Capítulo 3 de 31

Lo que no debieron firmar

El jueves, Paula encontró su firma al pie de una declaración que no recordaba haber leído. Reconoció primero la inclinación de la letra. Después, el pequeño trazo con que unía sus apellidos. La hoja estaba dentro de una carpeta azul que Esteban había dejado en el escritorio de la casa. Paula buscaba una copia del acta de nacimiento de Diego cuando vio su nombre entre dos separadores. Leyó despacio.

Según aquel documento, ella manifestaba haber recibido una cantidad de dinero y disponer de recursos propios suficientes. Volvió a leer la cifra. Nunca había tenido esa suma en sus manos. Se sentó porque le faltó el aire. En el margen superior había una fecha de ocho meses atrás. Esteban todavía dormía con ella. Todavía le preguntaba qué había de cenar. Todavía le pedía que recogiera sus trajes y le recordara los cumpleaños de sus clientes. Paula fotografió la hoja. Luego llamó a Paulina.

—Creo que sí firmé algo.

Rebeca las recibió esa misma tarde. Paula llegó con la carpeta apretada contra el pecho y la sensación de haber decepcionado a todo el mundo.

—Nos preguntó si habíamos firmado —dijo antes de sentarse—. Le dije que no.

—Te pregunté por las propuestas de separación —respondió Rebeca—. Ahora apareció otro documento. Vamos a revisarlo.

Paulina se sentó a su lado. Paola llegó unos minutos después, todavía con el delantal de cocina doblado dentro del bolso: había pasado la mañana ofreciendo comidas entre las madres de la escuela de Tomás. Rebeca colocó la hoja sobre el escritorio.

—Cuéntame lo que recuerdas de ese día.

Paula observó la fecha.

—Esteban tenía prisa. Diego estaba enfermo. Yo había pasado la noche despierta y él puso varios papeles junto al desayuno.

—¿Qué te dijo?

—Que eran para organizar unas cuentas. Que necesitaba regularizar información del banco.

—¿Leíste todo?

Paula negó con la cabeza. El silencio le quemó la cara.

—Siempre me decía que él ya lo había revisado.

Rebeca tomó una nota.

—¿Recibiste el dinero que aparece aquí?

—No.

—¿Por transferencia, cheque, efectivo, pago de alguna deuda tuya?

—No. Ni sabía que existía esa cantidad.

Rebeca volvió a examinar la hoja.

—Necesitamos verificar su origen, si forma parte de algún trámite y qué pretende acreditar. Tu firma merece atención, pero no convierte en verdadero todo lo que está escrito encima. Tampoco voy a decirte que podemos ignorarla.

Paula se frotó las manos.

—¿Y si por esto pierdo?

—Primero vamos a averiguar qué ocurrió. Después decidiremos cómo responder y qué pruebas hacen falta.

Paulina miró a su amiga. La conocía desde los dieciocho años y pocas veces la había visto tan asustada. Le acercó un vaso de agua. Paula bebió con ambas manos.

La revisión de documentos convirtió la tarde en una reconstrucción de veinte años. Había actas, recibos, estados de cuenta incompletos, correos impresos y fotografías de papeles cuyos originales seguían en las casas. Rebeca separó tres grupos.

—Vamos a abrir un expediente por cada una. Necesito que sus historias queden claras, incluso en los detalles que parecen pequeños.

Las tres actas señalaban separación de bienes. Rebeca pidió también las capitulaciones y las escrituras: el régimen era un punto de partida, no un inventario. Explicó que la pensión de los hijos, el sostenimiento que ellas pudieran necesitar después del divorcio y la compensación patrimonial tenían que pedirse y probarse por separado. En los escritos invocaría el Código Civil aplicable en el Distrito Federal y plantearía la compensación prevista en el artículo 267, fracción VI, respecto de los bienes adquiridos durante cada matrimonio. El límite legal de hasta el cincuenta por ciento no equivalía a que las tres fueran a recibir automáticamente la mitad.

—¿Y si consigo trabajo mañana? —preguntó Paula.

—Lo informamos. Necesitaré saber cuánto ganas y qué puedes cubrir. Tu empleo puede cambiar una necesidad actual; no reescribe cómo se distribuyó el trabajo durante veinte años.

Rebeca fijó otra cita para los hijos mayores. Reclamarían por derecho propio si su situación de estudios y necesidad lo justificaba; sus madres no firmarían por ellos como cuando eran pequeños. Para los menores solicitó alimentos provisionales y medidas de aseguramiento. También pidió información económica de los padres y abrió un registro de depósitos que permitió distinguir lo ordenado, lo pagado y lo vencido. Paola sacó su libreta.

—Yo hice una lista de lo que gastamos.

—Bien. Conserva también los comprobantes que tengas.

—No tengo ticket de cada kilo de jitomate que compré.

—No te estoy pidiendo eso.

Paola bajó el bolígrafo. Rebeca la miró con calma.

—Vamos a construir un presupuesto razonable y documentar lo que podamos. No necesitas demostrar que tus hijos comen mediante veinte años de recibos del supermercado.

La tensión cedió apenas. Paulina abrió una carpeta de colegiaturas.

—Sofía tiene veintiún años. Nicolás tiene veinte y Daniela veintiuno. Los tres siguen estudiando. Alejandro me dijo que con Sofía ya no tenía obligación alguna.

—La mayoría de edad, por sí sola, no responde toda la pregunta —dijo Rebeca—. Hay que revisar las circunstancias de cada hijo, sus estudios y su situación. Además, ellos ya son adultos: tendremos que hablar directamente con ellos sobre cualquier reclamación que les corresponda.

Paulina asintió. Le molestó descubrir cuántas afirmaciones de Alejandro había recibido como si fueran resoluciones judiciales. Paula abrió otra bolsa. Dentro llevaba una libreta de pasta roja.

—Aquí apuntaba pagos del despacho cuando empezaron.

Rebeca pasó algunas páginas. Renta. Papelería. Teléfono. Mensajería. En varias líneas aparecían cantidades precedidas por una palabra: prestado.

—¿De dónde salió este dinero?

—De mis ahorros. Y de una cadena que me regaló mi mamá.

Paola levantó la cabeza.

—¿Vendiste tu cadena?

Paula asintió.

—Esteban dijo que necesitaban cubrir un anticipo. Iban a devolvérmelo cuando cobraran un asunto.

Nadie preguntó si lo habían hecho.

Al caer la tarde, Rebeca les pidió que describieran un día ordinario durante sus matrimonios. Paulina empezó a hablar de Alejandro.

—Salía temprano. A veces tenía audiencias y…

—De tu día, Paulina.

Ella se quedó callada. Luego comenzó de nuevo. Preparar desayunos. Revisar tareas. Llevar niños. Recoger medicamentos. Esperar técnicos. Pagar servicios. Acompañar a su suegra a consultas. Organizar comidas cuando Alejandro invitaba clientes a casa. Mientras enumeraba, sintió una incomodidad extraña. Nunca había contado aquellas cosas seguidas.

Paola añadió los años en que cocinaba para reuniones del bufete porque no podían pagar un servicio. Paula recordó escritos que había capturado, carpetas que ordenó y llamadas que atendió desde su casa mientras amamantaba a Daniela.

—Pero eso no era un empleo —dijo.

Rebeca levantó la vista.

—Era tiempo y trabajo. Necesito saber qué hiciste, cuánto ocupaba tu día y qué oportunidades dejaste de lado. Después veremos qué relevancia tiene para las pretensiones que podamos formular.

Paulina observó las manos de Paula. Tenía una pequeña cicatriz junto al pulgar, recuerdo de una cortada mientras preparaba comida para la inauguración del despacho. Veinte años después seguía allí.

Al salir, Paula encontró seis llamadas de Esteban. La séptima entró cuando estaban junto al automóvil de Paulina. Contestó.

—¿Te llevaste una carpeta de mi escritorio?

Paula cerró los ojos.

—La encontré buscando el acta de Diego.

—Te pregunté si te la llevaste.

—Sí.

La voz de Esteban bajó de volumen. Eso la asustó más que un grito.

—No tienes idea de los problemas que puedes causar metiéndote en documentos que no entiendes.

Paulina extendió una mano, pero Paula negó despacio. Quería terminar la llamada por sí misma.

—Está con mi abogada para revisión.

Hubo una pausa.

—¿Qué abogada?

—Rebeca Salvatierra.

Esteban soltó una risa breve.

—Claro. Las tres juntas.

Paula miró a sus amigas. Paola estaba inmóvil junto a la puerta del coche.

—Había una declaración de dinero que nunca recibí —dijo Paula.

—No voy a discutir contabilidad contigo en la calle.

—Podemos discutirla donde corresponda.

La frase salió temblorosa. Esteban colgó. Paula se quedó mirando la pantalla. Después comenzó a llorar de rabia. Paola la abrazó sin decirle que se calmara.

Paulina llegó a casa con una bolsa de pan y dolor de cabeza. Mateo estaba haciendo tarea en el comedor.

—Vino papá.

Ella dejó las llaves.

—¿Cuándo?

—Hace una hora. Se llevó unas cajas.

Paulina miró hacia las escaleras.

—¿Qué cajas?

—Del estudio.

Subió sin quitarse el abrigo. El cajón donde guardaban documentos familiares estaba abierto. Faltaban carpetas, una memoria externa y varios sobres. Durante unos segundos solo pudo escuchar su propia respiración. Luego comenzó a fotografiar el estado del escritorio y a hacer una lista de lo que recordaba que había allí. No escribió robó. Escribió no está. Rebeca les había pedido precisión.

Abrió el correo desde su teléfono y encontró una respuesta de la universidad a la consulta que había enviado la noche anterior. Debía presentar antecedentes académicos para que evaluaran sus posibilidades de incorporación y equivalencias. No podían prometerle todavía qué materias le reconocerían. Paulina dejó el teléfono sobre la mesa. Su constancia estaba entre los documentos desaparecidos. Se apoyó en el respaldo de la silla. Abajo, Lucía la llamó para preguntarle dónde estaba una cartulina. Paulina llegó al límite de lo que podía atender aquella tarde.

Paola consiguió su primer pedido a las nueve de la noche. Doce comidas para el día siguiente. La ganancia sería pequeña, pero era una cantidad concreta. Anotó ingredientes, revisó ollas y calculó porciones. Entonces Ricardo le envió un mensaje. Me informan que están buscando pleito. Piensa bien lo que haces. Los juicios cuestan. Paola lo leyó dos veces.

Tenía harina en un dedo y una mancha de salsa sobre la manga. Quiso responderle con todo lo que llevaba días imaginando. En cambio, guardó el mensaje. Después escribió: Tomás y Regina necesitan que acordemos sus gastos. Envíame por escrito qué cantidad aportarás y cuándo. Dejó el teléfono boca abajo. Nicolás, que había llegado de la universidad, apareció en la cocina.

—Yo pico la cebolla.

Paola miró a su hijo.

—Tienes que estudiar.

Él tomó un cuchillo.

—Y tú tienes doce comidas que entregar.

Trabajaron juntos hasta pasada la medianoche.

El viernes, Rebeca les explicó que comenzarían por las actuaciones urgentes que correspondieran a cada familia. También verificaría si alguno de los esposos ya había promovido un procedimiento.

—Van a recibir información de mí sobre lo que presentemos y sobre lo que resuelva el juzgado —dijo—. Guarden las fechas. Si les llega una notificación, me avisan de inmediato.

Paulina tenía delante una hoja nueva. Esta vez leyó cada párrafo. Se detuvo dos veces para preguntar. Paola hizo una corrección en el domicilio. Paula pidió que le explicaran una expresión que no comprendía. Rebeca respondió sin mirar el reloj. Cuando llegó el momento de firmar, Paula sostuvo el bolígrafo unos segundos. Su mano todavía temblaba.

—¿Puedo leerlo otra vez?

—Por supuesto.

Paulina esperó. Paola también. Afuera sonaba una impresora. Alguien hablaba por teléfono en la oficina contigua. En la calle, un vendedor anunciaba tamales. Paula terminó la última página y volvió al espacio de la firma. Antes había firmado para que Esteban pudiera seguir con su día. Ahora firmaba después de haber sido escuchada. Escribió su nombre completo. Luego dejó el bolígrafo junto a Paulina.

—Te toca.

Paulina revisó una última vez sus datos. Firmó. Paola fue la tercera. Cuando salieron, ninguna tenía resuelta la vida. Seguían necesitando dinero, trabajo y respuestas que tardarían en llegar. Pero en la carpeta que Paulina llevaba contra el pecho ya no estaban solamente las condiciones de Alejandro. Había copias de lo que ellas habían decidido pedir.