Capítulo 16 de 31

El departamento vendido dos veces

En junio de 2015, mientras el asunto de Valeria seguía abierto, llegó la compradora que financiaría una parte importante del crecimiento del despacho. Las socias llevaban casi dos años ejerciendo y habían dejado de atribuir a la suerte cada recomendación recibida. Paula aún conservaba algunos trabajos administrativos externos; ese verano comenzaría a reducirlos.

La compradora del departamento llegó con una caja de copas envuelta para regalo. La dejó junto a la silla y sacó de su bolso un contrato, seis comprobantes de transferencia y una fotografía de una cocina.

—Esto iba a ser para mi casa nueva —dijo.

Paula miró la caja. Paulina acercó una carpeta. Paola, que acababa de regresar del juzgado, se quitó la chaqueta antes de sentarse. La mujer se llamaba Adriana Fuentes. Era odontóloga y había reunido el anticipo durante siete años. Dos días antes fue al departamento para medir una pared. Encontró a otra mujer abriendo la puerta.

—Pensé que era la encargada de limpieza —explicó—. Ella pensó lo mismo de mí.

Ambas tenían llaves. Ambas habían pagado. Y el vendedor había dejado de contestar.

El departamento estaba en un edificio pequeño, recién remodelado. Adriana había entregado una parte importante del precio y esperaba formalizar la operación ante notario una vez reunidos ciertos documentos. El vendedor, Víctor Barrera, alegaba retrasos administrativos. Después aparecieron una segunda compradora, una escritura cuya situación debía verificarse y un contrato donde las fechas no coincidían con lo que Víctor había dicho. Paula ordenó las hojas.

—Necesitamos distinguir qué firmaste, qué se pagó y qué consta en el Registro Público. También hay que conocer la documentación de la otra persona.

Adriana se inclinó hacia ella.

—¿El departamento es mío?

Paulina abrió el contrato.

—No podemos responderte todavía. Vamos a revisar la titularidad, los antecedentes y la prioridad y oponibilidad de los derechos que cada una invoque. Tener una llave no resuelve eso.

Adriana miró la caja de copas.

—Ya había avisado que me mudaba.

La otra compradora se llamaba Beatriz. Aceptó reunirse, acompañada de su abogado, para contrastar documentos sin comprometer todavía sus posiciones. El encuentro fue incómodo. Adriana llegó convencida de que Beatriz sabía algo. Beatriz pensaba exactamente lo mismo de ella. Paola les pidió que comenzaran por las fechas. Durante una hora reconstruyeron visitas, llamadas y pagos. Víctor había utilizado explicaciones casi idénticas. A Adriana le dijo que necesitaba liquidez para terminar otra obra. A Beatriz, que una urgencia familiar lo obligaba a vender rápido.

Les había mostrado los mismos espacios, entregado juegos de llaves y pospuesto la formalización con argumentos distintos. Cuando terminaron, Adriana dejó de mirar a Beatriz como si hubiera entrado a su casa. Miró el contrato de Víctor.

La revisión registral mostró que el inmueble seguía inscrito a nombre del vendedor y tenía un gravamen que no había sido explicado adecuadamente a ninguna compradora. Eso no resolvía por sí solo todos los efectos de los contratos privados. Sí modificaba la evaluación del riesgo.

Adriana había expresado un objetivo claro: no quería pasar años peleando un departamento que podía traerle nuevas deudas. Quería recuperar su dinero. Beatriz deseaba explorar la posibilidad de conservar el inmueble. Las estrategias podían divergir. Paulina lo explicó con ambas representaciones presentes.

—Podemos compartir información lícita sobre hechos comunes, pero cada cliente necesita tomar sus propias decisiones. Si sus intereses entran en conflicto, tenemos que tratarlo como tal.

Adriana asintió. Adriana pudo distinguir su reclamación de la que planteaba la otra compradora.

El asunto exigió colaboración especializada. Adriana Cossío revisó con ellas las acciones civiles y las posibles medidas para evitar que se frustrara la recuperación. La eventual dimensión penal se evaluó por separado con un abogado del área. No amenazaron con denuncias para obtener un pago. Tampoco aceptaron que una promesa de devolución sustituyera garantías reales de cumplimiento. Paula siguió el rastro documental del dinero que su clienta había entregado. Paulina preparó la reclamación.

Paola reconstruyó las comunicaciones del vendedor y detectó una frase repetida en tres mensajes: El resto lo cierro con la venta del local.

—¿Qué local? —preguntó.

Adriana buscó en su teléfono. Víctor había enviado una fotografía. Debajo aparecía una dirección.

Mientras verificaban aquella información, la oficina tuvo su primera falla grave de internet. Jimena estaba por enviar documentación cuando la conexión se interrumpió. Paula llamó al proveedor. Paola bajó a preguntar si el problema afectaba a todo el edificio. Paulina terminó sentada en recepción compartiendo datos desde su teléfono. A las seis llegó un hombre con una carpeta azul.

—Tengo cita con la licenciada Serrano.

Jimena revisó la agenda.

—Andrés Luján.

Paulina levantó la cabeza. Se había olvidado de aquella consulta. Guardó el cable del cargador, se acomodó la blusa y salió a recibirlo.

Andrés tendría unos cincuenta años. Llevaba traje gris, sin corbata, y un reloj discreto que no miró durante la primera parte de la entrevista. Acudía por un problema de arrendamiento relacionado con un inmueble destinado a un proyecto de su empresa de tecnología médica.

El asunto requería revisar el contrato y varias comunicaciones antes de recomendar una estrategia.

—No espero que me responda hoy —dijo, dejando los documentos sobre la mesa—. Prefiero que me diga qué necesita estudiar.

Paulina lo observó un instante. Después abrió la carpeta. Hablaron durante cuarenta minutos. Él respondió preguntas concretas, reconoció lo que no sabía y tomó nota de los documentos pendientes. Cuando Paulina explicó que trabajaba con sus socias y podía requerir apoyo adicional según el alcance, Andrés asintió.

—Me parece bien. ¿Cómo organizan sus honorarios?

Ella le presentó el esquema. No pidió descuento. Al despedirse, vio los diplomas junto al librero.

—Serrano, Mendoza y Robles —leyó—. ¿Estudiaron juntas?

Paulina sonrió.

—Dos veces.

Paola la encontró guardando la carpeta azul.

—¿Qué tal?

—Un asunto interesante.

—Pregunté por la consulta.

Paulina la miró. Paola sonrió y levantó ambas manos.

—No dije nada.

Pero Paulina se descubrió recordando la voz de Andrés mientras regresaba a casa. Le molestó un poco. Después le dio risa que le molestara. Hacía años que no reparaba en un hombre sin preguntarse primero qué problema podía traerle.

Víctor apareció por medio de su abogado cuando recibió las primeras actuaciones. Aseguró que todo era un malentendido. Dijo que una de las operaciones se había cancelado verbalmente. No pudo explicar por qué conservaba el dinero ni por qué había entregado llaves a ambas compradoras. Ofreció devolver el anticipo de Adriana en dieciocho mensualidades. Sin garantía. Sin un pago inicial relevante. Paola examinó la propuesta.

—Eso traslada todo el riesgo a ella.

El abogado habló de buena fe. Paulina pidió documentos sobre la supuesta venta del local y la capacidad real para cumplir. La conversación terminó sin acuerdo. Adriana lloró cuando se enteró.

—Necesito ese dinero.

Paula se quedó a su lado mientras recuperaba el aliento. Después revisaron qué medidas podían solicitar y qué información faltaba.

La dirección del local resultó útil. Víctor tenía derechos sobre otro inmueble cuya operación de venta estaba en curso. La información se obtuvo y verificó por las vías correspondientes. Las solicitudes judiciales para asegurar el resultado del proceso se plantearon con los elementos disponibles y las responsabilidades que implicaban. El trabajo exigió precisar titularidad, riesgo y alcance.

Cuando la medida acordada comenzó a afectar la operación que Víctor esperaba concluir, su disposición a negociar cambió. Esta vez llegó una propuesta distinta. Adriana recibiría una parte sustancial mediante un pago verificable al formalizar el convenio; el saldo quedaría respaldado con una garantía que las abogadas examinaron con cuidado.

La suma a devolver era de un millón trescientos cincuenta mil pesos. Adriana cobraría novecientos mil al formalizar y cuatrocientos cincuenta mil en seis parcialidades. Víctor reconocería el adeudo; una hipoteca de primer grado sobre el local, con certificado de gravámenes y avalúo suficientes, garantizaría el saldo. El convenio incluiría vencimiento anticipado por incumplimiento, domicilios de notificación y fechas de pago. No bastaba recibir un pagaré sin averiguar qué patrimonio respondería.

El acreedor que tenía gravado el departamento no renunció a sus derechos. La solución de Adriana consistía en terminar su relación contractual con Víctor y recuperar el anticipo, no en proclamar que Beatriz se quedaría con un inmueble libre de problemas. La otra compradora mantuvo su propia defensa. Cuando Adriana preguntó por ella, Paulina pudo explicarle esa diferencia sin prometer resolver un expediente ajeno.

A cambio, se regularían los efectos de su contrato y las actuaciones correspondientes. Paulina leyó cada cláusula con su clienta. Adriana preguntó tres veces por el mismo punto. Las tres veces recibió una respuesta.

La negociación se prolongó varias semanas. Beatriz continuó con su propia representación y una estrategia diferente. Nadie presentó la solución de Adriana como si resolviera automáticamente los derechos de la otra compradora. El día de la formalización, Víctor intentó modificar una condición. Paola cerró su carpeta.

—Entonces no estamos en los términos acordados.

Él la miró, irritado.

—Es un detalle.

—Afecta la garantía.

Hubo llamadas, una espera de casi una hora y un silencio tenso. Adriana tomó a Paulina del brazo.

—¿Podemos irnos?

—Sí.

Se levantaron. Antes de llegar a la puerta, el abogado de Víctor pidió que esperaran. La condición original se mantuvo.

El primer pago se confirmó esa tarde. Adriana miró la aplicación bancaria sin hablar. Actualizó la pantalla. Luego volvió a hacerlo. Paula comprobó los datos con ella. El saldo pendiente siguió sujeto al convenio y a la garantía establecida, hasta que fue cubierto en el plazo pactado. Solo entonces dieron por concluida aquella parte del asunto. Adriana regresó a la oficina con la caja de copas. Paulina se quedó mirándola.

—No tienes que regalarnos eso.

—No son para ustedes.

La odontóloga sonrió por primera vez sin esfuerzo.

—Voy a guardarlas para cuando compre bien.

Aquella vez habían recuperado su dinero. También había aprendido qué preguntas hacer antes de entregar sus ahorros.

Los honorarios del asunto permitieron cubrir la colaboración profesional, los gastos operativos y varios meses de reserva para el despacho. El contrato había previsto una parte fija por el trabajo y otra vinculada a la recuperación, con cantidades y momentos de pago comprensibles para Adriana. Paula mostró el ingreso neto después de colaboradores e impuestos. La reserva cubriría cuatro meses de renta y nómina, no una mudanza precipitada a un edificio más caro. El programa gratuito recibiría una aportación identificada; el resto pagaría trabajo efectivamente realizado. Esa disciplina empezaba a diferenciarlas de la firma que había crecido confundiendo la caja común con la disponibilidad de los socios. Paula mostró las cuentas. Separaron obligaciones fiscales, fondo de emergencia y presupuesto para los expedientes gratuitos.

Paola apoyó la espalda en la silla.

—Podemos abrir un lugar más en el programa.

Paulina revisó las cifras antes de responder.

—Uno.

Paula sonrió.

—Uno, bien atendido.

Andrés volvió el viernes con los documentos pendientes. Paulina lo recibió en el privado. Habían avanzado en la revisión de su asunto y esa reunión tenía un propósito concreto. Al terminar, él guardó sus papeles y señaló un libro abierto junto a la computadora.

—Mi hija está leyendo ese autor.

—¿Cuántos años tiene?

—Quince. Según ella, yo no entiendo la mitad de lo que leo.

Paulina rio.

—La mía cree que no entiendo la mitad de lo que digo.

Andrés sonrió. Por un momento, ninguno buscó cerrar la conversación. Jimena llamó a la puerta para avisar de la siguiente cita. Él se levantó de inmediato.

—Gracias por su tiempo, licenciada.

Paulina lo acompañó hasta recepción. Cuando regresó, encontró un mensaje de Alejandro. Preguntaba si podía pasar a hablar de “algunas cosas pendientes”. Paulina lo reenvió a Rebeca para identificar si se refería a cuestiones del procedimiento y después abrió la agenda. Tenía una clienta esperando. Al alzar la vista hacia la ventana, advirtió que todavía estaba sonriendo.