Capítulo 26 de 31

La contabilidad de una mentira

Septiembre de 2016. El anticipo de honorarios que Novatek podía pagar equivalía a varios meses del programa gratuito. Paola pidió que lo calcularan antes de decidir. No quería llamarse íntegra sin reconocer lo que estaba dispuesta a dejar pasar; Paula quería saber, con la misma honestidad, si estaba buscando justicia para una empresa o una prueba útil para ella. Paula cubrió con una hoja el documento de su expediente personal. Después apartó la impresión del posible cliente.

La coincidencia seguía allí, pero ya no estaba dispuesta a mirarla como una respuesta.

—No podemos mezclar esto —dijo.

Paulina asintió. Paola pidió a Jimena que no circulara la documentación hasta revisar si podían aceptar la consulta. El correo provenía de una empresa de suministros industriales llamada Novatek. Su administradora, Beatriz Molina, había detectado diferencias entre pagos realizados al antiguo bufete y los comprobantes conservados. La solicitud parecía ordinaria. Lo que tenían sobre la mesa no lo era.

Parte de la información podía relacionarse con las controversias personales de las socias. Antes de abrir un expediente necesitaban revisar su independencia y sus deberes de confidencialidad.

Llamaron a Rebeca para consultar lo relativo a los procedimientos propios y buscaron orientación independiente sobre la posible representación de Novatek. No enviaron de un asunto a otro documentos que no podían compartir. Explicaron la situación en términos generales y examinaron sus límites. Al terminar, Paulina tomó una decisión.

—No vamos a representar a la empresa en una reclamación contra ellos.

Paola miró la impresión. El asunto podía generar honorarios importantes. También podía convertirse en una forma de ajustar cuentas bajo apariencia profesional.

—De acuerdo —respondió.

Paula sintió alivio. Y algo de decepción. No le gustó reconocerlo, pero lo hizo. Había querido encontrar una prueba capaz de explicar todo. Beatriz Molina acudió al día siguiente acompañada de un socio de Novatek. Paulina les explicó que existían circunstancias que aconsejaban derivar la representación, sin revelar información protegida.

Podían recomendar profesionales independientes y organizar una entrega segura de los documentos recibidos. El socio frunció el ceño.

—¿No quieren meterse con un despacho grande?

Paola sostuvo su mirada.

—Queremos que ustedes tengan asesoría que pueda actuar sin una interferencia personal de este tipo.

Beatriz dejó de mover el bolígrafo.

—Eso me da más confianza que si aceptaran sin preguntar.

Les proporcionaron varias opciones. La empresa eligió una firma externa y un contador independiente. El despacho no cobró por aquella derivación. Al cerrar la puerta, Paula propuso aplazar la compra de una computadora y mantener el equipo actual hasta cobrar otras facturas. Paola estuvo de acuerdo, aunque dejó claro que la falta de dinero no autorizaba a cargar más tareas a Jimena sin pagarle. Reorganizaron el trimestre y conservaron el número de asuntos gratuitos ya aceptados. La consulta rechazada tuvo un costo concreto: una mejora de equipo que debía esperar y dos semanas de trabajo remunerado que tuvieron que buscar por otra vía. Ninguna quiso convertir esa decisión en publicidad.

Cuando se fueron, Paula guardó la impresión en el registro de consulta, con acceso restringido. No la añadió a su propia carpeta.

La cuestión de la cuenta siguió otro camino. Rebeca ya había solicitado información pertinente respecto del origen de los recursos utilizados en la supuesta compra del local. Las respuestas tendrían que incorporarse legalmente a ese procedimiento. La coincidencia parcial de unos números no acreditaba identidad de cuenta ni explicaba el motivo de un movimiento. Paula se repitió aquello durante varios días. Mientras tanto, el despacho recibió un asunto civil distinto.

Una empresa de mobiliario reclamaba el pago de una entrega a una distribuidora. La distribuidora aseguraba haber liquidado mediante transferencias y mostraba comprobantes. Habían trabajado antes con el bufete de Esteban, pero la controversia actual era entre las dos empresas. Revisaron posibles conflictos y el alcance de la intervención antes de aceptar. Paula encabezaría la reconstrucción contable junto con un especialista. Era trabajo que sí podían llevar.

Samuel revisó la vía mercantil antes de que presentaran la reclamación: la venta de mobiliario se había celebrado entre empresas en el curso de sus negocios. Lo que había comenzado como consulta sobre documentos civiles exigía atender la naturaleza comercial de la operación. Las socias mantuvieron su intervención dentro de lo que podían asumir y pactaron la colaboración mercantil con conocimiento de Lorena. El caso dejó de ser una etiqueta en la agenda y pasó a tener responsables y pretensiones delimitadas.

La clienta se llamaba Lorena Prado. Había heredado de su padre una pequeña fábrica y llevaba cinco años intentando modernizarla. La cantidad pendiente comprometía la nómina del mes siguiente.

—Tengo recibos que dicen que cobramos —explicó—. Pero ese dinero no entró.

Paula recibió las copias.

—¿Quién emitió esos recibos?

Lorena señaló una firma. Era de su anterior encargado administrativo, despedido meses atrás. El comprador decía haber pagado a una cuenta indicada por aquel hombre. La fábrica negaba que esa cuenta fuera suya. Había correos, facturas y una discusión sobre quién había dado instrucciones válidas. Paulina dejó claro el punto de partida.

—No basta con que tu cuenta no muestre el ingreso. Necesitamos revisar qué instrucciones recibió la otra parte y qué podía entender razonablemente de ellas.

Lorena asintió.

—Traje todo el servidor de correos respaldado por el técnico.

Paula pidió que conservaran los originales y documentaran la extracción.

Durante dos semanas trabajaron con una tabla que ocupaba varias páginas. Pedido. Factura. Entrega. Instrucción de pago. Transferencia. Recibo. La discrepancia no estaba en la fabricación de los muebles. Todos habían llegado. El problema estaba en el dinero. El antiguo empleado había enviado instrucciones desde su correo corporativo. Después firmó un recibo de liquidación. La cuenta correspondía a una sociedad distinta. Paula no escribió desvío en el encabezado. Escribió destino por esclarecer. El contador verificó importes y fechas. Paulina revisó facultades, comunicaciones previas y efectos de los actos del empleado. Paola entrevistó al personal que atendió las entregas. Nadie tenía la historia completa. Tuvieron que construirla sin obligar a las piezas a encajar.

La contraparte aportó documentos que al principio parecían cerrar el caso. Había seguido instrucciones enviadas desde una dirección utilizada habitualmente por la fábrica. Existían operaciones anteriores gestionadas por el mismo empleado. Lorena salió de la reunión convencida de que perdería.

—Entonces cualquiera puede hacer esto y yo me quedo sin cobrar.

Paulina no minimizó el problema.

—Hay riesgos reales en tu reclamación contra el comprador. También debemos revisar las responsabilidades de quien dio las instrucciones y de quien recibió el dinero.

Podían existir distintas vías. No convenía presentar a una empresa que había pagado como autora de un engaño sin elementos. Lorena recorrió las columnas hasta la cuenta receptora.

—Quiero recuperar el dinero. No necesito escoger un culpable antes de tiempo.

Paula levantó la cabeza. Aquella frase les permitió reorganizar el trabajo.

La negociación incorporó a las personas y representaciones necesarias. La sociedad receptora reconoció haber recibido los fondos, aunque discutió la razón por la que los conservaba. El antiguo encargado sostuvo que había instrucciones verbales de Lorena. Ella lo negó. Los documentos y comunicaciones no respaldaron de manera consistente su explicación.

Antes de cerrar cualquier acuerdo revisaron cómo evitar un cobro duplicado, liberar obligaciones únicamente cuando correspondiera y conservar las acciones que no quedaran resueltas. El asunto no era limpio. Tampoco rápido. Pero el dinero había dejado de ser una cifra perdida entre versiones. Tenía fecha, destino y personas obligadas a explicar su intervención.

Una noche, Paula encontró una fórmula incorrecta en su propia hoja de cálculo. No cambiaba los documentos originales. Sí alteraba un subtotal que habían utilizado en una reunión interna. Se quedó inmóvil unos segundos. Después avisó al contador y a sus socias.

Corrigieron la tabla, identificaron las versiones y comprobaron si el error había llegado a un escrito o comunicación externa. No había salido del equipo. Paulina se sentó junto a ella.

—Lo encontramos a tiempo.

Paula respiró. Había pasado años escuchando que equivocarse demostraba que no estaba preparada. Aquella noche trabajaron el error hasta corregirlo. Nadie lo convirtió en su identidad.

La recuperación se formalizó mediante un acuerdo respaldado por pagos verificables y garantías respecto del saldo. El comprador no pagaría dos veces. La fábrica recibiría las cantidades en los términos pactados. La sociedad receptora aceptó devolver seiscientos veinte mil pesos: cuatrocientos mil mediante transferencia inmediata y doscientos veinte mil en cuatro pagos. Su administrador compareció con facultades verificadas; se reconoció el adeudo en el convenio judicial y una obligada solidaria respaldó el saldo. El comprador quedó liberado de la factura cubierta conforme a las instrucciones que habían sido presentadas como válidas. La fábrica no cobraría dos veces una misma entrega. Se reservaron expresamente las acciones frente al antiguo encargado que no quedaban resueltas en aquel acuerdo.

El último abono llegó antes de finalizar noviembre. Paula contrastó cada referencia y Lorena recibió el cierre firmado por Samuel y las socias. La recuperación había exigido aceptar que el comprador no era necesariamente su enemigo y que corregir el rumbo no equivalía a perder el caso. Las restantes responsabilidades se delimitaron sin firmar renuncias confusas. Lorena llevó el primer comprobante al despacho.

—La nómina está cubierta.

Paola sonrió. Paula revisó el ingreso. Paulina anotó las obligaciones pendientes. Todavía debían vigilar el cumplimiento completo. Pero los trabajadores de la fábrica cobrarían esa semana. Cuando Lorena se marchó, dejó sobre la mesa una fotografía de las primeras mesas terminadas después de la crisis. No era un regalo. Quería que supieran qué había detrás de las facturas.

La información del local llegó a Rebeca pocos días después. Esta vez no se trataba de una coincidencia vista en una consulta ajena. Eran documentos incorporados a la controversia de Paula por los cauces correspondientes. Rebeca la citó. La cuenta receptora de uno de los movimientos relacionados con la operación estaba vinculada con Esteban.

En la secuencia aparecían transferencias entre él y Valeria próximas a la fecha en que ella afirmaba haber pagado el inmueble. Eso no resolvía automáticamente la validez de la compraventa. Sí exigía contrastar la versión del préstamo y el origen de los recursos.

Había además una declaración de pago que no encontraba respaldo en los documentos examinados hasta ese momento. Paula comprobó el orden de las transferencias.

—Siempre hay otro papel diciendo que el dinero se entregó.

Rebeca asintió.

—Y ahora vamos a examinar cada uno.

La revisión independiente de Novatek avanzó sin participación del despacho. No conocían sus resultados completos. Sabían únicamente lo que su representante autorizó comunicar en una consulta posterior: existían discrepancias que debían aclararse y la empresa había iniciado las gestiones pertinentes. Las tres se negaron a convertir aquello en rumor.

Cuando un conocido preguntó a Paola si el antiguo bufete estaba “metido en problemas”, ella respondió que no comentaba asuntos de terceros. Lo dijo sin satisfacción visible. Después cerró la conversación. Su prestigio no podía depender de cuánto daño consiguieran contar de sus exmaridos.

Aun así, el equilibrio del antiguo despacho estaba cambiando. Alejandro pidió explicaciones a Esteban sobre ciertas operaciones que afectaban cuentas compartidas de la firma. Ricardo exigió una revisión interna. Era desconfianza. Habían trabajado durante años convencidos de que entre ellos no necesitaban explicar cada movimiento. Ahora pedían comprobantes.

Esteban llegó una mañana y encontró sobre la mesa una relación de transferencias marcada con preguntas.

—¿Desde cuándo me auditan? —preguntó.

Alejandro no levantó la voz.

—Desde que no entiendo lo que estoy viendo.

Paula salió de la reunión con Rebeca cuando ya oscurecía. Tenía una nueva lista de documentos, una fecha próxima y el estómago cerrado. En el teléfono apareció un mensaje de Esteban. Tenemos que hablar. A solas. Se detuvo bajo el techo de la entrada. Aquel hombre había tardado años en querer escucharla. Ahora empezaba a hacerlo justo cuando ella tenía medios para exigir respuestas. Paula envió una copia del mensaje a Rebeca. Después llamó a Leonardo. Habían quedado de cenar.

—Voy tarde —dijo.

—Te espero.

Paula miró la lluvia sobre la calle.

—¿Podemos caminar un poco antes?

—Claro.

Guardó el teléfono y abrió el paraguas. La conversación con Esteban podía esperar a que ella decidiera cómo tenerla.