Capítulo 12 de 31
El dinero de las tres
En enero de 2015, después de cerrar la defensa principal de la sucesión de Arturo, Rebeca les pidió una mañana completa. Los alimentos de los hijos ya tenían resoluciones y mecanismos de cobro, aunque algunos incumplimientos exigían nuevas gestiones. La compensación por los matrimonios seguía otro ritmo: los inventarios incompletos, las objeciones a los avalúos y las impugnaciones habían consumido años. Rebeca llevó un calendario para mostrarles qué demora respondía al procedimiento y cuál podía combatirse. Rebeca puso tres carpetas sobre el escritorio. Cada una llevaba un apellido distinto. Serrano. Mendoza. Robles.
Paulina miró las etiquetas y sintió una incomodidad que no había experimentado frente a los expedientes de sus clientas. Podía explicar con claridad por qué Elena necesitaba reclamar alimentos. Podía revisar los documentos de Teresa sin pedirle perdón a nadie. Había aprendido a sostener una conversación difícil con Claudia sin confundir empatía con promesas.
Sin embargo, ante su propia carpeta volvió a sentirse como la mujer que había preguntado si podía llevarse una licuadora después de veinte años de matrimonio.
—Tenemos que revisar avances y preparar lo que sigue —dijo Rebeca.
Paola dejó su bolso en el suelo. Paula sacó una libreta.
—Quiero empezar por algo —añadió la abogada—. Los ingresos que ahora obtienen deben informarse con precisión. No vamos a ocultar que trabajan ni que abrieron un despacho.
Paulina asintió. Había llegado temiendo escuchar que todo su esfuerzo acabaría perjudicándolas. Rebeca pareció advertirlo.
—Su situación actual debe examinarse. También importa cómo llegaron hasta aquí.
Paola preguntó por qué algunas clientas del antiguo bufete resolvían antes asuntos parecidos. Rebeca no defendió el expediente por orgullo profesional: mostró las fechas de cada promoción y las respuestas. Había pedidos de información reiterados y un avalúo que debió reemplazarse; también un periodo de inactividad de la autoridad que habían reclamado. Acordaron revisar mensualmente el calendario y dejar por escrito las actuaciones siguientes. Las tres pudieron preguntar por el trabajo de su abogada sin dejar de confiar en ella.
Sobre los alimentos personales, Rebeca abrió otra sección. El apoyo postdivorcio concedido a Paulina y Paola había sido revisado al mejorar sus ingresos; Paula había pactado una prestación temporal de adaptación mientras conseguía empleo estable. Las prestaciones se habían reducido o terminado mediante decisiones y acuerdos revisados en sus expedientes, no por una llamada de los exmaridos. Había que cobrar aún algunas diferencias de los periodos reconocidos. Ninguna pediría una pensión indefinida basada en ocultar la solvencia que estaba construyendo. El inventario patrimonial y la compensación económica continuaban, con el cuidado de no cobrar dos veces el mismo concepto.
Las reclamaciones no habían comenzado esa mañana. Se habían planteado desde los procedimientos correspondientes y seguían caminos distintos. Había documentos pendientes, controversias probatorias y resoluciones que sus exesposos habían combatido. El divorcio había disuelto los vínculos. Los desacuerdos económicos continuaban. Rebeca extendió una hoja de seguimiento.
Separó los alimentos de los hijos, las prestaciones reclamadas por ellas y las cuestiones patrimoniales que requerían valoración propia.
—No vamos a sumar conceptos como si todos respondieran al mismo daño —explicó—. Hay que justificar qué se pide en cada caso y evitar duplicidades.
Paula señaló su expediente.
—Esteban insiste en que tengo empleo y una profesión.
—Lo sabemos.
—Dice que ya no existe desventaja.
Rebeca abrió una sección. Dentro estaban sus antecedentes académicos, la fecha de titulación y las primeras constancias laborales.
—Entonces pondremos las fechas completas sobre la mesa.
A Paulina le pidieron reconstruir sus años universitarios. Volvió a encontrar el documento de baja y una constancia de las materias que había aprobado antes del nacimiento de Sofía. La fecha le produjo un dolor extraño. No era un recuerdo impreciso. Era un día.
Un día en que había salido de una oficina pensando que regresaría pronto. Rebeca colocó junto a aquella constancia los documentos de Alejandro. Su titulación. El inicio de su actividad profesional. La constitución y evolución del despacho. Después añadió las actas de nacimiento de los hijos. La historia ocupó una mesa entera.
—Yo también quería quedarme con ellos —dijo Paulina.
Rebeca levantó la cabeza.
—Puedes haber querido criar a tus hijos y, al mismo tiempo, haber asumido una distribución del trabajo que tuvo consecuencias económicas.
Paulina recorrió la cronología con el dedo. Había confundido reconocer sus oportunidades perdidas con arrepentirse de la maternidad. No sabía cuánto necesitaba separar ambas cosas hasta que pudo hacerlo.
Paola llevó dos bolsas de libretas. Había menús de reuniones, listas de compras y anotaciones sobre eventos del antiguo bufete.
—No sé cuánto sirve de esto.
Rebeca revisó una página. Cuarenta personas. Comida de aniversario. Anticipo de manteles. Paola había anotado incluso los recipientes que debía recuperar después.
—Sirve para reconstruir actividades —dijo la abogada—. Tendremos que relacionarlo con los demás elementos.
Al fondo de una bolsa apareció una fotografía. Ricardo estaba junto a una mesa de comida, brindando con dos clientes. Paola se veía detrás, recogiendo platos. Se quedó observándola. No recordaba que alguien hubiera tomado aquella imagen.
—Ese día Nicolás tenía fiebre —dijo—. Mi mamá lo cuidó para que yo pudiera cocinar.
Rebeca anotó el dato. Paola siguió mirando la fotografía. Por primera vez no buscó si se veía gorda. Buscó sus manos. Tenía un plato en cada una.
El expediente de Paula exigía detenerse en la declaración que había encontrado al comenzar la separación. La firma era suya. El dinero que el documento decía recibido seguía sin aparecer explicado de manera satisfactoria. Esteban afirmaba haberlo entregado en efectivo. Paula negó nuevamente haberlo recibido.
Rebeca repasó con ella las circunstancias de la firma y los movimientos económicos disponibles.
—No vamos a negar tu firma —dijo—. Vamos a sostener lo que afirmas sobre el contenido y las circunstancias, con los elementos que podamos aportar.
Paula asintió. Recordó la cocina, el desayuno frío, a Diego enfermo en la habitación. Recordó a Esteban pasando las hojas y señalando espacios. La vergüenza volvió a subirle por el cuello. Esta vez pudo hablar sin bajar la mirada.
—Confiaba en él.
Rebeca dejó el bolígrafo.
—Eso también forma parte de lo que me estás contando. No hace falta que lo conviertas en una disculpa.
Los informes patrimoniales comenzaron a mostrar una distancia que ninguna había medido completa. Había inmuebles, participaciones, cuentas y operaciones que necesitaban esclarecerse. No todo pertenecía personalmente a los tres socios. No todo bien podía incluirse de la misma manera en sus reclamaciones.
La fecha de adquisición, la titularidad, el régimen matrimonial y el origen de los recursos importaban. Paula pasó varias tardes organizando una cronología para entregársela a Rebeca. No accedió a cuentas ajenas ni utilizó contraseñas antiguas. Trabajó con documentos propios, información obtenida legalmente y lo que se incorporaba a los procedimientos.
En una escritura encontró la referencia del local para cuyo anticipo había vendido la cadena de su madre. Se quedó mirándola. La propiedad había aumentado mucho de valor. La escritura acreditaba la titularidad personal de Esteban. El local se había utilizado para actividades del bufete mediante acuerdos entre los socios, pero no figuraba como propiedad de la sociedad civil que operaba la firma. Esa diferencia importaba: Paula no podía reclamar un inmueble ajeno a Esteban por haber trabajado en él, ni él ocultar un bien personal llamándolo propiedad del despacho. Rebeca separó la escritura del inventario empresarial y verificó el antecedente completo.
Su aportación seguía reducida, en la memoria de Esteban, a una ayuda que ella había querido darle.
Alejandro pidió verla sin abogados. Paulina recibió el mensaje mientras revisaba un contrato para un cliente. Podemos resolver esto hablando como adultos. Lo leyó y sintió cansancio. Había escuchado aquella invitación la noche en que él puso la propuesta de separación sobre la mesa. Respondió que cualquier oferta podía enviarse a Rebeca. Alejandro llamó.
—No necesitas convertir cada conversación en un trámite.
Paulina se levantó y cerró la puerta del pequeño cuarto de trabajo.
—Estamos discutiendo cuestiones económicas que no pudimos acordar.
—Ahora ganas dinero.
—Sí.
—Entonces no entiendo qué quieres.
Paulina miró su escritorio usado. Encima había un recibo de reparación de la impresora.
—Que se resuelva lo que reclamé, con información completa.
Él guardó silencio.
—Yo nunca te prohibí estudiar.
La frase le dolió porque había sido preparada para tocar el lugar exacto. Paulina respiró.
—Tuve tres hijos. Sostuve la casa. Te ayudé a terminar y a trabajar. Vamos a revisar cómo vivimos, Alejandro. No solamente lo que nunca me dijiste de forma expresa.
La propuesta de Ricardo llegó por escrito. Ofrecía un pago único sujeto a desistimientos y a declaraciones que Rebeca examinó cuidadosamente con Paola. La cifra era considerable para alguien que aún compraba ingredientes comparando precios entre puestos. Paola hizo una lista mental. Deudas. Una computadora. El depósito de una oficina. Una reparación urgente en el baño. Después leyó el resto del documento.
Encontró obligaciones que no estaba dispuesta a asumir y renuncias cuyo alcance necesitaba entender.
—Quiero negociar —dijo.
Paulina levantó la vista.
—¿Estás segura?
—Quiero revisar si existe un acuerdo bueno para mí. No quiero rechazarlo solo porque viene de él.
Rebeca asintió. Trabajaron sobre observaciones y una contrapropuesta. Ricardo no la aceptó. La negociación terminó sin acuerdo. Paola salió triste y aliviada. Había considerado una oferta sin obedecerla y sin necesitar destruirla para sentirse fuerte.
Una de las jornadas más difíciles llegó cuando se revisaron los cuidados de los hijos. Paulina había reunido calendarios escolares, consultas médicas y comunicaciones que mostraban cómo se organizaba la familia. No quería que Sofía sintiera que debía declarar amor por un progenitor y rechazo por el otro. La llamó antes de cualquier intervención.
—Si te preguntan algo, di lo que recuerdas. No necesitas protegerme.
Sofía tardó en responder.
—¿Y si también recuerdo cosas buenas de papá?
Paulina cerró los ojos.
—También.
Esa noche lloró mientras lavaba una taza. No por la respuesta de su hija. Por lo difícil que resultaba pedir verdad cuando una parte de ella todavía deseaba una reparación que ningún expediente podía darle.
La primera resolución favorable en aquellas controversias llegó para Paola. Rebeca la citó y le explicó con detalle lo que se había determinado, sus fundamentos y los puntos que todavía podían ser impugnados. Se había reconocido la procedencia de una compensación económica vinculada con su dedicación preponderante al hogar y al cuidado de sus hijos durante el matrimonio.
La cuantificación y el alcance correspondían a los bienes y circunstancias examinados en su caso. El fallo fijó para Paola una compensación de cuatro millones ochocientos mil pesos, equivalente al cuarenta por ciento de la base patrimonial de doce millones que había quedado acreditada para ese litigio. Excluyó una propiedad que Ricardo había heredado y no confundió las cuentas del bufete con cuentas personales. La sentencia explicó la distribución de cuidados, la duración del matrimonio y la desventaja patrimonial. También rechazó la pretensión de incluir como bien adquirido los ingresos que la firma pudiera generar en el futuro.
Paola leyó esa última parte dos veces. Había querido que el fallo comprendiera toda la prosperidad a la que contribuyó. Rebeca le señaló la diferencia entre valorar una participación empresarial existente y adjudicarse honorarios todavía no devengados. Acordaron sostener lo ganado frente al recurso de Ricardo, sin ampliar por enojo una pretensión que no podían justificar. Paola miró el documento. Había esperado alegría inmediata. Sintió, en cambio, una tristeza inmensa.
—Entonces sí pasó —murmuró.
Rebeca no respondió enseguida. Paola señaló las páginas.
—Todo eso que parecía que yo me estaba inventando porque estaba dolida.
La abogada le acercó los pañuelos.
—Lo relataste. Lo sostuvimos jurídicamente. La autoridad valoró los elementos.
Paola se cubrió la cara. Paulina y Paula la esperaban afuera. Cuando salió, no tuvo que explicar nada. Las abrazó a las dos.
No hubo dinero depositado esa tarde. Ricardo todavía podía combatir la resolución, y después tendrían que atender su cumplimiento. Paulina y Paula seguían esperando decisiones en sus propios asuntos. Aun así, compraron tres rebanadas de pastel y regresaron a la casa. Se sentaron en el comedor donde habían hecho las primeras cuentas de supervivencia. Paola dejó la copia de la resolución junto al plato.
—No pienso gastar un peso que todavía no tenga.
Paula sonrió.
—Por eso llevamos una hoja de flujo de efectivo.
Paulina soltó una carcajada. Comieron despacio. Después Paula sacó un anuncio doblado. Una oficina pequeña, en un segundo piso. Dos privados. Una recepción. Ventanas hacia la calle. Había llamado para preguntar el precio. Paulina leyó la cifra. Paola tomó la calculadora. El cálculo permitía considerar la renta sin dejar desprotegida la operación del despacho.
—Vamos a verla —dijo Paulina.
Paula guardó el anuncio en una carpeta nueva. La etiquetó con una sola palabra: Oficina.