Capítulo 5 de 31

Cuarenta años y una mochila

Paulina pasó tres veces frente al salón antes de atreverse a entrar. Llevaba una mochila gris que había pertenecido a Sofía. La cremallera del bolsillo pequeño se atoraba y una de las correas estaba reforzada con hilo negro. Dentro había un cuaderno, dos bolígrafos, una botella de agua y un recipiente con arroz del día anterior. En la puerta, un muchacho consultaba su horario.

—¿Busca a alguien, señora?

Paulina sintió que se le endurecía la sonrisa.

—Mi salón.

El joven miró el número sobre la puerta.

—¿También tiene Obligaciones?

—Eso parece.

Él se hizo a un lado. Paulina entró antes de que el valor se le acabara. Habían pasado cuatro meses desde la fiesta del aniversario. Cuatro meses de trámites, trabajos, cuentas y conversaciones con Rebeca. La revisión de sus antecedentes académicos les había permitido recuperar parte del camino recorrido, aunque los cambios de programa las obligaban a cursar materias que no esperaban. No terminarían pronto. Pero aquella mañana ya estaban inscritas.

Era enero de 2010. El dictamen de equivalencias les reconoció buena parte de las materias antiguas y exigió cursar asignaturas nuevas y actualizar otras. Eligieron una universidad con horarios compatibles con el trabajo. Si mantenían la carga prevista, podrían acabar las materias en tres años; después faltarían la titulación y la cédula. Paulina lo anotó junto a los gastos de inscripción. Ya no podía sostenerse en la promesa de regresar algún día.

Paola llegó ocho minutos tarde. Se detuvo en la puerta, respirando con dificultad.

—¿Puedo pasar?

El profesor la miró por encima de sus lentes.

—Puede. Procure llegar a tiempo.

Paola asintió sin explicar que Tomás había vomitado antes de salir de casa, que Regina se quedó con él hasta que llegó su abuela y que el autobús tardó veinticinco minutos. Buscó un asiento. Paulina levantó una mano desde la tercera fila. Paola se dejó caer a su lado.

—Hueles a cebolla —susurró Paulina.

—Traigo tu comida.

Paulina tuvo que taparse la boca para no reír. Entonces entró Paula. Llevaba el cabello recogido, una blusa azul y el gesto concentrado con el que había aprendido a revisar facturas en la distribuidora. Su jefe había aceptado que los martes y jueves comenzara a trabajar al mediodía y terminara más tarde, compensando las horas con tareas previstas para el sábado. El acuerdo cubría aquellas clases matutinas. Esa mañana perdió el primer autobús al dejar lista, desde su computadora, una conciliación que Marisol necesitaría antes de su llegada. Se sentó detrás de ellas. Durante un instante, las tres se miraron. El profesor escribió en el pizarrón: Fuentes de las obligaciones. Paulina abrió el cuaderno. Su mano tembló al poner la fecha.

A media clase, el profesor planteó un problema. Una persona había recibido dinero para realizar un trabajo y no lo había cumplido. El grupo debía identificar qué información faltaba antes de proponer una solución jurídica. Varias manos se levantaron.

—Que devuelva el dinero —dijo un estudiante.

—Que lo demanden —añadió otro.

El profesor esperó. Paula miró sus apuntes. Había pasado las últimas semanas viendo pagos aplicados a facturas equivocadas. Sabía cuánto podía cambiar una historia cuando aparecía un comprobante. Levantó la mano.

—Primero habría que saber qué acordaron, cómo puede acreditarse y qué parte se cumplió, si se cumplió alguna.

El profesor asintió.

—Continúe.

Paula sintió las miradas del salón.

—También cuándo debía hacerse el trabajo. Y si la otra persona tenía que entregar algo para que pudiera realizarse.

—Exactamente. No podemos resolver con seguridad un supuesto si inventamos los hechos que nos faltan.

Paula bajó la mano. Paulina giró apenas y le sonrió. Durante el resto de la clase, Paula dejó de esconder los apuntes con el antebrazo.

El primer examen de diagnóstico fue una humillación pequeña y privada. Paulina reconocía conceptos, pero tardaba demasiado en ordenarlos. Había palabras que recordaba de sus viejos cuadernos y otras que debía volver a estudiar desde el principio. Al terminar, vio a un muchacho entregar su hoja y salir hablando de una fiesta. Ella todavía estaba en la tercera pregunta.

Cuando por fin dejó el examen sobre el escritorio, sintió el impulso de disculparse. No lo hizo. Encontró a sus amigas en el patio. Paola estaba mordiendo una manzana con furia.

—Se me olvidó todo.

—No todo —dijo Paula.

—Lo suficiente para que me cobren otra vez.

Paulina se sentó junto a ellas. Una estudiante de cabello rizado se acercó con un cuaderno contra el pecho.

—¿Les puedo mandar los apuntes de la primera parte? El profesor habló muy rápido.

Paola levantó la vista.

—Por favor.

—Soy Jimena.

Se presentaron. Jimena miró a las tres y sonrió.

—Me voy a confundir.

—Nosotras también —dijo Paola.

La muchacha se rio y les pidió un número para enviar las fotografías. Cuando se alejó, Paulina miró su recipiente de arroz. Había llegado preparada para sentirse fuera de lugar. No había pensado que alguien pudiera hacerle espacio.

La primera clase de acondicionamiento físico fue esa misma semana. El salón del centro comunitario tenía espejos en una pared, colchonetas de distintos colores y un ventilador que giraba con un ruido intermitente. Paola se colocó al fondo.

—Si me caigo, digan que vine acompañándolas.

La instructora, una mujer de unos cincuenta años llamada Lorena, les preguntó si tenían lesiones, enfermedades conocidas o alguna limitación que debiera considerar. Paulina mencionó sus molestias de rodilla. Paula habló de la espalda. Paola se señaló entera. Lorena sonrió y les mostró variantes más sencillas. A los doce minutos, Paulina estaba roja. A los quince, Paula tuvo que detenerse. Paola miró el reloj como si sospechara una estafa. En el espejo, Paulina vio el abdomen moverse bajo la camiseta. Su primer impulso fue bajarse la tela.

La camiseta le marcaba el abdomen y los pantalones le rozaban en la cara interna de los muslos. Paola se colocó detrás de ella para no verse en el espejo; Paula necesitó apoyar una mano en la pared después de agacharse. El sobrepeso y los años sin actividad regular se hicieron evidentes en aquella sesión, mucho antes de que alguna terminara una serie. Volvieron a la clase siguiente con la misma ropa amplia y sin maquillaje. Nadie había cambiado todavía de figura por haber tomado una decisión. Entonces Lorena se acercó.

—Acorta un poco el movimiento. Así. Que puedas hacerlo con control.

No comentó su peso. No le prometió quitarle años. Lorena revisó con ellas una hoja de asistencia y les pidió que anotaran molestias durante las sesiones. Las había enviado a una valoración previa por la rodilla de Paulina y la espalda de Paula. Paola preguntó cuánto tardaría en afinar la cintura.

—Podemos trabajar para que pierdan peso y ganen fuerza —respondió Lorena—. Pero necesito que aprendan los movimientos y que el plan de alimentación se ajuste a ustedes. No vamos a resolver en unas semanas lo que se acumuló durante años.

Anotaron sus metas por separado y buscaron orientación de nutrición en el servicio al que podían acudir. Querían modificar su figura, además de sentirse mejor. Acordaron revisar los avances sin competir por quién bajaba más rápido: sus horarios, molestias y puntos de partida eran distintos.

En la siguiente visita al mercado compraron frijoles, verduras, huevos y fruta de temporada. Paola preparó recipientes para llevar a clase y redujo las bebidas azucaradas que tomaba por cansancio. No se prohibió el pan que disfrutaba con sus amigas. Empezó por sentarse a desayunar y llevar agua. Paulina dejó los zapatos del ejercicio junto a la mochila para no convertir la búsqueda de un par de tenis en una razón para faltar. Paulina se concentró en respirar y terminó la serie. Al salir, le dolían músculos cuya existencia había olvidado. También tenía hambre. Compartieron unos sándwiches que Paola había preparado.

—La próxima vez traigo más —dijo ella.

El viernes llegó una llamada de Rebeca. Paulina estaba explicándole a un alumno cómo organizar un párrafo. Vio el nombre en la pantalla y pidió un momento. La abogada le informó que en su asunto se había dictado una medida provisional sobre alimentos para los menores. Le explicó el contenido de la resolución, los pasos pendientes para hacerla efectiva y la necesidad de revisar qué cantidades se recibían realmente. Paulina se apoyó en la pared.

—¿Ya tiene que pagar?

—Existe una orden. Ahora tenemos que dar seguimiento a su cumplimiento. Te envío copia y la revisamos juntas.

Paulina cerró los ojos. No era una sentencia final. Tampoco era dinero dentro de su cuenta. Pero alguien distinto de Alejandro había leído las necesidades de sus hijos y había emitido una resolución.

—Gracias —dijo.

Cuando volvió a la mesa, el alumno había escrito dos líneas más. Paulina se sentó y siguió trabajando. Esa noche llamó a sus amigas. Paola celebró primero y después se quedó callada. En su caso aún faltaban actuaciones. Paula tampoco tenía una respuesta equivalente. Paulina notó el cambio.

—Lo sé —dijo suavemente.

—Estoy contenta por ti —respondió Paola—. También estoy cansada.

—Puedes estar las dos cosas.

Paola soltó el aire. Se quedaron hablando hasta que a Paulina se le enfrió la cena.

La transformación de Paula comenzó con unos zapatos. Los que utilizaba para trabajar le lastimaban el talón. Había aguantado dos semanas porque le parecía un gasto que podía esperar. Marisol, su compañera de la distribuidora, la vio caminar descalza detrás del escritorio durante la hora de comida.

—Mañana vamos a buscarte otros.

Paula se negó al principio. Después hizo cuentas. Compró un par cómodo, sobrio, con un pequeño tacón. El lunes caminó desde la parada sin dolor. Aquella misma semana pidió que le recortaran el cabello. No se lo tiñó todavía. Se miró las hebras blancas cerca de la frente y descubrió que no sabía si quería cubrirlas o si simplemente llevaba años creyendo que debía hacerlo. Decidió esperar.

Eligió cuándo volver a mirarse el cabello y dejó a Esteban fuera de aquella decisión.

Paola tuvo su primera discusión con Nicolás por las comidas. Él había faltado a una actividad universitaria para ayudarla a repartir. Ella lo supo cuando lo escuchó disculparse por teléfono con un compañero. Esperó a que terminara.

—No vuelvas a perder clases por esto.

—Era una actividad.

—Forma parte de tu carrera.

Nicolás dejó las llaves sobre la mesa.

—No puedo verte haciendo todo sola.

Paola quiso responder de inmediato, pero se contuvo. Su hijo tenía ojeras. Se parecía a Ricardo cuando era joven, y esa semejanza todavía le producía sobresaltos injustos.

—Necesito ayuda —admitió—. Pero tenemos que acordar cuánto puedes hacer.

Se sentaron con sus horarios. Nicolás podría colaborar una tarde y algunos sábados. Regina ayudaría con la tabla de pedidos cuando terminara sus tareas. Tomás pondría servilletas y contaría recipientes, una actividad que disfrutaba como si dirigiera una empresa. Paola reduciría el menú a dos opciones. Ganaría menos por algunos pedidos. Dormiría un poco más. Cuando terminaron, Nicolás le preguntó:

—¿Y cuándo estudias tú?

Paola miró el calendario. Entre todas las casillas, aún no había reservado ese tiempo. Tomó un marcador y lo escribió.

Paulina recibió la calificación del diagnóstico un martes. Se quedó mirando el número. No era suficiente para sentirse orgullosa. Sí lo era para saber dónde estaba. En la hoja, el profesor había escrito una observación: Buena identificación del problema. Revise conceptos y desarrolle la justificación. Paulina leyó la frase dos veces. Esa tarde fue a la biblioteca con sus amigas.

Paula llevaba una libreta llena de separadores. Paola apareció con café en un termo y una bolsa de pan. Estudiaron durante casi dos horas. Tuvieron que buscar palabras, discutir ejemplos y volver atrás. A ratos avanzaban con lentitud desesperante. Pero avanzaban. Al salir, Jimena las alcanzó en la escalera.

—Vamos a hacer un grupo para estudiar antes del parcial. ¿Se apuntan?

Paola miró a sus amigas.

—Depende.

Jimena esperó.

—¿Aceptan gente que necesita lentes y se duerme después de las diez?

—Podemos empezar a las seis.

—Entonces sí.

Aquella noche, Paulina sacó de la mochila el cuaderno, el recipiente vacío y un papel doblado. Era el horario. Lo pegó en el refrigerador junto a las actividades de sus hijos. Lucía se acercó y señaló una materia.

—¿Esto es difícil?

—Mucho.

La niña la miró, preocupada.

—¿Y si repruebas?

Paulina contempló la pregunta. Antes habría querido tranquilizarla prometiendo que no ocurriría. Ahora no estaba segura.

—Tendré que estudiar mejor y volver a intentarlo.

Lucía pareció considerar aquella posibilidad. Luego tomó un imán y sujetó la esquina que se estaba levantando.

—Para que no se caiga.

Paulina le besó la cabeza. Más tarde, cuando todos dormían, abrió el libro sobre la mesa de la cocina. Tenía las piernas adoloridas por el ejercicio, una cuenta pendiente y cuatro páginas que no acababa de comprender. Preparó té. Acomodó los lentes que había rescatado del fondo de un cajón. Y empezó a leer otra vez.