Capítulo 2 de 31
Tres maneras de quedarse sola
La profesora Mercedes Aranda no preguntó por qué habían tardado veinte años en llamarla. Era el lunes siguiente a la celebración. Paulina había dejado a Lucía, de diez años, en la escuela; Mateo, de dieciséis, salió por su cuenta y Sofía, de veintiuno, tenía clases en la universidad. En casa de Paola, Nicolás estudiaba a sus veinte años, Regina cursaba la preparatoria con quince y Tomás seguía en primaria, con ocho. Daniela, hija de Paula, tenía veintiuno; Diego, doce. Las obligaciones de aquellos ocho hijos no se habían mudado con las maletas de sus padres.
—¿Firmaron algo? —fue lo primero que quiso saber.
Paulina puso el teléfono en altavoz.
—No.
—¿Alguna recibió una notificación de un juzgado?
Las tres se miraron.
—Tenemos carpetas que nos dieron ellos —respondió Paula.
—Eso puede ser una propuesta privada. Necesito revisar los documentos antes de decirles qué significan. No confundan lo que sus esposos quieren con lo que una autoridad ha resuelto.
Paola acercó su silla a la mesa.
—Los tres son abogados, maestra.
—Lo recuerdo.
La serenidad de Mercedes hizo más soportable aquella mañana. Les dio el nombre de una abogada, Rebeca Salvatierra, antigua alumna suya y litigante en materia familiar.
—Voy a preguntar si puede recibirlas hoy. Mientras tanto, conserven los mensajes que hayan recibido y reúnan sus documentos personales, las actas de matrimonio y de nacimiento de sus hijos, los comprobantes de gastos y la información económica a la que tengan acceso legítimo.
Paula tomó notas.
—No tengo todos los recibos.
—Empiecen con lo que sí tienen.
Paulina miró la libreta. La libreta ya contenía una tarea que podía comenzar sin esperar otra llamada de Alejandro.
Paola regresó a su departamento antes del mediodía. Encontró a Tomás sentado en el suelo de la sala, todavía con el uniforme escolar. Su hermana Regina estaba frente a él, sosteniendo una bolsa de galletas.
—Me hablaron de la escuela —explicó la adolescente—. Dijeron que no te encontraban y fui por él.
Paola buscó el teléfono dentro del bolso. Tenía seis llamadas perdidas. Había dejado el aparato en silencio durante la conversación con Mercedes.
—Perdón. No lo escuché.
Regina dejó las galletas sobre la mesa.
—Rechazaron el pago de la visita del viernes.
Paola sintió un golpe de calor en la cara. Ricardo había autorizado aquella actividad una semana antes.
—Voy a revisarlo.
Entró a la aplicación del banco. La tarjeta adicional no aparecía disponible. Probó otra vez. Después llamó a Ricardo. Respondió al quinto intento.
—Estoy entrando a una reunión.
—Cancelaste la tarjeta.
—Es adicional de mi cuenta.
—Con esa tarjeta compramos la comida.
—Paola, precisamente tenemos que aprender a separar las cosas.
Ella se quedó inmóvil junto a la ventana. En el reflejo alcanzó a ver a Regina observándola. Bajó la voz.
—Tomás necesita pagar una actividad escolar.
—No todo es indispensable.
—Tú la autorizaste.
Ricardo suspiró.
—Voy a depositarte algo cuando pueda revisar mis cuentas.
Paola miró alrededor: el comedor que habían comprado después del primer caso importante del bufete, el sofá donde él veía partidos, la fotografía de sus tres hijos durante unas vacaciones que Ricardo había pasado respondiendo llamadas.
—¿Cuándo?
—No empieces a presionarme.
La llamada terminó. Durante unos segundos, Paola siguió sosteniendo el teléfono contra la oreja. Luego abrió su cuenta personal. Mil ochocientos sesenta y cuatro pesos.
Paola había pensado en comprar un tinte antes de que se anunciara la separación. Al ver el saldo cerró la aplicación: primero necesitaba comida y transporte. En el reflejo de la ventana observó la camiseta desteñida que utilizaba para cocinar, los mechones que se escapaban del recogido y el cuerpo que llevaba años evitando mirar de frente. Ricardo le había reprochado más de una vez que ya no se arreglara, mientras daba por hecho que ella atendería cualquier pendiente que él dejara en casa. Había terminado creyendo que el descuido era una característica suya y no una costumbre que podía cambiar. Eso era todo. Regina se acercó.
—Tengo dinero de mis cumpleaños.
Paola levantó la cabeza.
—Guárdalo.
—Mamá…
—Gracias, mi amor. Pero guárdalo.
Tomás apareció detrás de su hermana.
—Si no puedo ir a la visita, no importa.
Paola se agachó frente a él y le acomodó el cuello de la camisa. Le dieron ganas de llamar a Ricardo otra vez y obligarlo a escuchar aquella frase. En cambio, abrazó a su hijo.
—Todavía no sabemos eso.
Paula encontró a Esteban en el dormitorio, guardando relojes en un estuche. Había una maleta abierta sobre la cama. Se detuvo en la puerta.
—Pensé que estarías en el despacho.
—Vine por algunas cosas.
Él dobló una camisa sin mirarla. Paula conocía el precio de aquella prenda. La había recogido de la tintorería tres días antes.
—Tenemos que hablar de los gastos.
—Todo está explicado en la propuesta.
—No hay una cantidad para Diego.
—Porque aún no hemos acordado nada.
—Entonces acordémoslo.
Esteban cerró el estuche.
—Necesito saber con qué disposición vas a manejar esto.
Paula lo observó.
—¿Qué significa eso?
—Que si vas a convertir la separación en una guerra, no esperes facilidades.
Sintió el impulso conocido de tranquilizarlo, de prometer que no discutiría, de buscar una frase capaz de devolver el orden a la casa. Se sujetó las manos detrás de la espalda.
—Necesito dinero para nuestro hijo.
—También puedes trabajar.
—Lo haré.
Él levantó la vista, sorprendido por la respuesta.
—Bien.
Paula miró la maleta.
—Eso no elimina lo que te corresponde.
Esteban dejó la camisa sobre la cama.
—Ten cuidado con quién te está aconsejando.
Desde el pasillo llegó un ruido. Diego estaba allí, con su balón bajo el brazo. Miraba la maleta.
—¿Te vas de viaje?
Esteban cambió de expresión con una rapidez que Paula encontró insoportable.
—Voy a estar unos días fuera, campeón.
—¿Cuántos?
—Luego lo hablamos.
El niño esperó. Su padre volvió a guardar ropa. Paula se acercó a Diego y le pasó un brazo por los hombros.
—Ven. Ayúdame a poner la mesa.
Cuando bajaron a la cocina, él dejó el balón en una silla.
—¿Hice algo?
Paula se arrodilló para mirarlo de frente.
—No, Diego. Tú no hiciste nada.
Lo repitió hasta que pudo decirlo sin que le temblara la voz.
Paulina descubrió la primera transferencia por accidente. Buscaba en una carpeta compartida los recibos de colegiatura cuando encontró una factura correspondiente a una estancia de cuatro noches en un hotel de Cancún. Dos personas. La fecha coincidía con un supuesto congreso al que Alejandro había asistido el mes anterior.
Recordó a Lucía con fiebre durante aquel fin de semana. Recordó haberle enviado una fotografía de la niña dormida. Él había respondido: Estoy en una conferencia. Te llamo después. Paulina cerró los ojos. Luego guardó una copia del documento en una carpeta propia.
No sabía si serviría para algo. Tampoco quería seguir dependiendo de su memoria cuando Alejandro comenzara a negar las cosas. El teléfono vibró. Era Sofía.
—¿Qué pasó con papá?
Paulina se sentó.
—¿Por qué preguntas?
—Me escribió que ustedes tienen diferencias y que necesita espacio.
En la pantalla apareció otro mensaje. También dice que no te deje ponerme en su contra. Paulina sintió una rabia que le llegó hasta las manos. Su hija estaba en la universidad, intentando terminar una carrera. No tenía por qué recibir instrucciones para administrar el divorcio de sus padres. La llamó.
—Tu papá y yo vamos a separarnos —dijo.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde anoche.
Sofía soltó el aire despacio.
—Voy para la casa.
—Tienes clases.
—Mamá.
Paulina se cubrió la boca. Había procurado evitar a sus hijos incluso disgustos pequeños. Ahora no sabía cómo contarles uno que cambiaría sus vidas.
—No tienes que resolver esto —consiguió decir—. Necesito que lo sepas.
—Ya sé. Pero sí puedo estar contigo.
Rebeca Salvatierra las recibió a las cinco y media. Su oficina ocupaba un segundo piso en una calle ruidosa. Había expedientes ordenados en estantes, una planta junto a la ventana y cuatro tazas distintas sobre una charola. Paulina agradeció que no hubiera nada intimidante.
Rebeca tendría poco más de cincuenta años. Llevaba el cabello entrecano, corto, y unos lentes sujetos con una cadena delgada.
—La profesora Aranda me explicó lo indispensable —dijo—. Ahora necesito escucharlas por separado. Sus situaciones se parecen, pero cada matrimonio requiere su propio análisis.
Paola miró las carpetas que llevaban.
—Ellos hicieron esto juntos.
—Es posible. Aun así, ustedes tienen patrimonios, hijos y documentos diferentes.
Rebeca comenzó por Paulina. Leyó varias páginas sin interrumpirla. Después señaló una cláusula.
—Aquí declaras que cuentas con recursos suficientes para tu sostenimiento. Me dices que no es cierto.
—No tengo trabajo.
—Entonces no debes firmar una declaración falsa sobre tu situación.
Paulina bajó la mirada.
—Alejandro dijo que era un formato.
—Un formato también contiene afirmaciones y obligaciones.
Después revisó las otras propuestas. En la de Paola encontró aportaciones descritas como voluntarias. En la de Paula había una relación de bienes que ella consideró incompleta.
—Falta un local —dijo Paula.
Rebeca levantó el bolígrafo.
—¿A nombre de quién está?
—No lo sé. Yo ayudé a reunir documentos cuando lo compraron.
—Anótame qué recuerdas. Después veremos cómo verificarlo por las vías correspondientes.
Paola se inclinó hacia delante.
—¿Pueden dejarnos sin nada?
Rebeca dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Pueden intentar ocultar información, retrasar pagos o hacerles propuestas perjudiciales. Tendremos que responder con pruebas y solicitudes concretas. Hoy todavía no sabemos qué bienes tiene cada uno ni qué documentos existen.
Señaló las carpetas.
—Esto no decide por sí solo los derechos de ustedes ni los de sus hijos.
Paula comenzó a llorar en silencio. Paulina le acercó un pañuelo. Rebeca esperó antes de continuar.
—Primero revisaremos las necesidades urgentes. También necesitaremos saber si ya hay demandas presentadas y qué se ha resuelto, si existe algún procedimiento. No vamos a trabajar a partir de lo que ellos les digan por teléfono.
Al salir, ya había oscurecido. Caminaron hasta una cafetería económica porque ninguna quería regresar inmediatamente a casa. Paola sacó del bolso un recibo arrugado.
—No sé cómo voy a pagar siquiera la primera semana.
Paulina abrió la boca, pero no tenía una solución. Paula miró por la ventana.
—Yo puedo vender la máquina de ejercicio.
Paola soltó una risa incrédula.
—¿La que Esteban usa para colgar sacos?
—Esa.
Paulina acabó riéndose también. Duró poco, pero les aflojó el pecho. Después hicieron cuentas sobre una servilleta. Paola sabía cocinar para muchas personas. Paula había llevado durante años registros, pagos y archivos. Paulina corregía textos con facilidad y podía dar regularización escolar. Eran posibilidades pequeñas, todavía sin clientes. Las anotaron de todos modos. Cuando llegó la cuenta, cada una puso su parte. Paulina contó las monedas antes de dejarlas sobre la mesa. Aquella precaución le dolió más que el precio del café. A las diez de la noche, Alejandro volvió por una maleta. Sofía estaba con sus hermanos en la cocina. Paulina lo recibió en la sala.
—Hablé con una abogada.
Él se detuvo.
—¿Con quién?
—Rebeca Salvatierra.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Podíamos arreglarlo entre nosotros.
—Yo no entendía todo lo que me estabas pidiendo firmar.
—Podías preguntarme.
Paulina sostuvo su mirada.
—Necesitaba preguntarle a alguien que defendiera mis intereses.
Desde la cocina llegó la risa breve de Lucía. Mateo le había dicho algo en voz baja. Alejandro miró hacia el pasillo.
—¿Vas a poner a mis hijos en mi contra?
—Nuestros hijos están cenando.
Él no respondió. Subió al dormitorio y bajó diez minutos después con la maleta. Antes de salir, dejó un sobre sobre el mueble de la entrada.
—Para que luego no digas que te dejé sin dinero.
Paulina esperó a que cerrara la puerta. Dentro había tres mil pesos. Los contó una vez. Luego anotó la fecha y la cantidad en su libreta. Todavía tenía ganas de correr detrás de él y preguntarle cuándo había dejado de quererla. En cambio, guardó el sobre. Sofía apareció en la puerta de la cocina.
—¿Se fue?
Paulina asintió. Su hija se acercó y la abrazó. Esta vez Paulina no fingió que estaba bien. Lloró apoyada en su hombro hasta que pudo respirar sin dolor. Después regresaron juntas a la mesa, donde Mateo había servido un cuarto plato. Nadie lo retiró enseguida.