Capítulo 7 de 31

El despacho de la sala

En julio de 2013, con las tres cédulas expedidas, fijaron el horario de consultas en la puerta del cuarto de trabajo. Sofía y Daniela tenían veinticinco años y Nicolás, veinticuatro: los tres habían terminado sus estudios y trabajaban. Mateo, de veinte, y Regina, de diecinueve, seguían estudiando; Lucía tenía catorce, Diego dieciséis y Tomás doce. Compartir traslados seguía ayudando, pero ninguna podía organizar ya a sus hijos como cuatro años antes.

La primera clienta llegó cuando Paulina estaba escondiendo una tabla de planchar detrás de una puerta. El timbre la sobresaltó. Paola levantó la cabeza desde el comedor.

—Dijiste que venía a las diez.

Paulina miró el reloj. Eran las nueve con cincuenta y ocho. Paula cerró la computadora, apartó una taza y revisó que no hubiera documentos de otros asuntos sobre la mesa. Habían pasado tres semanas desde que las tres tuvieron sus cédulas profesionales.

Los primeros trajes no eran caros, pero sí de su talla actual. Paulina llevaba un saco azul que marcaba la cintura sin apretarla, Paola combinó pantalón oscuro con una blusa que dejaba ver el cuello y Paula apareció con el cabello en una coleta pulida y los zapatos limpios. Habían preparado maquillaje, ropa y carpetas la noche anterior. La clienta encontraría una oficina modesta y tres profesionales cuidadas; ninguna quería esperar a tener un despacho lujoso para atender con esa presencia. Durante ese tiempo compraron un archivero usado, contrataron una línea exclusiva para el despacho y redactaron sus primeros formatos de atención. El comedor de Paulina se convirtió en sala de juntas.

Una habitación pequeña, antes destinada a guardar cajas, quedó como espacio de trabajo. Los expedientes se conservarían bajo llave; los niños conocían los horarios de consulta y la importancia de no interrumpir. Todo estaba previsto, salvo la tabla de planchar. Paulina consiguió cerrar la puerta. Después abrió la entrada.

—Buenos días. ¿Elena?

La mujer asintió. Tendría unos treinta y cinco años. Llevaba una bolsa grande, una carpeta de plástico y un cansancio que Paulina reconoció antes de que dijera una palabra.

—Disculpe. ¿Aquí es el despacho?

Paulina sintió un breve ardor en las mejillas. Detrás de ella estaba su casa: las fotografías familiares, una marca de humedad cerca del techo y el comedor que Sofía había limpiado dos veces aquella mañana. Se hizo a un lado.

—Sí. Adelante.

Elena Ruiz se sentó en el borde de la silla. Dejó la carpeta sobre las piernas.

—Me dio su número Marisol, la de la distribuidora. Me dijo que ustedes podían escucharme.

Paula asintió.

—Gracias por venir.

Le explicaron cómo trabajarían, quiénes tendrían acceso a su información y que necesitaban revisar sus circunstancias antes de proponer una estrategia. Cuando hablaron de honorarios, Elena bajó la mirada.

—Yo pregunté porque me dijeron que algunas consultas…

—Reservamos parte de nuestro tiempo para asuntos gratuitos —explicó Paulina—. Podemos asumir tu representación sin cobrar honorarios. Los gastos externos que pudieran surgir los revisaremos contigo antes.

Elena apretó la carpeta.

—No quiero quitarle el lugar a alguien que esté peor.

Paola acercó un vaso de agua.

—Cuéntanos qué está pasando.

Elena abrió por fin los documentos. Tenía dos hijos: Inés, de nueve años, y Bruno, de seis. El padre, Mauricio Salcedo, había salido de la casa once meses antes. Al principio entregaba dinero cada semana. Después comenzó a depositar cuando quería. En los últimos dos meses solo había enviado ochocientos pesos.

—Dice que no tiene trabajo fijo.

—¿Antes en qué trabajaba? —preguntó Paula.

—Supervisaba instalaciones de cocinas industriales. Sigue haciendo lo mismo.

—¿Cómo lo sabes?

Elena sacó el teléfono. Había mensajes en los que Mauricio explicaba que no podía recoger a los niños porque estaba trabajando. También conocía el nombre de varios clientes y conservaba transferencias anteriores. Paula tomó notas.

—Vamos a separar lo que sabemos directamente de lo que necesitamos verificar.

Elena las miró con inquietud.

—¿No me creen?

Paulina reconoció la pregunta. Ella misma la había pensado frente a Rebeca.

—Te estamos escuchando con atención. Para presentar tu caso necesitamos poder explicar de dónde sale cada dato.

Elena aflojó un poco los hombros.

La amenaza apareció entre dos capturas de pantalla. Si me demandas, pido a los niños. Tú ni casa propia tienes. Paola leyó el mensaje sin cambiar de expresión. Luego dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Ha intentado llevárselos sin avisarte?

—No. Pero dice que tiene un abogado muy bueno.

—¿Te ha llegado alguna notificación?

Elena negó.

—Solo me manda mensajes cuando le pido dinero.

Paulina le preguntó por las rutinas de los niños, la escuela, la vivienda y las personas que podían apoyarla. Elena trabajaba por las mañanas en una panadería y limpiaba dos departamentos por las tardes. Su hermana recogía a los pequeños tres días a la semana.

—Inés empezó a guardar fruta de la escuela para su hermano —dijo.

Se le quebró la voz. Las tres guardaron silencio. Elena se cubrió la cara.

—Yo no les digo que no hay. Intento que no se den cuenta.

Paola miró sus propias manos. Recordó a Tomás renunciando a una visita escolar para evitarle una preocupación. Esperó a que Elena pudiera continuar.

Cuando la clienta se fue, permanecieron sentadas unos segundos. La carpeta seguía sobre la mesa, ahora con copias ordenadas y una lista de documentos pendientes.

—Es nuestro primer asunto —dijo Paula.

Paola miró la puerta.

—Y no podemos tratarlo como si fuera el nuestro.

Paulina asintió. Habían sentido la misma rabia. Precisamente por eso necesitaban cuidar cada paso. Revisaron las actas de nacimiento, los comprobantes de gastos y los antecedentes de depósitos. Elena no tenía una resolución previa que fijara alimentos. El escrito describía las necesidades de Inés y Bruno con recibos escolares, consultas y un presupuesto mensual de vivienda, comida y transporte. Paulina explicó el criterio de proporcionalidad: el dinero debía relacionarse con las necesidades de los niños y la capacidad de ambos padres, incluyendo el trabajo cotidiano de Elena al cuidarlos. Solicitaron informes que permitieran conocer la actividad de Mauricio, una cantidad provisional y aseguramiento. La obligación no se agotaba en entregar alimentos en especie ni podía condicionarse a las visitas.

Elena corrigió la fecha de una consulta y quitó de la relación un gasto que su hermana le había regalado. Aquella mañana participó en la preparación del expediente durante una hora; al marcharse sabía qué habían pedido y por qué. El trabajo consistiría en solicitar lo que correspondiera, plantear la urgencia y aportar elementos sobre las necesidades de los menores y la capacidad económica del padre. Paulina elaboró el primer borrador. Paula preparó la relación documental. Paola llamó a Elena para aclarar fechas que no coincidían. Antes de cerrar el escrito, hicieron una revisión conjunta. Encontraron un apellido mal capturado. Después, una cantidad duplicada. Paulina corrigió ambos errores sin hablar.

Paulina dejó una copia para la lectura final de Paola antes de presentar la demanda.

Aquella noche consultaron con Rebeca una duda procesal, sin compartir más información de la necesaria y con autorización de Elena para esa colaboración. La abogada escuchó el planteamiento.

—¿Qué están pidiendo exactamente en la medida provisional?

Paulina respondió. Rebeca formuló tres preguntas más. La segunda reveló una ambigüedad. Paulina volvió al documento.

—Tengo que precisarlo.

—Bien.

Antes de despedirse, Rebeca añadió:

—No se queden discutiendo entre ustedes hasta convencerse de algo que no han comprobado. Si tienen una duda, resuélvanla.

Paulina colgó y miró a sus amigas. Paola ya estaba abriendo el archivo. Trabajaron hasta tarde.

Elena recibió la noticia de que su demanda había sido presentada mientras limpiaba un baño. Leyó el mensaje con los guantes puestos. Al terminar la jornada llamó desde la calle.

—¿Entonces ya sabe él?

Paola le explicó que la presentación y la notificación eran actuaciones distintas, y que le informarían conforme avanzara el procedimiento.

—¿Y si se enoja?

—Si te amenaza o intenta intimidarte, avísanos. Guarda los mensajes y cuéntanos cualquier cambio que afecte tu seguridad o la de los niños.

Elena permaneció callada.

—Pensé que me iba a sentir mejor.

Paola se apoyó en el respaldo de su silla.

—¿Qué estás sintiendo?

—Que hice algo malo.

Paola cerró los ojos un instante.

—Pediste que se atiendan las necesidades de tus hijos.

Del otro lado se escuchó un autobús. Elena dijo que tenía que irse. La espera puso a prueba el entusiasmo del despacho. Paulina seguía dando regularización. Paula conservaba su trabajo en la distribuidora. Paola preparaba comidas y había empezado a rechazar pedidos los días que necesitaba dedicar al asunto. Los gastos de impresión aumentaron. Una mañana se terminó el tóner a mitad de un documento. Paola levantó el cartucho como si quisiera interrogarlo.

—¿Ya?

Paula buscó el precio del repuesto. Las tres miraron la pantalla. Después hicieron cuentas. Aquella tarde acordaron que no aceptarían otro asunto gratuito hasta saber cuánto tiempo y dinero podían sostener. Necesitaban clientes que pagaran para mantener abierto el espacio donde atenderían también a quienes no podían hacerlo. La decisión les pesó. La dejaron escrita.

La resolución provisional llegó una mañana en que Paula estaba conciliando facturas. Paulina la llamó.

—Ya acordaron la solicitud.

Paula dejó el bolígrafo.

—Léemela.

Revisaron su contenido completo antes de hablar con Elena. La autoridad había fijado una aportación provisional y ordenado actuaciones para obtener información económica y continuar el procedimiento. Pero existía una primera obligación concreta cuyo cumplimiento debían vigilar. Elena fue a la casa esa tarde. Escuchó sin interrumpir.

—¿Y si no paga?

Paulina le explicó que darían seguimiento y que cualquier incumplimiento tendría que hacerse del conocimiento del juzgado para solicitar lo procedente. Elena miró la copia.

—Nunca había tenido un papel donde dijera lo que él tiene que hacer.

Lo guardó con cuidado.

La notificación provocó la respuesta que temían. Mauricio llamó a Elena una y otra vez. Después escribió: Te van a sacar dinero y vas a terminar igual. Ella les envió el mensaje. Luego llegó otro. Ya tengo abogado. Paulina revisó con sus compañeras la comunicación antes de responderle a la clienta. Le pidieron que conservara todo y evitara discutir el asunto por teléfono. Días después apareció en el expediente la contestación correspondiente. Paula fue la primera en ver el nombre del abogado. Se quedó inmóvil frente a la pantalla.

—Paulina.

Ella se acercó. Al pie del escrito aparecía una firma que conocían. Ricardo Beltrán. Paola se levantó de su silla. Leyó el nombre. Después leyó los argumentos. Mauricio sostenía que sus ingresos eran inestables y cuestionaba varias partidas del presupuesto de los niños. Paola apoyó ambas manos en la mesa. Paulina esperó.

—Podemos revisar si hay alguna circunstancia que debamos atender antes de continuar —dijo.

Paola volvió a sentarse.

—Sí. Revisamos todo. Y después trabajamos.

Abrió su cuaderno.

El primer depósito llegó dos semanas más tarde. Elena envió una captura y un mensaje breve. Ya entró. Las tres comprobaron la cantidad y la fecha para registrarlas en el seguimiento del asunto. Paola sonrió primero. Paula se cubrió la boca con una mano. Paulina sintió una emoción tan intensa que tuvo que sentarse.

Aquella tarde Elena pasó por el despacho con Inés y Bruno. Había ido a entregar unos comprobantes pendientes. El niño observó el archivero usado.

—¿Aquí trabajan?

—Aquí —respondió Paula.

Inés llevaba una bolsa de pan.

—Lo hizo mi mamá.

Elena se apresuró a aclarar:

—No es pago. Solo quería traerles algo.

Paulina recibió la bolsa. Sobre la mesa quedaron los comprobantes, el registro del depósito y las migas que Bruno dejó al partir una concha. Cuando se fueron, Paola abrió la ventana. Entró el ruido de la calle. Todavía tenían que responder los argumentos de Mauricio, verificar sus ingresos y llevar el asunto hasta una solución estable. Paulina escribió la siguiente fecha en el calendario. Después puso tres tazas junto al pan.

El registro del depósito quedó junto a las tazas. Inés y Bruno tendrían una aportación que antes dependía de la voluntad de Mauricio. Y abajo, en la carpeta, estaban sus tres apellidos.