Capítulo 15 de 31
Los hijos también declaran
Mayo de 2015. Los tres hijos mayores acudieron después de trabajar. Sofía y Daniela tenían veintisiete años y Nicolás, veintiséis; la manutención de su etapa universitaria estaba liquidada o en cobro según cada expediente. Su participación de aquella mañana se refería a los cuidados que habían presenciado y al trabajo que sus madres realizaron durante los matrimonios.
Sofía leyó el mensaje de su padre antes de entrar al despacho de Rebeca. No te prestes a lastimarme. Todo lo que tienes también salió de mi trabajo. Se quedó en la banqueta, con el teléfono apretado entre los dedos. Nicolás la esperaba junto a la puerta.
—¿También te escribió?
Ella levantó la mirada. Él no necesitó enseñarle su pantalla. Daniela llegó unos minutos después. Llevaba una carpeta delgada y una expresión que Paulina conocía desde que era niña: la mandíbula firme cuando estaba tratando de no llorar. Ninguno de los tres había sido obligado a acudir.
Rebeca había explicado por separado el motivo de la reunión y les dio oportunidad de preguntar antes de aceptar. Aun así, Paulina sintió culpa al verlos juntos. Habían crecido durante aquellos años de estudio y litigios. Ya trabajaban, tomaban sus propias decisiones y podían hablar sin permiso de sus padres.
Para sus madres seguían siendo, a ratos, los niños a quienes habían intentado proteger de las discusiones detrás de una puerta.
Rebeca los recibió sin las tres mujeres. Lo había acordado previamente. Paulina, Paola y Paula se quedaron en una cafetería cercana, donde ninguna consiguió desayunar. Dentro del despacho, la abogada puso tres hojas sobre la mesa.
—Hoy no vamos a preparar una versión común —dijo—. Necesito saber qué recuerda cada uno y qué conoce directamente.
Daniela dejó su carpeta.
—¿Tenemos que declarar?
—Primero revisaremos si su participación es pertinente en cada asunto y por qué vía. No les prometo que todo lo que me cuenten vaya a incorporarse. Tampoco necesito que llenen los espacios que no recuerdan.
Sofía miró el teléfono, todavía boca abajo.
—¿Y si mi papá dice que mi mamá me está usando?
Rebeca esperó un momento.
—No puedo controlar lo que él diga. Tú puedes decidir si quieres participar y hablar con verdad sobre lo que viviste.
Nicolás se recargó en la silla. Era la primera vez que alguien les explicaba aquel lugar sin convertirlos en refuerzos de un bando.
Sofía recordó primero una cena. Tenía quince años. Su padre había llegado con un cliente extranjero y dos socios. Paulina pasó la tarde preparando comida y acomodando la casa. Durante la sobremesa, Alejandro dijo que su esposa nunca había tenido interés en trabajar. Sofía escuchó desde el pasillo. Más tarde encontró a su madre lavando copas.
—¿Por qué dijiste que era verdad? —le preguntó.
Paulina se encogió de hombros.
—No era momento de discutir.
Sofía contó aquello sin levantar la voz. Rebeca anotó la fecha aproximada y preguntó qué había escuchado personalmente. Después quiso saber si recordaba conversaciones sobre el regreso de Paulina a la universidad. Había varias. Una cuando Lucía entró al kínder. Otra cuando Mateo cambió de escuela. Siempre faltaba algo para que fuera un buen momento. Sofía se frotó los dedos antes de continuar.
—Yo creía que estudiar era algo que mi mamá quería hacer cuando ya no la necesitáramos.
Nicolás habló de las comidas del despacho. De niño daba por hecho que las reuniones de Ricardo aparecían organizadas al llegar los invitados. Recordaba las charolas entrando al automóvil, las mesas prestadas, su madre de pie desde temprano. También recordaba que él y Regina ayudaban a recoger cuando terminaban.
Rebeca le preguntó qué había visto respecto de la participación de Ricardo en las tareas cotidianas. Nicolás contestó con cuidado. Su padre sí los llevaba algunas veces a entrenar. También pagó escuelas, consultas y vacaciones.
—No quiero decir que nunca hizo nada.
—No te lo estoy pidiendo —respondió Rebeca.
Nicolás respiró mejor. Después describió quién conocía los horarios, revisaba las tareas, acudía cuando alguno enfermaba y reorganizaba el día para que Ricardo pudiera quedarse en el despacho.
—Mi mamá decía que él tenía una responsabilidad muy grande.
Se quedó callado.
—Nunca escuché a nadie decir eso de ella.
Daniela abrió su carpeta. Había encontrado correos antiguos de su padre. En algunos le pedía que escaneara documentos que Paula había preparado. En otros mencionaba pagos o archivos que su madre debía localizar. Rebeca revisó las impresiones.
—Necesitaremos conservar los mensajes originales y verificar su contexto.
Daniela asintió. No había entrado a ninguna cuenta ajena. Eran comunicaciones recibidas por ella años atrás.
—Mi papá dice que mamá solamente ayudaba cuando quería.
—¿Qué recuerdas tú?
Daniela miró una fecha. Su madre había pasado aquella tarde organizando comprobantes mientras Diego hacía tarea sobre la misma mesa. Esteban llamó tres veces para apurarla.
—Recuerdo que mi mamá trabajaba con la olla puesta —dijo—. Se levantaba a mover la comida y regresaba a la computadora.
Rebeca anotó. Daniela comenzó a llorar entonces, molesta consigo misma.
—Yo también le pedía cosas. Todo el tiempo.
La abogada le acercó los pañuelos.
—Eras su hija.
En la cafetería, Paula recibió una llamada de Esteban. La dejó sonar. Paola removía un café sin azúcar.
—No me gusta que estén pasando por esto.
Paulina miró hacia la ventana.
—A mí tampoco.
Con esa frase habían aplazado conversaciones que las inquietaban. Aquella mañana no alcanzaba para levantarse y llevarse a sus hijos. Paula dejó el teléfono dentro del bolso.
—Daniela me preguntó si podía decir que yo también me enojaba.
Paola levantó la vista.
—¿Y qué le dijiste?
—Que claro.
Paulina sonrió con tristeza. Las tres tenían recuerdos que habrían preferido corregir antes de que alguien los contara. No podían pedir reconocimiento por una vida real y exigir, al mismo tiempo, aparecer impecables dentro de ella.
La declaración de Sofía se desahogó semanas después, dentro de las actuaciones admitidas en el asunto de su madre. Paulina llegó temprano. Alejandro estaba en el pasillo. Al ver a su hija se acercó con una sonrisa tensa.
—Sofi, podemos hablar antes.
Ella sostuvo la correa de su bolso.
—Ahora no.
Él miró a Paulina.
—¿Estás contenta?
Rebeca se colocó junto a su clienta y pidió que cualquier cuestión del procedimiento se atendiera por la vía correspondiente. Sofía entró sin volverse. Paulina sintió el impulso de seguirla. Se quedó donde debía esperar.
Las preguntas no se parecieron a una conversación familiar. Exigían fechas aproximadas, circunstancias y distinciones entre lo visto y lo escuchado después. Sofía respondió que no recordaba cuando no recordaba. Reconoció viajes pagados por su padre y momentos en que él estuvo presente.
También describió el trabajo cotidiano de Paulina y las conversaciones que había presenciado sobre sus estudios. Cuando le preguntaron si su madre estaba resentida por la separación, se tomó un instante.
—Mi mamá estuvo muy triste.
Rebeca intervino cuando correspondía. La diligencia continuó. Al terminar, Sofía salió con las manos frías. Alejandro no la esperaba. Paulina sí. Su hija se acercó.
—Dije una cosa que quizá no te guste.
—¿Qué cosa?
—Que antes a veces parecía que tú tampoco creías que pudieras volver.
Paulina sintió un nudo en la garganta.
—Es verdad.
La abrazó sin preguntarle nada más.
Ricardo invitó a Nicolás a comer después de enterarse de su participación. Eligió un restaurante al que nunca lo llevaba entre semana. Nicolás llegó con una camisa de trabajo y el cansancio de haber cruzado media ciudad. Su padre pidió antes de preguntarle qué quería. Luego empezó a hablar de dinero.
—Tu mamá ya tiene oficina. Le está yendo bien. No entiendo por qué sigue con esto.
Nicolás dejó el menú.
—Pregúntaselo a su abogada.
Ricardo lo miró.
—Soy tu papá.
—Sí.
—Me debes un poco de lealtad.
Nicolás sintió que le ardía la cara. Quería a aquel hombre. Todavía esperaba sus llamadas. Aún tenía ganas de contarle cuando algo le salía bien. Por eso le costó tanto responder.
—No te mentí para ayudarla.
Ricardo apartó la mirada. La comida llegó y se enfrió entre ellos.
En el asunto de Paula, los correos de Daniela se sumaron a otros documentos que permitían reconstruir su colaboración con el antiguo bufete. No sustituían la prueba patrimonial ni resolvían por sí solos la discusión sobre el dinero presuntamente recibido. Pero Esteban ya no podía describir aquellos años como si Paula hubiera vivido al margen de su trabajo. Rebeca revisó los avances con ella.
—Tenemos que mantener cada afirmación en su tamaño —advirtió—. Un correo acredita lo que contiene y el contexto que pueda demostrarse. No toda la historia.
Paula asintió. Paula conservó esos correos en su contexto y dejó las restantes afirmaciones a los documentos que podían acreditarlas.
La resolución sobre el recurso de Ricardo llegó una mañana de martes. Paola estaba atendiendo a una clienta cuando Rebeca llamó. Esperó a terminar la consulta. Después cerró la puerta. La decisión favorable sobre su compensación había sido confirmada. La confirmación no autorizaba a Ricardo a pagar cuando quisiera. Rebeca pidió el cumplimiento por la suma liquidada y propuso afectar bienes identificados si no depositaba. Él solicitó plazos. Paola aceptó negociar una entrega inicial y parcialidades siempre que el saldo quedara asegurado con hipoteca sobre un inmueble libre de gravamen, formalizada e inscrita. La venta posterior de otra propiedad le permitiría anticipar pagos. La cancelación de la garantía quedaría para después del último abono, no para el día en que Ricardo prometiera hacerlo.
Paola salió del despacho de Rebeca y compró unas zapatillas para entrenar. Las pagó con sus ingresos del mes. Conservó en el bolso el comprobante separado de la resolución, porque ya sabía cuánto podía gastar sin contar dinero pendiente de cobro. Rebeca le explicó el alcance y los pasos siguientes, sin confundir aquel avance con un depósito inmediato. Paola tomó notas. Preguntó por el cumplimiento. Preguntó por las notificaciones. Cuando colgó, permaneció unos segundos frente a la pared. Luego llamó a sus amigas. Paulina entró primero. Paula llegó con un bolígrafo en la mano.
—Se sostuvo —dijo Paola.
Las dos se acercaron. Esta vez lloró poco. Sentía algo más firme que el alivio. Podía comenzar a planear.
Ricardo recibió la noticia en la sala de juntas del antiguo bufete. Alejandro estaba revisando documentos. Esteban preguntó por la resolución. Ricardo dejó las hojas sobre la mesa. Había dedicado años a explicarles a otras personas las consecuencias de un matrimonio terminado. Ahora aquellas consecuencias tenían su nombre. Ninguno hizo una broma.
El domingo cenaron en casa de Paulina. No hablaron de testimonios frente a los menores. Los hijos mayores tampoco convirtieron la noche en un recuento de lo ocurrido. Sofía puso música. Nicolás ayudó a servir. Daniela llegó con un pastel que había comprado al salir del trabajo. Después de cenar, Paulina tomó la cámara. Paola protestó porque todavía estaba masticando. Paula llamó a Diego, que intentaba desaparecer por el pasillo. Se acomodaron como pudieron alrededor de la mesa. Cuando llegó el momento de la fotografía, Paulina buscó dónde ponerse. Sofía le tomó la mano.
—Aquí, mamá.
La llevó al centro, junto a Paola y Paula. Nadie les pidió que se apartaran.