Capítulo 28 de 31

El juicio de sus vidas

Noviembre de 2016. La sala resolvió el recurso de Alejandro contra la sentencia dictada meses antes. Rebeca había separado aquella notificación de los cobros alimentarios y de la negociación final de Paula. Paulina pidió que la llamara después de leerla completa; quiso escuchar la decisión con una hoja disponible para tomar notas.

La mañana en que Paulina recibió la resolución, estaba buscando un sacapuntas en el cajón del escritorio. Un alumno había dejado uno pequeño en su casa años atrás. Ella lo conservaba en el cajón donde ahora guardaba tarjetas del despacho, clips y una memoria externa. No sabía por qué lo necesitaba precisamente ese día. Quizá porque seguía afilando los lápices a mano cuando quería pensar. El teléfono vibró sobre el escritorio. Era Rebeca.

—Ya tenemos la resolución del recurso.

Paulina cerró el cajón. Durante unos segundos dejó de escuchar los ruidos de la oficina.

—¿Qué dice?

La abogada comenzó por lo esencial. Se había confirmado el reconocimiento de la compensación económica en los términos determinados para su caso. Después explicó los puntos concretos. Paulina tomó una hoja. Escribió la fecha. Y debajo, sin darse cuenta, puso el nombre de Alejandro. No hubo un solo juicio para las tres.

Había expedientes diferentes, prestaciones distintas y años de actuaciones que habían avanzado sin respetar el orden de sus vidas. La compensación de Paola había quedado definida antes. Su cumplimiento, después de requerimientos y gestiones, se encontraba ya en una etapa avanzada. La controversia de Paulina acababa de superar una impugnación decisiva.

En el asunto de Paula seguían pendientes cuestiones relacionadas con el local y con la declaración de dinero que Esteban sostenía haber entregado. También estaban los alimentos de los hijos. Los pagos recibidos debían descontarse. Los incumplimientos, acreditarse y cuantificarse. Los hijos que habían alcanzado la mayoría de edad necesitaban una revisión de sus propias circunstancias; nada se prolongaba o extinguía solamente porque a sus padres les pareciera conveniente. Rebeca colocó todo en una mesa. Tres historias. Ninguna cabía completa en una sentencia.

Paulina llegó al despacho de su abogada con la carpeta que había utilizado al comenzar la separación. Las esquinas estaban gastadas. Dentro conservaba la propuesta de Alejandro. La declaración de que contaba con recursos suficientes. Las obligaciones descritas sin claridad. Los primeros comprobantes de gastos. Rebeca le entregó la resolución y una explicación de los pasos siguientes.

La compensación reconocida atendía a su dedicación al hogar y los cuidados, al costo de oportunidad y a las circunstancias patrimoniales examinadas. Se mantuvieron los seis millones trescientos mil pesos. La base incluía bienes y participaciones adquiridos durante el matrimonio que habían quedado acreditados, con los ajustes y cargas examinados en el fallo. La sentencia no le adjudicaba el cuarenta y cinco por ciento de cada cuenta de Alejandro ni una porción de lo que ganara después del divorcio. El porcentaje era el resultado de la valoración del caso.

Alejandro conservó bienes heredados excluidos del cálculo y Paulina no obtuvo todos los accesorios que había pedido. Rebeca preparó el cumplimiento: una entrega de dos millones mediante depósitos verificados y el resto mediante la venta de un inmueble, con garantía bastante mientras se formalizaba. Si el comprador no pagaba, la obligación no desaparecía. El convenio de ejecución fijó fechas y consecuencias del incumplimiento, sujeto al control correspondiente. Paulina eligió recibir dinero en lugar de mantener una copropiedad con Alejandro. No deseaba seguir necesitando su firma para cada reparación. No se habían concedido todas sus pretensiones exactamente como fueron formuladas.

Tampoco era una cantidad que pudiera cobrar sin realizar las actuaciones de cumplimiento. Paulina lo entendía. Aun así, pasó la mano sobre la primera página.

—Quiero una copia para leer en casa.

Rebeca sonrió.

—Esa es tuya.

Alejandro recibió la noticia esa misma tarde. Llamó a su representación. Preguntó por las consecuencias. Después pidió cifras. Su primera reacción fue hacer cuentas. No había suficiente dinero disponible en una sola cuenta para cumplir sin reorganizar bienes y compromisos. Aquello lo irritó. Luego encontró una anotación entre sus propios papeles.

Era una cantidad que había gastado durante un viaje con Mariana, años atrás. La miró. No significaba que todos sus problemas pudieran resolverse renunciando a un viaje. Pero la comparación le impidió repetir, al menos aquel día, que lo exigido era absurdo.

Paola recibió el último pago de una parte ya exigible de su compensación un viernes. Paula estaba con ella cuando verificó el ingreso. No gritaron. Revisaron la referencia, la cantidad y el concepto. Después llamaron a Rebeca para confirmar cómo debía registrarse y qué quedaba pendiente. Paola permaneció frente a la pantalla.

Con aquel dinero podía terminar de liquidar deudas y formar una reserva que no dependiera del siguiente cliente. Se quedó mirando sus manos. Recordó los recipientes de comida, el arroz pegado a las ollas, la quemadura en la muñeca.

—No quiero hacer ninguna compra hoy —dijo.

Paula asintió. Salieron a caminar una vuelta a la manzana.

El asunto de Paula llegó a una negociación final cuando la documentación sobre el local ya no permitía sostener las explicaciones iniciales sin responder preguntas importantes. La circulación del dinero había sido examinada. La declaración de pago estaba controvertida. Las medidas adoptadas limitaban la posibilidad de que la transmisión frustrara el resultado de su reclamación. Valeria tenía representación propia. Esteban también.

El convenio no podía perjudicar derechos ajenos ni convertir en irrelevante una escritura por voluntad de dos personas que habían dejado de estar casadas. Por eso la solución necesitó más participantes, documentos y formalidades de los que Paula había imaginado al principio. Rebeca la llamó antes de cerrar la propuesta.

—Quiero saber si esto responde a lo que buscas.

Paula leyó despacio. No estaba aceptando que le devolvieran solamente el valor de una cadena. Se reconocían obligaciones patrimoniales concretas, se establecían mecanismos de cumplimiento y se atendían los efectos de la operación discutida.

Esteban reconocería expresamente que no imputaría como pago los seiscientos veinte mil pesos del documento controvertido, identificado por fecha y contenido. La transacción dejaría satisfechas únicamente las pretensiones patrimoniales enumeradas, sin afectar alimentos de los hijos. Paula recibiría el local, valuado para el acuerdo en tres millones ochocientos mil pesos, y un millón cuatrocientos mil pesos adicionales, en los términos de cumplimiento establecidos. El conjunto de cinco millones doscientos mil pesos cerraría la compensación patrimonial y la aportación relacionada con el inmueble; la cadena no generaría un segundo cobro separado. Los costos de formalización acordados quedarían a cargo de Esteban.

Valeria comparecería con asesoría propia y participaría en los actos necesarios para transmitir la titularidad y concluir las reclamaciones sobre aquella operación. Se verificarían cargas, certificados, impuestos y registro. Paula no recibiría las llaves como sustituto de una escritura. La suma pactada reflejaba riesgos y concesiones de las partes: no era una sentencia que declarara probado todo lo que cada una había alegado. Paula pidió una noche.

Soñó con la casa antigua. En el sueño, Esteban le señalaba un espacio donde firmar. Ella buscaba sus lentes y no los encontraba. Despertó antes del amanecer. Leonardo dormía a su lado. Paula se levantó sin hacer ruido y fue a la cocina. Volvió a leer el convenio. Anotó dos preguntas. Después preparó café. Cuando Leonardo apareció, no le pidió que interpretara el documento. Le contó que tenía miedo de equivocarse al terminar. Él se sentó frente a ella.

—¿Qué necesitas para decidir?

Paula miró sus notas.

—Que me expliquen estas dos cosas. Y saber que no estoy aceptando solo porque quiero que se acabe.

Leonardo asintió. Ella llamó a Rebeca cuando empezó la jornada.

La firma se realizó una semana después. Paula llegó temprano. Llevaba los lentes, una copia revisada y un bolígrafo propio. Esteban estaba sentado al otro lado de la sala. Valeria llegó acompañada de su abogada. Paula la vio entrar y sintió algo inesperado. Ya no necesitaba compararse con ella.

La joven tenía sus decisiones, sus explicaciones y sus responsabilidades dentro de aquella operación. Paula tenía las suyas. No había un concurso que terminar. Durante la revisión final apareció una diferencia en un dato de identificación. Se corrigió antes de seguir. Nadie firmó sobre la marcha para arreglarlo después. Paula preguntó por los plazos. Por la garantía. Por el orden de los actos. Cuando recibió todas las respuestas, puso su nombre.

El cumplimiento no ocurrió en una sola tarde. Hubo depósitos, documentos y actuaciones que debían verificarse. Rebeca revisó cada etapa antes de dar por atendida la siguiente. Paula no retiró medidas antes de que correspondiera. Tampoco aceptó sustituir un pago por una nueva promesa de Esteban. Cuando terminó la parte principal, recibió una carpeta con las constancias ordenadas. La abrió en el automóvil. Había números. Había fechas. Había obligaciones satisfechas. Permaneció mirándola hasta que se le nubló la vista. No lloró por el monto. Lloró porque ya no necesitaba pedirle a Esteban que recordara.

Las obligaciones alimentarias siguieron su propia ruta. Se concluyeron cuantificaciones de periodos vencidos, se aplicaron los pagos acreditados y se instrumentaron garantías o mecanismos de cumplimiento según cada expediente. Las aportaciones futuras se mantendrían conforme a las resoluciones y a las circunstancias de quienes tenían derecho a recibirlas. No se depositaron en la cuenta del despacho. No financiaron vacaciones ni muebles.

Las tres conservaron registros claros para distinguir el patrimonio propio de los recursos destinados a sus hijos. Habían tardado demasiado en conseguir certidumbre como para volver a mezclarlo todo.

Rebeca las reunió un mes después. Sobre su escritorio no estaban ya las propuestas iniciales. Había estados de cumplimiento, constancias y una relación de los puntos que aún requerían seguimiento.

—No significa que nunca vuelva a surgir una incidencia —dijo—. Pero las controversias principales han quedado resueltas y su cumplimiento está acreditado en estos términos.

Las tres escucharon. Paola pidió aclarar una referencia. Paulina anotó una fecha. Paula revisó el último comprobante. Después se quedaron en silencio. Habían imaginado tantas veces aquel momento que ninguna sabía cómo habitarlo. Rebeca cerró las carpetas. Antes de despedirse, repasaron el cierre de cada prestación. Paola había cobrado la compensación de cuatro millones ochocientos mil pesos; Paulina tenía cumplida la entrega principal y documentada la liquidación del resto; Paula había recibido el local y los pagos de su acuerdo conforme al orden verificado. Los apoyos personales postdivorcio habían terminado mediante las revisiones correspondientes, con los atrasos reconocidos pagados. Los alimentos de los hijos conservaban sus expedientes y mecanismos propios.

Mateo y Regina habían concluido sus estudios y comenzaban a sostenerse con su trabajo, por lo que sus situaciones se habían revisado sin borrar adeudos anteriores. Lucía, de diecisiete años, y Tomás, de quince, seguían siendo menores. Diego, de diecinueve, continuaba estudiando y su necesidad no se resolvía con el cumpleaños. Las madres dejaron de aparecer como únicas destinatarias de todo pago; cada hijo mayor intervino cuando correspondía y recibió su información. Rebeca les entregó un estado final con cantidades aplicadas y pendientes de seguimiento, para que ninguna confundiera el cierre de un conflicto con el fin de todas las obligaciones familiares.

—Ya pueden dejar de venir con la bolsa entera de papeles.

Paola comenzó a reír. La risa terminó en llanto. Decidieron celebrar en casa de Paulina. Esta vez el comedor no tenía expedientes. Había una mesa larga improvisada con otra más pequeña, platos distintos y comida que no preparó una sola mujer. Gabriel llevó parte de la cena. Andrés se ocupó de recoger los pedidos.

Leonardo llegó con hielo y terminó ayudando a Diego a resolver una bisagra. Los hijos entraban y salían de la cocina. Nadie se quedó sentada esperando que otra persona atendiera a todos. Paula observó aquella circulación tranquila. En su matrimonio había llamado armonía a que nadie se quejara.

Ahora escuchaba discusiones por la música, risas y alguien preguntando dónde estaban los vasos. La casa estaba desordenada. Ella podía sentarse.

Mercedes Aranda levantó su copa cuando estuvieron todos. No dio un discurso largo.

—Por el trabajo que hicieron. Y por saber pedir ayuda para hacerlo.

Rebeca, sentada a su lado, sonrió. Paulina miró a sus hijos. Sofía sostenía el plato de Lucía mientras ella buscaba una servilleta. Mateo estaba conversando con Andrés. Paola vio a Tomás explicándole algo a Emiliano. Paula encontró la mirada de Daniela. Su hija levantó la copa apenas. Las tres brindaron.

Paulina añadió la resolución a la caja del primer examen y el recibo de su alumno. La tapa no cerró. Paola apareció en la puerta.

—Necesitas otra caja.

Paula se acercó detrás de ella. Paulina miró los papeles. Después negó despacio.

—Un archivero.

Regresaron al comedor riendo. Sus familias habían terminado de recoger y les habían guardado pastel. Paula apagó el teléfono y se sentó con ellas.