una mochila con un conejo descolorido. En el centro del dibujo había pegado una fotografía de su madre. Arriba aparecían dos abuelos. A un lado, una tía. La otra mitad de la hoja estaba vacía.

—Me falta —explicó.

Su madre salió del privado en ese momento. Al ver el dibujo, se detuvo.

—Guárdalo, mi amor. Ahorita seguimos.

La niña obedeció. Cuando volvieron a entrar, la mujer pidió permiso para dejar a Abril unos minutos con Jimena. Habían acordado aquella posibilidad antes de la cita; no quería contar su historia frente a ella. Paola cerró la puerta.

—Podemos empezar cuando estés lista.

La mujer se llamaba Verónica Salas. Llevaba cinco años esperando que un hombre cumpliera una promesa.

—Se llama Daniel Arce —dijo.

Paula anotó el nombre. Daniel era médico y tenía un consultorio privado. Verónica lo había conocido cuando trabajaba en la administración de una clínica. Ambos eran adultos. Él estaba casado. La relación duró casi dos años. Cuando Verónica quedó embarazada, Daniel le aseguró que respondería por la niña, pero le pidió tiempo antes de reconocerla. Primero necesitaba hablar con su esposa. Después, esperar a que terminara un problema familiar. Más tarde, evitar un escándalo que podía perjudicar su trabajo.

Abril nació con un solo vínculo de filiación asentado en su acta: el de su madre. Durante un tiempo Daniel envió dinero. Visitaba a la niña a solas, lejos de su casa y del consultorio. Luego empezó a faltar.

—Hace ocho meses dejó de depositar —dijo Verónica—. La última vez me preguntó cómo podía estar tan segura de que era suya.

Paola mantuvo las manos sobre la mesa.

—¿Qué quieres solicitar?

Verónica tragó saliva.

—Que la reconozca. Que ayude a mantenerla.

Miró hacia la puerta.

—Y que no tenga que seguir preguntando por qué la esconde.

El expediente fue el nuevo asunto gratuito que habían acordado asumir después de recuperar el dinero de Adriana. Antes de confirmarlo, revisaron los documentos y su capacidad para atenderlo. Verónica trabajaba como recepcionista en un laboratorio y complementaba sus ingresos vendiendo ropa por catálogo. Su madre cuidaba a Abril por las tardes. Sacó una bolsa con recibos, fotografías y un teléfono antiguo.

—Aquí tengo todo. Creo.

Paulina tomó una libreta.

—Vamos a ordenarlo contigo.

Había transferencias con conceptos vagos, mensajes sobre consultas pediátricas y fotografías de Daniel cargando a la niña. En una conversación escribió: Mi hija salió igual de seria que yo. Paula registró la fecha y preguntó por el dispositivo donde se conservaba el intercambio original. Pero tampoco era una historia sin rastros.

Daniel respondió a la primera comunicación mediante un abogado. Negaba haber reconocido a la niña y cuestionaba la relación que Verónica describía. Aun así, ofrecía una cantidad mensual si ella desistía de iniciar acciones y aceptaba mantener el acuerdo en privado. Paulina leyó la propuesta con cuidado.

—El dinero y la identidad de Abril no pueden tratarse como si fueran una sola condición de negociación —explicó.

Verónica miró las hojas. La cantidad le permitiría pagar varias deudas.

—¿Y si acepto mientras?

Revisaron qué proponía realmente el documento, sus consecuencias y las alternativas. Paola señaló una cláusula.

—Aquí no solo habla de depósitos. Pretende que hagas declaraciones sobre la paternidad y renuncies a promover reclamaciones. No firmes algo que no corresponde con los hechos que sostienes.

Verónica se quedó callada. Después dobló la propuesta.

—Siempre ofrece algo cuando cree que voy en serio.

La demanda exigió precisión. Plantearon la investigación de paternidad y las prestaciones correspondientes, con especial atención a los derechos de Abril. Las pruebas biológicas debían obtenerse y desahogarse por la vía judicial, con las garantías necesarias. Paulina incorporó a su estudio el criterio de la Suprema Corte publicado en 2015 sobre alimentos derivados del reconocimiento de paternidad. La obligación se vinculaba al nacimiento, no al día en que Daniel aceptara firmar. El monto retroactivo exigía reconstruir necesidades, aportaciones y circunstancias de cada periodo. Las transferencias previas debían descontarse y el conocimiento de Daniel sobre el embarazo y la niña tenía respaldo en sus propios mensajes.

Verónica había supuesto que solo podrían reclamar los meses posteriores a la demanda. Paola le explicó por qué incluirían el periodo anterior y por qué no multiplicarían el salario actual del médico por cinco años. Separaron los gastos ya cubiertos por él, los periodos sin aportación y la capacidad económica que podía acreditarse en cada etapa. La cuenta definitiva tardó más de lo que la madre deseaba; también evitó reclamar por segunda vez pagos que sí había recibido.

También revisaron los alimentos reclamados y los periodos que podían comprender, sin prometer una cifra automática por los cinco años de vida de la niña. Había que estudiar las circunstancias y acreditarlas. Paula armó una cronología. Paulina trabajó los argumentos. Paola permaneció más tiempo con Verónica para distinguir lo que sabía de Daniel de lo que había supuesto por sus comentarios.

—Decía que el consultorio era suyo.

—¿Viste documentos?

—No.

—Entonces lo anotamos como información por verificar.

Verónica asintió. Aprendía a narrar su vida sin rellenar los espacios que él había dejado vacíos. El sábado, Paola llevó a Tomás, que tenía catorce años, a una exhibición de robótica. Habían visto el anuncio de un taller para adolescentes y él llevaba una libreta donde dibujaba circuitos.

Había pasado demasiados fines de semana prometiéndole una salida que luego aplazaba por trabajo. Regina se quedó estudiando y Nicolás tenía un compromiso. Fueron solos. En la entrada, Tomás avanzó hacia una mesa donde un pequeño vehículo seguía una línea negra sobre el piso.

Un hombre se agachó para recoger una pieza que otro adolescente había dejado caer.

—Si pisamos la pista, lo confundimos —explicó.

Tomás retiró el pie inmediatamente.

—¿Porque deja de ver?

—Más o menos. El sensor necesita distinguir el camino.

Paola se acercó. El hombre levantó la vista. Tenía el cabello oscuro, algunas canas y una credencial con su nombre. Gabriel Alcázar.

—Perdón —dijo ella—. Venimos fascinados desde la puerta.

—Es buena señal.

A su lado apareció un adolescente de trece años con dos vasos de agua.

—Papá, uno es tuyo.

Gabriel recibió el vaso y lo presentó.

—Mi hijo, Emiliano.

Tomás ya estaba preguntándole cómo funcionaba el vehículo. Los adultos terminaron caminando detrás de ellos.

Gabriel era ingeniero. Había participado en el financiamiento de varios talleres de ciencia y tecnología, aunque habló más del entusiasmo de los instructores que de su empresa. Paola le contó que era abogada.

—¿En qué área trabajas?

—Familiar y civil, principalmente. Tengo un despacho con dos amigas.

Él no hizo una broma sobre divorcios. Tampoco preguntó si ganaba mucho.

—¿Siempre quisiste dedicarte a eso?

Paola miró a Tomás, que intentaba montar una pieza junto a Emiliano.

—Desde joven. Me tardé en llegar.

Gabriel asintió.

—Yo cambié de carrera una vez.

Ella sonrió.

—Lo mío fue un poco más largo.

Él esperó, sin pedir explicaciones. Paola descubrió que podía contar algo o reservarlo. No estaba acostumbrada a que aquel espacio quedara abierto.

Cuando se despidieron, Gabriel le pidió su número. Lo hizo delante de los niños, con una sencillez que la desconcertó.

—Para avisarte de otro taller. Y, si te apetece, invitarte un café otro día.

Paola sintió calor en las mejillas. Miró a Tomás, como si necesitara comprobar que seguía allí.

—El taller sí le interesa mucho.

Gabriel sonrió.

—Entendido.

Ella tardó un segundo.

—El café también podría.

Le dio el número antes de arrepentirse. Durante el camino de regreso, Tomás habló veinte minutos seguidos de robots. Paola respondió en los momentos adecuados. Pero recordó varias veces la forma en que Gabriel había escuchado su respuesta.

Daniel no acudió a la primera cita señalada para la toma de muestras. Su defensa presentó una explicación. Verónica llegó al despacho con Abril dormida sobre el hombro y una rabia que apenas podía contener.

—Sabía que lo iba a hacer.

Paola le ayudó a acomodar a la niña en el sofá. Paulina revisó la constancia correspondiente. La falta de comparecencia no significaba que pudieran dar por concluido el juicio. Correspondía solicitar las determinaciones procedentes y atender las razones alegadas. Prepararon la respuesta. Cuando la nueva actuación quedó señalada, se tomaron las previsiones necesarias. Daniel compareció. No miró a Verónica.

Abril observó la habitación, curiosa, sin comprender por qué su madre llevaba toda la mañana apretándole la mano.

La espera del resultado coincidió con una semana difícil para el despacho. Paulina tenía una audiencia. Paula debía cerrar una revisión contractual. Jimena enfermó y tuvo que ausentarse. Paola regresó una noche a casa con dos expedientes en el bolso y un mensaje de Gabriel. ¿Cómo terminó tu día? Escribió: Muy largo. Después añadió: Pero ya llegué. Él respondió que no la distraería si necesitaba descansar. Paola se quedó mirando la pantalla. No había reclamo por las horas transcurridas. No había una insinuación sobre lo ocupada que estaba.

Le contó, sin mencionar datos de sus clientes, que había sido una jornada pesada. Hablaron quince minutos. Cuando colgó, dejó los expedientes cerrados hasta la mañana siguiente.

El dictamen genético fue favorable a la paternidad atribuida a Daniel. Verónica lo escuchó con la espalda recta. Después pidió que le repitieran una parte de la explicación. Paulina lo hizo. El resultado debía integrarse y valorarse con las demás pruebas. Continuaron las actuaciones hasta que se dictó la resolución.

La sentencia reconoció la filiación y estableció las consecuencias jurídicas correspondientes, incluidas las obligaciones alimentarias determinadas en el caso. Revisaron los periodos reclamados, las cantidades reconocidas y las actuaciones necesarias para su cumplimiento. Se fijó una pensión mensual de siete mil doscientos pesos, con actualización anual en los términos del fallo, y una cantidad retroactiva de doscientos cuarenta y seis mil pesos después de descontar aportaciones acreditadas. El dictamen y la documentación del consultorio ayudaron a valorar la capacidad económica de Daniel. El pago del retroactivo se aseguró sobre bienes identificados; aceptar parcialidades requirió garantía y aprobación de las condiciones correspondientes. Abril no renunciaba a sus alimentos futuros por recibir dinero de una etapa anterior.

La sentencia se inscribió una vez firme y Verónica obtuvo el acta actualizada. El apellido no se negoció a cambio de silencio. Tampoco se utilizó el procedimiento para ordenar afecto. Las cuestiones de convivencia debían atender la seguridad y adaptación de Abril, con intervención adecuada si alguno de sus padres las planteaba. La defensa promovió los medios de impugnación que consideró procedentes. La espera volvió a extenderse.

Pero cuando la decisión quedó firme, Verónica ya no tuvo que pedir permiso para tramitar la actualización del registro de su hija.

El primer pago no reparó cinco años. Tampoco hizo que Abril conociera de pronto al hombre que aparecía algunas veces en sus fotografías. Esas relaciones necesitarían tratarse con cuidado, atendiendo a la niña y sin confundir una obligación económica con un vínculo afectivo construido. Verónica lo comprendió.

—No quiero obligarla a quererlo.

—Ni ponerla a decidir ahora qué siente —dijo Paola.

La madre asintió. Verónica pudo hacer planes que no dependieran de otra promesa de Daniel.

Abril regresó al despacho una tarde de lluvia. Llevaba el árbol familiar terminado dentro de una carpeta escolar. Jimena se agachó para verlo. La niña había añadido una rama. También dibujó junto a su madre una casa y un perro que todavía no tenían.

—Ese lo quiero —explicó.

Las tres abogadas se acercaron. Verónica dejó sobre el escritorio la copia de los documentos actualizados. Luego sacó un sobre con comprobantes para el seguimiento de los pagos. El expediente continuaría requiriendo atención. Pero aquel día había un nombre reconocido, obligaciones exigibles y una niña que ya estaba pensando en otra cosa.

Gabriel invitó a Paola a tomar café el viernes. Ella aceptó después de revisar su agenda tres veces. Eligió una blusa azul, se soltó el cabello y estuvo a punto de cambiarse por algo más discreto. Se quedó mirándose en el espejo. Luego tomó el bolso. En el teléfono apareció un mensaje de Ricardo. Regina dice que estás saliendo mucho. Espero que no descuides a Tomás. Paola comprobó que su hijo estaba con Nicolás, como habían acordado.

Guardó el mensaje para revisar después si necesitaba responder algo concreto sobre los niños. Afuera sonó un automóvil. Gabriel le había avisado que ya estaba allí. Paola apagó la luz del dormitorio. Salió con tiempo, los hombros relajados y una sonrisa que todavía le daba un poco de vergüenza. Pero no volvió a esconderla.

Cuando aquel fallo quedó firme, durante 2016, Paola y Gabriel ya tenían una relación. El primer café, en cambio, pertenecía al verano de 2015: después de la exhibición ella había vuelto al gimnasio, preparado la agenda de la semana y pasado veinte minutos eligiendo una blusa. No sabía aún que una demora del laboratorio y una invitación a cenar podían convivir sin que tuviera que resolver toda su vida antes de aceptar.