Capítulo 11 de 31
La firma que no era suya
Claudia sostuvo la fotografía de su esposo durante toda la entrevista. Era una imagen pequeña, recortada de una celebración familiar. Él aparecía sonriendo, con una mano apoyada sobre una silla.
—Murió hace diez meses —dijo—. Y ahora resulta que firmó esto cuando ya no podía sostener una cuchara.
Paula recibió la copia del pagaré. La cantidad hizo que levantara la vista. Ochocientos cincuenta mil pesos. La fecha de suscripción correspondía a dieciocho días antes de la muerte de Arturo, el esposo de Claudia. Paulina acercó otra silla. Paola cerró la puerta del comedor.
Afuera, Lucía discutía por teléfono con una compañera sobre un trabajo escolar. Su madre le había pedido que utilizara los audífonos durante las consultas. Dentro, Claudia puso la fotografía junto al pagaré. Dos versiones del mismo hombre quedaron sobre la mesa.
Arturo había tenido una pequeña empresa de mantenimiento de elevadores. Claudia llevaba las cuentas básicas, atendía llamadas y organizaba citas, pero él trataba directamente con proveedores y clientes. Durante los últimos meses de su enfermedad, un antiguo colaborador llamado Julián Ortega se había ocupado de algunos pendientes. Ahora Julián reclamaba un préstamo.
Aseguraba que había entregado el dinero en efectivo y que Arturo le firmó el pagaré en su casa.
—¿Recibiste documentos de un juzgado? —preguntó Paulina.
Claudia sacó un sobre. Esta vez no era una carta intimidatoria de un despacho. Había una demanda, copias de documentos y constancias de una diligencia. Paula revisó las fechas. Miró a sus compañeras. El tiempo importaba.
—Necesitamos examinar hoy mismo todo lo que te entregaron —dijo.
—¿Pueden quitarme la casa?
Paulina no respondió con una promesa.
—Primero necesitamos saber qué bienes integran la sucesión, a quién están demandando y qué ocurrió en la diligencia. No debes asumir que una deuda atribuida a Arturo se convierte automáticamente en una obligación personal tuya.
Claudia apretó la fotografía.
—Yo solo sé que esa firma no es de él.
El asunto no era un juicio familiar. El documento presentado era un título de crédito y la reclamación se había planteado en la vía mercantil. Las tres lo reconocieron desde la primera revisión. No podían tratarlo como una extensión de los expedientes de alimentos.
Esa tarde llamaron a un abogado con experiencia en litigio mercantil, Samuel Treviño, a quien Adriana les había recomendado. Le explicaron el estado del asunto y acordaron una reunión urgente, con autorización de Claudia. Samuel llegó cuando ya habían despejado el comedor. Revisó el emplazamiento, la demanda y los documentos relacionados con la sucesión. Después tomó un calendario.
—Vamos a trabajar con las fechas de estas constancias. Primero aseguramos la respuesta oportuna. Luego afinamos la prueba.
Paola acercó su computadora. Paulina comenzó a redactar la cronología. Paula volvió a mirar la firma. No se parecía a la de los recibos que Claudia llevaba en una carpeta. La noche se extendió entre estados de cuenta, papeles médicos y comprobantes de la empresa. Claudia había sido designada albacea en el procedimiento sucesorio.
Aquello aclaraba parte de su intervención, pero no eliminaba la necesidad de distinguir su patrimonio de los bienes y obligaciones de la herencia. Samuel les pidió que evitaran mezclar ambas cosas en cada explicación a la clienta. Paula subrayó sus notas. Después preguntó por documentos originales con firmas de Arturo cercanas a la fecha discutida. Claudia enumeró contratos, trámites bancarios y un documento notarial.
—¿Y sus papeles del hospital? —preguntó.
—También debemos revisarlos —respondió Paulina—. Necesitamos saber dónde estaba y en qué condiciones, sin atribuirles un alcance que todavía no conocemos.
Claudia señaló una fecha del calendario.
—Ese día vinieron a cambiarle un medicamento.
Anotó el nombre de la enfermera.
La perita se llamaba Lucía Paredes. Era una mujer de voz pausada que no hizo ninguna declaración espectacular al ver la copia.
—Para una conclusión seria necesito examinar el documento original y contar con material de comparación adecuado —explicó.
Claudia pareció decepcionada.
—Pero se ve diferente.
—Las firmas de una persona pueden variar. También una enfermedad puede influir. Mi trabajo es estudiar esas circunstancias y explicar lo que los elementos permitan sostener.
Paula sintió respeto inmediato por aquella respuesta. La perita habló de grafoscopía y documentoscopía, del análisis del trazo y de las limitaciones de trabajar con reproducciones. Al despedirse, Paula la acompañó hasta la puerta.
—Gracias por explicarlo así.
La mujer acomodó su bolso.
—Ustedes necesitan un dictamen que pueda sostenerse, licenciada.
Paula regresó al comedor y abrió una hoja nueva.
Julián llamó a Claudia cuando supo que habían contestado la demanda. Ella estaba con Paola revisando documentos.
—Podemos arreglarnos —dijo él.
Claudia activó el altavoz después de avisarle que su abogada estaba presente. La voz de Julián cambió.
—No hace falta que escuche nadie más.
—Todo lo relacionado con el asunto lo voy a revisar con ellas —respondió Claudia.
Hubo una pausa. Después ofreció reducir la cantidad. No explicó por qué estaría dispuesto a perdonar casi una tercera parte de un préstamo que describía como sus únicos ahorros. Paola tomó nota. La propuesta no demostraba que mintiera. Podía significar muchas cosas. Pero Claudia tenía derecho a evaluarla con información.
—Envíe su planteamiento por escrito —dijo Paola.
Julián terminó la llamada sin despedirse. Claudia dejó el teléfono sobre la mesa.
—Antes me daba miedo que se enojara.
—¿Y ahora?
La viuda miró la fotografía de Arturo.
—Todavía. Pero ya estoy cansada.
Los documentos comenzaron a formar una secuencia. El día en que supuestamente se firmó el pagaré, Arturo había recibido atención médica domiciliaria. La enfermera recordó dificultades importantes para mover la mano derecha. Ese dato necesitaba acreditarse de manera adecuada y valorarse junto con los demás elementos.
También aparecieron comunicaciones de Julián en las que, semanas después de la fecha del supuesto préstamo, hablaba de pequeñas cantidades pendientes de la empresa. En ninguna mencionaba la suma reclamada. Paula revisó los estados de cuenta disponibles. No encontró un ingreso correspondiente al préstamo.
Samuel les recordó que la ausencia de una transferencia no descartaba una entrega en efectivo. El pagaré tenía su propia fuerza jurídica. La defensa no podía descansar únicamente en preguntar dónde estaba el dinero. Necesitaban demostrar lo que habían planteado respecto de la firma.
Samuel escribió el fundamento en la primera página del proyecto: artículo 8, fracción II, de la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito. La sucesión, representada por Claudia como albacea, opondría que Arturo no había suscrito el pagaré. El título original quedaría disponible para el examen pericial y el cotejo con documentos indubitables. El hecho de que Claudia fuera viuda no la convertía en deudora personal.
Paula quiso añadir que Julián jamás había tenido ochocientos cincuenta mil pesos. Samuel le pidió prueba. No la tenían. Quitó aquella afirmación y concentró el trabajo en la firma, las condiciones de Arturo y las inconsistencias concretas de la narración del acreedor. Fue una renuncia pequeña a una explicación atractiva y una decisión importante para la defensa. Paula cerró los ojos unos segundos. Luego volvió a los documentos indubitables que se utilizarían para el cotejo.
Una tarde, Daniela llegó al despacho y encontró a su madre inclinada sobre una tabla de fechas. Había tres tazas vacías junto a la computadora.
—¿Ya comiste?
Paula miró el reloj.
—Se me fue la hora.
Daniela dejó un recipiente sobre la mesa.
—Antes decías eso cuando trabajabas para mi papá.
La frase la hizo levantar la cabeza. Su hija no parecía reprochárselo. Parecía preocupada. Paula apartó la computadora.
—Tienes razón.
Comió mientras Daniela le contaba un problema del trabajo. Dejó el teléfono fuera de su alcance mientras comía. Después anotó en su agenda una hora para salir. El expediente seguiría allí por la mañana.
El examen pericial del original llegó después de varias actuaciones y una espera que Claudia vivió como otra enfermedad dentro de la casa. La conclusión favorable a la defensa estuvo acompañada de explicaciones, imágenes y referencias a los documentos comparativos. La firma cuestionada no correspondía al mismo origen gráfico que las muestras auténticas examinadas. Claudia escuchó la explicación sin llorar.
—¿Entonces ya terminó?
Paulina le acercó el documento.
—Es una prueba importante. Todavía tiene que desahogarse y valorarse en el procedimiento junto con las demás.
La mujer bajó la mirada.
—Siempre falta algo.
Paulina conocía aquel agotamiento.
—Sí. Hoy falta menos.
En la audiencia donde se abordó la prueba pericial, Paula observó cada respuesta. Había aprendido a detectar el instante en que alguien intentaba transformar una duda limitada en una negación de todo el análisis. La perita no se apresuró. Explicó qué había estudiado, cómo lo había hecho y cuáles eran los alcances de su conclusión.
Cuando una pregunta le exigió afirmar algo que no podía determinar, lo dijo. Paula recordó a Esteban burlándose de su falta de experiencia. Ella seguía teniendo mucho que aprender. Aquella mañana supo que una parte esencial consistía en reconocer el límite de lo que podía sostener.
La sentencia llegó meses después. Durante ese tiempo, el despacho llevó consultas remuneradas, atendió los avances del asunto de Teresa y continuó dando seguimiento a los alimentos de los hijos de Elena. Claudia llamó cada dos semanas. La última vez preguntó si podría vender unas herramientas de Arturo para pagar gastos de la sucesión.
Antes de responder, revisaron la situación concreta y las facultades con que contaba. Nada parecía pequeño dentro de una herencia cuando alguien había comenzado a reclamarla. El día de la resolución, Paulina reunió a sus compañeras. Samuel revisó con ellas los puntos centrales.
La pretensión sustentada en aquel pagaré no había prosperado frente a la defensa y las pruebas valoradas. El juzgado declaró fundada la excepción de no suscripción y absolvió a la sucesión de las prestaciones exigidas con base en ese pagaré. La decisión no declaró, por sí sola, que Julián hubiera cometido un delito. Claudia recibió una copia de la sentencia y preguntó cómo podía investigar el origen del documento. Samuel le explicó la posibilidad de presentar los hechos ante el Ministerio Público con asesoría penal independiente. Ella decidió hacerlo después de asegurar la firmeza y retirar el embargo trabado en el ejecutivo.
El levantamiento no fue una frase añadida al final: solicitaron el oficio, comprobaron su recepción y verificaron la cancelación de la afectación. Claudia pudo continuar la sucesión sin aquella deuda de ochocientos cincuenta mil pesos. La casa no había sido entregada a Julián y el patrimonio de la herencia quedó a disposición de su administración legítima.
Aún debían revisar las notificaciones, los medios de impugnación y cuándo podría considerarse firme la decisión. Paula fue quien llamó a Claudia.
—Tenemos una resolución favorable.
La mujer no respondió. Se escuchó un golpe suave, como si hubiera dejado caer algo.
—¿Claudia?
—Aquí estoy.
Comenzó a llorar entonces.
Cuando la resolución quedó firme, Claudia regresó con una carpeta nueva. Dentro llevaba los documentos que las abogadas le entregaron, ordenados y con una explicación escrita de lo que seguía en la sucesión. Había cubierto los honorarios pactados por etapas, con dificultades y sin dejar de preguntar por cada gasto. Paula le dio el último recibo. Claudia sacó la fotografía de Arturo. Esta vez la sostuvo sin apretarla.
—Yo pensé que defenderlo era decir que había sido un buen hombre.
Paulina guardó silencio.
—Ustedes me enseñaron a buscar sus papeles.
Antes de irse, Claudia les pidió varias tarjetas. Una amiga necesitaba revisar un contrato. Su hermano tenía un problema con un local. Y una vecina llevaba meses queriendo consultar a alguien. Cuando cerraron la puerta, Paola contó las tarjetas que quedaban.
—Hay que imprimir más.
Paula abrió la hoja de ingresos del despacho. Pudieron separar para la futura oficina una cantidad que no necesitaban gastar aquella semana. Paulina la miró en la pantalla. Después sacó su propia carpeta, la que Rebeca había actualizado esa mañana. Sobre la primera hoja estaba escrita una palabra: Compensación. La dejó en el centro de la mesa.
—Ahora necesitamos revisar lo nuestro.