Capítulo 13 de 31
Una oficina con ventanas
La primera oficina olía a pintura húmeda y a encierro. Paola abrió una ventana. Desde el segundo piso se veía una jacaranda, la marquesina de una farmacia y un puesto de quesadillas.
—Ya tenemos dónde comer —dijo.
Paula no respondió. Estaba revisando una grieta junto al contacto eléctrico. Paulina caminó hasta el cuarto del fondo. Dos privados, una pequeña recepción y un espacio donde apenas cabría una mesa de reuniones. El piso tenía marcas de muebles que ya no estaban. Una persiana colgaba torcida. En el baño faltaba el espejo. Aun así, Paulina imaginó su escritorio junto a la ventana. Tuvo que contener la sonrisa.
No quería que el hombre que les mostraba el inmueble la confundiera con una aceptación.
—Necesitamos revisar el contrato y los documentos —dijo.
El administrador levantó una carpeta.
—Es un formato muy sencillo.
Las tres lo miraron. Paola extendió la mano.
—Entonces no nos llevará tanto leerlo.
La renta podía pagarse. Lo difícil era pagarla todos los meses. Esa noche extendieron sus cuentas sobre el comedor de Paulina. Había honorarios cobrados, cantidades pendientes, gastos de colaboradores y una reserva modesta que habían construido sin tocar dinero destinado a sus hijos. La compensación reconocida a Paola seguía en controversia. No la incluyeron. Tampoco sumaron consultas que alguien había prometido recomendarles. Paula colocó tres escenarios en la pantalla. Uno favorable. Uno razonable. Uno que ninguna quería mirar demasiado.
—Si durante dos meses entra menos trabajo, tenemos que poder seguir —dijo.
Paulina anotó el costo de internet. Paola añadió limpieza y consumibles. Después apareció el depósito, la mudanza, las cerraduras, los muebles que faltaban y la instalación del equipo. La cifra final les quitó el entusiasmo durante varios minutos.
—Podemos esperar —dijo Paulina.
Paola miró alrededor. Lucía había dejado un trabajo escolar sobre una silla. En la cocina había dos ollas que ella tendría que llevarse. El archivero ocupaba el rincón donde antes estaba una planta.
—Podemos —respondió—. Pero también estamos llegando al límite de esta casa.
Paulina tardó en admitir cuánto deseaba recuperar su comedor. Le daba vergüenza. El despacho había nacido allí y, durante meses, había sentido que cualquier molestia doméstica era una ingratitud. Sin embargo, había dejado de invitar gente. Sus hijos preguntaban si podían atravesar la sala. Ella revisaba el timbre incluso los domingos.
Aquella noche encontró a Lucía cenando en la cocina, con el plato apoyado junto al fregadero.
—Hay espacio en la mesa —dijo.
Su hija miró las carpetas.
—Pensé que estaban trabajando.
Paulina retiró los documentos. Al día siguiente volvió a llamar al administrador. Pidió una segunda visita.
Paula llegó con una lista. Revisaron presión de agua, contactos, cerraduras y condiciones de entrega. Solicitaron aclaraciones sobre mantenimiento, aumentos, reparaciones y el uso permitido del inmueble. También verificaron quién podía arrendarlo y qué documentación respaldaba esa facultad. El administrador parecía menos cómodo que en la primera visita.
—Las anteriores inquilinas no preguntaron tanto.
Paola cerró la llave del lavabo.
—¿Y les fue bien?
Él no respondió. Negociaron algunos cambios. Otros no fueron aceptados. Se fueron sin firmar. En la escalera, Paulina se detuvo.
—¿Y si la perdemos?
Paula guardó el contrato en su bolso.
—Entonces buscamos otra.
Lo dijo con serenidad. Pero aquella noche volvió a mirar las fotografías que había tomado de la ventana.
La respuesta llegó dos días después. El propietario aceptaba varias modificaciones y ofrecía unos días para instalarse antes del inicio del cobro completo. Las tres revisaron el documento final. Firmaron un viernes por la mañana.
Antes de asumir la nueva renta habían constituido formalmente la sociedad civil profesional. Los estatutos precisaron aportaciones, participación en resultados, administración y decisiones que exigirían acuerdo de las tres. Abrieron una cuenta de operación, contrataron apoyo contable y delimitaron el tratamiento de gastos y fondos de clientes. La experiencia de Paula con el local le había hecho insistir en la pregunta que habría preferido evitar entre amigas: qué ocurriría si alguna enfermaba, se retiraba o quería vender su participación. Les llevó dos reuniones y un desacuerdo llegar a una respuesta que las tres pudieran firmar. Cuando recibieron las llaves, Paola las sostuvo sobre la palma. Eran cuatro. Nada más. No hubo música ni aplausos.
Había una renta que empezaría a correr, obligaciones que debían cumplir y un saldo bancario que acababa de reducirse. Paulina miró a sus amigas.
—¿Vamos?
Subieron juntas.
La mudanza se hizo un domingo. Nicolás y Mateo cargaron escritorios usados. Daniela coordinó cajas. Sofía llevó etiquetas y comenzó a ordenar documentos antes de que terminaran de subirlos. Regina y Lucía limpiaron las ventanas. Tomás apareció con una planta pequeña.
—Para la recepción.
Diego observó la maceta.
—Aquí no le da tanto sol.
Durante diez minutos discutieron dónde ponerla. Paola los dejó. Había pasado demasiados años sintiendo que todo dependía de sus manos. Aquella mañana pudo permitir que otras personas encontraran soluciones sin corregirlas. Paula supervisó el traslado de los expedientes y la instalación del archivero. Nadie ajeno al trabajo abrió las cajas documentales. Las fotografías familiares fueron a un estante pequeño. La cafetera quedó junto a un contacto que sí funcionaba.
Al mediodía, Paulina se sentó en el suelo porque todavía no encontraban los tornillos de su silla. Se rio hasta que le dolió el abdomen. El lunes llegó Jimena. Había terminado sus materias y cubría los requisitos que le faltaban para titularse mientras trabajaba por horas; las diferencias de carga académica y algunos semestres interrumpidos explicaban que su trayectoria no coincidiera exactamente con la de sus antiguas compañeras.
Había mantenido contacto con ellas desde la universidad y estaba concluyendo una etapa de su propia formación. Se presentó con una carpeta y una propuesta de colaboración de medio tiempo.
—Puedo ayudar con agenda, seguimiento administrativo y organización —explicó—. Y quiero aprender cómo trabajan.
Paula revisó sus horarios. Hablaron de funciones, supervisión, confidencialidad y remuneración. No podían ofrecerle un gran sueldo. Sí podían decir con precisión cuánto pagarían, cuándo y qué esperaban de ella. Jimena escuchó.
—Me interesa.
Paola sonrió. Después se puso seria.
—Si te dejamos trabajo a las ocho de la noche para la mañana siguiente, nos lo reclamas.
Jimena levantó una ceja.
—Voy a guardar esa frase.
La primera consulta en la nueva oficina fue de Teresa. Llegó con una bolsa de tela y el paso más firme que meses atrás. Su controversia patrimonial había avanzado. La escritura y las capitulaciones permitían incluir la casa en la liquidación de la sociedad conyugal. El sobrino aceptó dejar sin efectos su contrato con Ernesto y recuperar de él lo que acreditó haber entregado; Teresa no pagaría aquella devolución. En el acuerdo judicial se adjudicaría la vivienda a Teresa y se compensaría a Ernesto con otros bienes inventariados y una diferencia cubierta en plazos. Un avalúo independiente permitió comparar ambas adjudicaciones. Se preparaba la escritura y la inscripción a favor de Teresa; su regreso al taller meses atrás había resuelto solo la posesión.
Todavía quedaban actos de cumplimiento. Pero Teresa ya podía planear sin vivir pendiente de un candado. Recorrió la recepción con la mirada.
—Ahora sí parece despacho.
Paulina sonrió. Teresa la observó y se apresuró a corregirse.
—El otro también era. Ya me entendió.
Sacó de la bolsa tres fundas para cojines.
—Son para esas sillas. Se ven durísimas.
Paola se sentó para probar.
—Lo son.
Teresa comenzó a explicarles cómo lavarlas. Las tres escucharon como si estuviera dando instrucciones sobre una prueba decisiva.
El programa gratuito estuvo a punto de provocar su primera discusión seria como socias. Paola quería reservar una tarde semanal completa. Paula pensaba que no tenían todavía capacidad suficiente. Paulina propuso aceptar cada asunto según urgencia y disponibilidad.
—Eso puede convertirse en aceptar todo —dijo Paula.
Paola cruzó los brazos.
—No quiero que dentro de un año cobremos bien y encontremos razones para no ayudar.
Paula la miró, dolida.
—Yo tampoco. Pero no sirve abrir cinco expedientes que después no podamos atender.
El silencio duró demasiado. Desde la recepción llegó el sonido de una grapadora. Paulina cerró la puerta.
—Necesitamos decidir cuántos podemos sostener. Y qué hacemos con las personas a las que no podamos representar.
Trabajaron durante dos horas. Acordaron un límite inicial de asuntos gratuitos activos, consultas de orientación en horarios definidos y una red de referencias a instituciones y profesionales cuando no pudieran asumir un caso. Los honorarios de los asuntos remunerados cubrirían una parte identificable del programa. Revisarían el esquema cada trimestre. Paola leyó el acuerdo.
—Quiero que de verdad lo revisemos.
Paula le acercó un bolígrafo.
—Pon la fecha.
La placa tardó una semana más. El día que la instalaron, Paulina llegó con un traje azul oscuro. Teresa le había ajustado la chaqueta. Paola llevaba un conjunto color vino y el cabello suelto. Paula eligió negro, unos aretes pequeños y zapatos con los que podía caminar sin dolor.
Habían llevado las prendas a Teresa después de revisar juntas qué necesitaban para trabajar: Paulina quería sacos que cerraran bien al sentarse; Paola, pantalones que permitieran subir escaleras sin acomodárselos a cada paso; Paula, bolsillos útiles y telas que resistieran una jornada. Eligieron cortes distintos y dejaron de comprar por la talla de la etiqueta. El trabajo de fuerza había cambiado su postura y la caída de algunas prendas, pero ninguna quiso esperar a tener otro cuerpo para vestirse bien.
Teresa había conocido a tres mujeres que ya llevaban años modificando su aspecto. Aun así, encontró en las bolsas algunas prendas antiguas que servirían para los primeros ajustes y tuvo que retirar tela de las cinturas y las mangas. Paola se probó una falda del comienzo de la separación y la sostuvo con ambas manos para que no cayera. La comparación le hizo recordar las caminatas en que apenas resistía quince minutos.
Para la inauguración eligieron una silueta distinta cada una: Paulina, un traje azul entallado y el cabello castaño suelto; Paola, un conjunto vino que realzaba su cintura y los rayitos miel peinados en ondas; Paula, un traje oscuro, una blusa satinada y su coleta alta. Llevaban maquillaje que resaltaba sus rasgos, uñas cuidadas y zapatos con los que podían caminar hasta el juzgado. Se veían guapas, ejecutivas y sensuales sin haberse vestido iguales. Paulina revisó que llevaran las copias de las cédulas antes de salir; a Paola le dio risa que todavía pudieran olvidar un papel después de tardar tanto en elegir los aretes.
La noche anterior, en el gimnasio, Paola llegó tarde y quiso saltarse el calentamiento para terminar a la misma hora. Lorena se negó. Paulina decidió esperar y Paula comenzó su rutina. Cada una llevaba su propio ritmo; compartir el proyecto no las obligaba a entrenar igual. Luego dejaron preparada la comida del día siguiente y salieron de la oficina a tiempo para dormir. El cansancio seguía allí, solo que ya no lo exhibían como una prueba de entrega. Se quedaron frente al vidrio mientras el instalador retiraba la película protectora. SERRANO, MENDOZA Y ROBLES ABOGADAS Paulina vio su reflejo sobre las letras.
Había elegido su vestuario para no incomodar: discreta en las cenas, arreglada sin llamar demasiado la atención, siempre pendiente de la aprobación de Alejandro. Aquella mañana se acomodó la chaqueta porque le gustaba cómo le quedaba. Paola sacó el teléfono.
—Ahora sí. Una foto.
Rebeca llegó por la tarde con una planta y una carpeta. Mercedes Aranda apareció media hora después. Habían invitado a sus familias y a unos pocos colaboradores. No había expedientes a la vista ni conversaciones sobre asuntos de clientes. Brindaron con refrescos y vino.
Cuando Mercedes se acercó a la placa, pasó un dedo por el borde del vidrio.
—Les faltó algo.
Las tres la miraron. La profesora sonrió.
—Una silla para cuando venga a tomar café.
Paola señaló la recepción.
—La menos dura es suya.
Alejandro vio la fotografía esa noche. Se la mostró un cliente que había compartido la publicación del despacho. En la imagen, las tres aparecían junto a sus apellidos. Paulina estaba en medio. Sonreía con la cabeza ligeramente inclinada, como hacía cuando algo le divertía de verdad. Él amplió la fotografía.
Ricardo, al otro lado de la mesa de reuniones, reconoció el traje de Paola. Esteban no dijo nada. Fue el cliente quien rompió el silencio.
—Dicen que trabajan muy bien.
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.
—Las conocemos.
A las ocho, la oficina quedó vacía. Jimena se había marchado a su hora. Los hijos se llevaron las cajas sobrantes. Mercedes prometió regresar cuando no hubiera inauguración. Paula apagó la cafetera. Paola recogió tres vasos. Paulina caminó hasta la ventana. Abajo, el puesto de quesadillas comenzaba a cerrar. Su teléfono vibró. Era Alejandro. Felicidades por la oficina. No sabía que habían crecido tanto. Paulina leyó el mensaje y guardó el aparato. Paula apareció detrás de ella.
—¿Todo bien?
—Sí.
En recepción, Paola revisaba la agenda del día siguiente. Había una consulta nueva a las diez. Una mujer llamada Renata solicitaba asesoría sobre una sucesión. En el espacio destinado al motivo había escrito: Mi padre murió. Su esposa dice que yo no existo. Paulina tomó la libreta. Anotó los documentos que necesitarían solicitar durante la primera entrevista. Después cerraron las ventanas, comprobaron las cerraduras y apagaron las luces. Las tres bajaron la escalera despacio.
Cerraron la oficina y cada una se llevó a casa solo lo que había previsto terminar.