Capítulo 8 de 31
El padre que ganaba cero
Ricardo llamó a Paola el mismo día en que recibió el primer escrito firmado por ella. No la felicitó.
—¿De verdad están llevando ese asunto?
Paola estaba en la cocina, colocando etiquetas sobre los recipientes de comida que entregaría antes de ir al juzgado. Dejó el marcador.
—Si quieres hablar del expediente, utiliza el correo del despacho.
Él soltó una risa.
—Te estoy evitando una vergüenza.
Paola miró el reloj. Tenía que salir en veinte minutos.
—¿Algo más?
—Mi cliente no tiene ingresos fijos. Ya depositó lo que pudo. No puedes inventarle un sueldo porque su expareja esté molesta.
Ella sintió el golpe familiar de aquella voz: la seguridad con la que Ricardo convertía su versión en la única posible. Esta vez tenía delante una carpeta. Y dentro de la carpeta había fechas, transferencias y documentos.
—Lo discutiremos en el procedimiento.
—Paola…
Colgó antes de que él encontrara el tono con el que solía hacerla dudar. Después se dio cuenta de que había pegado una etiqueta torcida. La despegó y comenzó de nuevo.
Mauricio Salcedo declaró que su actividad económica había disminuido casi por completo. El primer depósito no se repitió en la fecha esperada. A través de Ricardo presentó documentos que mostraban pocos movimientos en una cuenta y sostuvo que realizaba trabajos ocasionales. Elena leyó la explicación con la mandíbula apretada.
—Anoche estaba inaugurando un restaurante.
Se encontraban en la sala de Paulina. Paula levantó la vista de sus notas.
—¿Trabajando allí o como invitado?
Elena abrió el teléfono. Una fotografía publicada por el establecimiento mostraba a Mauricio junto a una cocina de acero inoxidable. El texto agradecía a Salcedo Equipamiento la instalación.
—Eso —dijo Elena—. Ese es su trabajo.
Paola acercó la pantalla.
—¿Conservas el enlace?
Elena asintió.
—Pero luego me van a decir que una foto no prueba nada.
—Prueba que existe una publicación que debemos revisar —respondió Paula—. Necesitamos saber quién contrató, a quién pagó y qué relación tiene Mauricio con esa actividad.
Paulina anotó el nombre del restaurante.
Paula extendió una hoja grande sobre la mesa. En el centro escribió el nombre de Mauricio. A un lado colocó los depósitos anteriores a la separación. Al otro, los mensajes en que él hablaba de entregas, anticipos e instalaciones. Elena había conservado más de lo que imaginaba.
En el teléfono conservaba fotografías de cocinas terminadas, avisos de viajes y encargos de Mauricio para enviar presupuestos desde la computadora de casa. Uno llamó la atención de Paula. Dile al cliente que el anticipo va a la cuenta de mi hermano. La mía está dando problemas. Tenía fecha de dos meses antes de la separación.
—¿Su hermano también trabaja en esto? —preguntó.
—A veces le ayuda a cargar cosas. Se llama Óscar.
—¿Sabes a nombre de quién está el negocio?
Elena negó. Paula dibujó una segunda línea. No sabían todavía si estaban ante una empresa, un nombre comercial o simplemente una forma de anunciar servicios. Tampoco podían atribuirle a Mauricio todo el dinero que pasara por una cuenta ajena. Pero ya tenían preguntas concretas.
Elena regresó dos días después con una libreta de tapas amarillas. La dejó sobre la mesa como quien entrega algo vergonzoso.
—Yo anotaba los anticipos.
Paulina comenzó a revisar. Había nombres de clientes, números telefónicos, cantidades y fechas.
—¿Por qué lo llevabas tú?
—Porque él decía que tenía mala memoria. A veces me llamaban para preguntar cuándo iban a entregar.
Paola se quedó mirando la libreta. Reconoció el tipo de trabajo que desaparecía de una historia cuando alguien resumía un matrimonio diciendo que su esposa se había quedado en casa.
—¿Hasta cuándo hiciste esto? —preguntó.
—Hasta que se fue.
Paula encontró un nombre que coincidía con el restaurante de la fotografía. Lo señaló. Las tres se inclinaron sobre la página.
La información se incorporó al trabajo del expediente mediante solicitudes y documentos preparados con cuidado. Pidieron que se obtuvieran informes pertinentes y plantearon la necesidad de examinar la actividad económica real de Mauricio, más allá de una sola cuenta bancaria. No todo fue autorizado en los términos que habían propuesto. Una petición requirió mayor precisión. Otra no produjo resultados útiles.
La primera respuesta recibida parecía favorecerlo: no aparecía como trabajador registrado por el restaurante. Paulina leyó el informe dos veces. Paola se dejó caer en la silla.
—Porque no es su empleado.
Paula tomó el documento.
—Entonces no nos quedamos aquí.
Revisaron la diferencia entre trabajar para alguien de manera subordinada y prestar un servicio por cuenta propia. El dato que necesitaban podía estar en una factura, un contrato o un pago. Volvieron a ordenar las preguntas.
Mientras tanto, la vida siguió cobrando. La impresora necesitó reparación. Paulina perdió dos alumnos porque habían terminado el curso escolar. Paola llegó un martes con dolor de espalda y una bolsa de pan que no pensaba comer. Paula abrió una hoja de cálculo.
—Tenemos que hablar del dinero.
Ninguna protestó. Acordaron turnarse ciertas gestiones y contratar apoyo externo solo cuando fuera necesario. Paulina atendería dos consultas remuneradas que les habían recomendado. Una trataba sobre un contrato de arrendamiento. La otra, sobre una deuda. Revisaron antes si podían asumirlas con los conocimientos y el tiempo disponibles. Elena seguía siendo su único asunto gratuito abierto.
—Si hacemos mal las cuentas, cerramos —dijo Paula.
Paola partió un pan.
—Pues hagámoslas bien.
Ricardo apareció en el pasillo del juzgado con un traje azul oscuro y la expresión de quien esperaba encontrarse con una ocurrencia. Vio primero a Paulina. Después a Paula. Finalmente, a Paola. Ella llevaba pantalón negro, una blusa clara y una chaqueta que había comprado de segunda mano y mandado ajustar. El cabello le rozaba los hombros. Ricardo la observó unos segundos más de lo necesario.
—Te ves distinta.
Paola acomodó el expediente bajo el brazo.
—Buenos días.
Él miró a sus compañeras.
—¿Vinieron las tres?
—Tenemos trabajo distribuido —respondió Paulina.
Mauricio esperaba a unos metros. Miraba a Elena con impaciencia. Ella sostenía la bolsa contra el cuerpo. Paula se colocó a su lado para revisar el último documento. Ricardo bajó la voz.
—No conviertas esto en algo personal.
Paola lo miró por primera vez directamente.
—Entonces hablemos de Mauricio.
Él no sonrió.
La propuesta llegó antes de que entraran. Mauricio ofrecería una cantidad menor a la provisional y entregaría una suma para cubrir parte de los atrasos, siempre que Elena aceptara cerrar la discusión sobre sus ingresos. Elena miró a sus abogadas. La cantidad inmediata alcanzaba para varias cuentas pendientes. Paulina pidió tiempo para hablar con ella en privado. Encontraron un extremo tranquilo del pasillo.
—No quiero seguir viniendo —dijo Elena—. Cada vez que lo veo, me duele el estómago.
Paola asintió.
—Lo entendemos.
Revisaron la oferta, sus consecuencias y los puntos que dejaba sin aclarar. No le prometieron una cantidad superior. Tampoco minimizaron la necesidad del dinero inmediato. Elena hizo cuentas en el reverso de una copia. Comprobó dos sumas antes de volver a hablar.
—Eso no alcanza cada mes.
Levantó la cabeza.
—Quiero que sigamos.
Paulina guardó la hoja.
—De acuerdo.
El informe decisivo llegó del restaurante. El establecimiento había contratado una instalación completa. La documentación identificaba a Mauricio como la persona que presentó el presupuesto, coordinó la obra y recibió instrucciones sobre el pago. Parte del dinero se había depositado en la cuenta de Óscar. Había además comunicaciones y comprobantes que permitían seguir esa operación. Paula leyó las páginas sin levantarse. Después buscó la libreta amarilla. El anticipo coincidía.
El contador contratado por horas cruzó esa operación con otras seis instalaciones de los doce meses anteriores. Separó facturación, materiales, salarios de ayudantes y utilidad disponible. La media no salió del precio de una cocina: procedía de cobros identificados y gastos respaldados. Óscar compareció y reconoció que había recibido anticipos por encargo de Mauricio. La respuesta fiscal y los documentos del restaurante permitieron contrastar esa admisión.
Ricardo objetó que un buen mes no garantizaba trabajo durante todo el año. Paola aceptó la observación y presentó la serie completa, incluidos dos meses malos. Ese cálculo redujo la cantidad que Elena esperaba, pero resistió mejor el debate que la pretensión inicial basada en fotografías. Paulina mantuvo una aportación mensual determinada y un mecanismo de actualización, con participación en gastos médicos extraordinarios acreditados. El juzgado ajustó la medida provisional al valorar la capacidad real de Mauricio.
No todo el importe era ganancia: existían materiales, transporte y otras erogaciones que debían considerarse. Pero la actividad estaba allí. Y no se parecía a la ausencia casi absoluta de trabajo que Mauricio había descrito. Paulina trazó una línea bajo una fecha.
—Aquí dijo que llevaba semanas sin conseguir nada.
Paola comparó el escrito con el informe. Aquel mismo periodo incluía la instalación. Paola dejó de ensayar una frase brillante. Lo que necesitaba era conseguir que Mauricio explicara una fecha y luego otra sin esconderse en la palabra crisis. Preparó cuatro preguntas y eliminó la quinta porque incluía una conclusión que correspondía al juzgado. A la mañana siguiente, en el gimnasio, contó las repeticiones en voz baja mientras repasaba aquel orden. Lorena la hizo dejar el expediente dentro del bolso durante cuarenta minutos.
—Si vas a entrenar conmigo, necesito que estés aquí.
Paola obedeció. Salió menos acelerada y escribió las preguntas definitivas después de desayunar. Se quedó callada unos segundos. Luego sacó una hoja limpia.
La confrontación de las versiones fue menos espectacular de lo que Elena había imaginado. No hubo un discurso que hiciera temblar el salón. Hubo preguntas precisas. Fechas. Un presupuesto. La identificación de una cuenta. Mauricio reconoció que había coordinado la instalación. Explicó que el dinero depositado a su hermano cubría también compras y pagos a otras personas. Era una explicación que debía examinarse.
Sin embargo, cuando se le pidió aclarar por qué había presentado su situación como si casi no realizara trabajos, comenzó a contradecirse sobre los periodos. Ricardo intervino cuando correspondía. Paulina sostuvo sus planteamientos con los documentos abiertos frente a ella. Paola encontró la página que necesitaba antes de que su compañera tuviera que pedirla. Paula tomó nota de cada referencia económica. Elena las observó trabajar. Ya no veía tres mujeres en el comedor de una casa. Veía a sus abogadas.
La resolución posterior mantuvo la obligación provisional y valoró los elementos reunidos sobre la actividad económica de Mauricio para determinar el monto que debía cubrir mientras continuaba el asunto. También quedaron pendientes el esclarecimiento completo de sus ingresos y la cuantificación de los incumplimientos. Aún tendrían que vigilar cada pago.
Pero Mauricio dejó de poder sostener su defensa únicamente en el saldo reducido de una cuenta. El primer abono para ponerse al corriente llegó días después. Elena envió el comprobante desde la fila de una farmacia. Ya compré lo de Bruno. Paulina lo leyó en voz alta. Paola apoyó la espalda en la silla. Paula registró el depósito. Después, por fin, sonrieron.
Ricardo escribió esa noche. Buen trabajo con lo del restaurante. Paola leyó el mensaje sentada en la cama. Antes habría vuelto a leer aquel elogio cada vez que dudara de sí misma. Ahora recordó a Elena haciendo cuentas en un pasillo, a Tomás renunciando a una excursión y las madrugadas en que ella estudiaba después de lavar las ollas. Dejó el teléfono sobre la mesa. No respondió.
A la mañana siguiente, cuando llegó a casa de Paulina, encontró una nota junto a la computadora. Era una llamada recibida. Teresa Aguirre. Necesita ayuda. Su exmarido quiere sacarla de la casa. Paola dejó el bolso, se sirvió café y abrió una página nueva.
El expediente alcanzó sentencia en febrero de 2014. La pensión definitiva quedó en nueve mil seiscientos pesos mensuales para ambos niños, actualizable conforme al mecanismo fijado en la resolución. Los gastos médicos extraordinarios se distribuirían según las proporciones determinadas, previa acreditación. La liquidación de atrasos descontó cada depósito comprobado; Mauricio cubrió una parte y aseguró el saldo mediante embargo de derechos identificados. Elena no recibió el equivalente a las ventas brutas de su exmarido. Obtuvo una aportación fundada en lo que podía pagar y en lo que necesitaban sus hijos. En septiembre de 2013, cuando aún preparaban aquellas pruebas, Teresa ya había llamado a la puerta del despacho.