Capítulo 25 de 31
Ricardo pide otra oportunidad
Ricardo envió una disculpa por haberla esperado frente a la oficina y pidió hablar. Paola leyó el mensaje mientras preparaba el desayuno de un sábado de agosto de 2016. Llevó la taza al comedor, donde Tomás había extendido piezas de un circuito. Su hijo tenía quince años y aquella mañana no había que apurarlo para llegar a clases.
—Voy a necesitar esta mesa para comer —le advirtió.
—Dame veinte minutos.
Paola aceptó y se sirvió café. No respondió a Ricardo hasta el lunes. Le comunicó que no quería una cita personal. Podrían hablar de los hijos por el canal que ya utilizaban y, sobre dinero, con Rebeca. Se sintió seca al escribirlo; después recordó que su exmarido había aparecido sin preguntar y que ella tenía derecho a elegir cómo recibirlo. La respuesta fue breve: Entiendo. Dime si algún día cambias de opinión.
Paola guardó el teléfono y se fue al gimnasio. Lorena le corrigió la posición de las rodillas durante una serie. Mientras descansaba comprendió que había estado a punto de aceptar el encuentro para demostrarle a Ricardo que podía verlo sin sufrir. Todavía le costaba decidir sin pensar en su opinión.
El encuentro ocurrió dos semanas después, en una actividad escolar de Tomás. Cada padre recibió una invitación y el muchacho les pidió que asistieran sin discutir. Su equipo presentaría un sistema de riego controlado por sensores. Paola llegó de la oficina con pantalón oscuro, una blusa verde y zapatos bajos; se quitó el saco porque el aula estaba llena. Ricardo apareció cuando la explicación ya había comenzado y se quedó junto a la puerta.
Tomás se equivocó al conectar una pieza. Buscó a su compañero, corrigieron el cable y repitieron la demostración. Paola aplaudió con ganas cuando empezó a correr el agua. Ricardo levantó el teléfono para grabar el final. Al salir, el adolescente les explicó dónde había estado el problema. Su padre quiso enseñarle una forma distinta de resolverlo, pero Tomás siguió contando lo que habían hecho con su equipo. Paola reconoció la impaciencia de Ricardo y esperó. Él terminó guardando el teléfono para escucharlo.
Después, Tomás se marchó con sus compañeros. Tenían permiso para comer juntos y regresarían con la madre de uno de ellos. Paola comprobó el mensaje de confirmación y comenzó a buscar las llaves.
—¿Podemos caminar hasta la salida? —preguntó Ricardo.
Ella miró el pasillo lleno de familias.
Ricardo había reparado en su cintura y en el cabello con rayitos rubios antes de encontrar una frase para saludarla. La recordaba cocinando con una blusa ancha, el rostro sin maquillar y los mechones mal recogidos; aquel recuerdo ya no coincidía con la mujer que había llegado desde su oficina. Paola se veía más esbelta y firme, cuidaba su vestuario y hablaba con seguridad de un trabajo propio. Él preguntó si seguía yendo al gimnasio. Ella respondió que sí y volvió a escuchar la explicación de Tomás sobre el proyecto.
—Hasta la salida.
Él habló primero de la presentación. No sabía cuánto llevaba Tomás trabajando en aquel proyecto. Paola le dijo que podía preguntárselo directamente y que el muchacho también se quejaba de los cambios de última hora en sus visitas. Ricardo se defendió con el trabajo. Se detuvo al ver su expresión.
—Ya sé —dijo—. Tú también trabajas.
—Eso no explica todo lo que te está pidiendo.
Caminaron en silencio unos metros. Cerca de la cancha, Ricardo le pidió disculpas por la tarjeta cancelada y por haber condicionado los gastos de los hijos al comportamiento de ella. Nombró aquellos hechos sin esconderlos en un «las cosas salieron mal». Paola se quedó junto a una banca. Le dolió oírlo porque llevaba años necesitando que no pareciera una discusión sobre su sensibilidad.
—Tomás dijo que no le importaba perderse la visita escolar —respondió—. Tenía ocho años. Tú y yo sabíamos que sí le importaba.
Ricardo aceptó el recuerdo. No trató de compensarlo hablando de regalos posteriores. Preguntó si ella creía que su hijo todavía lo tenía presente.
—Pregúntale qué necesita ahora. No le pidas que te absuelva de lo de entonces.
Él se sentó y Paola permaneció de pie. Había una madre esperando junto a los baños, dos niños jugando con un balón y un profesor recogiendo carteles. Aquello le resultó más soportable que una mesa preparada para hablar del pasado. Ricardo contó que su relación posterior había terminado. Paola le respondió que no quería conocer los detalles. La joven con la que se fue nunca había adquirido la obligación de devolverle a ella su matrimonio. Eso le correspondía entenderlo a Ricardo.
—Te extraño —dijo él.
Paola dejó de buscar las llaves. La frase le produjo una tristeza precisa: recordó las noches en que habría cambiado cualquier otra noticia por escucharla. Pensó en la comida que preparaba para reuniones donde él apenas la saludaba y en las veces que fingió no advertirlo. También recordó viajes y tardes buenas. No necesitó ordenar todos aquellos recuerdos para saber su respuesta.
—No quiero volver contigo.
Ricardo le pidió una oportunidad para demostrar que podía tratarla de otra manera. Ella le dijo que esa demostración tenía un lugar posible en la relación con sus hijos y en el cumplimiento de sus obligaciones, pero no abriría otra vez una relación de pareja.
—¿Y si no estuvieras con Gabriel?
—Seguiría queriendo esto.
Ricardo se levantó. Parecía enfadado y procuró disimularlo con una sonrisa. Paola no tenía que quedarse hasta que él estuviera de buen humor. Se despidió y llegó al automóvil con suficiente tiempo para su siguiente cita. Lloró unos minutos antes de encenderlo. Le habría gustado que la disculpa llegara cuando todavía podían cambiar la vida que llevaban, pero no deseaba recuperarla ahora.
Esa tarde fue a casa de Gabriel. Él tenía a Emiliano y había propuesto comer los cuatro cuando regresara Tomás. Paola le contó que había hablado con Ricardo. Gabriel preguntó cómo se sentía y después admitió que le incomodaba enterarse al final de un encuentro que, en principio, no iba a ocurrir.
—No lo planeé —explicó ella—. Tampoco necesito informarte cada vez que coincido con el padre de mis hijos.
Gabriel reconoció que era cierto. Aun así, la conversación quedó tensa. Paola se preguntó si su nueva relación repetiría aquella vigilancia con mejores palabras. Él pidió unos minutos para pensar antes de seguir. Mientras preparaban la ensalada, pudo decir que había sentido celos y que no quería convertirlos en una obligación para ella.
—Puedo escuchar que estás celoso —respondió Paola—. Lo que no puedo es pasar la vida demostrando que me porto bien.
Se sentaron a comer cuando llegaron los muchachos. No fingieron una alegría exagerada y tampoco los hicieron participar en el desacuerdo. Más tarde, Gabriel retomó la conversación sin excusas. Acordaron hablar cuando algo les preocupara y conservar espacios que no exigieran supervisión. Paola se quedó porque quería resolver aquello con él, no porque tuviera que arreglarle el ánimo antes de marcharse.
El lunes, Ricardo solicitó a Rebeca un estado de su deuda. Había encontrado comprador para una propiedad y quería anticipar pagos. Paola pidió la propuesta por escrito. La operación permitiría reducir el saldo de la compensación, pero no aceptaría cancelar la hipoteca antes de verificar el dinero. El acuerdo fijó el orden de depósitos, constancias y liberación de la garantía. Sus obligaciones de alimentos respecto de Tomás siguieron aparte.
Paola no le agradeció el cumplimiento como si fuera un favor. Reconoció que anticipar el pago reducía incertidumbre y autorizó a Rebeca a tramitar lo convenido cuando estuviera acreditado. La disculpa de la escuela no modificó el estado de cuenta. En la oficina contó a sus amigas lo ocurrido. Paulina quiso saber si necesitaba compañía; Paula preguntó qué había hecho con la tarde después de verlo. Paola les habló de Gabriel y de la discusión. Estaba cansada de las historias donde un hombre nuevo parecía solucionar de una vez todo lo que el anterior había dejado.
—Nos fue incómodo —admitió—. Y pudimos hablarlo.
Paulina sonrió. Tenía todavía el mensaje de Andrés que debía responder sobre una cena y el horario de su hija. Paula les mostró una invitación a una exposición. Las tres eligieron juntas una hora para entrenar el miércoles y después volvieron al trabajo.
Jimena recibió un correo de Novatek solicitando revisar pagos hechos al antiguo bufete. Paula reconoció una referencia parcial de cuenta y la comparó con su expediente. Deseó que coincidieran antes de poder comprobarlo. Paola cerró la puerta del privado.
—Esperen. Primero tenemos que saber si podemos recibir este asunto.