Capítulo 4 de 31
El precio de volver
A Paulina le ofrecieron menos dinero por una hora de trabajo del que Alejandro gastaba en un café. No lo supo hasta el final de la entrevista. La mujer de la papelería había revisado sus documentos, le había preguntado si sabía usar computadora y después señaló una mesa junto a la fotocopiadora.
—Sería captura, impresiones, engargolados y atender cuando se junte la gente.
Paulina miró la silla de plástico.
—¿Qué horario?
La mujer se lo explicó. Eran demasiadas horas. Incluían los sábados y dejaban poco margen para recoger a Lucía de la escuela. Paulina hizo una cuenta mental y preguntó por el sueldo. Al escuchar la cantidad, creyó haber entendido mal.
—¿Por semana?
—Por quincena.
La fotocopiadora expulsó una hoja con un ruido seco. Paulina sintió calor bajo el cuello de la blusa.
—Necesito pensarlo.
La mujer encogió los hombros.
—Avíseme pronto. Hay más interesadas.
En la calle, Paulina buscó su teléfono. Tenía un mensaje de Alejandro. Necesito que dejes de meter gastos innecesarios en la lista. Lo de la dentista puede esperar. Abrió la fotografía del presupuesto dental de Lucía. Luego volvió a mirar el letrero de la papelería. Se permitió llorar hasta la esquina. Después llamó a la universidad.
Paola descubrió que doce comidas podían ensuciar una cocina como si hubiera alimentado a un batallón. Tenía arroz pegado en una olla, salsa sobre el piso y una quemadura pequeña en la muñeca. Había calculado mal el precio de los recipientes y olvidado incluir el gas. Cuando terminó de repartir, se sentó frente a la libreta. Restó. Volvió a restar. La ganancia se hizo más pequeña.
—No puede ser —murmuró.
Regina, que estaba limpiando la mesa, se asomó a las cuentas.
—Te faltaron las bolsas.
Paola cerró los ojos. Su hija tomó un lápiz.
—Podemos hacer una tabla.
—Tienes tarea.
—Ya terminé.
Paola estuvo a punto de decirle que se fuera a descansar. Después miró los recipientes que le habían sobrado y la lista de pedidos para el lunes.
—Está bien. Pero solo un rato.
Regina dividió una página en columnas. Ingredientes. Envases. Transporte. Otros gastos.
—También tienes que cobrar tu trabajo.
Paola la miró. Aquella frase, dicha por una muchacha de quince años, le produjo una vergüenza difícil de explicar. Las comidas para los clientes de Ricardo nunca habían incluido en sus cuentas el tiempo que ella dedicaba a prepararlas.
—Sí —respondió—. También eso.
Paula fue a una entrevista en una pequeña distribuidora de materiales eléctricos. Había llegado veinte minutos antes y llevaba un currículum de una sola página. En el apartado de experiencia escribió: Organización de archivos, control de pagos y apoyo administrativo en despacho jurídico familiar. No puso que jamás había recibido un sueldo.
El dueño, un hombre de unos sesenta años, leyó la hoja con los lentes apoyados en la punta de la nariz.
—¿Puede pedir una referencia del despacho?
Paula sintió que se le apretaba el estómago.
—Prefiero proporcionarle otra.
Él levantó la vista.
—Aquí dice que trabajó con ellos varios años.
—Colaboré desde casa. El socio con el que trataba es mi esposo. Estamos separándonos.
El hombre dejó el currículum sobre el escritorio. Paula pensó que la entrevista había terminado.
—¿Sabe conciliar pagos con facturas? —preguntó él.
—Sí.
Le puso delante una carpeta.
—A ver.
Durante cuarenta minutos, Paula revisó fechas, cantidades y comprobantes. Encontró una factura registrada dos veces y un pago que estaba aplicado a un cliente equivocado. Cuando terminó, el hombre llamó a su encargada.
—Marisol, ven a ver esto.
Paula se quedó quieta. Él le ofreció un puesto por las mañanas, con un periodo inicial de adaptación y condiciones que debían quedar por escrito. El sueldo no le alcanzaría para todo. Pero alcanzaba para comenzar. Al salir, llamó a sus amigas.
Paula pudo contarles el resultado de la entrevista sin empezar por una preocupación.
La universidad olía a papel, café y lluvia sobre cemento. Paulina se detuvo bajo el techo de la entrada, sujetando el sobre con sus documentos recuperados. No había encontrado la constancia original. Había solicitado una nueva y llevaba un comprobante del trámite, además de las copias que conservaba en un correo antiguo. Paola llegó con el cabello húmedo y una bolsa de tela. Paula apareció unos minutos después, todavía con la blusa de la entrevista. Las tres observaron a los estudiantes que atravesaban el patio.
Una joven caminaba leyendo apuntes en su teléfono. Dos muchachos discutían sobre una exposición. Alguien corría con un vaso de café abierto.
—Parecen muy chiquitos —dijo Paula.
Paola se acomodó el bolso.
—Nosotras también parecíamos.
Paulina sonrió, pero al acercarse a la ventanilla sintió ganas de retroceder. La empleada les explicó que el antiguo plan de estudios ya no estaba vigente. Sus antecedentes debían evaluarse para determinar equivalencias y asignaturas pendientes. Podían necesitar cursos adicionales.
—No les puedo decir hoy cuánto tiempo les tomaría —aclaró—. Primero hay que concluir la revisión.
Paola miró la hoja de requisitos.
—¿Aunque ya hubiéramos llegado a la mitad?
—Depende de las materias y de la documentación. Vamos caso por caso.
Paulina leyó los costos. Inscripción. Evaluación. Copias certificadas. Traslados. No eran una fortuna para Alejandro. Para ella eran varias semanas de incertidumbre. Paula sacó una pluma.
—¿Qué podemos adelantar mientras revisan?
La empleada señaló los formatos. Se sentaron en una banca del pasillo. Durante unos minutos solo se escuchó el roce de los bolígrafos. Paulina llegó al espacio que decía ocupación. Se quedó mirando la línea. Después escribió: Trabajo independiente. Todavía no tenía clientes. Esa tarde decidió que tendría que buscarlos.
El primer anuncio lo hizo Sofía. Regularización de lectura, redacción y apoyo escolar. Atención personalizada. Paulina lo revisó tres veces.
—No pongas que soy maestra. No lo soy.
Sofía corrigió la frase antes de que ella terminara de hablar.
—Ya está.
—Y nada de trabajos hechos por encargo para que alguien los entregue como propios.
—También lo aclaramos.
Paulina miró la pantalla. Abajo aparecía su nombre. Sin el apellido de Alejandro.
—¿Te gusta? —preguntó su hija.
Paulina asintió. Sofía empezó a enviarlo a conocidos y grupos donde permitían ese tipo de anuncios. La primera persona en responder fue una madre que necesitaba apoyo para su hijo de secundaria. Preguntó el precio. Paulina se quedó inmóvil. No sabía cuánto cobrar. Había pasado veinte años resolviendo cosas gratis.
A Paola le llegó una fotografía de Ricardo mientras compraba jitomates. No la pidió. Una conocida se la envió acompañada de un mensaje: Pensé que debías saberlo. Ricardo estaba en la terraza de un restaurante. A su lado, una joven sonreía con la mano sobre su hombro.
En la mesa había dos copas y un plato que Paola reconoció porque alguna vez había visto el precio en un menú y decidió pedir otra cosa. Se quedó mirando la imagen entre cajas de verduras. El vendedor le preguntó cuántos kilos quería.
—Dos —respondió.
Luego guardó el teléfono. Caminó hasta el siguiente puesto y compró cebollas. Solo cuando llegó a casa abrió de nuevo la fotografía. Le dolió la facilidad de aquella sonrisa. No recordaba la última vez que Ricardo se había sentado con ella sin mirar el reloj. Reenvió la imagen a Paulina y Paula.
No me digan que soy mejor que ella. No quiero compararme. Solo necesito que sepan que hoy me está costando mucho. Paulina respondió primero. Voy a llamarte cuando salga mi alumno. Paula escribió después. Yo paso por tu casa al terminar el trabajo. Paola dejó el teléfono junto a la tabla de picar. Continuó con la comida. La primera clase de Paulina duró una hora y cuarto. El muchacho llegó convencido de que no sabía escribir.
Ella le pidió que le contara un partido de futbol que recordara bien. Él habló durante cinco minutos sin detenerse. Después, Paulina le mostró cómo ordenar lo que acababa de decir. Cuando la madre fue a recogerlo, el adolescente llevaba una página completa.
—¿Eso lo hiciste tú? —preguntó ella.
El muchacho asintió. Paulina recibió el pago en efectivo. Esperó a que cerraran la puerta para mirar los billetes. Había ganado dinero con algo que sabía hacer. Se sentó junto a la mesa y se echó a llorar. Lucía apareció en el pasillo.
—¿Qué pasó?
Paulina se secó la cara.
—Me fue bien.
La niña la observó con desconfianza.
—No parece.
Paulina soltó una risa y abrió los brazos. Lucía fue a abrazarla.
El sábado, las tres terminaron reunidas en la cocina de Paola. Habían llevado sus hojas de gastos y los requisitos universitarios. Paula tenía una fecha para comenzar a trabajar. Paulina había conseguido dos alumnos. Paola tenía pedidos para tres días de la semana siguiente. No alcanzaba. Hicieron cuentas y comprobaron que seguía sin alcanzar.
Rebeca les había informado de los avances iniciales y de los documentos que todavía necesitaba. No podía prometerles que el dinero reclamado llegaría a tiempo para cubrir el siguiente recibo. Paulina apoyó los codos sobre la mesa.
—Tenemos que organizarnos aunque ellos empiecen a pagar.
Paula asintió.
—Y aunque tarden.
Hablaron de horarios, trayectos y cuidado de los menores. Los hijos mayores podían colaborar dentro de sus posibilidades, pero ninguna quería que abandonaran sus estudios para sustituir a sus padres. Decidieron compartir algunos traslados y cocinar juntas ciertos domingos. Después, Paola encontró en su bolso un volante de actividades del centro comunitario. Había una clase de acondicionamiento físico a bajo costo.
—Necesito moverme —dijo—. Me duele todo de estar cocinando.
Paula se tocó la espalda.
—A mí también.
Paulina miró el horario.
—Podemos probar.
Paola se recargó en la silla.
—No tengo ropa bonita para eso.
—Yo tengo unos pants —dijo Paula.
—Yo también —respondió Paulina.
Anotaron la clase al lado de los trámites.
Antes de irse hablaron de su aspecto con una franqueza que hasta entonces habían evitado. Paulina admitió que hacía años que no salía de una tienda contenta con la ropa que compraba. Paola se había acostumbrado a bajar la cabeza cuando una amiga proponía una fotografía. Paula dejó sobre la mesa la pinza con que se recogía el cabello: le faltaban dos dientes y aun así seguía usándola.
—Yo sí quiero adelgazar —dijo Paola—. Quiero volver a tener energía y ponerme un vestido porque me gusta.
Paulina respondió que también quería perder peso y recuperar el cuidado de su cabello. Paula añadió que necesitaba aprender a maquillarse otra vez; se había quedado con los productos y las costumbres de muchos años atrás. No tenían dinero para renovar un armario, pero podían dejar de aplazar todos los gestos pequeños. Eligieron dos horarios de ejercicio, apartaron una cantidad modesta para cuidado personal y acordaron que un mal día no cancelaría el plan entero. Al recoger los papeles, Paula tiró por fin la pinza rota. Era una línea pequeña. Sin embargo, ninguna la tachó cuando volvieron a revisar los gastos. El domingo caminaron juntas en el parque de los Venados. Paola quiso acelerar para compensar las semanas inmóviles y tuvo que detenerse junto a una banca. Paulina llevó agua y Paula se negó a que regresaran sin sentarse un rato al sol. Habían pasado días comiendo de pie o saltándose comidas para ahorrar; acordaron preparar una porción para ellas cuando cocinaran para los demás. La siguiente semana organizarían una consulta en el centro de salud para revisar las molestias que llevaban meses posponiendo.
—Podemos empezar con veinte minutos —dijo Paulina.
—Y sin insultar a la que se canse —añadió Paula.
Paola se abanicó con el volante de acondicionamiento.
—Pido que eso conste por escrito.
Paulina abrió esa noche sus cuadernos universitarios. Entre los apuntes encontró la fotografía de las tres en una jardinera: Paola sacaba la lengua, Paula abrazaba un libro y ella entrecerraba los ojos por el sol. La dejó junto a los formatos de inscripción y anotó cuánto apartaría del pago de su primer alumno para estudiar.