Capítulo 6 de 31

Nadie se gradúa sola

Paulina guardó el primer examen reprobado dentro de una caja de zapatos. No se lo enseñó a sus hijos aquel día. Lo dobló en cuatro, lo metió debajo de los recibos de inscripción y cerró la tapa como si el cartón pudiera contener la vergüenza. Habían pasado seis meses desde su regreso a la universidad.

Alejandro acababa de llevarse a Lucía un fin de semana y había publicado una fotografía en un restaurante con la niña, Mariana y un mensaje sobre la importancia de la familia. Paulina había visto la imagen después de pasar tres horas estudiando. Luego recibió la calificación.

Aquella noche, las dos cosas se mezclaron de una manera cruel: él parecía tener una vida nueva; ella seguía intentando comprender un tema que sus compañeros resolvían con facilidad. A las once llamó a Paola.

—Creo que no puedo.

Del otro lado se escuchó el ruido de una llave de agua. Después, silencio.

—¿Quieres que te escuche o quieres que vaya?

Paulina se cubrió los ojos.

—Que vengas.

Paola llegó con Paula veinte minutos después. Ninguna llevó consejos. Paula puso leche a calentar. Paola encontró unas galletas y se sentó junto a Paulina.

—Reprobé —dijo ella.

Sacó el examen de la caja. Paula lo extendió sobre la mesa.

—¿Ya viste los errores?

—Vi el número.

Las tres permanecieron mirando la hoja. Paola acercó una silla.

—Entonces hoy vemos los errores.

Terminaron a la una y media. Había conceptos mal relacionados, una respuesta incompleta y dos preguntas que Paulina dejó en blanco porque se había quedado sin tiempo. Al ponerlos por separado, dejaron de parecer una sentencia sobre su inteligencia. Eran problemas que podía trabajar. Antes de irse, Paula tomó la caja de zapatos.

—Esto se queda abierto.

Paulina soltó una risa cansada. La semana siguiente habló con el profesor, reorganizó sus horas de estudio y comenzó a practicar respuestas con límite de tiempo. Aprobó la recuperación. Guardó también ese examen.

El tiempo no pasó de manera limpia. Entre enero de 2010 y junio de 2013 hubo seis semestres, un examen extraordinario para Paulina y una materia que Paula tuvo que recursar por incompatibilidad de horario. En el verano de 2012 concluyeron las asignaturas; dedicaron el curso siguiente a completar requisitos, preparar sus trabajos y titularse. Al recibir las cédulas, Paulina y Paula tenían cuarenta y seis años y Paola, cuarenta y cinco. Las niñas que habían sujetado horarios en el refrigerador estaban entrando en otra etapa de sus vidas. Hubo semanas que parecieron hechas solamente de traslados.

Paula salía de la distribuidora con una fruta en la bolsa, tomaba un autobús y llegaba a clase repasando tarjetas escritas a mano. Paola aprendió a calcular cuánto arroz podía dejar preparado antes de estudiar sin que se endureciera para los pedidos del día siguiente.

Paulina dio clases particulares en vacaciones, corrigió textos por encargo y descubrió que podía explicar una regla gramatical mientras pensaba en el recibo de la luz. Los expedientes familiares avanzaban a otra velocidad. En el asunto de Paulina hubo pagos y también periodos de incumplimiento que Rebeca tuvo que atender por las vías correspondientes.

En el de Paola, la información sobre los ingresos de Ricardo llegó incompleta y obligó a insistir. Paula tuvo que reconstruir movimientos patrimoniales y aclarar documentos cuyo contenido Esteban pretendía presentar como aceptado sin discusión. Sus matrimonios terminaron legalmente antes de que concluyeran todas las controversias sobre dinero.

Los divorcios quedaron decretados durante 2010. Las medidas alimentarias tuvieron seguimientos independientes. Hubo descuentos sobre ingresos identificados, depósitos parciales y liquidaciones de atrasos; Rebeca evitó que la discusión patrimonial mantuviera sin respuesta lo urgente. El sostenimiento personal de ellas se revisó conforme adquirieron ingresos. Lo que continuó litigándose, con recursos y dificultades para integrar los inventarios, fue la compensación económica y, en el caso de Paula, la aportación al local y el documento de dinero supuestamente recibido. Aquella distinción les permitió trabajar y estudiar sin esperar que un único juicio resolviera todos sus problemas. La sentencia de divorcio de Paulina llegó un jueves.

Ella estaba revisando la tarea de un alumno cuando Rebeca se lo comunicó. Al terminar la llamada, miró su mano izquierda. Hacía meses que no llevaba el anillo. Aun así, aquella tarde sintió la ausencia.

Durante el segundo año, Paola perdió un pedido importante. La clienta canceló después de que ella comprara los ingredientes. Paola había aceptado el encargo sin anticipo porque se trataba de una conocida. Se quedó frente al refrigerador abierto, haciendo cuentas. Esa noche dijo que suspendería un semestre. Nicolás dejó el vaso que estaba lavando.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta estabilizarme.

Su hijo la miró con una tristeza que la irritó.

—No me veas así.

—No quiero que dentro de veinte años digas otra vez que no hubo momento.

Paola se quedó callada. Él no añadió nada. Al día siguiente, ella habló con sus amigas. Redujeron temporalmente algunas sesiones de estudio a reuniones en su cocina. Paula revisó los costos del negocio y le ayudó a establecer anticipos. Paulina se encargó de redactar un menú más claro y unas condiciones sencillas para los pedidos. No recuperaron el dinero perdido. Consiguieron que no se repitiera del mismo modo. Paola terminó el semestre.

Paula fue la primera en entrar a una oficina jurídica como parte de su formación práctica. Una profesora la recomendó para colaborar, bajo supervisión, en una organización que orientaba a familias con pocos recursos. Revisaba documentos, ordenaba antecedentes y acompañaba entrevistas. Las decisiones profesionales y la representación correspondían a las abogadas responsables.

El primer día conoció a una mujer que llevaba los papeles de sus hijos dentro de una bolsa de supermercado. Paula le ofreció una carpeta. La mujer se echó a llorar.

—Perdón —dijo—. No sé ni por dónde empezar.

Paula recordó su propia llegada al despacho de Rebeca. No tocó los documentos de inmediato. Le acercó agua.

—Podemos ir uno por uno.

Aquella tarde comprendió que quería trabajar en asuntos familiares. También comprendió lo mucho que le faltaba aprender.

Paulina comenzó a sentirse distinta en su cuerpo antes de advertirlo en el espejo. Podía subir las escaleras sin detenerse. Dormía mejor las noches en que no estudiaba hasta demasiado tarde. La rodilla seguía molestándole a veces, pero había aprendido a ajustar los ejercicios.

Durante los primeros ocho meses Paulina había bajado parte del peso acumulado y su ropa empezó a quedarle holgada. Se notaba en el rostro, en los brazos y en el contorno de la cintura, aunque todavía estaba lejos del cambio que buscaba. Un sábado pidió un corte a la altura de los hombros, con capas suaves, y un tono castaño que cubriera las raíces canosas. Llevó una fotografía para explicar lo que quería. La peluquera retiró las puntas secas y le enseñó a peinarlo sin pasar una hora frente al espejo. Paulina salió con el cabello suelto, brillante, y una forma de enmarcar el rostro que había olvidado. Cuando volvió a casa, Sofía la observó desde la mesa.

—Te gusta.

Paulina se tocó una punta.

—Sí.

Paola compró un vestido rojo para la exposición final de una materia. Había perdido dos tallas después de más de un año de cambios sostenidos. Conservaba sus caderas, pero el abdomen había disminuido y la cintura se distinguía al ajustarse el cinturón. Se probó el vestido con una chaqueta prestada y pidió a Regina que le tomara una fotografía de cuerpo entero. Esta vez quiso conservarla.

Paula tardó más en ver una reducción clara de peso. Los ejercicios adaptados le ayudaron primero con el dolor de espalda; después fueron cambiando la caída de la ropa y el volumen del abdomen. A los catorce meses pudo ponerse unos pantalones que había guardado sin esperanza de volver a usar. No buscó el teléfono de Esteban para contárselo. Llamó a sus amigas y salió a caminar con ellas.

En 2011 cambiaron dos sesiones del centro comunitario por un gimnasio de barrio que ofrecía una cuota compartida. Lorena comenzó a trabajar allí y les enseñó a usar las máquinas sin cargar más de lo que podían controlar. Paula aprendió a apoyar la espalda al remar; Paulina fortaleció las piernas con movimientos adaptados y Paola dejó de competir con la mujer de la caminadora contigua. Llevaban una libreta de cargas y horarios. El seguimiento de peso y medidas se hacía de forma espaciada dentro de la orientación que recibían, en lugar de pesarse después de cada sesión. También anotaban cómo les quedaba la ropa y qué podían hacer con menos esfuerzo. Ninguna interpretó un día sin cambios en la báscula como permiso para abandonar o dejar de comer.

Una vez al mes revisaban qué les estaba funcionando: dormir mejor, cocinar con anticipación, caminar tramos que antes hacían sentadas en el transporte. Hubo periodos de exámenes en que faltaron al gimnasio; al volver retomaban la carga con cuidado. Los cambios se hicieron visibles despacio. Paulina recuperó el gusto por las blusas entalladas, Paola descubrió que disfrutaba la fuerza de sus brazos y Paula dejó de encorvarse para atravesar un salón sin llamar la atención. También seguían teniendo semanas difíciles y ropa que ya no querían usar.

A mediados de 2012, después de más de dos años de ejercicio y cambios de hábitos, las tres habían reducido de manera visible el sobrepeso inicial. Sus rostros tenían contornos más definidos, la cintura empezaba a marcarse y podían sostener una jornada con menos agotamiento. Los brazos y las piernas habían ganado firmeza. No habían rejuvenecido veinte años ni cambiado de identidad: seguían siendo Paulina, Paola y Paula, ahora con una figura más estilizada y tiempo reservado para atenderse.

Paola eligió rayitos rubios en tonos miel sobre su cabello oscuro. El corte conservó el largo y eliminó las puntas desiguales; aprendió a darle forma con ondas suaves. Paula cubrió las canas con un tono oscuro cercano al suyo, recuperó brillo con un cuidado regular y encontró en una coleta alta y pulida un peinado que le despejaba la cara. Paulina mantuvo el corte castaño a la altura de los hombros. Cada una empezó a reconocerse por un estilo propio, en lugar de recurrir siempre a una pinza y la primera prenda disponible.

Una tarde practicaron maquillaje en casa con Regina y Daniela. Se equivocaron con un delineado, limpiaron lo que sobraba y compararon colores de labios. Paula descubrió que prefería una base ligera; Paulina aprendió a resaltar sus ojos y Paola eligió un tono que antes guardaba para fiestas. No se maquillaron para ir a dormir ni para cada entrenamiento. Querían poder arreglarse cuando lo decidieran y volver a disfrutarlo.

Antes del examen profesional compraron tres prendas de buena caída en una venta de saldos. Teresa todavía no formaba parte de sus vidas: fue una costurera del mercado quien ajustó los primeros pantalones. Eligieron zapatos firmes, un saco combinable y bolsos capaces de llevar libros. Paola se pintó los labios frente al espejo del baño universitario y luego prestó el labial a Paulina. Paula prefirió unos aretes de plata y su coleta alta recién peinada. Habían estudiado para entrar a aquel examen y eligieron cómo presentarse. Guardaron una fotografía de sus primeras clases y prometieron compararla con la que se tomarían al aprobar. Entre una imagen y otra habría más de tres años de trabajo, no una sola visita al salón de belleza.

El tramo final les había traído un cansancio diferente. Ya no estudiaban para comprobar que podían volver. Estudiaban para terminar. Habían cumplido asignaturas, prácticas y servicio social conforme a los requisitos de su universidad. Ahora debían concluir los trámites y las opciones de titulación que cada una había elegido.

Paulina preparó un trabajo sobre las dificultades para acreditar la capacidad económica en controversias alimentarias. Paola desarrolló un proyecto centrado en acuerdos familiares y mecanismos para exigir su cumplimiento. Paula estudió la reconstrucción documental del patrimonio adquirido durante el matrimonio. Rebeca leyó algunos borradores cuando su trabajo se lo permitió. En una página escribió: Distingue lo que sabes de lo que todavía debes demostrar. Paulina pegó aquella observación sobre su escritorio.

Paula presentó primero su examen profesional. Esteban se enteró por Daniela. Le envió un mensaje la víspera. Ojalá no confundas un título con experiencia. Paula lo leyó mientras esperaba que se imprimiera una copia de su trabajo. Sintió el antiguo impulso de justificarse. Después guardó el teléfono en el bolso. Al día siguiente, frente al jurado, una pregunta la obligó a detenerse. No tenía la respuesta completa. Tomó aire.

—Con los elementos que plantea, necesitaría distinguir dos supuestos —comenzó.

Explicó lo que podía sostener y señaló qué información faltaba para llegar más lejos. Una de las sinodales asintió y formuló la siguiente pregunta. Cuando le comunicaron el resultado aprobatorio, Paula buscó a sus hijos. Daniela lloraba sin disimulo. Diego, que ya era casi tan alto como ella, levantó ambos pulgares. Paula se llevó una mano a la boca. Había ensayado cómo agradecer. No consiguió decir una palabra. Paola presentó tres semanas después. Regina le acomodó el cuello de la blusa antes de salir.

—No te lo estés jalando frente al jurado.

—Ya pareces mi mamá.

—Hoy me toca.

Nicolás condujo. Tomás llevaba una bolsa con un sándwich porque estaba convencido de que cualquier emergencia podía resolverse con comida. Paola habló con claridad hasta que una pregunta la hizo perder el hilo. Miró sus manos. Recordó las primeras cuentas del negocio, cuando había olvidado cobrar su propio trabajo. Pidió que le precisaran un punto. Después respondió.

Al terminar, salió al pasillo y encontró a Paulina caminando de un lado a otro.

—Me estás poniendo más nerviosa tú —le dijo.

Paulina se detuvo. Se abrazaron. Cuando pronunciaron su nombre para comunicarle el resultado, Paola entró sosteniendo la espalda recta. Salió llorando y riéndose al mismo tiempo.

Paulina fue la última. La noche anterior sacó de la caja de zapatos el examen reprobado. Lo abrió sobre la mesa. Luego colocó junto a él la recuperación aprobada, sus constancias y el ejemplar encuadernado del trabajo final. Lucía se acercó. Había crecido durante aquellos años. Ya no necesitaba que su madre le preparara la mochila, pero seguía sujetando con imanes los papeles que se levantaban del refrigerador.

—¿Todavía te da miedo? —preguntó.

—Mucho.

Lucía le tomó la mano.

—Bueno. Ya has ido con miedo otras veces.

Paulina durmió cuatro horas. Al día siguiente, Sofía, Mateo y Lucía ocuparon una fila junto a Paula y Paola. Mercedes Aranda llegó antes de que comenzara el examen. Paulina la vio entrar y tuvo que bajar la mirada para contener las lágrimas. Respondió durante casi una hora. Hubo preguntas exigentes y una observación que aceptó porque era correcta.

Cuando la llamaron de nuevo al salón, sintió que caminaba sobre piernas ajenas. Escuchó el resultado. Después buscó a sus amigas. Las tres lloraron sin preocuparse por las fotografías.

Los trámites posteriores exigieron paciencia, pagos y nuevas visitas a ventanillas. El título no apareció al día siguiente. Tampoco la cédula. Mientras esperaban, continuaron trabajando y preparándose. No se anunciaron como representantes de nadie ni aceptaron asuntos que todavía no estaban en condiciones de llevar. La primera cédula disponible fue la de Paula. La de Paola llegó después. La de Paulina quedó lista una mañana de lluvia. Se reunieron esa noche en su casa.

Sobre la mesa pusieron los comprobantes de sus cédulas profesionales, tres platos y una botella de vino económico. Paola levantó su copa.

—Por la caja de zapatos.

Paulina rio. Paula añadió:

—Por los que nos cuidaron a los hijos.

—Y por los hijos —dijo Paulina—. Que nunca debieron cargar con tanto.

Brindaron. Después retiraron los platos y extendieron una hoja grande. Tenían ahorros modestos, trabajos que aún necesitaban conservar y ninguna oficina. Paula escribió una columna de gastos. Paola abrió otra para posibles ingresos. Paulina puso en el centro el nombre que habían discutido durante semanas: Serrano, Mendoza y Robles.

Debajo dejó espacio para anotar qué asuntos podían aceptar y cuáles requerirían apoyo de profesionales con más experiencia. Se quedaron mirando los tres apellidos. Al día siguiente tendrían que empezar a buscar clientes. Esa noche, por unos minutos, se permitieron celebrar que ya podían hacerlo.