Capítulo 14 de 31
La heredera incómoda
Renata Cruz pidió la primera cita en marzo de 2015. Su procedimiento ocuparía el resto de aquel año y parte del siguiente, mientras el despacho atendía otros asuntos. Paulina reservó en la agenda las fechas de la sucesión junto a las de sus propios litigios: el expediente de una clienta no podía desaparecer cuando un problema personal reclamaba atención. Renata llegó diez minutos antes.
Jimena todavía estaba acomodando las sillas de recepción cuando la vio detenerse frente a la placa del despacho. La joven llevaba un sobre manila y una mochila descolorida. Tendría unos veintiséis años. Se quedó mirando los tres apellidos como si necesitara comprobar que había llegado al sitio correcto.
—¿Tienes cita? —preguntó Jimena.
—Sí. Con las licenciadas.
Su voz apenas alcanzó para atravesar la puerta. Paulina salió a recibirla. La joven comprobó dos veces la hora de su cita antes de cruzar la recepción. Había tenido que pedir permiso en el trabajo y temía que una demora le impidiera contar su historia. Se llamaba Renata Cruz. Y llevaba seis semanas intentando averiguar dónde habían enterrado a su padre.
—Me enteré por una publicación —dijo.
Dejó sobre la mesa una fotografía impresa de un anuncio funerario. Eduardo Santillán. Debajo aparecían los nombres de su esposa y de sus dos hijos. Renata no figuraba. Paola le acercó agua.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él?
—Tres días antes de que muriera.
Sacó el teléfono. Había una conversación sobre una comida pendiente. Eduardo le había prometido visitarla el sábado. Murió el viernes.
—Le escribí durante dos días. Después llamé. El teléfono estaba apagado.
Paula tomó nota.
—¿Y cuando contactaste a su familia?
Renata miró el vaso.
—Su esposa me dijo que dejara descansar a los muertos.
Ninguna interrumpió.
—Luego me dijo que, si quería dinero, llegaba tarde.
Renata levantó la cabeza.
—Yo quería despedirme.
En su acta de nacimiento no aparecía Eduardo. Su madre había quedado embarazada durante una relación que terminó antes del parto. Él regresó años después, cuando Renata tenía once. Primero fueron visitas esporádicas. Después llamadas, pagos escolares y encuentros breves en cafeterías.
—Decía que iba a arreglar mis papeles —explicó—. Siempre había algo.
Renata sacó fotografías. Eduardo junto a un pastel de cumpleaños. Eduardo frente a una escuela. Eduardo sentado con ella en una banca. En la última, la joven llevaba toga. Paulina miró aquella imagen.
—¿Fue a tu graduación?
—Se quedó hasta antes de la ceremonia. Tenía otro compromiso.
La frase quedó suspendida. Paola conocía aquella manera de narrar ausencias justificándolas todavía.
—¿Qué necesitas de nosotras? —preguntó.
Renata tardó en responder.
—Quiero saber si puedo hacer algo. Que no dependa de que ellos acepten que soy su hija.
Elena Santillán, la viuda, había iniciado una sucesión intestamentaria. Ese dato cambió el trabajo inmediato. No tenían ante sí un testamento que excluyera expresamente a Renata. Tenían un procedimiento donde otras personas se presentaban como familiares con derechos y una filiación que todavía no estaba reconocida legalmente. Paulina y Paula revisaron los documentos disponibles.
Paola llamó a Samuel para solicitar una referencia profesional en materia sucesoria y pruebas de parentesco. Antes de ampliar la colaboración, hablaron con Renata y acordaron los términos. La joven era diseñadora industrial y tenía ingresos limitados, pero estables. Pactaron honorarios por etapas.
—No puedo pagar todo de golpe —advirtió.
—No te estamos pidiendo eso —respondió Paula—. Necesitas saber cuánto cuesta cada parte antes de decidir.
Renata firmó después de leer. Había llevado el bolígrafo desde su casa.
La primera dificultad fue reunir una historia que había transcurrido casi siempre en privado. Su madre conservaba cartas antiguas. Renata tenía mensajes, fotografías, transferencias y correos. Nada de aquello debía tratarse, por separado, como una prueba que resolviera automáticamente la paternidad. Pero permitía reconstruir la relación y preparar la acción correspondiente.
La investigación biológica requeriría intervención judicial y decisiones sobre los medios adecuados en las circunstancias del caso. Paula hizo una lista de originales. Paulina revisó la cronología. Paola entrevistó a la madre de Renata. Se llamaba Rosa y trabajaba en una tienda de blancos. Durante la conversación no dejó de retorcer un pañuelo.
—Yo debí obligarlo a reconocerla.
Renata le tomó la mano.
—No vine para que te culpes.
Rosa comenzó a llorar. Su hija se quedó a su lado hasta que pudo seguir hablando.
El abogado de la familia llamó un miércoles. Se presentó con cortesía y pidió una reunión. Paulina lo recibió acompañada de Paula. No trabajaba en el despacho de sus exesposos. Se llamaba Hernán Vela y llevaba años representando a los Santillán.
—Mi clienta quiere evitar un desgaste innecesario —dijo.
Paulina esperó. Hernán deslizó una propuesta. La familia ofrecía una cantidad a cambio de un acuerdo amplio que pretendía cerrar las reclamaciones de Renata. Paula leyó las cláusulas. Una de ellas exigía que la joven se abstuviera de presentarse públicamente como hija de Eduardo. Levantó la mirada.
—Esto necesita revisarse con mucho cuidado.
Hernán acomodó su carpeta.
—Estamos intentando dar una salida práctica.
Paulina devolvió el documento sin firmarlo.
—Lo examinaremos con nuestra clienta. Cualquier respuesta será por escrito.
Renata llegó esa tarde después de trabajar. Leyó la propuesta completa. Cuando llegó a la cláusula sobre su identidad, dejó el papel.
—¿Cuánto vale eso?
Paola frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Decir que no fui su hija.
No respondió ninguna. Afuera, Jimena atendía una llamada con la voz baja. Renata tomó otra vez el documento. La cantidad podía cambiar varias cosas en su vida. Podía pagar deudas. Podía ayudar a su madre. Podía dejar de vivir con miedo al siguiente recibo.
Las abogadas le explicaron el alcance de las pretensiones económicas, los límites de cualquier negociación sobre derechos de identidad y los riesgos del proceso. Renata escuchó hasta el final. Después pidió una copia.
—Quiero dormir antes de responder.
Paulina asintió. Al día siguiente recibieron su mensaje. Quiero seguir.
La presentación de las acciones abrió una etapa de resistencia. Los familiares cuestionaron el vínculo, discutieron el alcance de los documentos y se opusieron a determinadas diligencias. Las abogadas solicitaron las medidas procesales que consideraron pertinentes para que la controversia sobre la filiación no quedara ignorada mientras avanzaba la sucesión. Cada solicitud exigía fundamento. Cada respuesta tenía plazo. La oficina comenzó a llenarse de calendarios.
Una noche, Paula encontró a Paulina repasando un escrito con los ojos rojos.
—Ya lo revisamos tres veces.
—Quiero comprobar una referencia.
Paula acercó una silla.
—Entonces la comprobamos juntas y nos vamos.
A las diez cerraron. En la calle llovía. Paulina recordó cuánto había admirado, de joven, a los hombres que salían tarde de un despacho. Nunca había imaginado la cantidad de trabajo invisible que permitía encender aquellas luces.
Durante aquellos meses, el asunto de Teresa alcanzó su siguiente etapa de cumplimiento. La clienta firmó documentos que consolidaban la solución patrimonial negociada y dejó de llamar cada vez que escuchaba un automóvil detenerse frente a su casa. Elena obtuvo avances para estabilizar las aportaciones de Mauricio.
Marina reportó que los horarios de convivencia se estaban cumpliendo, aunque todavía necesitaba apoyo para manejar algunas comunicaciones de Héctor. Las tres protagonistas aprendían que ganar no siempre consistía en escuchar una sentencia. A veces era conseguir que una obligación empezara a cumplirse sin tener que pelearla de nuevo cada semana. Pero Renata seguía esperando algo que no admitía pagos mensuales.
La prueba pericial en genética se desahogó conforme a las determinaciones judiciales, con intervención de especialistas y controles sobre las muestras utilizadas. La familia había tenido oportunidad de formular sus planteamientos. La especialista había propuesto un estudio de parentesco indirecto con la madre de Eduardo, quien seguía viva y aceptó participar. El juzgado dispuso la intervención pericial y la identificación de las personas muestreadas. Se tomaron muestras de Renata, Rosa y la abuela paterna; incluir a la madre permitió interpretar mejor las hipótesis comparadas. El laboratorio informó una razón de verosimilitud favorable al parentesco estudiado, con sus límites. Nadie lo presentó como una muestra directa del difunto ni como una certeza aislada del resto de la prueba.
Las cartas, los pagos escolares y las fotografías de años distintos se valoraron junto con el dictamen. La abuela declaró que Eduardo le había hablado de Renata y reconoció los encuentros que presenció personalmente. Su decisión abrió una discusión dolorosa con la viuda. Paulina le explicó que su testimonio no la obligaba a resolver las relaciones entre sus familiares. Podía limitarse a responder sobre los hechos que conocía. Los demás elementos también formaban parte del análisis. Cuando llegó el dictamen, Paulina no llamó de inmediato.
Lo revisó con Paula y con la profesional que colaboraba en el asunto. Después citaron a Renata. La joven llegó convencida de que había ocurrido algo malo.
—¿Qué pasó?
Paulina le explicó el resultado y sus alcances. El estudio era favorable al vínculo de parentesco planteado. Todavía correspondía a la autoridad valorar la prueba y resolver. Renata permaneció inmóvil.
—Entonces no lo inventé.
Paola sintió una presión en la garganta.
—Nunca te pedimos que demostraras si tu recuerdo era honesto —dijo—. Estamos acreditando jurídicamente una relación que otras personas discuten.
Renata se cubrió la cara. Lloró sin hacer ruido.
La sentencia de filiación llegó varios meses después. Paulina la leyó sentada junto a la ventana. Al terminar llamó a sus compañeras. La resolución reconocía el vínculo paterno-filial. Revisaron cuidadosamente sus efectos, las actuaciones necesarias para el registro y la manera en que debían hacerse valer los derechos de Renata dentro de la sucesión. No le atribuyeron de inmediato una casa ni una cantidad.
La filiación firme permitió que se reconociera a Renata como heredera con los demás hijos. La viuda conservó los derechos que legalmente le correspondían; tampoco se había demostrado que todo el patrimonio anunciado por la familia integrara la herencia. Al aprobarse el inventario aparecieron una hipoteca y gastos de la última enfermedad. Renata eligió recibir dinero por su cuota en la partición, en lugar de una copropiedad que habría prolongado el conflicto.
El convenio particional, aprobado y ejecutado en la sucesión, le adjudicó un millón ciento ochenta mil pesos después de las operaciones y cargas acreditadas. Firmó el recibo cuando la transferencia quedó confirmada. La declaración judicial de filiación se llevó al Registro Civil y su acta quedó actualizada. Había conseguido dos resultados distintos: la identidad que reclamaba y una participación real en la herencia. La sentencia no le devolvió el entierro al que no la invitaron. Para eso necesitó un sábado, flores y que Rosa la acompañara al cementerio.
Antes había que determinar el patrimonio hereditario, las deudas y los derechos de todas las personas involucradas. Renata escuchó aquello con serenidad.
—Está bien. Quiero hacerlo bien.
La impugnación prolongó la espera. Pero cuando la decisión quedó firme, ya nadie podía reducirla a una fotografía sin nombre. La primera comparecencia de Renata como hija reconocida dentro del procedimiento sucesorio tuvo lugar una mañana fría. Llegó con un traje gris y el cabello recogido. Rosa la acompañó hasta la entrada. La viuda estaba al otro lado del pasillo con sus dos hijos. Nadie se acercó. Renata tampoco buscó una escena. Paulina caminó a su lado.
—¿Lista?
La joven miró hacia la puerta.
—Tengo miedo.
—Podemos entrar con miedo.
Renata asintió. Cuando pronunciaron su nombre, respondió con voz clara. Aquella tarde regresaron al despacho. Renata llevaba una copia de sus documentos actualizados y el resumen de las siguientes actuaciones sucesorias. Sacó del bolso la fotografía de graduación. La misma en que Eduardo tenía prisa por marcharse.
—No sé qué sentir por él —confesó.
Paola dejó de acomodar las tazas. Renata observó la imagen.
—Lo quería. Y estoy muy enojada.
Paulina se sentó frente a ella.
—No tienes que resolver eso hoy.
La joven guardó la fotografía. Antes de irse, se detuvo junto a la placa de cristal. Miró los tres apellidos.
—Gracias por preguntarme qué quería.
Cuando cerró la puerta, Jimena entregó a Paulina un sobre que había llegado durante la mañana. Venía del despacho de Rebeca. Dentro había documentos sobre sus propias controversias y una nota breve. Necesitamos reunirnos con sus hijos mayores. Hay hechos que conviene aclarar antes de la siguiente etapa. Paulina leyó la frase. Después pasó el sobre a Paola y Paula. La siguiente historia les quedaba demasiado cerca.
Aquella partición se concluiría en 2016. En mayo de 2015, cuando el despacho todavía discutía la admisión de pruebas en su asunto, Rebeca había enviado el sobre para convocar a Sofía, Nicolás y Daniela. Las agendas de las clientas y las de sus abogadas avanzaban al mismo tiempo.