Capítulo 27 de 31

Esteban frente al espejo

Paula recibió la invitación de Esteban en octubre de 2016. Pedía verla a solas y hablaba de encontrar una salida razonable para ambos. Ella no quiso interpretar el mensaje. Lo envió a Rebeca y preguntó si había llegado alguna propuesta formal sobre el local. No la había.

Al día siguiente, su abogada obtuvo una respuesta: Esteban estaba dispuesto a discutir la compensación, el documento de dinero supuestamente entregado y la transmisión a Valeria. Paula aceptó una reunión profesional. Asistiría acompañada y cualquier participación de Valeria tendría que contar con su propia representación. Respondió al mensaje personal únicamente para comunicarle esas condiciones.

La decisión le costó más de lo que esperaba. Una parte de ella deseaba preguntarle por qué la había tratado así. Había imaginado una explicación capaz de modificar el recuerdo de los desayunos, las cuentas y los papeles que firmó mientras Diego estaba enfermo. Rebeca le preguntó qué respuesta podría darle que cambiara su decisión actual. Paula no encontró ninguna.

La víspera de la reunión fue al gimnasio. Llevaba días durmiendo poco y quiso cargar más peso en una máquina para descargar la rabia. Lorena le pidió que bajara la resistencia y corrigiera el movimiento. Paula respondió con brusquedad. Se disculpó al terminar la serie y contó que iba a ver a Esteban. La entrenadora la escuchó sin convertir la sesión en una consulta que no podía ofrecer.

—Hoy hacemos lo previsto y te vas a descansar —dijo—. Mañana vas a necesitar la cabeza.

Paula terminó la rutina, se duchó y dejó preparado el traje para la mañana. Eligió un pantalón azul marino, una blusa clara y el saco que Teresa había ajustado en los hombros. El cambio de imagen le gustaba; aquella noche también le resultó práctico no tener que decidirlo todo al despertar. Junto al bolso puso sus lentes y una carpeta con preguntas.

Leonardo la llamó mientras cenaba. Le ofreció recogerla después de la reunión y Paula le dijo que iría por su cuenta. Él tardó en aceptar. Le parecía una manera sencilla de ayudar y sintió que ella rechazaba incluso los gestos pequeños. Paula se cansó de explicarlo y le pidió que no convirtieran esa noche en otra discusión.

Hablaron más tarde. Ella reconoció que había respondido como si él fuera a invadirla y Leonardo admitió que su buena intención no lo autorizaba a insistir. Acordaron cenar al día siguiente si a ella le quedaban ganas. Paula no prometió estar de buen humor.

La reunión se celebró en una sala neutral, con Rebeca, Esteban y su abogado. Valeria y su representante se incorporarían cuando se abordara la operación del local. Rebeca pidió comenzar por el inventario. Esteban quiso hablar de la relación que había existido entre ellos; su propia representación le indicó que aquel no era el objeto de la cita.

Paula sintió alivio al no tener que corregirlo ella sola.

Esteban la había mirado al entrar como si intentara reconciliarla con la imagen que conservaba: pantalones amplios, abdomen abultado, canas sin atender y un recogido que se soltaba mientras ella trabajaba con sus cuentas. Paula había perdido buena parte de aquel sobrepeso, fortalecido brazos y piernas y adoptado un estilo pulido que enmarcaba su mismo rostro. La coleta alta, el maquillaje discreto y el corte del traje permitían ver el cambio. Esteban quiso convertirlo en un cumplido íntimo. Ella lo agradeció brevemente y pidió que comenzaran la revisión del inventario. Abrió la carpeta y preguntó por el origen del dinero de la compraventa. La respuesta volvió a mencionar un préstamo a Valeria y recursos propios. Rebeca puso sobre la mesa las transferencias que ya se habían incorporado al procedimiento y las comparó con las fechas de la escritura. Había diferencias que no podían resolverse con una explicación verbal.

—No vamos a declarar hoy que la venta sea simulada —precisó—. Pero tampoco aceptaremos que se utilice para dejar sin bienes una obligación que está en controversia.

El abogado de Esteban pidió tiempo para revisar una cifra. Paula observó a su exmarido mientras consultaban los documentos. Le había visto adoptar aquel gesto con clientes a quienes juzgaba desordenados. Ahora necesitaba reconstruir sus propios movimientos ante una mujer cuyo trabajo había reducido durante años a una ayuda ocasional.

El documento de pago fue el segundo punto. La firma de Paula era auténtica y ella nunca había negado haberla puesto. Lo controvertido era la recepción de seiscientos veinte mil pesos que Esteban decía entregados en efectivo. El texto carecía de una identificación suficiente del concepto y no coincidía con los movimientos económicos disponibles. Su abogado no presentó aquel día un respaldo nuevo. Rebeca exigió que cualquier arreglo dijera expresamente si esa cantidad se reconocería como pagada o si Esteban dejaría de invocarla. Paula hizo una pregunta que había preparado la noche anterior:

—Si firmo un convenio, ¿ese papel puede aparecer otra vez para decir que todavía debo descontar lo que no recibí?

Rebeca respondió que no recomendaría una transacción que dejara esa cuestión abierta. La cláusula tendría que identificar el documento, excluir su imputación como pago y establecer el alcance de la solución. Paula marcó la pregunta como atendida. Había pasado demasiados años aceptando que alguien dijera después lo que una firma debía significar.

Durante el receso, Esteban la alcanzó junto al dispensador de agua. Su abogado permaneció en la sala y Rebeca podía verlos desde la puerta. Él le dijo que Valeria y él habían terminado y que las cosas en el bufete estaban mal. Paula sirvió un vaso antes de responder.

—Lo que tengan pendiente ustedes se revisará con su abogada. No me corresponde resolverlo.

Esteban insistió en que hablaba de otra cosa. Le preguntó si alguna vez pensaba en los años buenos. Paula recordó el nacimiento de Daniela, una excursión con Diego y el departamento pequeño de los primeros meses. No iba a negarlos para poder defenderse.

—Claro que pienso en ellos.

Él pareció recuperar confianza.

—Entonces podríamos intentar…

—No quiero volver contigo.

Esteban bajó la voz. Dijo que ella se había vuelto inaccesible y que él no encontraba cómo acercarse sin un documento de por medio. Paula apoyó el vaso en la mesa. Le temblaban las manos y no trató de ocultarlas.

—Esta reunión tiene documentos porque transmitiste un local mientras yo reclamaba y porque sigues diciendo que recibí un dinero que niego haber recibido. Si quieres acercarte como padre de nuestros hijos, tienes sus teléfonos. Si quieres negociar esto, regresemos a la sala.

Él la miró largo rato y le pidió otra oportunidad. No preguntó por Leonardo; dijo que le costaba imaginarla fuera de la vida que habían tenido. Aquella admisión fue más sincera que una promesa de cambiar y tampoco modificó la respuesta de Paula.

Rebeca se acercó para avisar que podían continuar. Paula regresó con ella. No tuvo que concluir la conversación hasta que Esteban aceptara sentirse rechazado. Valeria llegó con su abogada. Se sentó al otro extremo de la mesa y explicó que también había confiado en las versiones de Esteban. Paula no se apresuró a absolverla ni a acusarla. La representante pidió que revisaran la posible devolución de cantidades acreditadas y el modo de terminar la controversia sobre la titularidad. La conversación dejó de parecer una disputa entre mujeres. Había una escritura, transferencias y decisiones que debían documentarse con participación de todos.

No firmaron ese día. Quedaron una propuesta cuantificada, documentos pendientes y una fecha para responder. La transmisión del local no se desharía mediante una frase entre exesposos. Si las partes acordaban una nueva adjudicación o transmisión, tendrían que atender la escritura, el registro, las cargas y los efectos fiscales. Paula anotó cada punto y preguntó quién cubriría los gastos. Esteban aceptó incluirlos en la negociación.

Al salir, Rebeca le pidió que no respondiera en casa por agotamiento. Paula le entregó sus dos últimas preguntas y se fue a comer. Llamó a Leonardo para mantener la cena. No quería repasar los movimientos bancarios; prefería contarle que había podido hacer una pregunta sin pedir disculpas por ella.

Él llegó antes y no le había pedido nada. Paula eligió el plato y habló de la reunión durante quince minutos. Después le preguntó por su trabajo. Leonardo tenía un proyecto fuera de la ciudad y quería pasar un fin de semana con ella cerca del mar. Revisaron fechas y gastos. Paula quería pagar sus traslados; él propuso cubrir el hospedaje como invitación. Lo hablaron sin convertir la independencia en una obligación de dividir cada servilleta.

El viernes siguiente, Daniela pasó por su casa. Tenía veintiocho años y estaba evaluando un cambio de empleo. Paula apartó el expediente para revisar con ella una oferta laboral, pero se detuvo antes de empezar a dar consejos.

—¿Quieres que lo leamos juntas o ya tomaste la decisión?

Su hija sonrió y dijo que necesitaba comparar horarios. Diego, que tenía diecinueve y cursaba la universidad, llegó después. Les pidió que dejaran libre la mesa un rato para preparar una práctica. La casa podía contener tres proyectos distintos sin que el de Esteban ocupara el centro.

Paula dejó junto al espejo la fotografía de su madre con la cadena. Comprobó las suplencias del despacho, cerró la bolsa y salió con Leonardo.